MasukLas nubes revoloteaban entre el cielo azul. Ariadna bajó al primer piso de la casa Karsson con sigilo.
Lo primero que sus ojos vieron al bajar fue a Nathan recostado en el sofá. Avanzó a paso lento hacia él. De cerca se dio cuenta que no llevaba camisa, sus mejillas se ruborizaron, y desvió la mirada hacia su mano derecha, vendada y manchada de rojo carmesí. Con cuidado lo revisó, con el entrecejo fruncido. Sus ojos se posaron en su rostro y contempló los mechones de cabello rubio que bailaban en su frente, su nariz respingada hacía un ligero sonido al respirar. Ese hombre parecía un actor famoso, ¿por qué alguien así querría una venganza tan tortuosa? —¿Necesita algo, señora? Ariadna brincó al escuchar la voz de Jennifer, se apresuró a decirle que no, y subió a su cuarto. *** Nathan Karsson se miró al espejo y lo único que vislumbraba era el fracaso. Toda su vida se esforzó por obtener una muestra de afecto genuina de parte de su padre. Se preguntó si la razón de su desprecio era que sus rasgos eran más como los de su madre. Los primeros años de su vida lo amaba tanto y anhelaba su aprobación en todos los sentidos. Luego al llegar a la adolescencia, se dio cuenta de lo patético que era suplicar por migajas de afecto. En su etapa de joven se dio cuenta que seguía siendo el mismo niño ridículo que se arrodillaba por la aceptación de ese hombre. Trabajó incansablemente para posicionar la empresa de su padre entre una de las mejores, pasó noches en vela mientras buscaba la manera innovar el mercado alimentario. Investigó y puso sangre, sudor y lágrimas por esa corporación y al final su venerado progenitor le había dicho que la mitad de ese negocio era de su medio hermano. Furioso le reclamó que su segundo hijo nunca hizo nada. Qué él no merecía el fruto de todo su trabajo. —Si estás tan furioso, pagaré tu parte y todo el negocio se lo quedará tu hermano. No quiero causar problemas. Nathan no dijo una palabra. Cómo siempre guardaba su coraje. Ninguna circunstancia lo preparó para la siguiente etapa de su vida: su madre cayó enferma. Y por más mensajes que le mandaba a su padre, él no se dignaba a visitarla. —Estoy ocupado. De verdad tengo mil cosas que hacer —se excusaba, sin mucho empeño. —Ella es tu esposa. Tu esposa legal, la mujer que invirtió toda su herencia para que te convirtieras en el gran empresario que eres. Más de la mitad de tus negocios fueron financiados por ella. ¿Qué m****a te pasa? —Cuida esa boca, muchacho. *** Ese día cumplía dos semanas de casado, Nathan se esforzaba por mostrarse sufrido. Se vería con su padre para hablar de lo acontecido en su boda y quería que su plan saliera lo mejor posible. Al llegar al restaurante privado en dónde se quedaron de ver, pudo percibir el nerviosismo de su papá, rígido en su asiento con las manos entrelazadas recargadas en la mesa y la vista clavada en un punto ciego. Al llegar lo saludó con cordialidad. Ese lugar fue el elegido para hablar sobre el tema de su esposa. Sin rodeos, el hombre le dijo con sutileza que ella había sido novia de su medio hermano y hasta planeaban casarse a finales de ese año. No quería arruinar la relación de su hijo mayor con esa muchacha, sin embargo sentía obligación de explicarle lo sucedido, que su primogénito sepa todo lo correspondiente a su esposa. Nathan fingió indignación, tristeza y desconcierto y le aseguró a su padre que no sabía acerca de eso. Qué él conoció a Ariadna por medio de una amiga y que la joven fue muy insistente con él. Que no pretendía formar una relación, y después de varias citas quedó cautivado por su belleza y dulzura, que de verdad la amaba, y que todavía no lograba superar lo acontecido. Y con ojos llorosos le pidió su opinión; ¿debía divorciarse o darle una segunda oportunidad? Iván Urriaga soltó un pesado suspiro, agitó su cabeza. Todo ese desorden sentimental, le pesaba más de lo que sus hijos pudieran ver. —No quiero que las cosas queden mal con mi hermano —pronunció Nathan de manera inesperada. Iván Urriaga levantó la mirada hacia a su hijo. Parpadeó varias veces y una pequeña sonrisa surgió de sus labios. —Hablaré con Iván —le dijo, con el corazón cálido por la idea de que sus hijos pudieran volverse cercanos. El rostro de Ariadna se hizo presente ¿Cómo podrían llevarse bien si los dos proclamaban amar a la misma mujer? Cuando terminaron la conversación, el pecho de Urriaga parecía más oprimido que al comienzo de la charla. Ese mismo día, cuando el cielo se tornó oscuro y la luna brillaba en esplendor, Nathan entró a la habitación de Ariadna. —Estoy en pláticas con mi papá para reunirnos. Así que hay ciertas cosas que tenemos que cuadrar. —Nathan recargado en el marco de la puerta se acomodó el cabello con la mano. Ariadna lo ignoró rotundamente y se cubrió con la cobija de pies a cabeza. Él se desplazó hasta llegar a la cama y sin permiso se sentó, con el único objetivo de acariciarla entre las sábanas. —Iván te odia tanto, y qué decir del señor Urriaga y la mustia de Estela —esbozó una sonrisa—. Tú mi pequeña princesa eres mi mejor arma. El coraje surgió desde el interior de su estómago, por un momento se sintió sofocada. Deseó poder hacerle frente a ese hombre, anheló mayor fortaleza, sus pensamientos la torturaban, le susurraban al oído, que si tan solo fuera más inteligente podría salir de ahí. Odiaba ser la víctima, ¿pero que podría hacer para evitar lo inevitable?Los pensamientos no dejaban de revolotear en la mente de Nathan. Ayer se cumplió un año de la muerte de Jennifer, la mujer que lo cuidó y veló por él como si fuera un hijo. Los años pasan y el cuerpo se desgasta. Las enfermedades llegan. La muerte es algo inminente. El tacto de unas manos cálidas lo hizo regresar al presente. —¿No tienes sueño? —le preguntó su esposa. Nathan le acunó las mejillas con ambas manos y besó sus labios. Al principio, fue un gesto suave, una simple muestra de cariño. No obstante, el beso se extendió conforme pasaban los segundos. En el instante en que su lengua se adentró en la boca de su mujer, supo que esa sería una noche larga. Perdió la cuenta de las veces que se hundió en ella, de las veces que lamió sus pezones y que su lengua recorrió sus pliegues. Los dos conocían cada rincón del cuerpo del otro. Se disfrutaban con un deseo intenso, como si sus cuerpos fueran un territorio desconocido. Al día siguiente, se levantaron muy temprano; ese día
Hola, primero, muchas gracias a todas las personitas que se han tomado el tiempo de ver vídeos para desbloquear los bonos y los han utilizado en mis capítulos. Gracias a las que han invertido directamente para leer la novela. De verdad si ustedes no se armaría el show. Yo sé que mis escritos no son perfectos pero es una promesa que en cada capítulo seguiré dando lo mejor de mí. Hace unos meses tomé esto como mi trabajo y estoy muy agradecida de los bonitos comentarios que me han dejado. Que Dios les bendiga mucho. Ahora como me gusta promocionarme descaradamente, les dejó la sinopsis de mi primer novela que ya está finalizada: Sádico: ¿Amor o síndrome de Estocolmo? ¿Qué hacer cuando anhelas a alguien completamente indebido? Libia Musso, una romántica empedernida, siempre ha soñado con la familia que nunca tuvo. Con la idea de algún día encontrar a su hombre perfecto, su príncipe azul, y lucha por la irremediable atracción que tiene por los patanes. Un día se embarca a Brasil pa
Dos años después. Ariadna llevaba oficialmente un año de haber renunciado. Nunca olvidará el gesto de felicidad en el rostro de su madre al darle la noticia. Nathan le dijo que más adelante podía buscar otro trabajo, poner un negocio y hacer lo que ella quisiera. El problema de su antiguo empleo radicaba en la saña con la que Lucas la comenzó a tratar. Ahora era ama de casa, lo que equivalía a hacer mil trabajos al día. Disfrutaba poder estar presente en la vida de su hijo. Las cuestiones laborales las retomaría más adelante. En el presente, sus batallas ya no eran los presupuestos o inventarios. Su mayor lucha era la gastritis, que por falta de cuidado se intensificó. Ese día, en particular, se encontraba tan sensible que inició una discusión con su esposo por no usar portavasos. En su defensa, el comedor era nuevo y de madera. En otras ocasiones le externó su molestia, y Nathan hacía caso omiso a su petición de ser cuidadoso. Toda la mañana y parte de la tarde repasó el i
En las semanas siguientes, Nathan permaneció alerta. Atento a que su suegro no utilizara el trabajo que le otorgó para tenderle alguna clase de trampa. Esos días, ambos avanzaban con precaución, recelaban hasta de su propia sombra. Cautelosos a no revelar algo que uno pudiera emplear en contra del otro. Sin embargo, los días se transformaron en meses y nadie podía fingir ser algo que no era. Así que con más "confianza", Gerardo exhibía su verdadera personalidad. La de un hombre maduro, que disfrutaba ser galante con las empleadas jóvenes. Les invitaba un café o el almuerzo y hacía bromas frecuentemente fuera de lugar. —Buenos días, señorita Jimena. Veo que hoy viene con falda. ¿Qué tal si me da una vueltecita para apreciar mejor la... vista? La joven apretó los puños y esbozó una sonrisa forzada, en su estómago sintió una mezcla de asco e impotencia. —Buenos días, señor Acosta —respondió con la mayor cortesía posible, y luchó contra el impulso de abofetearlo. Gerardo rehusa
Sus circunstancias no eran las que alguna vez idealizó en su juventud. La vida resultaba dura, complicada, y jamás sintió tanto temor por sus finanzas como en ese momento. Sin embargo, pese a lo difícil de todo, estaba seguro de que nunca experimentó tanta felicidad. Al ver la sonrisa de su amada, al sentir los bracitos de su hijo rodeándole la pierna, sentía una paz única. Lástima que siempre existiera alguien dispuesto a arruinar esos momentos especiales, y en su día perfecto de unión matrimonial, esa persona fue su suegra. Justo después de la boda, comenzó a quejarse de todo. Le reclamó a Ariadna por los grandes sacrificios que hicieron por ella. Con lágrimas de pura amargura, le dijo que detestaba que se conformara con tan poca cosa. Todo porque la boda, en esta ocasión, no fue nada comparado con los buenos tiempos económicos. Criticó sin piedad su vestido, y literalmente lo llamó "corriente". La acusó de conformista por aceptar una simple comida en casa de sus suegros en lug
Ariadna era consciente de su desmedido estrés, entre los excesos de trabajo, estirar la economía y los constantes reclamos de su madre al enterarse de que volvió con su exesposo. Nunca creyó que la relación con sus padres sería tan pésima; no obstante, las personas cambian, para bien o para mal, y esa era una verdad que todavía le costaba procesar. A sus padres les agradaba la idea de que conociera a Lucas, que saliera con él, que rehiciera su vida. Sin embargo, la “relación” causó descontento después de escuchar su mentalidad. El hombre creció en una familia donde las mujeres tomaban las riendas de su vida. Lucas le pidió a Ariadna que se concentrara en su trabajo, sin importar los sacrificios. Eso no era malo. El problema era que ella ya tenía otra responsabilidad. Su hijo era muy pequeño y a Lucas no parecía importarle que lo dejara solo con tal de realizarse profesionalmente. Los Acosta vieron en eso una señal negativa. “Claro, porque no es su hijo. Por eso no le import







