LOGINEl mes de noviembre llegaba a su fin y la ciudad de Crestview comenzaba a respirar un aire navideño. Las temperaturas bajaron, alcanzando niveles de hasta diez grados, haciendo que la gente sacara bufandas esponjosas de sus armarios.Apenas una semana atrás habían celebrado Acción de Gracias, Emilia recibió en su nuevo hogar a un grupo de amigos pequeño pero íntimo. La celebración fue cálida, llena de alegría, de risas y de esperanza. Esa noche, después de despedirlos, se sentó en la pequeña terraza del segundo piso y observó la noche, en silencio y sin luces, acompañada solo por una copa de vino blanco que descansaba sobre la mesita auxiliar a su lado.El auto oscuro que estaba estacionado frente a la casa vecina del otro lado de la calle se le hizo familiar, pero fue solo tras despedirse de sus visitas que identificó de quién era. Sintió un escalofrío recorrerla de pies a cabeza, y después de quedarse sola, esperó con intranquilidad la llegada de su dueño.Sin embargo, pasadas dos h
La cafetería en Rosewood District era un refugio modesto, cálido y perfumado con el aroma de café recién molido. El lugar estaba decorado con tonos tierra y madera desgastada, creando un ambiente acogedor que contrastaba con el peso que Emilia sentía en su pecho. Había elegido un rincón junto a una ventana que ofrecía una vista parcial de la calle. Allí, el sol de media mañana se colaba a través del vidrio, iluminando su rostro con un resplandor tenue.Gabriel llegó puntual, vistiendo su acostumbrado abrigo oscuro que parecía ser parte de su armadura. Llevaba una expresión neutra, pero sus ojos ocultaban una mezcla de preocupación y alivio al ver a Emilia.—¿Llegué temprano o tú demasiado pronto? —preguntó mientras se quitaba el abrigo y lo colgaba en el respaldo de la silla frente a ella.Emilia esbozó una sonrisa cansada, apartando la taza de café que apenas había tocado.—Ambas cosas, supongo. No he dormido mucho.—¿Por la mudanza? —Ella asintió—. Es normal. Dejar un viejo lugar qu
El apartamento de Emilia en Rosewood District estaba bañado por la tenue luz de las farolas de la calle, que se colaba por las persianas. Era una noche tranquila y algo fría de mediados de octubre, pero la tensión en el aire hacía que cada rincón del espacio pareciera más pequeño, más sofocante. Sentada a la mesa, con una taza fría de té entre las manos, su mirada perdida en las sombras que danzaban en la pared, contemplaba las palabras que le había dicho la terapeuta esa tarde.Dos semanas transcurrieron desde la gala fallida. Tras dar su declaración, confirmar que Dimitri se enfrentaba a una larga condena por múltiples delitos y renunciar a sus trabajos, se encerró en su departamento por tres noches, ignorando el mundo que continuaba moviéndose detrás de la puerta. Fue a la mañana del cuarto día que decidió salir de la cama, porque el ruido incesante de la puerta se convirtió en una tortura.—¿Qué haces aquí? —preguntó a Clara, quien la miraba con ojos cargados de preocupación.—No
El pasillo fuera de la habitación privada de Alexander en la exclusiva Northwood Health Clinic estaba silencioso, salvo por el eco lejano de pasos y murmullos de enfermeros y galenos. La clínica, conocida por atender discretamente a las élites de Crestview, tenía un diseño moderno y minimalista que contrastaba con la intensidad de los eventos recientes. Su ubicación en un tranquilo rincón de la ciudad la hacía el refugio perfecto para quienes buscaban privacidad absoluta y secretismo total.Emilia estaba sentada en una de las sillas de la sala de espera, con la vista fija en el suelo. La intensidad de la noche pesaba sobre sus hombros como un manto sofocante, envolviéndola en un agobio que parecía imposible de sacudir. Las imágenes de la confrontación, los disparos y los gritos no se iban de su mente; todo era tan agobiante que no lograba cerrar los ojos y descansar un poco. Respiró hondo, tratando de calmarse mientras observaba la puerta cerrada al final del pasillo.El médico salió
En la mansión de Alexander parecía que el caos había sido contenido. El eco de las sirenas policiales resonaba a lo lejos anunciando la llegada de refuerzos mientras el salón principal se llenaba de agentes, luces intermitentes y murmullos nerviosos. Los cuerpos inmóviles eran retirados uno por uno, y algunos de los atacantes que acompañaron a Viktor estaban siendo esposados. Los invitados, visiblemente afectados, respondían las preguntas de los oficiales.El aire olía a sudor, metal y pólvora.Ivan, con rastros de polvo y sangre sobre su cuerpo, observaba la escena desde un rincón. Su postura tensa, y sus ojos escudriñaban cada detalle con precisión militar, conteniendo las ganas de encender un cigarrillo. No mostraba ninguna emoción visible, pero por dentro ya estaba calculando los próximos pasos necesarios para proteger los negocios de Alexander. Cerca de él, a un escaso metro, Katerina estaba sentada en una butaca, con una copa de licor ambarino entre las manos, cuyo leve temblor
El salón principal de la mansión estaba impregnado de una calma irreal. El rugido de la tormenta nocturna se filtraba a través de las ventanas rotas, acompañado por el crujir ocasional de escombros bajo las botas de los oficiales que revisaban la escena. Alexander avanzaba tambaleante, con cada paso dejando un rastro de sangre que se mezclaba con los restos del enfrentamiento. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, pero su mente estaba en un solo objetivo: encontrar a Emilia.Los candelabros de cristal pendían del techo destrozados y las sombras proyectadas por las luces intermitentes parecían burlarse de él. Su mirada recorría cada rincón, buscando desesperadamente entre los cuerpos inmóviles y los rostros aterrados de los sobrevivientes. La posibilidad de no verla nunca más lo golpeó como una ola de hielo. Una fracción de duda comenzó a filtrarse en su determinación.De repente, una figura familiar cruzó la puerta. Emilia, su falda estaba desgarrada y sus ojos marcados por el cansanc







