หน้าหลัก / Hombre lobo / Omega Sin Cadenas / 1. La Omega que el Alfa no debió oler

แชร์

Omega Sin Cadenas
Omega Sin Cadenas
ผู้แต่ง: Renata Caglioni

1. La Omega que el Alfa no debió oler

ผู้เขียน: Renata Caglioni
last update วันที่เผยแพร่: 2026-06-11 10:31:52

El tercer balde de agua sucia me cayó encima antes de las seis de la mañana, y nadie en el laboratorio tuvo la decencia de fingir que había sido un accidente.

Renn Holt sostuvo el asa vacía con una sonrisa demasiado tranquila. Era Beta de segundo año, heredero de un apellido que pronunciaba como si fuera una corona, y tenía esa clase de seguridad que solo nace cuando el mundo lleva demasiado tiempo confirmándote que las consecuencias son para otros.

El agua helada me bajó por la nuca, se metió bajo la tela gris del uniforme y terminó formando un charco alrededor de mis rodillas. Olía a cloro, polvo y la humillación barata que Blackthorn University repartía con tanta naturalidad como los horarios de clase.

Alguien rió detrás de Renn.

—Se te quedó una parte seca —dijo uno de sus amigos.

Conté hasta tres. Respiré. Volví a pasar el trapo por las baldosas.

Los tres se quedaron esperando algo más. Esa era la parte que casi siempre interesaba de la crueldad: no bastaba con hacerte daño. Necesitaban verte entender que podían hacerlo. Una súplica, una mirada equivocada, un temblor. Cualquier cosa que confirmara el lugar que habían decidido para ti.

Yo llevaba seis años aprendiendo a no regalarles nada.

—Limpia el pasillo del fondo también —ordenó Renn—. Hay algo que no huele bien.

No levanté la cabeza.

—Sí.

Una sola sílaba. Plana. Correcta.

Mi rabia, en cambio, no tenía nada de correcta.

Se me instaló detrás de las costillas con una claridad casi agradable. Por un instante imaginé la rodilla defectuosa de Renn doblándose en el ángulo preciso. Sabía que tenía una lesión vieja en el tobillo derecho, que cargaba demasiado peso hacia la izquierda al girar y que necesitaba medio segundo más que un Beta sano para recuperar el equilibrio. También sabía cuál de sus amigos se reía tarde porque primero comprobaba si Renn esperaba que lo hiciera.

Todo el mundo tenía debilidades.

Los Betas solo no habían aprendido que una Omega silenciosa era un lugar excelente para recopilarlas.

Renn dejó caer el balde junto a mí y se marchó con los otros dos. El golpe metálico reverberó por el laboratorio.

Esperé hasta que la puerta se cerró.

Entonces mis dedos se hundieron en el trapo.

La botella de reactivo que estaba sobre la mesa de preparación vibró.

Solo una vez.

La miré.

El vidrio volvió a quedarse inmóvil.

—No —murmuré.

No sabía si se lo decía a la botella, a mi loba o a esa parte de mí que llevaba cada vez peor fingir que no existía.

Solté el trapo despacio.

La botella estalló por dentro.

No hubo fuego. Ni cristales volando. Solo un chasquido seco y una grieta blanca recorriendo el recipiente de arriba abajo.

Me quedé quieta.

Seis años.

Seis años regulando la respiración, bajando los tiempos, perdiendo peleas antes de que empezaran, ocultando fuerza, vista, oído, instinto. Seis años construyendo una versión de Naya Cross que nadie necesitara vigilar.

Y esa mañana una botella había decidido recordarme que la máscara empezaba a quedarme pequeña.

Limpié el vidrio antes de que alguien regresara.

* * *

A las siete cincuenta estaba en el patio central para la convocatoria de inicio de jornada. Blackthorn ordenaba incluso a las personas cuando las reunía: Alfas y Betas cerca del estrado, Gammas y Deltas detrás, Epsilons y Zetas en los laterales, Omegas contra la pared de piedra del fondo.

Yo ocupé mi sitio habitual, entre la tercera y la cuarta columna.

Desde allí podía ver casi todo sin ser vista con facilidad.

Petra Quinn llegó a mi lado con dos vasos de café y me ofreció uno sin mirarme.

—Hueles a piscina municipal.

—Buenos días a ti también.

—Renn.

No era una pregunta.

Tomé el café.

—Tercer balde.

Petra giró la cabeza.

—¿Tercero esta semana?

—Tercero hoy.

—Naya.

—Sigo teniendo un expediente disciplinario limpio. Él no.

—Eso no es consuelo.

—No intentaba consolarte.

Petra hizo el ruido irritado que reservaba para cuando yo tenía razón de una forma que no le gustaba. Después se acercó un poco más y bajó la voz.

—Algún día vas a dejar que alguien te ayude antes de que la ayuda sea recoger pedazos.

No contesté.

Knox Mercer comenzó a leer las asignaciones de servicio desde el podio. Laboratorio norte. Cocina. Archivo menor. Lavandería. Jardines. Cuando dijo mi nombre, recibí exactamente lo que esperaba.

—Naya Cross. Laboratorio norte, segundo turno. Apoyo de archivo los jueves.

Nada cambió en el patio.

Perfecto.

Invisibilidad confirmada por escrito.

Guardé el dato y bebí café.

Entonces el aire cambió.

No necesitaba verlo para saber que un Alfa había entrado al patio. Cientos de cuerpos reaccionaron antes de que nadie pronunciara su nombre: espaldas más rectas, conversaciones cortadas, ojos al frente. Mi propia cabeza quiso inclinarse por reflejo.

La mantuve quieta un segundo más de lo prudente.

Caden Blackthorn cruzó el arco norte acompañado por Knox, que había abandonado el podio para ir a recibirlo. Tenía veintitrés años, tres más que yo, pero el peso del apellido Blackthorn le añadía algo que no era edad. Llevaba ropa oscura sin insignias innecesarias y un anillo negro en la mano derecha, demasiado sobrio para ser decorativo.

No era la primera vez que lo veía.

Sí era la primera vez que estaba tan cerca.

Había pasado junto a él en corredores. Lo había observado desde el fondo de ceremonias. Sabía cómo caminaba, cómo los demás se apartaban antes de que él pidiera espacio, cómo el silencio se acomodaba a su alrededor.

Nada de eso me preparó para el olor.

Me alcanzó cuando todavía estaba a varios metros.

Bosque húmedo. Madera oscura. Algo más cálido debajo, imposible de separar del latido que me golpeó la garganta.

Mi loba se levantó dentro de mí.

No despacio.

No con la cautela que había usado durante seis años.

Se puso de pie de golpe.

El vaso de café tembló entre mis dedos.

Caden se detuvo.

El movimiento fue tan brusco que Knox dio dos pasos antes de darse cuenta de que el Alfa ya no caminaba a su lado.

Yo dejé de respirar.

Caden giró la cabeza.

No barrió el patio. No buscó entre cientos de personas.

Me encontró.

La distancia entre nosotros era demasiado grande para que una mirada pesara de aquella manera. Sus ojos, ámbar oscuro, se clavaron en los míos y algo primitivo empujó desde el fondo de mi pecho con una fuerza que me hizo apretar los dientes.

Mi loba no quería bajar la cabeza.

Quería acercarse.

Eso era peor.

Caden inhaló.

Vi el instante exacto en que perdió el control de su expresión.

Fue mínimo: sus pupilas ensanchándose, los hombros endureciéndose, la mano derecha cerrándose sobre el anillo negro. Pero yo llevaba media vida sobreviviendo gracias a detalles que otros no veían.

Aquello no era curiosidad.

Era reconocimiento.

Knox dijo algo a su lado. Caden no respondió.

El patio seguía existiendo, pero yo apenas lo sentía. El ruido se había hundido bajo el golpe de mi sangre y la presencia de mi loba, despierta como nunca.

Caden dio un paso hacia mí.

Después otro.

Se detuvo antes de cruzar la mitad del patio, como si de pronto hubiera recordado que había doscientas personas alrededor.

Su mandíbula se endureció. La mano del anillo volvió a cerrarse.

Yo debería haber bajado la mirada.

No pude.

Entonces sus labios se movieron.

La palabra salió tan baja que nadie a mi alrededor pareció escucharla.

Yo sí.

—Mate.

อ่านหนังสือเล่มนี้ต่อได้ฟรี
สแกนรหัสเพื่อดาวน์โหลดแอป

บทล่าสุด

  • Omega Sin Cadenas   98. Sierra elige perder

    Sierra pidió que nadie estuviera en la habitación cuando llamara a Mourne.Después cambió de opinión.—Naya se queda.Petra arqueó una ceja.—¿Solo Naya?—Solo Naya.No pregunté por qué.Nos encerramos en una sala pequeña de Ashwood con una mesa, dos sillas y una ventana que daba al bosque. Sierra dejó el teléfono en el centro y activó dos sistemas de grabación: uno propio y otro proporcionado por Mara.—Si esto sale mal —dijo—, no quiero que digan que fabricaste la conversación.—Aprecio la confianza implícita.—No es confianza. Es cadena de custodia.—Claro.La llamada entró a las seis y doce.Mourne apareció en pantalla con la misma calma que usaba cuando creía haber calculado todas las salidas.—Sierra.—Mourne.—Me alegra que hayas aceptado hablar.—No confundas curiosidad con aceptación.—Tu familia está dispuesta a reparar mucho de lo ocurrido.Sierra apoyó las manos sobre las piernas para que la cámara no mostrara cómo temblaban.—¿Mi familia o tú?—En este punto, la diferenci

  • Omega Sin Cadenas   97. Ashwood

    Ashwood no se parecía a una fortaleza.Eso fue lo primero que me desconcertó.No había muros negros, torres de vigilancia ni un salón diseñado para recordar a todo el mundo quién mandaba. Había edificios bajos de piedra clara, caminos entre árboles y una enfermería con ventanas demasiado grandes para mi gusto.—Parece un lugar donde la gente deliberadamente intenta respirar —dijo Ezra.Mara Ellis lo miró.—Es una crítica extraña.—Vengo de Blackthorn.—Punto concedido.Habíamos llegado al mediodía con Petra, Sierra, Ezra y Knox. Caden se quedó en Blackthorn porque la oferta decía explícitamente que no era para "su Alpha" y porque yo quería comprobar que la puerta seguía siendo mía incluso si él no la cruzaba conmigo.No protestó.Eso también formaba parte de la prueba.La Omega pelirroja que había visto meses atrás estaba junto a Mara cuando entramos al edificio administrativo. Se llamaba Tessa Vale. Ya no parecía una siembra misteriosa. Parecía una mujer cansada de ser observada como

  • Omega Sin Cadenas   96. No me tengas miedo

    Esperé hasta que llegamos a C-2.17 para preguntarle.No porque quisiera privacidad dramática. Porque no quería que la respuesta de Caden terminara convertida en otra declaración pública antes de pertenecerme a mí.Entró cuando se lo pedí. Cerró la puerta cuando asentí. Se quedó junto a la mesa mientras yo me cambiaba la camisa manchada de sangre por una limpia.La escena habría sido íntima incluso sin desnudez.Quizá más.—¿Me tienes miedo? —pregunté.Caden dejó de mirar el informe médico que Mara había entregado.—No.La rapidez de la respuesta me irritó.—Piénsalo.—Lo pensé en la Asamblea.—Me viste hacer algo que ninguno de nosotros sabía que podía hacer.—Sí.—Interrumpí una orden Alpha con un sonido.—Sí.—Y ni siquiera Petra sabía exactamente cómo iba a funcionar.—Correcto.—Caden.Dejó el papel.—Tengo miedo.El pecho se me apretó.Él dio un paso y se detuvo.—Tengo miedo de lo que la gente va a intentar hacerte ahora que vio eso. Tengo miedo de que conviertan una capacidad d

  • Omega Sin Cadenas   95. El aullido que detiene

    El primer Gamma cayó de rodillas antes de que yo entendiera qué estaba haciendo mi voz, no por obediencia, sino por resistencia.El hombre apretó una mano contra el suelo como si necesitara recordar dónde terminaba su cuerpo y empezaba la orden que le habían puesto encima.—No —repetí, más bajo.La plata llenó mi vista.La compulsión Alpha seguía en la sala, una presión densa que empujaba a los tres Gammas hacia mí. Uno tenía la mano en la empuñadura de su arma. Otro temblaba.Podía sentir la estructura de la orden sin comprenderla como palabras: una dirección impuesta que empujaba desde dentro del rango.Salga.Retírela.Obedezca.Mi loba respondió con un sonido que no había usado nunca de esa forma.El aullido salió de mi pecho corto, incompleto, demasiado grave para una garganta humana y demasiado contenido para una transformación completa.La sala entera se detuvo.El efecto sobre los Gammas fue inmediato.El alto soltó el aire de golpe. El segundo retrocedió dos pasos. El tercero

  • Omega Sin Cadenas   94. Naya dice no

    La segunda jornada empezó con una moción para expulsarme de mi propia audiencia.La presentó el delegado del norte antes de que la presidenta terminara de leer el orden del día.—Dado que se discute la capacidad de la señorita Cross para afectar voluntad y conducta —dijo—, su presencia durante deliberaciones constituye un riesgo de contaminación.Durante un segundo pensé que había escuchado mal.—¿Contaminación? —pregunté.Rendell miró al delegado.—La terminología es impropia.—La preocupación es legítima. Si su poder es involuntario, no podemos saber si quienes votamos en su presencia estamos libres de influencia.Mourne no dijo nada.No necesitaba hacerlo. La idea ya estaba en la sala.Me giré apenas hacia Petra.—¿Pueden hacerlo?—Pueden votar una exclusión temporal —susurró—. Necesitan mayoría simple.—¿Y mi defensa?—Quedaría en manos del representante que designes.Miré hacia Caden.Él no se movió.Eso también era una respuesta.No iba a asumir que quería nombrarlo.La presiden

  • Omega Sin Cadenas   93. El primer empate

    Mourne tardó menos de diez minutos en usar la recusación de Caden como prueba de que yo era peligrosa.No me sorprendió. Me molestó haber sabido exactamente cómo lo haría.—El Alpha Blackthorn reconoce conflicto —dijo—. Su propia conducta confirma que la proximidad de Naya Cross afecta su criterio.La presidenta Rendell levantó una mano.—Conflicto de interés no equivale a incapacidad.—Cuando el conflicto está mediado por un vínculo biológico, la distinción merece examen.—Entonces examínelo —dije.Mourne giró hacia mí.—¿Perdón?—Llevamos veinte minutos hablando de lo que Caden siente sin preguntarle qué decisiones tomó antes y después de Fase II. Si quiere demostrar influencia, muestre una decisión concreta que yo le haya impuesto.Un delegado murmuró algo al asesor que tenía detrás.Mourne sonrió con paciencia.—La señorita Cross tiene una forma muy eficiente de convertir preguntas sobre riesgo en exigencias de prueba.—Es una costumbre molesta que adquirí después de que intentara

บทอื่นๆ
สำรวจและอ่านนวนิยายดีๆ ได้ฟรี
เข้าถึงนวนิยายดีๆ จำนวนมากได้ฟรีบนแอป GoodNovel ดาวน์โหลดหนังสือที่คุณชอบและอ่านได้ทุกที่ทุกเวลา
อ่านหนังสือฟรีบนแอป
สแกนรหัสเพื่ออ่านบนแอป
DMCA.com Protection Status