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Capítulo 27

Author: Nieve Acuario
Luciano le respondió con frialdad:

—A la Mansión Sforza. Tu casa de ahora en adelante.

Carla lo miró con los ojos como platos.

—¿Mi casa? ¡Ni lo sueñes! ¡Yo no voy a entrar ahí! —gritó desesperada—. Daniel sigue en la comisaría, tengo que...

—¡Carla! —la cortó Luciano con una voz cortante.

Él la miró con una furia asesina que la dejó muda.

—Repite ese nombre y juro que le vuelan la cabeza hoy mismo.

Esa amenaza tan cruda dejó a Carla helada. Se le drenó el poco color que le quedaba en la cara y
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    Carla apretaba los ojos con todas sus fuerzas, como si al cerrar la vista el mundo pudiera desaparecer.—Abre los ojos. Te lo dije.Luciano le acariciaba la espalda con calma. Sus movimientos eran suaves, casi dulces, pero a Carla se le puso la piel de gallina.Sabía que no ganaba nada resistiéndose y que, tarde o temprano, él iba a usar a Daniel para obligarla a hacer lo que quisiera.El miedo terminó por ganarle. Con la cara pálida y las pestañas temblando sin parar, Carla fue abriendo los ojos poco a poco.Lo primero que vio fue algo sacado de una pesadilla: un hueco en el suelo con una jaula de hierro enorme. En el centro, un hombre colgaba de los pies, amarrado con sogas gruesas que le cortaban la carne. Tenía el cuerpo destrozado, era pura carne viva. No le quedaba ni un pedacito de piel sana. La sangre espesa goteaba de sus heridas, formando un charco oscuro y pegajoso en el piso.Por llevar tanto tiempo boca abajo, la cara del hombre estaba deformada, con los ojos saltados y l

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    Luciano le respondió con frialdad:—A la Mansión Sforza. Tu casa de ahora en adelante.Carla lo miró con los ojos como platos.—¿Mi casa? ¡Ni lo sueñes! ¡Yo no voy a entrar ahí! —gritó desesperada—. Daniel sigue en la comisaría, tengo que...—¡Carla! —la cortó Luciano con una voz cortante.Él la miró con una furia asesina que la dejó muda.—Repite ese nombre y juro que le vuelan la cabeza hoy mismo.Esa amenaza tan cruda dejó a Carla helada. Se le drenó el poco color que le quedaba en la cara y empezó a temblar sin parar.***Los muros de piedra gris se extendían por kilómetros, rodeando un terreno inmenso. Era una de las mansiones más viejas y ricas de todo el país, un verdadero castillo. En el enorme portón de hierro resaltaba el escudo de la familia bañado en oro: un león con los ojos rojos que parecía vigilar a cualquiera que se acercara.Al ver que el Maybach llegaba, los guardias abrieron los portones despacio. El auto avanzó por un camino lleno de olivos viejos y arbustos cor

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