LOGINPunto de vista de Mia
El salón de la mansión estaba envuelto en un silencio casi irreal, apenas roto por el tictac constante de un reloj antiguo sobre la chimenea, un sonido preciso y elegante que parecía marcar no solo el tiempo, sino cada latido acelerado en mi pecho. La luz del atardecer se filtraba a través de los ventanales altos, tiñendo de oro la alfombra de lana y arrancando destellos suaves al mobiliario impecable, demasiado perfecto, demasiado pulcro, como si nadie viviera realmente allí, como si todo fuera una escenografía diseñada para aparentar una vida que no me pertenecía. Nada de eso tenía que ver conmigo, ni con el recuerdo persistente de mi pequeño apartamento en Washington Heights, donde las paredes finas dejaban pasar el murmullo constante de vecinos, música latina y risas que se colaban por las ventanas abiertas en verano, donde el olor a café barato y comida casera se mezclaba en los pasillos estrechos, donde todo era imperfecto, sí, pero auténtico, vivo, mío. Allí había aprendido a sobrevivir, a estirar cada dólar, a encontrar consuelo en lo simple, y también allí había conocido a Margot, dulce, cercana, aparentemente igual de perdida que yo, un pequeño refugio en medio del caos cuando descubrimos que ambas caminábamos hacia el mismo destino en la universidad, aunque ella estudiara economía y yo me aferrara a mi beca como si fuera lo único que me mantenía a flote.
Aquí, en cambio, todo era distinto, ajeno, frío en su perfección: sirvientes que se movían en silencio, luces cálidas que no lograban dar calor, habitaciones que se extendían como un laberinto elegante del que no sabía cómo escapar, como si cada rincón me recordara que ya no estaba en mi mundo, que había cruzado una línea invisible sin posibilidad de regreso. Intenté acomodar mi pie lastimado sobre el sillón de terciopelo, pero incluso la suavidad del tejido me resultó incómoda, casi ofensiva, como si mi dolor no encajara en ese lugar, como si la vida no me hubiera dado ni un segundo para adaptarme antes de lanzarme a esta nueva realidad. Y entonces lo sentí, incluso antes de mirarlo: Jake Pepper. Allí estaba, ocupando el espacio con una naturalidad insultante, como si la mansión fuera una extensión de su propio cuerpo, como si cada centímetro le perteneciera por derecho, mientras yo no era más que una intrusa, una presencia fuera de lugar en su territorio, una pieza mal colocada en un mundo que él controlaba sin esfuerzo.
Jake permanecía de pie junto a la ventana, sus brazos cruzados sobre el pecho, el cabello oscuro ligeramente despeinado tras una ducha, con gotas aún resbalando por su cuello y una expresión de arrogancia calculada que me hacía hervir la sangre. Su altura y porte imponían respeto inmediato; los hombros anchos, la espalda firme, la mandíbula cincelada y esos ojos azules que siempre parecían mirar a través de mi piel, evaluando cada reacción, cada tic, cada pensamiento que intentaba ocultar. Su ropa ajustada, simple pero cara, no hacía más que acentuar la perfección controlada de su cuerpo, y el aroma a colonia intensa flotaba a su alrededor, ocupando el aire como si yo ya no tuviera derecho a respirar.
—Así que este es tu nuevo hogar, hermanastra —dijo, finalmente rompiendo el silencio, su voz baja y cargada de esa mezcla de diversión y amenaza que siempre conseguía que mi piel se erizara— ¿Ves cómo es vivir entre lujo y privilegio? No estoy seguro de que tu antiguo mundo pudiera sostenerte aquí ni un día completo.
Lo miré con el ceño fruncido, la rabia y la incredulidad elevándose como un muro dentro de mí. Su tono era arrogante, mordaz, pero también había un filo en él que dejaba claro que cada palabra estaba medida, diseñada para provocarme.
—No vine aquí para admirar muebles, Jake —respondí, manteniendo la voz firme, aunque sentía cómo un hilo de frustración recorría mi pecho— Vine aquí porque no tuve elección. Mi madre decidió que esta sería mi vida ahora, y si crees que voy a agradecerlo, estás muy equivocado.
Él sonrió, esa sonrisa torcida, socarrona, que siempre parecía alimentarse de mi furia. Se dio la vuelta lentamente, acercándose, sus pasos resonando en el suelo de madera pulida, cada golpe un recordatorio de su presencia dominante.
—Oh, corderito —murmuró, inclinando ligeramente la cabeza— Eres como un pequeño desafío envuelto en rabia y orgullo. Y debo decir que… me fascina cómo reaccionas ante mí, incluso cuando sabes que ahora eres mi hermanita. Eso hace que cada provocación sea… deliciosa.
Un estremecimiento me recorrió, aunque lo odiara, y tuve que apretar los dientes para que no escapara un suspiro involuntario. Lo detestaba, y al mismo tiempo, había algo en su cercanía que me mantenía hipnotizada, atrapada en una mezcla de deseo y odio que no podía descifrar.
—Deliciosa —repetí, con la voz cargada de sarcasmo y repulsión— Lo que tú llamas fascinación, yo lo llamo enfermo, Jake. Hermanastros, por Dios… ¿no te das cuenta de lo ridículo y patético que es esto?
Él se rió, un sonido grave y bajo que se extendió por el salón como un eco, y se inclinó un poco hacia mí, demasiado cerca, demasiado provocador.
—Patético, sí —admitió, su tono casi un susurro que hacía que la electricidad recorriera mis nervios— Pero debo admitir que me parece divertido. Y no me digas que no te intriga, corderito, porque sé que lo hace. Cada mirada, cada roce, cada palabra entre nosotros ahora tiene un sabor distinto, imposible de ignorar.
Respiré hondo, intentando recomponerme. No podía permitir que la mezcla de odio y deseo que él generaba me venciera. Tenía que mantener el control, aunque sentía que cada músculo de mi cuerpo estaba en su contra, temblando, reaccionando a su presencia, a su arrogancia calculada.
—No me intriga nada —dije, firme— Solo quiero volver a ser libre, recuperar algo de mi vida, mantener mi pie intacto y sobrevivir a esta situación que tú y tu familia han decidido imponernos. No pienso jugar tus juegos, Jake. Ni ahora ni nunca. Y ahora si me disculpas quiero seguir estudiando, ya que algunos si lo hacemos.
Él se inclinó sobre la mesa cercana, apoyando las manos con una fuerza contenida, manteniendo su mirada fija en la mía. La tensión se volvió casi tangible, el aire entre nosotros vibrando con un equilibrio peligroso entre desafío y deseo.
—¿Nunca? —repitió, con un susurro cargado de amenaza y provocación— ¿Ni siquiera cuando cada fibra de tu cuerpo parece reaccionar a mi presencia? Mira, corderito, puedo ser arrogante, irresistible y totalmente insoportable para ti, pero también sé reconocer lo que provoco en ti. Y créeme, esto apenas comienza.
El odio y la indignación me hicieron respirar con fuerza, cada palabra suya un recordatorio de que estaba atrapada en un juego que no había pedido, una jaula de cristal construida con privilegios, secretos, y deseo innegable. Mi pie dolía, mi corazón latía desbocado, y sin embargo, mis manos temblaban de una mezcla de frustración y tensión que no podía controlar.
—Tantos golpes que has recibido en esa hueca cabeza tuya deben haberte dejado sin cerebro, Jake —dije, manteniendo la voz firme a pesar del leve temblor en mis manos—, así que, muy gentilmente, te pido que te mantengas alejado. Te aseguro que esta situación me desagrada incluso más a mí que a ti; no quiero que nadie me asocie con alguien tan vacío y tan carente de la más mínima gentileza como tú.
Él arqueó una ceja con una lentitud exasperante, como si incluso ese gesto le resultara un esfuerzo innecesario ante algo tan insignificante como mis palabras, y dejó escapar una leve exhalación que no llegó a ser risa, más bien un suspiro cargado de desprecio, sus ojos recorriéndome sin prisa, evaluándome como si yo fuera un error que alguien olvidó corregir —¿Vacío? —repitió en voz baja, con una calma helada que cortaba más que cualquier grito—. No, corderito… vacío es no tener nada que perder, y yo lo tengo todo, poder, nombre, futuro, así que mide mejor las palabras que usas cuando intentas describirme— se inclinó apenas, lo suficiente para invadir mi espacio sin tocarme, obligándome a sentir la presión de su presencia, de su seguridad aplastante—. Tú eres la que no tiene absolutamente nada, ni posición, ni respaldo, ni valor fuera de una beca que puede desaparecer en cualquier momento, así que no te confundas creyendo que estás en condiciones de exigirme algo —su mirada descendió con descaro, sin disimulo, como si le perteneciera incluso el derecho de juzgarme—. Y créeme, la idea de que me asocien contigo me resulta mucho más ofensiva de lo que tú podrías imaginar, porque mientras tú intentas sobrevivir, yo elijo, y esa es una diferencia que jamás vas a poder borrar, te guste o no ahora estás bajo mi mismo techo, en mi mundo, con mi apellido orbitando sobre ti, así que no pierdas el tiempo pidiéndome distancia… porque si hay alguien aquí que puede decidir qué tan cerca o lejos estamos, no eres tú.
Sentí que cada una de sus palabras se deslizaba como una daga fina, envuelta en un susurro que cortaba más de lo que gritaba. Mi mente me suplicaba que me alejara, que escapara de esa cercanía que amenazaba con resquebrajar cada una de mis defensas, y aun así me obligué a mantenerme firme, sosteniéndole la mirada como si retroceder fuera perder algo más que una simple discusión.
—Eres un asco de ser humano, Jake Pepper —dije, con la voz baja pero firme, cargada de un desprecio que ya no me molestaba ocultar.
El mundo pareció detenerse en el instante en que aquella figura terminó de cruzar la grieta. La oscuridad que la envolvía comenzó a disiparse lentamente, como si incluso las sombras respetaran su presencia, y entonces pude verlo con absoluta claridad. No era un parecido lejano ni una ilusión provocada por el miedo. Era Jake. La misma altura, los mismos ojos grises que cambiaban de intensidad según la luz, la misma mandíbula firme, la misma forma de inclinar apenas la cabeza cuando observaba algo con atención. Incluso había en su expresión esa calma protectora que tantas veces me había hecho sentir a salvo. Sin embargo, bastó un solo segundo para comprender que el hombre que acababa de aparecer no era él. Había una tristeza infinita en su mirada, una soledad tan antigua que parecía haber sobrevivido al nacimiento de los mundos.Jake dio un paso delante de mí casi por instinto, pero sin soltar mi mano.—¿Quién eres?Su voz sonó firme, aunque pude sentir la tensión recorriendo todo su cu
El sonido de aquellos nombres atravesó el jardín con una fuerza imposible de describir. No fueron pronunciados con violencia ni con la intención de intimidarnos; al contrario, había una calma solemne en aquella voz que descendía desde la grieta, una autoridad tan antigua que cada sílaba parecía despertar algo dormido en lo más profundo de mi alma. No entendía aquellas palabras y, sin embargo, mi corazón reaccionó antes que mi mente. Una punzada recorrió mi pecho, seguida de una nostalgia tan intensa que las piernas estuvieron a punto de fallarme.Jake me sostuvo antes de que pudiera perder el equilibrio.—Catalina...Su voz estaba cargada de preocupación.Lo miré y descubrí que él tampoco estaba bien. Había palidecido y respiraba con dificultad, como si aquellas palabras también hubieran abierto una herida invisible dentro de él.—¿Las entendiste? —pregunté en un susurro.Negó lentamente.—No.Hizo una pausa mientras llevaba una mano a su pecho.—Pero siento que las conozco desde siem
El jardín quedó sumido en un silencio tan profundo que incluso el rumor de las hojas desapareció, como si la naturaleza hubiera decidido contener el aliento ante la presencia que comenzaba a manifestarse al otro lado de la grieta. La inmensa silueta no terminaba de cruzar, pero bastaba percibir su contorno para comprender que ninguna de las fuerzas que habíamos enfrentado hasta ese momento podía compararse con aquello. No inspiraba únicamente miedo; despertaba una sensación mucho más antigua, una memoria enterrada en el alma, la certeza inexplicable de estar frente a algo que existía mucho antes de que el tiempo aprendiera a contar los años.Instintivamente busqué la mano de Jake y nuestros dedos volvieron a entrelazarse con una fuerza desesperada. Sentía el calor de su piel, el leve temblor de su respiración y el latido firme de su corazón, que seguía negándose a rendirse incluso cuando el cielo parecía romperse sobre nuestras cabezas. Giró apenas el rostro para mirarme y, por un ins
La oscuridad descendió desde la grieta con una violencia que hizo estremecer la tierra bajo nuestros pies. El jardín, que hasta unos segundos antes había comenzado a recuperar el color gracias a la pequeña esfera de luz que sostenía el Guardián de los Encuentros, volvió a cubrirse de sombras. Las flores se inclinaron como si una tormenta invisible hubiera atravesado cada pétalo, los árboles gimieron bajo una fuerza que no provenía del viento y el cielo perdió toda forma conocida hasta convertirse en una inmensa bóveda negra donde únicamente brillaban las profundas fracturas de aquella abertura imposible. Sin embargo, en medio de aquel paisaje que parecía anunciar el final de todo, Jake no soltó mi mano. Al contrario, entrelazó sus dedos con los míos con tanta fuerza que pude sentir el temblor de su corazón viajando hasta el mío, recordándome que, mientras siguiéramos juntos, aún existía algo que ninguna oscuridad había conseguido destruir.El Fundador nos observaba desde el centro del
El silencio que siguió a aquellas palabras fue más profundo que cualquier oscuridad que hubiera descendido sobre el jardín. Incluso la grieta del cielo pareció contener su avance, como si el propio mundo estuviera esperando una explicación imposible. El desconocido permanecía frente a nosotros con una tranquilidad desconcertante, sosteniendo la mochila al hombro como un estudiante que acabara de salir de clase y no como alguien capaz de alterar el curso de vidas enteras. Su apariencia era demasiado común para resultar amenazante, y precisamente por eso el miedo se instaló en mi pecho con una intensidad inesperada.Jake no soltó mi mano.Lo sentí tensarse a mi lado mientras observaba al hombre con una mezcla de cautela y desconcierto.—¿Qué significa eso?Su voz sonó firme, pero había una grieta de incertidumbre en cada palabra.El desconocido sonrió con una tristeza suave.—Significa que nunca estuvieron solos.Mi padre dio un paso al frente.—¿Quién eres realmente?El hombre lo obser
La imagen suspendida sobre el jardín permaneció inmóvil, pero el tiempo parecía seguir avanzando dentro de ella. Aquel salón universitario iluminado por el sol de la mañana resultaba tan cotidiano que costaba creer que escondiera un secreto capaz de estremecer incluso al Primer Guardián. El murmullo de los estudiantes, el sonido de las mochilas golpeando suavemente las sillas, el olor imaginario del café recién servido y de los libros nuevos construían un escenario tan normal que dolía contemplarlo. Era la vida que Jake y yo siempre habíamos creído nuestra, el comienzo sencillo de una historia de amor nacida entre clases, exámenes y miradas robadas. Sin embargo, ahora comprendíamos que incluso aquel primer encuentro había sido observado desde las sombras.Jake no apartaba los ojos de la visión. Su respiración era lenta, controlada, pero yo podía sentir el leve temblor de su mano entre la mía. No era miedo. Era la angustia de descubrir que los recuerdos más felices de su vida también p







