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CAPÍTULO 4: Jaulas de cristal

Author: Vale Mirez
last update publish date: 2026-03-21 03:18:58

Punto de vista de Mia

El pie me dolía más de lo que quería admitir, pero no podía permitir que eso me debilitara frente a todos. La mansión Pepper no era solo un hogar; era un escenario, una jaula de cristal donde cada movimiento era observado, evaluado, registrado. Y allí estaba yo, recién llegada, atrapada entre la sonrisa complaciente de Priscilla y la mirada penetrante de su esposo, Jhon Pepper, que irradiaba autoridad y dominio con cada gesto.

Jake estaba allí, como si la vida hubiera conspirado para colocarlo en el centro de mi nuevo mundo de lujo y expectativas imposibles. Su presencia era una mezcla de amenaza y deseo. Alto, imponente, impecable incluso en su polo casual, con esos preciosos ojos azules que parecían medir cada átomo de mi existencia. Su pie rozó el mío bajo la mesa y sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal.

Mi madre, encantada, no dejaba de mirarme. Cada palabra, cada gesto de cortesía que yo ofrecía durante la cena parecía deslumbrarla: —Mia, cariño, siéntate derecha… agradece a tu padrastro por la hospitalidad… —y yo obedecía con una dulzura ensayada que ocultaba perfectamente el fuego que bullía dentro de mí.

Jake, por supuesto, intentó romper el encanto. —Ahora resulta que la Becaria… —dijo con esa voz que goteaba sarcasmo y desprecio, como si todavía creyera que podía intimidarme.

Pero entonces mi padrastro intervino, elegante, firme: —Disculpa a mi hijo, Mia, está demasiado claro que el dinero no te da la educación. —Su tono no dejaba margen a discusión. Y mientras la sonrisa socarrona se extendía por mi rostro, sentí que por primera vez en mucho tiempo tenía ventaja sobre Jake, aunque fuera solo un instante.

—Y, Jake —continuó Jhon Pepper—, deberías tratarla como a tu hermana. Yo cubriré su colegiatura y hasta le compraré un coche si es necesario, así que estos numeritos de niño malcriado mejor guardatelos, Mía será mi protegida te guste o no, es la hija de mi esposa y eso la convierte en familia.

Mis ojos se entrecerraron. Esto… esto era más dulce de lo que esperaba. La victoria era mía, aunque fuera temporal. Podía jugar con las cartas que la vida me había dado. Y eso incluía molestar a Jake.

Su mandíbula se tensó. Sus dedos golpearon levemente la mesa. La furia se reflejaba en cada línea de su rostro perfecto.

 —¡Zorras, oportunistas… y tú, padre, te has convertido en un pelele, dejándote manipular por esa mujer! —gruñó Jake, señalando con el dedo tembloroso, la rabia chispeando en cada palabra.

Antes de que pudiera decir algo más, Jhon Pepper se levantó con una rapidez que dejó a todos congelados. En un movimiento firme y calculado, le propinó una bofetada que resonó en la sala, el sonido seco llenando el silencio como un trueno.

—¡Discúlpate! —ordenó con voz de mando, mirada helada y sin dejar espacio para la réplica— ¡Ahora mismo!

Jake se quedó paralizado, la sorpresa y el furor mezclados en su rostro. Priscilla lo miró con los ojos abiertos, y yo… apenas podía contener la risa que amenazaba con escaparse.

—Lo siento… lo siento, Mia, perdón —murmuró él, la voz temblorosa mientras bajaba la cabeza, humillado por primera vez en mucho tiempo frente a mí y su padre.

Sentí una victoria electrizante recorrerme. Por un instante, Jake Pepper, mi peor pesadilla, estaba reducido a un niño asustado. 

Yo, tranquila, jugué con mi copa de agua como si no me afectara. Todo esto me daba información, control. Sabía que Jake había perdido a su madre a los diez años, que mi madre se había casado con el señor Pepper hace cinco, y que era obvio que ella había “cazado” a Jhon Pepper mientras trabajaba en una de sus empresas. Eso no era asunto mío. Lo único que me importaba era sobrevivir en esta jaula el tiempo suficiente para que fuera mi elección salir de ella.

Mientras mi madre suspiraba complacida ante mi comportamiento impecable y su marido asentía con aprobación, Jake nos observaba. Su mirada era intensa, cargada de frustración y deseo contenido. Cada palabra que cruzábamos, cada gesto, cada sonrisa educada que yo le dirigía, se sentía como un pequeño golpe.

—¿Vas a quedarte callada siempre, becaria? —susurró por fin, acercándose mientras creía que nadie lo veía.

—Por ahora, Jake —respondí, apenas moviendo un labio en una sonrisa ligera—. Disfrutando de mi pequeña victoria.

Sentí cómo su mirada se clavaba en mí, intensa, calculadora. Cada gesto suyo estaba cargado de promesa y amenaza a la vez, y no pude evitar un escalofrío recorrer mi espalda. Sabía que no debía tentarlo, que debía retirarme a mi habitación, pero algo en la manera en que me observaba me hacía sentir viva, poderosa… peligrosa también.

Cuando la cena terminó, no pude soportarlo más. El dolor en mi pie era insoportable, y necesitaba ponerlo elevado. Cada paso era un recordatorio de la caída en la biblioteca y del accidente que había casi destruido mi vida. Me despedí educadamente de mi madre y su esposo, y me retiré a mi nueva habitación, deseando desaparecer entre las sábanas y el silencio.

Me tumbé en la cama, intentando relajarme. Cerré los ojos, dejándome llevar por el cansancio, y por un instante me permití olvidar todo: el dolor, Jake, la tensión de la cena, mi vida recién arruinada y la jaula de cristal en la que ahora vivía. El sueño comenzó a arrastrarme, lento y dulce.

Y entonces lo sentí.

Jake estaba allí, estaba tan sedada por los calmantes que no escuché el sonido de la puerta; no hubo anuncio. Simplemente apareció, moviéndose con la sigilosa facilidad de un depredador que sabe exactamente dónde ir.

Antes de que pudiera reaccionar, se tumbó junto a mí. Su presencia era abrumadora: el calor de su cuerpo, el olor a su colonia, la intensidad de su mirada. Antes de que pudiera decir algo, su mano cubrió mi boca con una suavidad inquietante y un control absoluto.

—Hola, pequeño corderito —susurró, su aliento rozando mi oído— Todavía me debes algo.

Mi corazón se disparó, intenté apartarlo, pero había algo en su postura, en la fuerza con la que me sujetaba, que me dejaba impotente, me moví bruscamente y le mordí la palma de la mano.

—¡Tú… me debes mucho más, maldito psicópata! —gruñí entre dientes, tratando de liberar la boca— Me encerraste en la biblioteca, ¡podría haberme partido el cuello!

El Jake sonriente desapareció, y su expresión era más aterradora que cualquier golpe físico: segura, calculadora.

—¿De qué estás hablando? —dijo, la voz baja y peligrosa, casi un ronroneo.

El mundo se redujo a la cama, a su cuerpo junto al mío, a esa sensación extraña de miedo y deseo mezclados. No sabía si odiarlo, temerle… o desearlo.

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