Sangre y Rosas

Sangre y Rosas

last updateÚltima actualización : 2026-09-24
Por:  AnneryActualizado ahora
Idioma: Spanish
goodnovel18goodnovel
No hay suficientes calificaciones
5Capítulos
14vistas
Leer
Agregar a biblioteca

Compartir:  

Reportar
Resumen
Catálogo
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP

Isabella Ferrara es una joven doctora que vive una vida tranquila en Nueva York, ajena al mundo criminal que la rodea. Todo cambia la noche en que salva la vida de Dante Moretti, el despiadado líder de la familia mafiosa más poderosa de la costa este. Lo que comienza como una deuda de vida se convierte en una obsesión peligrosa: él no puede dejarla ir, y ella descubre que no quiere escapar. Pero en un mundo donde la lealtad se paga con sangre y la traición con la muerte, amar al hombre equivocado puede costarle todo.

Ver más

Capítulo 1

La Noche Que Todo Cambio

La lluvia torrencial sobre el asfalto de Palermo era lo único que amortiguaba el zumbido constante de la luz fluorescente del pasillo. Isabella se quitó los guantes de látex con un chasquido seco y los tiró al cubo de desechos biológicos, sintiendo cómo el cansancio de una jornada de catorce horas se le acumulaba en la base del cuello.

Su clínica no figuraba en las guías turísticas de Buenos Aires ni contaba con el financiamiento de grandes mutuales. Era un refugio austero, encajado en una esquina olvidada, donde atendía fiebres infantiles, cortes de obreros y a ancianos que no podían pagarse los remedios. Isabella conocía el valor del silencio y la discreción; en ese barrio, ambos eran monedas de cambio tan valiosas como el dinero.

Eran pasadas las tres de la mañana. Había terminado de organizar las fichas médicas del día y solo quería apagar las luces, caminar los cuatro bloques hasta su departamento y colapsar en la cama. Se acercó a la puerta trasera del patio interno, el acceso por donde solía sacar la basura sanitaria y donde los proveedores dejaban las cajas de suero por la mañana, para verificar que el cerrojo de hierro estuviera bien pasado.

Antes de llegar a la manija, un impacto sordo contra la madera pesada la hizo dar un paso atrás.

Isabella se congeló. El sonido de la lluvia continuaba, pero entre el caer del agua se filtró un quejido ahogado, bajo, grave, teñido de un dolor antiguo. Luego, el roce inconfundible de tela pesada arrastrándose contra la pintura gastada de la puerta.

Contuvo la respiración. Su mano, entrenada para la precisión de un bisturí, tembló ligeramente al posarse sobre el pomo de bronce.

—¿Hola? —preguntó en un susurro firme.

No hubo respuesta verbal, solo una respiración pesada, rápida y entrecortada, como la de un animal acorralado.

Isabella desenganchó la cadena de seguridad y abrió la puerta apenas tres dedos. La brisa helada de la madrugada le azotó la cara, trayendo consigo el olor a ozono, a tierra mojada y a algo más, metálico y penetrante: sangre fresca.

La puerta cedióa completamente cuando el cuerpo apoyado contra ella perdió el equilibrio y cayó hacia el interior.

Isabella ahogó un grito y dio dos pasos hacia atrás. El hombre impactó contra el piso de mosaico frío con un golpe sordo. Quedó boca abajo, respirando a duras penas sobre el charco de agua que comenzaba a formarse a su alrededor. Vestía un traje a medida, cortado con la precisión de la alta costura italiana, pero la tela oscura sobre el costado derecho de su torso estaba destrozada y pegajosa, empapada en una mancha negra que se expandía velozmente.

—Dios mío... —murmuró Isabella, reaccionando por puro instinto profesional.

Se arrodilló a su lado sin importarle arruinar sus pantalones de trabajo. Colocó dos dedos sobre la arteria carótida del hombre. Su pulso era rápido, débil, filiforme.

—Señor, ¿me escucha? —Le dio unas palmaditas suaves en la mejilla, notando la piel helada y cubierta de sudor frío.

Al tocarlo, el hombre reaccionó. Con un movimiento felino y sorpresivamente violento para alguien en shock hipovolémico, su mano izquierda se disparó hacia arriba y agarró a Isabella por la muñeca con una fuerza de acero.

Isabella ahogó un jadeo cuando el dolor le recorrió el brazo.

El hombre giró la cabeza levemente. La luz tenue del pasillo iluminó su rostro: facciones talladas a golpe de cincel, una mandíbula marcada cubierta por una barba de varios días, y unos ojos grises, oscuros como el acero, que la miraban fijamente a través de una bruma de agonía. Era un rostro peligroso, el tipo de belleza que advierte del riesgo antes de que sea demasiado tarde.

—Sin... hospitales —gruñó él. Su voz era un rasguño grave, rota por el dolor—. Sin... policía. O te mueres tú también.

A pesar de la amenaza implícita, Isabella no pestañeó. Había visto a suficientes hombres asustados como para reconocer la desesperación detrás de la violencia.

—Si no te reviso ahora mismo, no me va a hacer falta matarte, te vas a desangrar en mi piso en cinco minutos —respondió ella, manteniendo la voz extrañamente calmada—. Y no me gusta limpiar manchas de sangre de las baldosas. Así que suéltame.

Los ojos del desconocido se entrecerraron, analizándola. Por un segundo interminable, el tiempo pareció detenerse en la trastienda de la clínica. Finalmente, la fuerza en sus dedos cedió y su mano cayó pesadamente sobre el suelo. Sus párpados cayeron y su cabeza se ladeó, perdiendo el conocimiento.

Isabella suspiró profusamente. Sabía que cruzar esa línea la cambiaría para siempre. Ayudar a un hombre con un disparo en la espalda, vestimenta de miles de dólares y la firme convicción de evitar a las autoridades era firmar una tregua con el inframundo de la ciudad. Pero era médica antes que nada. Su juramento no distinguía entre santos y criminales.

—Maldita sea mi suerte —susurró para sí misma.

Agarró al hombre por los hombros. Era puro músculo y peso muerto. A duras penas, arrastrándolo y usando toda la fuerza de sus piernas, logró llevarlo hasta la mesa quirúrgica de la sala de urgencias auxiliares. Le tomó minutos de esfuerzo sobrehumano subirlo a la camilla, sintiendo cómo la sangre de él le manchaba los brazos y la bata.

Una vez arriba, Isabella actuó en modo automático. Cerró la puerta trasera con cerrojo doble, echó la cortina gruesa para tapar la ventana y encendió la lámpara articulada sobre la camilla.

Tomó un par de tijeras médicas y cortó la camisa de seda del hombre sin contemplación. Al abrir la tela, la gravedad de la situación se hizo evidente.

Tenía dos heridas de bala. Una rozadura superficial en las costillas izquierdas que solo había rasgado la piel, y un impacto directo en el abdomen bajo, a la derecha. La sangre brotaba a borbotones rítmicos.

—Entrada limpia... pero no hay orificio de salida —observó Isabella en voz alta, ajustándose unos guantes limpios—. La bala sigue adentro.

Preparó el equipo en una bandeja metálica: bisturí, pinzas Hemostáticas, gasas, suero fisiológico, antiséptico y anestesia local. Sabía que la anestesia apenas le serviría si la bala estaba profunda, pero era todo lo que tenía sin un anestesista a su lado.

Cargó la jeringa e inyectó la zona afectada. Luego, inclinándose sobre el hombre, comenzó a limpiar la herida.

El dolor superficial hizo que el desconocido se tensara sobre la camilla, emitiendo un gruñido ahogado desde lo profundo de su garganta. Sus manos se cerraron en puños, nudillos blancos, mientras las venas de sus brazos se marcaban por la presión.

—Quédate quieto —ordenó ella con suavidad pero con absoluta autoridad—. Si te mueves, cortaré algo que no debo.

—Haz... tu trabajo, doctora —articuló él entre dientes, sin abrir los ojos. La frente le perlaba de sudor frío.

Isabella introdujo las pinzas con cuidado, buscando el objeto extraño entre el tejido traumatizado. El sonido metálico y el olor a sangre llenaron la habitación. El hombre no volvió a quejarse, mostrando un control sobre el dolor que a Isabella le pareció casi inhumano, aterrador.

Segundos después, un clinc metálico resonó en la bandeja de acero. Isabella sostuvo el proyectil ensangrentado con la punta de la pinza. Una 9 milímetros.

—Tuviste suerte. No tocó la arteria femoral ni perforó el intestino por milímetros —dijo ella, comenzando a irrigar la zona con suero para desinfectar—. Vas a sobrevivir.

El hombre abrió los ojos despacio. La miró trabajar. Isabella tenía el cabello castaño recogido en un moño desordenado, del cual se habían escapado varios mechones que le caían por el cuello. Sus ojos, de un verde intenso, estaban concentrados únicamente en la sutura que realizaba con aguja e hilo quirúrgico. Había una firmeza en sus manos que contradecía la delicadeza de sus facciones.

—Eres rápida —dijo él, con la voz más estable ahora que el dolor punzante había disminuido.

—Tengo práctica con pacientes que no deberían estar aquí —respondió Isabella sin levantar la vista mientras hacía un nudo marinero en el hilo—. Aunque debo admitir que ninguno venía con un traje de Armani destruido.

Una pequeña y casi imperceptible curva se formó en la comisura de los labios del hombre. A pesar del estado lamentable en el que se encontraba, emanaba un aura de peligro y poder que llenaba por completo la pequeña habitación.

—Me llamo Mateo —dijo él, observándola fijamente.

Isabella se detuvo un segundo antes de cortar el último hilo de la sutura. Lo miró directamente a los ojos.

—No quiero saber tu nombre. No me importa quién eres, de quién te escondes ni a quién le debes dinero. En este lugar, las preguntas traen problemas y yo tengo demasiados. Te curé porque es mi trabajo. En cuanto termine de vendarte y amanezca, te vas.

Mateo no apartó la mirada. Había algo en la insolencia educada de la médica que le resultaba fascinante. En su mundo, la gente le temía o le obedecía con servilismo. Nadie le hablaba con ese desdén profesional.

—No funciona así, doctora —dijo Mateo suavemente, mientras ella comenzaba a envolver su torso con vendas elásticas comprimiendo la herida—. Una vez que salvas la vida de alguien como yo, entras en su historia. Te guste o no.

—Pues no me gusta —replicó ella, ajustando el esparadrapo con un tirón seco que le sacó un gesto a Mateo—. Así que considera esto una consulta gratuita y olvida la dirección de esta clínica.

Antes de que Mateo pudiera responder, el silencio de la noche se quebró exteriormente.

A través de la pequeña ventana del fondo, el sonido de un motor pesado y lento rompió el rumor de la lluvia. Una camioneta negra se detuvo en el callejón, justo frente a la puerta trasera por la que Mateo había entrado.

Isabella se congeló al instante. Mateo reactivó todos sus sentidos; su cuerpo se tensó como un resorte y su mano buscó instintivamente su costado, solo para recordar que no llevaba su arma.

El haz de luz de un faro atravesó las cortinas. Luego, el sonido inequívoco de puertas pesadas al abrirse y pasos metálicos sobre el agua acumulada en la calle.

—Están aquí —susurró Mateo, su voz volviendo a ser de hielo calcinante—. Nos encontraron.

Isabella sintió cómo el frío le recorría la columna vertebral. Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta de madera. Un golpe seco y pesado retumbó en la habitación, haciendo vibrar el marco.

—¡Abran la puerta! —gritó una voz grave y raspada desde el exterior—. Sabemos que está ahí dentro, doctora. Entrégalo y tal vez termines la noche respirando.

Isabella miró la puerta y luego a Mateo. Los ojos del hombre, fríos y calculadores, no mostraban pánico, sino una promesa implícita de muerte. En ese segundo, bajo la luz parpadeante de la clínica, Isabella comprendió que la vida apacible y anónima que había construido meticulosamente acababa de arder en llamas.

Esa noche, al abrir esa puerta, no solo había salvado a un desconocido: le había abierto la entrada a su vida al demonio más peligroso de la ciudad.

Expandir
Siguiente capítulo
Descargar

Último capítulo

Más capítulos

A los lectores

Bienvenido a Goodnovel mundo de ficción. Si te gusta esta novela, o eres un idealista con la esperanza de explorar un mundo perfecto y convertirte en un autor de novelas originales en online para aumentar los ingresos, puedes unirte a nuestra familia para leer o crear varios tipos de libros, como la novela romántica, la novela épica, la novela de hombres lobo, la novela de fantasía, la novela de historia , etc. Si eres un lector, puedes selecionar las novelas de alta calidad aquí. Si eres un autor, puedes insipirarte para crear obras más brillantes, además, tus obras en nuestra plataforma llamarán más la atención y ganarán más los lectores.


Sin comentarios
5 Capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status