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Capítulo 2. Territorio hostil.

Autor: Jeda Clavo
last update Data de publicação: 2026-02-04 08:56:25

El sonido de la bofetada fue seco, brutal. Resonó por encima de los violines, incluso silenciando las conversaciones cercanas.

La cabeza de Liam giró violentamente hacia la izquierda por la fuerza del impacto.

La música se detuvo.

Cien pares de ojos se giraron hacia el ventanal. El silencio en el salón de baile fue sepulcral, solo roto por la respiración agitada de Olivia.

Su palma ardía. Le dolía. Había golpeado hueso.

Liam se quedó inmóvil un segundo eterno, con el rostro girado. La marca roja de los dedos de Olivia empezó a florecer en su mejilla pálida.

Lentamente, terroríficamente despacio, Liam volvió a mirarla.

Lucas se había llevado las manos a la cabeza, horrorizado. Claritza temblaba, llorando en silencio.

Los ojos de Liam ya no eran hielo. Eran fuego puro. Un incendio oscuro y descontrolado. Se pasó la lengua por el interior de la mejilla golpeada. Su mandíbula se tensó tanto que parecía que los dientes se le iban a romper.

—Tú... —Su voz fue un gruñido subterráneo. 

Dio un paso hacia ella. La amenaza física era palpable.

Olivia no retrocedió. Aunque el corazón le iba a estallar en el pecho, levantó la barbilla, enfrentando la tormenta que acababa de desatar.

—A mi hermana no la insulta nadie —siseó Olivia. Su voz temblaba de furia, pero se escuchó clara en el silencio—. Puede comprar la ciudad entera, Cross, pero el dinero no compra la clase. Y usted no tiene ninguna.

—¡Seguridad! —bramó Liam, sin dejar de mirarla a los ojos.

Dos guardias de traje negro aparecieron de la nada, abriéndose paso entre la multitud escandalizada.

—Sáquenlas —ordenó Liam. Su voz era muerte fría—. Y asegúrense de que sus nombres queden en la lista negra de toda la ciudad.

Un guardia agarró a Olivia del brazo con fuerza excesiva. El otro tomó a Claritza, que sollozaba abiertamente, mientras la sacaba del recinto.

—¡No me toque! —Olivia se sacudió al guardia, pero fue en vano, no pudo detenerlo.

*****

La mañana siguiente no trajo el sol. Trajo un dolor de cabeza martilleante y el rugido de motores diésel que sacudió los cimientos de la vieja casona Montenegro.

Olivia saltó de la cama. Su mano derecha palpitaba, un recordatorio fantasma del impacto contra la cara de Liam Cross anoche.

Corrió a la ventana.

La calle no tenía una excavadora. Tenía cinco.

Un ejército amarillo con el logo CROSS HOLDINGS bloqueaba el sol. Y detrás de ellas, patrullas de policía con las luces azules girando en silencio.

No venían a demoler la casa de la señora Goya. Venían por la suya.

—Papá... —murmuró Olivia, bajando las escaleras de dos en dos.

Encontró a su padre, Arturo, en el vestíbulo. Llevaba su bata de terciopelo raída y sostenía una taza de café con una calma exasperante.

—Curioso —dijo Arturo, mirando por la ventana—. Parece que tu amigo el Sr. Cross es rencoroso. Buena técnica con la mano abierta, por cierto. Tu abuela estaría horrorizada, pero secretamente orgullosa.

—¡Papá, esto es serio! —Olivia abrió la puerta principal de un tirón.

El calor y el polvo la golpearon.

Un hombre bajito, con cara de comadreja y un portafolios de cuero, estaba en su porche, flanqueado por dos policías.

—¿Olivia Montenegro? —preguntó el abogado, sin mirarla.

—¿Qué demonios es esto? ¿Teníamos tiempo? —bramó ella.

—Tenían —corrigió el abogado con acento burocrático, extendiéndole un documento—. El acreedor ejecutó la cláusula de vencimiento anticipado por riesgo de insolvencia. Debe irse ya.

—¿Quién mandó a hacer esto de esta manera? —exigió Olivia, sintiendo que la sangre le hervía.

—Cross Capital Ventures.

Por supuesto.

—¡Es ilegal! —gritó Olivia—. ¡Esto es una venganza personal!

—Es legal, señorita. La orden está firmada por un juez. Empiecen a empacar.

Un claxon sonó detrás de las patrullas. Grave. Autoritario.

El mar de máquinas y policías se abrió. Un Mercedes Benz negro, reluciente, avanzó despacio y se detuvo justo frente a la puerta de Olivia, pisando sus rosales muertos.

La puerta trasera se abrió.

Un zapato de cuero italiano pisó la tierra seca.

Liam Cross.

Sin el esmoquin de anoche, parecía aún más letal. Llevaba un traje gris impecable, gafas de sol oscuras y una frialdad que congeló el aire. En su mejilla izquierda, apenas visible, tenía una leve herida. La firma de Olivia.

Liam caminó hacia el porche. Los policías y el abogado se apartaron como si tuvieran miedo.

No se detuvo ante Olivia. Pasó por su lado, invadiendo su espacio, invadiendo su aire.

—No puede entrar ahí —siseó Olivia, bloqueándole el paso en el umbral.

Liam se quitó las gafas despacio. Sus ojos grises se clavaron en los de ella. No había deseo. Había guerra.

—¡PUEDO ENTRAR DONDE ME DÉ LA GANA, OLIVIA! —dijo. Su voz era peligrosamente baja, ronca—. Soy el dueño. Acabo de comprar el techo sobre tu cabeza.

Olivia sintió que el suelo se movía.

—¿Por qué? —susurró, con la garganta cerrada por la furia y el pánico—. ¿Para probar qué? ¿Qué es un matón con dinero?

Liam acortó la distancia. La acorraló contra la pared, usando su altura para intimidarla. El olor a sándalo y peligro la envolvió, mareándola. Estaba demasiado cerca. Podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo tenso.

—Para enseñarte una lección de economía básica —siseó Liam, inclinándose hasta que sus labios quedaron a centímetros de los de ella. 

Su aliento cálido rozó su piel.

—El orgullo es un lujo, cariño. Y tú ya no puedes pagarlo.

Levantó una mano. Olivia se tensó, esperando un golpe, la devolución de la bofetada.

Pero Liam solo apoyó la mano en la pared, al lado de su cabeza, atrapándola. Sus ojos bajaron a la boca de ella, la misma boca que lo había retado. Hubo un chispazo de algo oscuro en su mirada. Odio. Y hambre. Una mezcla tóxica.

—Anoche me humillaste ante mi ciudad —murmuró él. Cada palabra era una navaja—. Hoy, yo voy a borrar tu pequeña existencia del mapa. 

Se apartó bruscamente, como si el contacto le quemara.

Se volvió hacia Arturo, que seguía bebiendo café en el umbral del salón.

—Sr. Montenegro. Agradézcale a su hija. Su bofetada le acaba de costar la casa.

Liam dio media vuelta. Caminó hacia su Mercedes con la arrogancia de un dios que acaba de aplastar una hormiga.

Olivia se quedó quieta un segundo. Temblando.

No de miedo. De ira pura, ciega y volcánica.

Sus ojos bajaron al suelo del jardín. Vio un adoquín suelto del viejo camino de entrada. Pesado. De granito bruto.

Lo agarró con ambas manos. El peso se sintió correcto.

—¡Olivia, no! —gritó Claritza desde la ventana.

Olivia no escuchó. Corrió.

Liam estaba a punto de subir al auto. Escuchó los pasos rápidos en la grava. Se giró.

Vio venir a Olivia como una furia griega, con el pelo revuelto, el pijama puesto y una piedra en las manos.

No le dio tiempo a reaccionar.

Olivia no frenó. Levantó el adoquín por encima de su cabeza y lo lanzó con un grito gutural.

¡CRAAAACK!

El sonido fue una explosión. El parabrisas blindado del Mercedes no se rompió; estalló en una telaraña blanca gigante, hundiéndose en el centro.

Liam se quedó paralizado, con la mano en la manilla de la puerta. Los policías desenfundaron las armas.

Pero no fue suficiente para Olivia. El ruido no apagó su rabia. Necesitaba más.

No se detuvo. Saltó sobre el capó del Mercedes. El metal alemán gimió bajo su peso.

—¡Bájese de ahí! —gritó el abogado, aterrado.

Olivia lo ignoró. Estaba poseída. Agarró otra piedra más pequeña que había saltado del jardín.

Y empezó a golpear.

¡PUM! Al techo.

¡PUM! Al cristal lateral.

¡PUM! Al capó inmaculado.

—¡Esto es lo que pienso de tu dinero! —gritaba entre golpe y golpe, jadeando, parada sobre el coche de cien mil dólares como una reina salvaje—. ¡Rompiste mi casa! ¡Yo rompo tu basura!

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Comentários (1)
goodnovel comment avatar
Silvia Guadalupe C
Me encanta Olivia, es de armas tomar
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