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CAPÍTULO 5: Entre la culpa y el deseo

Auteur: Vale Mirez
last update Date de publication: 2026-03-21 03:19:35

Punto de vista de Mia

Desperté sobresaltada, con el corazón latiendo a mil por hora y la respiración entrecortada. La habitación estaba en penumbra, la luz de la luna entrando por los ventanales reflejándose en el suelo impecable. El olor a colonia de Jake aún flotaba en el aire.

Mi mente repasaba la escena de la noche anterior: su cuerpo junto al mío, su mano cubriendo mi boca, su sonrisa peligrosa mientras hablaba como si todo fuera un juego.

—¡Tú… me debes mucho más! —susurré entre dientes, recordando mis palabras de anoche— Me encerraste en la biblioteca… ¡podría haberme matado!

Jake estaba sentado en el borde de la cama, un gesto de sorpresa real pintado en su rostro, algo que rara vez permitía ver. Sus cejas se arqueaban, sus labios se fruncían ligeramente, y sus ojos oscuros se encontraban con los míos, llenos de confusión y, quizás, una pizca de incredulidad.

—¿Encerrarte? —repitió, con la voz baja, casi dubitativa— ¿De qué… hablas, Mia?

Mi corazón se encogió. Era la primera vez, en casi tres años desde que nos conocimos, que me llamaba por mi nombre. Y aunque una parte de mí deseaba dejarse llevar por esa extraña cercanía, no podía permitirme descolocarme. Este imbécil sabía exactamente cómo manipular, cómo girar cada situación para que todo terminara inclinándose a su favor.

Su tono, incluso en su confusión, llevaba ese filo de arrogancia que me hacía hervir la sangre y mantener mis instintos alerta. Cada palabra era un reto, una provocación silenciosa que encendía mi rabia y mi deseo al mismo tiempo.

Pero no podía mostrar miedo. No podía ceder. No podía darle la satisfacción de verme quebrar.

—No juegues a que no sabes —dije, sentándome y apoyando el pie dolorido en la almohada— Me enviaste un mensaje para que fuera a la biblioteca de la facultad de literatura y luego me encerraste ¿Recuerdas? —Mis ojos lo escrutaba, buscando alguna reacción— Podría haberme partido el cuello, Jake. ¿O acaso tu psicopatía no tiene límites?

Jake frunció el ceño, y por un instante, pareció vacilar. Sus dedos se tensaron sobre la sábana, y su mandíbula, normalmente firme, se movió como si estuviera procesando algo que no podía encajar.

—Yo… —dijo él, deteniéndose, titubeando—. No… no te envié ningún mensaje. Por que verte a solas. Humillarte en público es mucho más divertido… y, además, porque tendría tu número. Muéstrame tu teléfono, quiero ver el número —su confusión era palpable, y en su voz se notaba que luchaba por aceptar que alguien pudiera acusarlo de algo tan… extremo.

—No lo encontraron —respondí, con un hilo de sarcasmo y rabia, apretando los dientes— Alguien lo tomó cuando caí inconsciente. Genial. Ahora resulta que no es uno… ahora tengo que cuidarme de dos psicópatas.

Clavé mi mirada en él, cada palabra medida, fría, desafiante. —Espero que el otro acabe conmigo primero, solo para que no tengas el gusto tú.

Jake parpadeó, como si no supiera cómo procesar la audacia en mi voz. La tensión entre nosotros se volvió casi tangible: odio y deseo, miedo y desafío, mezclados en un instante que podía estallar en cualquier dirección.

Él permaneció en silencio, y por primera vez, la vulnerabilidad de Jake Pepper se volvió visible para mí. No era completo control, no era solo arrogancia: había una parte de él que no sabía cómo manejar la acusación. Y eso… me daba poder.

—Tal vez —murmuró finalmente, rascándose la nuca— Tal vez fue un error del personal de mantenimiento. Todos saben que no pueden tocar a mi pequeño corderito,

—Un error que casi me cuesta la vida —dije, y el temblor en mi voz no era solo por el dolor del pie— ¿Sabes lo que eso significa, Jake?

Sus ojos se estrecharon, y por un segundo, vi cómo la furia y la confusión luchaban dentro de él. Sus labios se torcieron, y luego… una sonrisa socarrona apareció en su rostro, como si la adrenalina del peligro y el desafío lo excitara más que me molestara.

—¿Así que ahora me culpas… y me tienes miedo al mismo tiempo? —susurró, inclinándose hacia mí, sus dedos rozando el borde de la sábana que cubría mis pechos— Qué complicada situación, Mia.

Sentí cómo una mezcla de frustración y electricidad recorría todo mi cuerpo. El dolor en el pie palideció frente a la intensidad que nos envolvía. Su cercanía, esa arrogancia infinita y su mirada capaz de leerme y desafiarme al mismo tiempo… todo estaba perfectamente calculado para desequilibrarme.

—Esto no es un juego, Jake. No te tengo miedo —dije, firme, aunque mis manos temblaban levemente— Mantente alejado de mí.

—Entonces, si no es miedo lo que sientes por mí… ¿por qué estás temblando ahora mismo, corderito? —susurró, con un deje de sarcasmo— Pero debo admitir que disfruto demasiado de tu negativa a reconocer que mi cercanía te afecta.

—Estás alucinando, Jake. Solo… déjame en paz y sal ahora mismo, o… —intenté mantener la voz firme, aunque sentía que se quebraba un poco.

—¿O qué, corderito? —replicó, sonriendo, acercándose aún más— Dilo.

Pude sentirlo, más allá de cualquier racionalidad: la dureza de su cuerpo rozando el lateral de mi pierna, el calor de su aliento contra mi boca. Estábamos tan cerca que con un mínimo movimiento nuestras bocas podrían encontrarse. Lo peor… lo peor era que, en lo más profundo de mí, lo deseaba, aunque sabía que era imposible, que no podía permitirlo. ¿Qué me estaba haciendo este hombre?

—O… gritaré —logré susurrar, conteniendo un estremecimiento que iba más allá del miedo.

El silencio se tensó entre nosotros como una cuerda a punto de romperse. Durante un segundo eterno, creí que no se movería. Que cruzaría esa línea invisible que ambos estábamos evitando… o esperando.

Pero no lo hizo.

Jake se apartó de la cama con una lentitud calculada, como si cada centímetro de distancia fuera una decisión consciente. El aire frío ocupó el espacio que había dejado su cuerpo, pero la sensación de él… seguía ahí, aferrada a mi piel.

Caminó hacia la puerta sin mirarme, con esa seguridad arrogante que lo definía, como si nada de lo que acababa de pasar hubiera sido suficiente para desestabilizarlo. O como si lo hubiera disfrutado demasiado. Cuando su mano alcanzó el pomo, se detuvo. El tiempo volvió a suspenderse.

—Serás mía… corderito —dijo al final, sin girarse, con la voz baja, firme, peligrosa.

Y luego salió.

La puerta se cerró con un clic suave, casi inocente, pero el eco de sus palabras… Se quedó conmigo.

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