INICIAR SESIÓN— ¿Y vas a tener hijos con mi propia hermana? —le pregunté. Fernando se quedó helado. Sus ojos se abrieron de par en par. Intenté darme la vuelta para irme, pero él reaccionó rápido. Su rostro se volvió duro como una piedra: — No quiero hablar de eso. Miré ese rostro perfecto que había amado durante cinco años. Ahora, lo único que me daba era asco. Fernando nunca vio a su esposa como una verdadera compañera. Durante cinco años, Mariana vivió en un matrimonio congelado. Ignorada, humillada y sola en una mansión enorme donde se convirtió en un fantasma. Hasta que una noche, la amante de Fernando bajó las escaleras. Llevaba puesta la camisa de él y presumía su embarazo. — Fernando dice que esta casa por fin merece una verdadera dueña. Fernando no lo negó. Simplemente puso los papeles del divorcio frente a Mariana. Él pensó que ella lloraría. Que le suplicaría. Como siempre. Pero Mariana firmó sin dudarlo un segundo. — Me quedo con la parte de los bienes que me toca. El resto es de ustedes. Salió de la mansión sin mirar atrás, decidida a no volver jamás. Y fue en ese mismísimo instante cuando Fernando entendió la verdad: Ella no iba a regresar. El hombre frío que jamás había perdido el control, se derrumbó por completo. La persiguió descalzo bajo la lluvia, se cayó de rodillas frente a todos, suplicó, lloró y prometió destruir su propia vida si ella lo abandonaba. La mujer que él tanto había despreciado era ahora la única que podía salvarlo. Pero esta vez, Mariana ya no quiere su amor. Solo quiere verlo sufrir.
Ver másPOV: Mariana
Hoy regresa.
Por fin.
Llevo un año entero esperándolo en esta casa vacía, mientras él expande la empresa al otro lado del mundo. En el fondo, sabía en lo que me metía. Para él, este matrimonio era solo un trato entre nuestras familias, un maldito negocio.
Pero yo estaba enamorada de él desde la preparatoria. El día que nos casamos, cuando me vi vestida de blanco a su lado, juré que me había sacado la lotería, aunque todo fuera una farsa.
Por eso, cuando tuvo que mudarse al extranjero, me hice la madura. Le dije que no había problema. En doce meses, lo único que tuve de él fueron un par de videollamadas mediocres de cinco minutos. Le propuse mil veces comprar un boleto para alcanzarlo, pero siempre me salía con la misma excusa: «Estoy ahogado de trabajo, Mariana, quédate allá».
Y me quedé.
Esperé.
Y esta mañana, por fin era el gran día.
Fui al aeropuerto tempranísimo, moría por ser lo primero que viera al salir.
Pero pasaron tres horas.Y nada. Nadie.
Terminé mandándole un mensaje de texto con las manos sudando de los nervios:
«Te espero en la salida B2. Me muero por verte».La respuesta llegó un minuto después:
«Tengo que ir directo a la oficina. Vete a la casa, no me esperes».Me quedé viendo la pantalla un buen rato.
Ese era Fernando.
Como siempre, el trabajo iba primero. Primero que yo.
Tiré la caja de galletas que le había comprado a la basura, saqué mis llaves y regresé a casa.
Al llegar, me congelé. Había un paquete sobre el tapete de la entrada. Una caja negra que solo tenía mi nombre escrito: Para Mariana.La abrí sobre la cama. Era un camisón de encaje negro. Una de esas prendas diminutas, ultra provocativas, que no esconden absolutamente nada.
No había nota, ni una sola palabra. Pero supe de inmediato que era de él. En ese momento, sentí un vuelco en el estómago.
Me deseaba. Había valido la pena esperar.
Llegó pasada la medianoche.
Cuando la puerta se abrió, solo vi su silueta imponente en la oscuridad. Traía el saco al hombro y la corbata a medio desabrochar. Tenía los ojos rojos por el cansancio del viaje, pero su mirada bajó directo a mis piernas desnudas antes de clavarse en mis ojos.
— Fernando… —dije acercándome—. Te extrañé tanto.
Ni siquiera se molestó en contestar.
Soltó el saco en el suelo y dio tres pasos firmes hacia mí. Sus manos quemaban, me agarró de las caderas con una fuerza casi violenta y me pegó a su cuerpo. Olía a tabaco y a viaje largo. Le rodeé el cuello con los brazos para besarlo. Tenía tanta hambre de él después de un año...
Sus labios aplastaron los míos, directo, con una pasión salvaje.
De un jalón, me aventó a la cama. El impacto me sacó el aire. Con una sola mano me atrapó las dos muñecas arriba de la cabeza, hundiéndolas en la almohada, y se puso encima de mí.
— Fernando, espera, mírame dos segundos… —alcancé a jadear.
Pero le importó un carajo. Volvió a devorarme la boca y todo se volvió completamente salvaje. Llevaba un ritmo frenético, una urgencia estúpida que no me dejaba ni respirar. Mi cabello se enredaba por toda la cama; yo me movía debajo de él, completamente perdida entre el placer que sentía y esa horrible sensación de que solo me estaba usando para desquitarse.
En un punto, empujó con tanta fuerza que sentí el pecho bloqueado. Abrí los ojos de par en par en la oscuridad, el aire no entraba a mis pulmones. Entré en pánico. Pensé que me iba a morir ahí mismo, asfixiada bajo su cuerpo, mientras él tomaba lo que quería.
Luego, soltó un gemido ronco contra mi oído, su cuerpo se relajó de golpe y, sin dudarlo, se levantó.
La puerta del baño se cerró y escuché el ruido de la regadera.
Me quedé boca abajo en las sábanas hechas un desastre, completamente ida, tratando de recuperar el aliento.
Fue ahí cuando su teléfono vibró en la mesa de noche. Dos veces seguidas.
Estiré el brazo y arrastré el celular hacia mí. Una notificación de W******p.
«Mira lo que viene en camino… Un nuevo integrante para nuestro departamento de Nueva York. 👶🏼❤️»
Abajo había una foto: una prueba de embarazo de plástico con dos líneas rosas bien marcadas.
Alguien estaba embarazada.
Mi cerebro se detuvo. Sentí cómo la sangre se me bajaba a las piernas de golpe; un frío terrible me recorrió el cuerpo. Ni siquiera alcancé a reaccionar cuando el mensaje desapareció de la pantalla. Eliminado. En su lugar, ella mandó otro texto de inmediato:
«Gracias por lo de esta tarde, mi amor. Fue mágico. Estoy tan feliz de volver a verte».
Esta tarde.
Me dieron unas náuseas espantosas. La oficina, las emergencias del trabajo, el plantón en el aeropuerto… Todo encajaba. Mientras yo lo esperaba como una idiota en la casa, él se estaba acostando con su amante embarazada. Dejé el teléfono exactamente donde estaba, bocabajo.
Tenía ganas de vomitar, una furia negra me subía por la garganta. Tenía que verlo con mi propios ojos. No iba a armar un escándalo, quería verle la maldita cara a la realidad.
Al día siguiente, a las siete de la mañana, su auto ya estaba encendiendo en la calle.
Agarré mis llaves.
Todavía esperaba, como una estúpida, que diera la vuelta hacia el distrito financiero.
Pero puso la direccional a la derecha. Empezó a meterse por las calles tranquilas de un vecindario residencial súper exclusivo. Su auto de lujo se estacionó justo frente a una mansión moderna llena de enormes ventanales.
Me estacioné unos cincuenta metros más atrás. Me temblaban tanto las manos sobre el volante que tuve que entrelazar los dedos con fuerza para controlarme.
Fernando bajó del auto. En ese mismo instante, la puerta de la casa se abrió. Una chica salió a recibirlo. Llevaba un vestido de punto beige que dejaba ver una pancita redonda. Un embarazo que apenas comenzaba.
Cuando giró la cabeza para ponerse los lentes de sol, sentí un golpe brutal en el estómago. Dejé de respirar.
Era mi rostro.
Exactamente mis facciones, el mismo corte de cabello castaño, los mismos pómulos. Parecía mi doble. La única diferencia eran sus labios, un poco más carnosos, que formaban un puchero consentido de niña frágil.
Me sentí tan humillada que el dolor se volvió físico. Todo había sido un maldito chiste. Mi amor por él, mis cinco años jugando a la esposa perfecta, esperándolo como una santa… Le había importado un carajo. Solo me había elegido porque me parecía a su mujer de Nueva York. Yo era su maldito repuesto oficial para las cenas familiares y las fotos.
Fernando se acercó a ella. Y ahí vi cómo sus hombros se relajaban por completo. Le regaló una sonrisa inmensa, enorme, llena de una ternura que jamás me había dado a mí en cinco años de matrimonio.
Lo perdí todo.
Valeria rodea su cintura con sus brazos frágiles:—No seas cruel conmigo, Fernando. Te amo sin pedir nada a cambio, jamás te he hecho un reproche. Quédate solo un poco. Es muy tarde, duerme aquí, como hacías siempre.Fernando está agotado, solo desea desplomarse en el sofá tras tantas horas de trabajo encadenadas. Frunce el ceño, se suelta suavemente de los brazos de Valeria y retrocede:—Lo siento, Valeria, pero tengo que irme a reunirme con Mariana.Valeria abre los ojos como platos, completamente en shock. Murmura, con la voz entrecortada:—Fernando… estoy paralizada. ¿Y aun así te largas?—Sí. Y prefiero decírtelo ahora mismo: no volveré a verte.—¡¿Qué?!Los labios de Valeria empiezan a temblar. Se da cuenta de que está discapacitada y que el tipo la está sacando de su vida definitivamente.Noémie explota al instante:—¡Estás perdiendo el juicio, Fernando! ¿Huyes de tus responsabilidades? ¡Acabas de prometer hace un momento que te ocuparías de ella toda la vida! ¡Sé un hombre de
Cuando Fernando entra, Noémie se seca las mejillas con un gesto teatral, retomando al instante su máscara de madre afligida. Él se acerca a la cama con el rostro totalmente cerrado y se inclina ligeramente hacia Valeria.—Valeria —dice con suavidad.La chica, que miraba el techo con lágrimas fingidas, gira lentamente la cabeza hacia él antes de estallar en sollozos. Un auténtico melodrama.—Fernando… mis piernas… ¡He perdido lo mejor de mí misma! —grita entre lágrimas.Fernando se sienta en el borde del colchón y le da unas palmaditas en el hombro.—Valeria, sé fuerte. No hay que rendirse.Pero ella continúa llorando a lágrima viva, inconsolable:—Mis piernas, Fernando… ¡Ya no tengo piernas!—Eres joven —intenta tranquilizarla—. Nada está perdido. Moveré cielo y tierra para encontrarte a los mejores expertos en Estados Unidos, especialistas en médula espinal.—No servirá de nada. Ya estamos en la mejor clínica del país y han fallado. Mi vida ha terminado, Fernando.Fernando hace una p
En cuanto Fernando pasó la puerta, Noémie estalló. Empezó a maldecir como una pescadera, soltando insultos muy crudos, palabras violentas que contrastaban con la blanca calma de la clínica.Valeria levantó suavemente la cabeza, comprobando que Fernando estaba bien lejos.—¡Valeria, estás completamente loca! —se enfureció Noémie en voz baja—. ¡Te dije que fingieras, no que pagaras a un tipo para que te destrozara las piernas de verdad!—Mamá —respondió Valeria, ultra calmada—. Si no me hubiera pasado nada y Fernando hubiera descubierto el plan, me habría largado al instante. Ya no es tan idiota como antes.Noémie tuvo que admitirlo con un gesto de cabeza. El chico de veinte años al que manipulaba antaño se había convertido en un patrón frío y desconfiado. Estaba incluso dispuesto a rastrear la Dark Web para encontrar al culpable.—¿Has limpiado bien el asunto al menos? —preguntó Noémie, presa del pánico—. Si Fernando capta que es un montaje, estamos muertas.Valeria esbozó una sonrisa
POV: FernandoAl otro lado de la línea, la voz de Noémie me perfora los tímpanos, completamente rota. Al mismo tiempo, mi móvil vibra. Un mensaje de texto de Aaron: «La operación debía durar cuatro horas, ha tomado doce. El cirujano acaba de salir. Los nervios están afectados. Probablemente se quede paralizada».Me quedo mirando la pantalla, K.O., mientras Noémie sigue chillando en el auricular:—¡Fernando, te lo suplico, ven! ¡Valeria no aguantará esto sin ti!No pronuncio ni una palabra durante un largo rato.—¿Estás segura? —termino por soltar.Un pobre «sí» ahogado me responde.Dejo lentamente el estuche sobre mi escritorio. Cinco minutos antes, todavía estaba pensando en Mariana, cuando le había respondido cualquier cosa sobre sus joyas. Si hubiera visto estos prototipos, se habría vuelto loca de alegría.Pero ahora, es Valeria quien me necesita. Le digo a Aaron que me consiga un chófer y salgo disparado hacia el hospital.No pensé que rechazar al doctor Philippe condenaría sus p






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