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2. La prometida del Alfa

last update Data de publicação: 2026-06-11 10:32:25

Pasé el resto de la mañana intentando convencerme de que había oído mal.

Era una teoría inútil.

Mi loba no tenía ninguna intención de colaborar con ella.

Cada vez que recordaba el patio, se movía dentro de mí con una atención incómoda, demasiado viva para una criatura que llevaba seis años aceptando mis órdenes. Había reaccionado a Caden Blackthorn como nunca había reaccionado a nadie, y mi cuerpo se había encargado de acompañarla: el pulso acelerado, el olor del Alfa pegado a la memoria, una presión cálida bajo el esternón que no desaparecía por más que me concentrara en otra cosa.

Mate.

La palabra era absurda.

También era imposible ignorarla.

—Tienes cara de estar planeando un asesinato —dijo Petra cuando entramos a la Sala Grande para la asamblea del mediodía.

—Estoy planeando varias explicaciones alternativas.

—¿Para qué?

—Para algo que no ocurrió.

Petra me miró de lado.

—Eso suena sanísimo.

Tomé asiento en la última fila.

La Sala Grande había sido diseñada para recordar jerarquías incluso cuando nadie las nombraba. Piedra volcánica, techo de roble oscuro, una plataforma elevada al frente y una disposición de asientos que colocaba a los rangos superiores más cerca del centro. Los Omegas ocupábamos las filas traseras y laterales, donde resultaba fácil olvidar que también formábamos parte de la institución.

En circunstancias normales, me gustaba estar atrás.

Ese día, la distancia me molestó de una forma nueva.

La puerta lateral se abrió.

Mi cuerpo reconoció a Caden antes que mis ojos.

Fue una punzada limpia bajo las costillas. El vínculo —si de verdad eso era— pareció encontrar de nuevo el extremo que había descubierto en el patio y tirar. No con dolor, todavía no, sino con una certeza física tan íntima que me enfureció. Nadie tenía derecho a sentirse familiar dentro de mi cuerpo sin haber sido invitado. Mucho menos un Blackthorn.

Lo odié inmediatamente.

Caden entró acompañado por Knox y dos miembros del Consejo. Su expresión había recuperado la neutralidad del Alfa del que todos hablaban, pero el anillo negro seguía en su mano derecha y su pulgar pasó una vez por la superficie opaca antes de que subiera al estrado.

No me miró.

Eso debería haber sido un alivio.

No lo fue.

Entonces apareció Sierra Vane.

Entró desde el corredor reservado a las Casas y caminó directamente hacia Caden. Alta, impecable, vestida de azul oscuro en lugar del uniforme común, llevaba el cabello recogido y una insignia Vane prendida al cuello. No necesitaba que nadie explicara quién era. Blackthorn llevaba meses preparándose para una alianza entre ambas Casas.

Sierra era la mujer que todos esperaban ver al lado del Alfa.

La futura Luna.

No hacía falta imaginar por qué la alianza complacía tanto a las Casas. Sierra parecía haber sido educada para ese lugar desde niña: sabía cuándo sonreír, cuándo guardar silencio, cómo inclinar el rostro hacia Caden sin parecer sumisa y cómo recibir la atención de una sala completa como si fuera parte natural de su ropa. A su lado, yo llevaba un uniforme gris que todavía conservaba una sombra de humedad en el borde de la manga. El contraste era tan perfecto que habría resultado cómico si mi loba no hubiese reaccionado con una hostilidad instantánea.

Se detuvo junto a Caden con la familiaridad de quien ha ocupado ese sitio muchas veces. Le tocó el antebrazo para llamar su atención y él inclinó apenas la cabeza hacia ella.

Mi loba mostró los dientes.

Me quedé helada.

—Ni se te ocurra —murmuré.

Petra giró.

—¿Qué?

—Nada.

Sierra dijo algo que no alcancé a oír. Caden respondió sin sonreír. Ella sí lo hizo y, durante un segundo ridículo, lo único que pude ver fue su mano todavía cerca de él.

No eran celos.

No podían serlo.

Yo no quería a Caden Blackthorn. Apenas había intercambiado palabras con él. Si aquello era un vínculo de mate, podía ser biología, instinto, una reacción desagradablemente eficiente del cuerpo. No amor.

Aun así, tuve que obligar a mis dedos a soltar el borde del asiento.

Knox inició la asamblea. Habló de reglas revisadas, evaluaciones, acuerdos con manadas vecinas y una inspección extraordinaria del Consejo prevista para esa semana. La última frase provocó un movimiento mínimo en la primera fila.

Yo también presté más atención.

Un hombre sentado a la derecha de la plataforma levantó la vista de sus documentos.

Cabello gris en las sienes, traje oscuro, insignia del Consejo de Rangos. No lo había visto antes en persona, pero sí su apellido en índices de archivos restringidos.

Aldric Mourne.

Mi madre había aparecido una vez junto a ese nombre.

Solo una.

Había sido suficiente para memorizarlo.

Caden comenzó a hablar.

Su voz llenó la sala sin necesidad de elevarse. Mientras repasaba los cambios de seguridad, su mirada recorrió las primeras filas, pasó sobre los Betas, los Gammas, los Deltas. Cuando llegó al fondo, se detuvo en mí.

La presión regresó de inmediato.

Mi loba empujó hacia adelante.

Esta vez no fui la única que reaccionó.

Caden perdió medio compás en la frase.

Sierra lo notó.

Lo vi porque su sonrisa se apagó antes de que girara lentamente la cabeza hacia la última fila.

Nuestros ojos se encontraron.

No hubo sorpresa en su rostro.

Hubo cálculo.

Después Sierra miró a Caden.

Y yo comprendí que había visto suficiente.

La asamblea continuó, pero ya no escuché todas las palabras. Parte de mi atención estaba en Caden; otra, en Sierra. La tercera —la más importante— observaba a Mourne.

Él también había visto.

No miraba hacia mí directamente. Miraba a Caden.

Eso fue peor.

El pulgar de Caden volvió a pasar por el anillo.

Mourne inclinó la cabeza.

Una pregunta silenciosa.

Caden continuó hablando sin responderla.

Cuando terminó, Knox comenzó a organizar la salida por filas. Las primeras personas se pusieron de pie. Yo esperé, como siempre, a que el flujo disminuyera antes de moverme.

—Naya.

Petra me sujetó la muñeca.

Caden acababa de bajar de la plataforma.

Sierra permanecía a su lado.

Mourne también.

El Alfa miraba directamente hacia mí.

—Naya Cross —dijo.

La sala todavía estaba lo bastante llena para que decenas de cabezas se giraran.

Mi estómago se hundió.

Caden no apartó los ojos.

—Adelante.

Petra apretó mi muñeca una vez antes de soltarme.

Me levanté.

El camino desde la última fila hasta el frente no debía tener más de treinta metros.

Nunca me habían parecido tantos.

Pasé entre estudiantes que fingían no observarme. Renn Holt estaba cerca de una columna y sonrió cuando me vio avanzar, creyendo quizá que por fin la Omega silenciosa había cometido un error que merecía exposición pública.

Sierra no sonreía.

Cuando quedé frente al estrado, el olor de Caden me golpeó con una fuerza que hizo que mi loba se acercara a la superficie.

La reacción del salón me llegó en capas: primero el silencio, después el olor metálico de la sorpresa y, al fondo, el perfume de Sierra volviéndose más intenso cuando se incorporó. Mi loba empujó contra mis costillas con una certeza que yo todavía no quería nombrar. Caden no apartó la mirada. Eso fue peor que cualquier palabra, porque supe que él también estaba intentando entender algo que ya había ocurrido entre nosotros antes de que ninguno pudiera decidir qué hacer con ello.

Sus ojos cambiaron apenas.

Mourne lo vio.

Yo también.

Y entonces comprendí qué estaba realmente en juego.

Caden Blackthorn no había llamado a una Omega cualquiera al frente de la Sala Grande.

Había llamado a la mujer que su lobo había reconocido esa mañana.

Delante de su prometida.

Y delante del hombre cuyo nombre aparecía junto al de mi madre.

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