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14. Lo que no dices

Author: Arlene
last update publish date: 2026-10-16 11:48:09

Habían pasado un par de días desde aquella noche en la playa.

Y, por primera vez en mucho tiempo, la casa parecía tranquila.

Demasiado tranquila.

La mañana había transcurrido entre reuniones, llamadas y el movimiento habitual del personal. Yo había pasado buena parte del día intentando mantenerme ocupada, como si tener algo que hacer pudiera impedirme pensar demasiado.

Por la tarde, llevé una taza de té hasta el despacho de Nicolás.

Él apenas levantó la mirada cuando entré.

—Te tr
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  • Pacto bajo la nieve    15. Lo que volvió con la nieve

    Desperté sobresaltada. Por unos segundos no supe dónde estaba. La habitación estaba oscura. Demasiado oscura. Parpadeé varias veces y giré la cabeza hacia la ventana. La luz que se filtraba por las cortinas no parecía la de una mañana. Fruncí el ceño y busqué mi teléfono sobre la mesa de noche. 17:03. Me quedé mirando la pantalla. —¿Qué…? Había dormido todo el día. Me incorporé lentamente. Esta vez el mundo no dio vueltas. Seguía sintiéndome cansada, pero aquella sensación pesada que había tenido por la mañana había desaparecido casi por completo. Recordé vagamente a Nicolás entrando en mi habitación. Su voz. Sus reproches. Sus brazos sosteniéndome cuando no podía mantenerme en pie. Y aquella frase. Me importa que estés viva, maldita sea. Negué con la cabeza. No. No iba a pensar en eso. Me levanté y me dirigí al baño. Después de lavarme la cara y arreglarme un poco, salí de la habitación. Lo primero que noté fue el silencio. Pero no era el m

  • Pacto bajo la nieve    14. Lo que no dices

    Habían pasado un par de días desde aquella noche en la playa. Y, por primera vez en mucho tiempo, la casa parecía tranquila. Demasiado tranquila. La mañana había transcurrido entre reuniones, llamadas y el movimiento habitual del personal. Yo había pasado buena parte del día intentando mantenerme ocupada, como si tener algo que hacer pudiera impedirme pensar demasiado. Por la tarde, llevé una taza de té hasta el despacho de Nicolás. Él apenas levantó la mirada cuando entré. —Te traje esto. Dejé la taza sobre su escritorio. —Gracias. Eso fue todo. No necesitábamos llenar cada silencio. Me quedé unos segundos observándolo. Desde aquella noche, algo había cambiado entre nosotros. No sabía exactamente qué era, pero ya no podía fingir que seguíamos siendo los mismos. Finalmente, salí del despacho. La noche anterior había tenido una pesadilla. Una de esas que no desaparecían cuando abrías los ojos. Había despertado con el corazón acelerado y la sensación de que

  • Pacto bajo la nieve    13. Bajo la luna

    La noche había caído por completo cuando unos golpes suaves en la puerta me despertaron. Abrí los ojos con dificultad. La oscuridad se extendía por las paredes y, más allá de los cristales, apenas distinguía el reflejo de la luna sobre la nieve. —Lucía. Abre. Reconocí aquella voz de inmediato. —¿Qué quieres? —No he pasado toda la noche revisando informes para que ahora pretendas que el mar te ha tragado en tus sueños. Fruncí el ceño. —¿Me estás invitando a la playa a estas horas? —Si tanto querías ver el agua, levántate. Hubo una pausa. —La luna está lo suficientemente alta como para que no necesites permiso de nadie… ni siquiera el mío. —¿Eso es una invitación o debo esperar a que cambies de opinión a mitad de camino? Escuché una risa baja al otro lado de la puerta. —Considéralo una orden disfrazada de cortesía, cara. Negué con la cabeza y me levanté. Cuando abrí, Nicolás estaba apoyado contra el marco. Llevaba la camisa blanca ligeramente desabrochada

  • Pacto bajo la nieve    12. Lo que me debes

    Pasaron cuatro meses. Cuatro meses en los que mi relación con Nicolás se convirtió en algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar. Había días en los que prácticamente no nos dirigíamos la palabra. Él podía pasar junto a mí sin siquiera mirarme, como si yo fuera parte de los muebles de aquella enorme mansión. Y otros días… Otros días terminábamos demasiado cerca. Una discusión podía empezar durante el desayuno y terminar horas después en una habitación, olvidando por un momento todo aquello que se suponía que nos separaba. Después volvían las discusiones. Las miradas. La distancia. Y otra vez el mismo ciclo. Era agotador, pero, de alguna manera, también se había convertido en nuestra forma de convivir. Nicolás seguía sin entender por qué, después de casi nueve meses de matrimonio, todavía no había un heredero. Yo sí sabía la razón. Cada noche, antes de dormir, tomaba una pastilla. Y cada mañana fingía que nada estaba pasando. Nunca se lo había dicho.

  • Pacto bajo la nieve    11. Sin excusas

    El agua de la ducha comenzó a escucharse detrás de la puerta. Me quedé quieta unos segundos, todavía con la mano apoyada en el marco del baño. Había dicho que solo entraría para lavarme las manos. Una excusa bastante pobre, especialmente porque llevaba varios minutos allí sin hacer absolutamente nada. Solté el aire lentamente y entré. El baño estaba cubierto por una ligera capa de vapor. Dejé que mis ojos se acostumbraran antes de acercarme al lavabo. Abrí el grifo y me lavé las manos, aunque ni siquiera necesitaba hacerlo. Era absurdo. Todo aquello era absurdo. Después de lo que había ocurrido entre nosotros durante las últimas semanas, después de cada discusión, cada provocación y cada momento en el que habíamos estado demasiado cerca, debería haber aprendido a mantener cierta distancia. Pero ahí estaba. En su baño. Mientras él estaba detrás de la puerta de cristal de la ducha. —¿Vas a quedarte ahí mucho tiempo? —preguntó Nicolás. Me sobresalté ligerament

  • Pacto bajo la nieve    10. Heridas

    La noche cayó sobre la mansión mucho antes de que estuviera preparada para dormir. Desde el sofá, observaba cómo las últimas luces del día desaparecían detrás de los enormes ventanales de la sala. El jardín, que durante el día parecía perfectamente cuidado, adquiría un aspecto diferente cuando el sol se ocultaba. Más oscuro. Más silencioso. Casi inquietante. Llevaba varios minutos mirando la televisión sin prestar atención a lo que ocurría en la pantalla. Mi mente seguía en la cocina, recordando aquella mañana, la forma en que Nicolás me había mirado y la facilidad con la que ambos habíamos terminado discutiendo después de estar demasiado cerca de admitir algo que ninguno quería reconocer. Suspiré y tomé una de las galletas que había guardado. —Ni siquiera sé por qué estoy guardándole galletas. Negué con la cabeza. —Definitivamente, no se las merece. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios. Justo entonces, el teléfono que Nicolás había dejado sobre la mesita

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