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PLACER ARDIENTE
PLACER ARDIENTE
Autor: Valerie Ray

Exnovio rival

Autor: Valerie Ray
last update Data de publicação: 2026-06-01 21:25:18

El sol de la tarde se ponía, proyectando largas sombras sobre la tranquila calle residencial mientras Liora llegaba a casa de Thorne. Su corazón latía con una mezcla de nervios y alegría; la pequeña caja de terciopelo en el bolsillo de su abrigo era un peso secreto que la hacía sonreír. Dos años juntos: noches enredados entre las sábanas, mañanas tranquilas con café y confesiones silenciosas, sueños de una vida entrelazada. Esa noche, lo sorprendería con el anillo para el que había ahorrado, un símbolo del para siempre en el que había creído. El aire estaba quieto, cálido con la promesa de la noche, sin rastro de la tormenta que se gestaba en su interior.

 Salió del coche, alisándose el vestido, y subió por el sendero con pasos ligeros. La puerta principal estaba sin llave, como siempre; Thorne confiaba plenamente en ella, o eso creía. La abrió y la llamó suavemente: «¿Thorne? Tengo algo para ti». No hubo respuesta, pero un leve sonido llegó desde el dormitorio: rítmico, íntimo, atrayéndola como un hilo que se deshace.

 Su pulso se aceleró. Dobló la esquina, la puerta estaba entreabierta, y la visión la impactó como un golpe. Thorne, su Thorne, yacía tendido en la cama, su cuerpo moviéndose con urgencia bajo una mujer cuyos rizos oscuros caían sobre sus hombros. Estaban absortos el uno en el otro, sus caderas moviéndose con un ritmo lento y posesivo, sus manos aferrándose a su cintura como si ella fuera su ancla. La habitación olía a sudor y deseo, un aroma que Liora conocía demasiado bien de sus propios momentos robados.

 La caja se le cayó de la mano, golpeando el suelo con un sordo ruido. Thorne abrió los ojos de golpe, palideciendo. La mujer —esbelta, de rasgos afilados y con un anillo que brillaba en su dedo— la miró por encima del hombro, con una expresión que pasó del placer a la fría diversión. No se detuvo, al principio, dejando que el momento se prolongara como una burla.

 —¿Liora? —balbuceó Thorne, incorporándose y apartando suavemente a la mujer. Tomó una almohada para cubrirse, con la voz teñida de pánico—. Esto no es lo que parece.

 La mujer se apartó de él con grácil delicadeza, envolviéndose en una túnica. Se giró completamente, escudriñando a Liora con una mezcla de lástima y desdén. «En realidad, es exactamente lo que parece. Soy Elowen. Su verdadera prometida». Levantó la mano, y el diamante talla esmeralda brilló como una advertencia. «Llevamos un año comprometidos. ¿Quién eres tú, exactamente? ¿La amante?».

 Prometida. La palabra atravesó a Liora, más profundamente que cualquier cuchillo. Dos años construyendo un mundo juntos: sus suaves caricias sobre su piel, la forma en que la abrazaba después de las pesadillas, susurrándole que ella lo era todo para él. Todo, construido sobre la nada. El anillo en su dedo, que le habían dado hacía apenas unas semanas, ahora se sentía como plomo, una barata imitación de la verdad.

 —Thorne —susurró Liora con voz temblorosa—, dime que miente. Lo miró fijamente a la cara, desesperada por encontrar al hombre al que había amado, al que la había hecho sentir vista, querida.

 Se sentó al borde de la cama, con la cabeza gacha, incapaz de mirarla a los ojos. «No quería que llegara tan lejos, Liora. Elowen y yo... son las expectativas familiares. Tú eras... real, de una manera que ella no lo es».

 Elowen rió, con un sonido como de cristales rotos. «¿En serio? Ay, cariño, es la tonta que creyó que las conversaciones íntimas significaban compromiso. A Marcus —Thorne— le gustan las distracciones. Mantiene viva la chispa hasta que nos casemos». Se acercó a él, apoyando la mano posesivamente sobre su hombro. «¿No lo sabías? Solo eres el telonero, el que llama cuando necesita desconectar de la realidad».

 La humillación consumía a Liora, ardiente e implacable. Ahora veía las mentiras, entretejidas en cada recuerdo: los planes cancelados, las sonrisas evasivas, las noches en que él decía estar solo. Había abierto su corazón, expuesto sus vulnerabilidades, confiado en él partes de sí misma que había guardado durante años. Y él lo había usado todo, la había desechado como si fuera un capricho del pasado.

 La rabia la invadió, ahogando el dolor por un instante. Sus ojos se posaron en el jarrón de la mesita de noche: una delicada pieza de cristal que habían elegido juntos en una escapada de fin de semana, símbolo de su vida compartida. Lo agarró con fuerza; la superficie fría calmó su furia. Con un grito desgarrador, se lo arrojó a la cabeza de Thorne.

 El impacto produjo un crujido espantoso, y los fragmentos estallaron cuando él se agachó demasiado tarde. La sangre goteaba de una herida en su frente, y él gritó, agarrándose la zona afectada. Elowen jadeó, retrocediendo, perdiendo la compostura por primera vez.

 —¡Maldito seas! —gruñó Liora, con el pecho agitado. Levantó el dedo corazón en un gesto desafiante, antes de girar sobre sus talones. La puerta del dormitorio se cerró de golpe tras ella, y luego la de entrada; cada una resonó como una ruptura definitiva.

 En el instante en que salió, el cielo se desató. Nubes oscuras que se habían acumulado sin que nadie se diera cuenta se abrieron, y una lluvia torrencial cayó a cántaros, empapándola al instante. El agua corría por su rostro, mezclándose con las lágrimas que ya no podía contener. «Genial», murmuró entre dientes, con un sabor amargo en la boca mientras el diluvio la hacía perder el control.

 Caminaba sin rumbo fijo, la acera resbaladiza bajo sus pies, el vestido pegado como una segunda piel. Las manzanas pasaban borrosas: tiendas familiares, parques donde habían paseado de la mano, ahora convertidos en recuerdos burlones. Todo lo que había sentido, cada momento tierno, cada vez que sus labios habían rozado su sien con silenciosa ternura, todo se derrumbó bajo el peso de la traición. Su cuerpo temblaba, no solo por el frío que la invadía, sino por el dolor de un amor en el que lo había entregado todo, solo para encontrarlo vacío.

 Las lágrimas brotaban sin control, sollozos que la sacudían mientras se inclinaba junto a la acera, apretando las manos contra los costados como para mantenerse entera. La lluvia ahogaba sus llantos, pero por dentro, la vulnerabilidad la desgarraba: la confianza que había depositado tan libremente, hecha añicos. ¿Cómo pudo haber sido tan ciega ante el abismo emocional que los separaba? La pasión que habían compartido, la forma en que su cuerpo encajaba con el de ella en la oscuridad, prometiendo seguridad y deseo, ahora se sentía como un robo.

 Se enderezó ligeramente, secándose inútilmente la cara, cuando los faros atravesaron el torrente. Un elegante coche redujo la velocidad y se detuvo a su lado; el zumbido del motor era un consuelo le

jano en medio de la tormenta. La ventanilla bajó con un suave

pies gimiendo, revelando una figura sombría en el interior.

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