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Capítulo 82. Capítulo final. El imperio absoluto.

Autor: Jeda Clavo
last update Fecha de publicación: 2026-06-03 07:16:14

El sol del océano Índico quemaba la terraza de madera pura.

Víctor Alcázar salió de la piscina infinita. El agua salada resbalaba por las cicatrices de su torso inmenso. Caminó con pasos pesados hacia la tumbona de diseño donde descansaba Mariana.

Dos semanas de luna de miel. Dos islas privadas diferentes en el archipiélago de las Maldivas. Una para Lidia y Alexander. Otra, a quinientos metros de distancia marítima, exclusiva para Víctor y Mariana. Decenas de francotiradores del escuadrón Alfa
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Último capítulo

  • PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.   Epílogo. Sangre y legado.

    Cinco años despuésEl vaso de cristal estalló contra la pared de la mansión Voss.Víctor Alcázar no se inmutó. El líder de la mafia rusa estaba sentado en un sillón de cuero negro, paralizado. Tenía a una niña de tres años sentada en el hombro derecho, queriéndolo pintar. Otra niña idéntica de tres años colgaba de su cuello, diciéndole que le peinara la muñeca, y una tercera niña, de cinco años, estaba parada sobre sus muslos, exigiéndole que le armara un rifle de asalto de juguete.El monstruo letal de Europa del Este estaba rodeado y sometido por completo.—Quítame a estas mujeres de encima, intelectual —gruñó Víctor. Su voz fue un trueno rasposo—. Están destrozando mi reputación. Mis hombres me están viendo.Mariana Montenegro cruzó la sala de estar con paso firme. Llevaba un vestido rojo ceñido y unos tacones de aguja. Se detuvo frente a su esposo. Sonrió. Una línea depredadora y arrogante.—Son tus hijas, Alcázar. Lídialas —dictaminó ella. Frialdad absoluta—. Tú quisiste reproduc

  • PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.   Capítulo 82. Capítulo final. El imperio absoluto.

    El sol del océano Índico quemaba la terraza de madera pura.Víctor Alcázar salió de la piscina infinita. El agua salada resbalaba por las cicatrices de su torso inmenso. Caminó con pasos pesados hacia la tumbona de diseño donde descansaba Mariana.Dos semanas de luna de miel. Dos islas privadas diferentes en el archipiélago de las Maldivas. Una para Lidia y Alexander. Otra, a quinientos metros de distancia marítima, exclusiva para Víctor y Mariana. Decenas de francotiradores del escuadrón Alfa patrullaban las aguas en lanchas rápidas. Cero turistas. Seguridad letal y silencio absoluto.Víctor agarró una toalla blanca. Se secó el cabello oscuro con movimientos bruscos.—El jet está recargando combustible en la pista principal —informó el líder ruso. Su voz ronca cortó el sonido de las olas—. Despegamos en dos horas. Ordené a Sergei preparar el escuadrón de recibimiento en Moscú. Volvemos a casa.Mariana no apartó la vista de su tableta iluminada. Llevaba un traje de baño negro de una s

  • PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.   Capítulo 81. Contrato blindado.

    La puerta de madera de la suite presidencial del hotel The Grand se cerró. El pestillo electrónico hizo clic. Un sonido metálico, frío y definitivo.Alexander no encendió las luces. La iluminación nocturna de la ciudad entraba por los ventanales de piso a techo, bañando la habitación en tonos plateados.El magnate acorraló a Lidia contra la madera de la puerta. Sus manos inmensas agarraron la cintura de la abogada. La levantó del suelo en un solo movimiento.Lidia enredó sus piernas alrededor de la cadera de su ahora esposo. Su traje sastre blanco se arrugó. No le importó. Agarró las solapas del esmoquin oscuro de Alexander y tiró de él hacia su rostro.Sus bocas chocaron. Un beso brutal. Pura necesidad acumulada entre tensión, balas y contratos.Alexander caminó con ella a cuestas. Cruzó la sala de estar a pasos ciegos y pesados.—¿Está todo bien, no hay ningún riesgo de que aparezca alguien queriéndonos quitar la paz? —exigió Lidia contra los labios de él. Su respiración era agitada

  • PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.   Capítulo 80. Territorio conquistado.

    El saco negro cayó al suelo de mármol con un golpe sordo.Víctor no apartó la mirada de Mariana. Se arrodilló sobre el colchón oscuro. Acorraló el cuerpo de la intelectual entre sus muslos inmensos. La tela blanca del vestido de novia contrastaba con las sábanas negras.La respiración de ambos llenó el silencio de la suite. Pesada. Agitada.—Quítame el vestido —exigió Mariana. Tono autoritario. Fuego directo.Víctor apretó la mandíbula. Las venas de su cuello se marcaron como cables de acero. Su instinto animal exigía arrancarle la seda a tirones, pero la curva de su vientre de cinco meses frenó la brutalidad.Acortó la distancia. Sus manos inmensas agarraron los hombros de Mariana. Sus pulgares rozaron la piel desnuda de su clavícula. Fricción pura.—Yo decido a qué velocidad te desnudo, esposa —gruñó el líder ruso. Su voz fue un trueno rasposo contra el rostro de ella.Mariana sonrió. Una línea provocadora y desafiante.—Hablas demasiado, Alcázar.Víctor soltó un gruñido bajo. Bajó

  • PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.   Capítulo 79. Juramentos de plomo.

    Un mes después—Devuélveme la caja, o te rompo la rodilla izquierda en dos segundos.La amenaza cortó el silencio del pasillo este de la mansión Voss.Victoria, la hija de Lidia, apretó los puños a los costados de su cuerpo. Llevaba un vestido blanco de seda, pero su postura era idéntica a la de la Reina de Acero. Espalda recta. Barbilla alta. Letal. Dominante. Cero paciencia.Leo, el hijo de Alexander, soltó una risa seca. Heredó el hielo táctico de su padre en cada facción de su rostro. Llevaba un esmoquin negro hecho a medida. Sostenía la caja de terciopelo con las cuatro alianzas matrimoniales en alto, fuera del alcance de la niña.—Inténtalo, niña —desafió el chico. Sus ojos celestes brillaron con burla fría y calculadora—. Te tiraré al piso de mármol antes de que levantes la mano.Victoria acortó la distancia de un salto explosivo.No apuntó a la caja. Lo empujó directamente por el pecho con ambas manos. Leo retrocedió medio paso para absorber el impacto. Agarró la muñeca de la

  • PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.   Capítulo 78. Promesas de sangre.

    Tres semanas despuésEl sol de California entraba a raudales por los inmensos ventanales de cristal blindado de la mansión. El océano Pacífico golpeaba las rocas del acantilado con furia constante. El ruido del agua y el viento amortiguaba el silencio sepulcral del interior de la fortaleza.La guerra había terminado.El consejo de patriarcas estaba convertido en cenizas. Los equipos de limpieza táctica de Alexander desaparecieron los cuerpos del jardín en la primera noche. Borraron la sangre de las baldosas. Cambiaron las puertas destrozadas. Nadie hizo preguntas. La policía federal no se acercó al perímetro.Mariana estaba sentada en un sillón de cuero blanco en la oficina principal de Alexander. Tenía su tableta sobre las rodillas cruzadas. Sus dedos veloces organizaban las finanzas del nuevo imperio europeo que acababan de usurpar. El reposo médico estricto por el desprendimiento de placenta había funcionado. Mariana pasó quince días acostada bajo vigilancia letal. El sangrado se

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