INICIAR SESIÓNLejos de lo que todos pensaban, Samuel Anders no siempre había sido el hombre poderoso, elegante y envidiado que todos conocían.
Antes de los trajes de diseñador, antes de los autos negros y las reuniones de negocios en los pisos más altos de Livor, había sido un muchacho frágil, enfermo y con demasiados sueños rotos.Había crecido en un barrio marginal, donde la vida valía poco y los días se medían entre el hambre y la violencia.
Los niños lo golpeaban por ser débil, los adultos lo despreciaban por no tener nada, y la vida lo empujaba una y otra vez hacia el abismo. Pero él nunca dejó de mirar hacia arriba. Hacia las luces de la ciudad que, desde su techo de láminas, parecían estrellas demasiado lejanas.Y entonces, la tragedia de los Klein cambió su destino.
Aquella noche había humo, gritos y disparos. Samuel, apenas un joven delgado y débil, corrió sin pensar. Encontró a Anthony Klein
herido, sangrando, intentando proteger a su esposa y a una niña pequeña escondida tras el sofá: Alía. Sin dudarlo, Samuel se interpuso, llamó a la policía, los cubrió con su propio cuerpo hasta que llegaron los refuerzos. Aún recuerda el miedo en los ojos de la pequeña, su llanto silencioso, y cómo su pequeña mano temblorosa se aferró a la suya.Esa noche marcó el inicio de todo.
Anthony, agradecido, quiso adoptarlo, pero Samuel ya era mayor. Aun así, lo ayudó: le dio estudios, techo, oportunidades. Lo introdujo en el mundo de los negocios, lo rodeó de gente de prestigio, lo empujó hacia una vida que jamás imaginó tener.
Pero ni los años, ni el dinero, ni la fama borraron su humildad.
Cada vez que miraba su reflejo, seguía viendo al muchacho delgado del barrio, al que aprendió que el dolor también podía convertirse en fuerza.Y entre todas las cosas que había ganado, solo una lo mantenía atado al pasado: Alía Klein.
La había visto crecer, convertirse en una mujer hermosa, decidida, tan brillante que a veces dolía mirarla.
Sabía que amarla era un error. Que ella era la hija del hombre que lo había salvado. Pero ¿cómo se lucha contra algo que te da vida cada vez que te mira?Le encantaban todas sus expresiones: la mueca de fastidio, la sonrisa traviesa, los ojos que brillaban cuando se enfadaba.
Era un caos perfecto. Su caos.—Esa chica es mi orgullo —dijo Anthony, con una sonrisa que se le escapaba en cada palabra—. Tiene diecinueve años y ya es una de las mejores actrices de su generación.
El orgullo en la mirada del hombre se reflejó también en la de Samuel.
Anthony rio y lo codeó amistosamente. —¿Disfrutaste la fiesta?—Claro —respondió Samuel, soltando un suspiro—. Y más porque estaba mi pequeña allí.
Ambos se encontraban en el despacho de la casa, revisando unos documentos. Pero la conversación pronto se tornó personal.
Anthony dejó los papeles a un lado y se dejó caer en el sofá.
—Samuel, sabes que Mía y Alía son todo lo que tengo. Daría lo que fuera por verlas bien. Me aterra que algún día llegue un desgraciado y le haga daño a mi hija.Samuel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Apretó la mandíbula.
—Lo entiendo, Anthony.—No, no lo entiendes —replicó el mayor, mirándolo fijamente—. Por eso te pedí que te casaras con ella. Eres un hombre digno de admiración. Saliste de la nada, eres responsable, honesto. Sé que cuidarás de ella.
Samuel bajó la mirada, incómodo. Sabía que Alía lo odiaba. Y, aun así, había aceptado. No por conveniencia, no por dinero. Por ella.
Porque, aunque no lo dijera, la amaba.—No la estamos obligando, Samuel —dijo Anthony, suavizando el tono—. Alía es terca y desconfiada, pero en el fondo le gustas. Solo necesita tiempo. Casarse contigo será la mejor decisión de su vida.
Samuel no dijo nada. El silencio lo ahogó por dentro.
En ese momento comprendió algo que lo aterrorizó: el amor también puede ser egoísta. Porque quería tenerla, aunque fuera a costa de su libertad.—Claro que me casaré con Alía —dijo finalmente, firme, con una voz que tembló más de lo que quiso—. La haré la mujer más feliz del mundo. No te decepcionaré, Anthony.
Los preparativos comenzaron esa misma semana.
La casa Klein estaba llena de flores blancas, de diseñadores, fotógrafos y una atmósfera tan sofocante que Alía sentía que se ahogaba.—¿Estás bien, Alía? —preguntó Sofía Michel, su mejor amiga, mientras la ayudaba a elegir telas para el vestido.
—¿En serio me preguntas eso? —respondió ella, con una risa cargada de rabia—. Esto es una m****a, Sofía.
—Tranquila, amiga… Samuel es—
—¡Basta con eso! —la interrumpió, alzando la voz—. En los últimos días, solo escucho halagos para el gran y valeroso Samuel Anders.
Sofía bajó la mirada. Sabía que nada qué dijera cambiaría su ánimo.
Alía, por su parte, caminó hasta el balcón. Miró hacia abajo, el jardín lleno de luces y preparativos. Por un instante, pensó en saltar solo para huir de todo eso.—Alía —la voz de su madre la sacó de sus pensamientos—, Samuel, te espera en la sala.
Ella se hundió en el sofá.
—Dile que ayer fue mi entierro.Sofía soltó una carcajada ahogada.
—Eres terrible.—Y tú una mala amiga por no ayudarme a escapar.
Mía entró con el ceño fruncido.
—Alía, compórtate. Samuel ha venido a verte.Sin más opción, la joven suspiró, se alisó el vestido y bajó las escaleras. Cada paso le pesaba.
Allí estaba él.
De pie, impecable como siempre, con esa sonrisa serena que la desarmaba, aunque no quisiera admitirlo.—Buenos días, Alía —dijo Samuel, con una voz grave y amable.
—Buenos días —respondió ella, seca.
—Te ves hermosa —añadió él.
—Gracias —contestó, sin mirarlo—. ¿Y bien, señor Anders?
Samuel rio suavemente.
—Solo dime Samuel.Esa calma suya la desconectaba. Cualquier otro hombre habría perdido la paciencia ante su actitud, pero él no.
Eso, de alguna forma, la irritaba más.—Samuel —dijo finalmente—, ¿cuánto te ofreció mi padre?
Él frunció el ceño, sorprendido.
—¿Perdón? Tu padre no me ofreció nada.—Entonces, ¿por qué aceptaste casarte conmigo? —exigió ella, con un tono entre furia y dolor.
Samuel guardó silencio unos segundos. Luego, con voz baja, respondió:
—Mis razones son personales.—¿Estás jugando conmigo? ¿Qué es lo que pretendes?
Él soltó un suspiro, su porte volvió a ser el del hombre de negocios, pero sus ojos hablaban de algo más.
—No pretendo nada. Solo quiero que estés bien. Pídeme lo que quieras, y lo haré.—Termina con este compromiso.
El silencio se volvió pesado.
Samuel la miró con un brillo herido en los ojos. —Haré todo por ti… menos eso.Alía sintió la garganta cerrársele. Dio media vuelta y subió las escaleras, pero antes de que pudiera alejarse, sintió su mano fuerte en su cintura.
—Alía, espera —murmuró él.
—¿Qué quieres? —gruñó, sin mirarlo.
—Solo… dame una oportunidad. —Samuel sostuvo su rostro con suavidad—. Eso es lo único que te pido.
Ella se quedó paralizada. Los ojos azules de él eran un océano imposible de ignorar.
Por un instante, quiso gritarle, pero el corazón le traicionó.—Nos vemos el día de la boda, señor Anders —murmuró, apartándose de él y huyendo hacia su habitación, con el rostro completamente rojo.
Samuel sonrió.
Porque por primera vez, ella había temblado.Y eso bastaba para mantener viva su esperanza.
Después de la noticia y ver como Samuel poco a poco despertaba después de la noticia que recibió encontró a una nerviosa Alia, que después de reír por lo que le paso a su esposo la preocupación la comenzó a invadir al ver que el no respondía.–¡Hey! ¿te encuentras bien cielo?– Alia tomó la mano de Samuel para ayudarlo a que se sentará mejor.– Pequeña, me haces el hombre más feliz del mundo ¿Lo sabes verdad?– Alia solo le pudo sonreír a su esposo.los dos se fundieron en un gran abrazo y Alia estaba lista para dar ese paso.Con cuidado sacó la pequeña cara que tenía en su bolso y procedió a dárselo a Samuel, quien viéndola como estaba de nerviosa se relajó.–¡Amor! ¿esto que es?- Tu solo ábrela samuel.Ya Alia se encontraba con los ojos cristalinos por las lágrimas, pensar que este hombre le hiciera sentir tantas cosas, gracias a dios ella no se excedió en hacer pasar un mal rato a samuel si no estuviera arrepentida.Samuel soltó un suspiro y procedió abrir el obsequió. después de es
Después de recorrer varias tiendas en el centro comercial, juntas se dividieron ir a tomar un té mientras esperaban La hora del almuerzo para dirigirse hacia el restaurante. —Alia Ya que no puedes tomar mucha Cafeína... ¿Qué tal sería tomar un batido de frutas?— Pregunto Olga sin querer sonar como una metiche. Pero al ver la sonrisa y mirada qué Alia le dio, dejo sus preocupaciones y temores atrás, estaba feliz y dichosa de que su hijo compartiera su vida con tal excelente mujer. — Si, Incluso estaba pensando en lo mismo, ya que mucha Cafeína le puede hacer daño al bebé, ya pronto será la próxima ecografia y quiero estar muy bien de salud para que los resultados sean favorable, no quiero hacer nada que vuelva a perjudicar a nadie. — Buenos días, bienvenidas, este es le menú, cuando ya se dispongan a ordenar por favor pueden hacer sonar esta campana y con gusto las Antendere. Sin más las mujeres se sipusieron a ver la carta y ver que quería ordenar cada una. Después de un rato
*CUATRO AÑOS ATRÁS* Samuel y Alia estaban disfrutando de los mejores momentos de su vida juntos. La barriga de Alia, redonda y prominente, destacaba su belleza y juventud. Su cabello largo y sedoso caía suavemente por su espalda, llegando más abajo de su cintura. Los que la veían no podían evitar admirarla, especialmente en este momento de felicidad y expectativa. Samuel, con una sonrisa radiante, entró en la habitación con un delicioso desayuno en una bandeja. —¡Buenos días, mi hermosa esposa!—, exclamó, sorprendiéndola con su dulce voz. Alia se iluminó con una sonrisa aún más brillante, y los dos compartieron un tierno beso de buenos días. Se sentaron juntos en la cama, listos para disfrutar del desayuno y de la compañía mutua. Mientras comían, Alia planteó una pregunta que había estado rondando en su mente durante un tiempo. —¿Alguna vez has pensado en retomar el nombre biológico que te dieron tus padres?—, preguntó con curiosidad. Alia se detuvo un momento, reflexionand
Todo se había vuelto un caos de un momento a otro mientras los periodistas interrumpían la captura de Natalia, la mujer no sabe dónde saco las agallas para quitarle el arma a uno de los oficiales, de lo que si puedo estar segura es que en ese momento vi mi vida pasar por milisegundos.—Tú lo decidiste así Samuel Anderson, entonces si no eres para mí no eres para esa perra— El detonante del arma fue ensordecedor, vi como mi esposo iba cayendo en mis brazos, trate de sujetarlo como pudiera, pero su peso no me dejaba, pues era mucho más.— ¡Oh, Dios, No…! - El grito que pude dar después de volver en sí hizo que todo en ese momento estuviera en silencio, cuando los policías vieron lo que acababa de pasar enseguida dispararon a la mujer, lo vi porque estaba buscando ayuda en la gente que allí se encontraba. Y aunque los oficiales me estaban tratando de decir algo, era como si no escuchara y solo pudiera ver a mi esposo tirado en el suelo inconsciente y un enorme charco de sangre a su alred
— ¿Qué rayos está pasando?¡¡No, no, no Aliaaa!! — El grito de Samuel puso en estado de shock a las personas que aún se encontraban en la sala de juntas. Después de 15 minutos, una reunión que él pensaba tomaría más tiempo término tan rápido.— Jason… Ordena a tus hombres que entres a la casa ya, están atacando a Alía, comunícate con la policía, llama a mi suegro de inmediato.El segundo grito salió dejando casi paralizados a todos, el hombre salió corriendo como si un espíritu maligno lo estuviera persiguiendo, el mismo había roto su teléfono al ver lo que estaba pasando en la habitación donde su adorada esposa tenía que estar descansando. Pero lo que vio fue a la arpía de su acosadora, propinarle una bofetada a su mujer, de verdad quería a esa mujer muerta.Jason rápidamente hizo lo que se le ordenó mientras seguía a su jefe muy de prisa bajando las escaleras y que este no quiero esperar el ascensor, gracias a Dios la sala de juntas quedaba en los pisos de abajo, hubiera sido mucho
Por cosas del destino, ese día todo era muy diferente, Alía se levantó y le extrañó no ver la rosa que su esposo todo el tiempo dejaba para ella, la sensación de que algo malo podría pasar ese día estaba alojado como una espina en su corazón; sin embargo, la mujer no le dio mucha importancia, fue hasta el baño, hizo su rutina matutina y después de una hora bajo las escaleras para llegar hasta el comedor.— Buenos Días, Señora Alía, ¿va a comer de una vez?— la voz de la mujer llego a las espaldas de Alía, que con un poco de susto giro para verla y regalarle una sonrisa.—Claro de sí Adela, muchas gracias - después de eso alía se ubicó hasta esperar que la señora viniera con su desayuno, Reviso su celular y se encontró con el mensaje de su esposo, quien se disculpaba por haber salido de prisa sin despedirse de ella, pues había llegado el japonés a revisar el proyecto que ya casi estaba completo, y ella sabe como trabajan esos hombres, pues son muy puntuales y no les gustan las fallas. —







