Mag-log inEl salón de baile del Hotel Imperiale parecía un palacio sumergido en oro y sangre contenida. Candelabros de cristal tallado arrojaban miles de reflejos sobre máscaras venecianas, plumas negras, encajes carmesí y esmóquines impecables. La orquesta tocaba un vals lento, casi fúnebre, mientras copas de champán circulaban como promesas que nadie pretendía cumplir.
Bella Rossi permanecía de pie junto a Dante Moretti, su mano izquierda atrapada en la de él como si fuera una esposa de plomo. Llevaba un vestido negro de terciopelo que se adhería a su cuerpo como una segunda piel, escote profundo en la espalda, falda con una abertura que subía peligrosamente cada vez que daba un paso. La máscara plateada cubría la mitad de su rostro, pero no podía ocultar el hematoma apenas disimulado bajo el maquillaje en su pómulo izquierdo. Dante lo había puesto ahí dos noches atrás, cuando ella se atrevió a preguntar cuánto tiempo más duraría “esta farsa”.
—Sonríe, principessa —murmuró él contra su oído, los dedos apretando los suyos hasta que los nudillos de Bella palidecieron—. Tu padre nos está mirando.
Ella obedeció. Una sonrisa perfecta, dientes blancos, ojos vacíos. Al otro lado del salón, Salvatore Rossi levantó su copa en un brindis silencioso. El hombre que la había entregado a los Moretti a cambio de una alianza que ya olía a traición. Bella sintió náuseas.
Y entonces lo vio.
Entre la multitud de máscaras y risas falsas, un hombre alto de hombros anchos cruzaba el salón con la calma de quien sabe que todos morirán antes que él. No llevaba antifaz. Su rostro estaba a la vista: mandíbula afilada, ojos verdes que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla, cabello negro peinado hacia atrás con una precisión militar. Luca De Santis. El heredero de los De Santis. El hombre que había jurado destruir a los Moretti y, de paso, a cualquiera que se pusiera en su camino.
Incluida ella.
Sus miradas se encontraron a través del salón como dos cuchillos desenvainados. El tiempo se detuvo. Bella sintió que el aire se volvía espeso, caliente. Luca no sonrió. Solo inclinó ligeramente la cabeza, un saludo que era más amenaza que cortesía. Luego siguió avanzando, directo hacia ellos.
Dante lo vio llegar. Su agarre en la mano de Bella se volvió brutal.
—No te muevas —siseó.
Luca se detuvo a dos metros. Lo suficientemente cerca para que Bella oliera su colonia —sándalo y pólvora— y lo suficientemente lejos para que Dante no tuviera excusa para dispararle allí mismo.
—Moretti —dijo Luca con voz baja, aterciopelada—. Felicidades por el compromiso. Se ve… radiante.
La palabra salió como veneno lento. Los ojos de Luca bajaron al moretón apenas visible en la mejilla de Bella, luego volvieron a Dante.
—Un descuido tuyo, supongo.
Dante soltó una risa corta, fría.
—Los accidentes pasan. Sobre todo cuando las mujeres no saben quedarse calladas.
Bella sintió que la bilis le subía por la garganta. Intentó retirar la mano, pero Dante la retorció con más fuerza. Un dolor agudo le recorrió los dedos. Ella ahogó un jadeo.
Luca lo vio todo. Sus pupilas se dilataron un instante, como las de un depredador que acaba de oler sangre fresca.
—Interesante —murmuró—. Porque yo recuerdo a una chica que nunca se callaba. Ni siquiera cuando le apuntaban con un arma.
El comentario era para ella. Solo para ella.
Bella levantó la barbilla. Por primera vez en semanas, sintió algo más que miedo: rabia pura.
La orquesta cambió a una pieza más rápida. Dante la jaló hacia la pista sin pedir permiso.
—Bailemos —ordenó.
Ella no tuvo opción.
En la pista, Dante la pegó contra su cuerpo con fuerza innecesaria. Sus dedos se clavaron en la cintura de Bella mientras giraban. Cada vuelta era un recordatorio: eres mía. Te rompí. Te romperé más si quiero.
Bella mantuvo la mirada baja. No quería ver la satisfacción en los ojos de Dante. No quería ver nada.
Hasta que una explosión sorda retumbó en alguna parte del hotel.
Las luces parpadearon. Gritos. Vidrio rompiéndose. El olor a humo químico se extendió rápido. Alguien gritó “¡Bomba!” y el pánico se desató como gasolina sobre fuego.
Dante maldijo y la soltó un segundo para sacar su arma. Fue suficiente.
Una mano fuerte la tomó del brazo y la arrastró entre la multitud en dirección contraria. Bella tropezó con el vestido, pero esa mano no la dejó caer. La guió por un pasillo lateral, bajó unas escaleras de servicio, abrió una puerta de emergencia y la empujó hacia un jardín interior iluminado solo por faroles antiguos.
El aire frío le golpeó la cara. Luca cerró la puerta tras ellos y apoyó la espalda contra ella, bloqueándola. Respiraba con calma, como si acabara de dar un paseo.
Bella retrocedió dos pasos. El corazón le martilleaba en la garganta.
—¿Qué demonios haces aquí? —susurró.
Luca se quitó la chaqueta con un movimiento fluido y la dejó caer sobre los hombros temblorosos de ella. Olía a él. A peligro. A algo que Bella no quería nombrar.
—Salvándote de convertirte en un bonito cadáver decorativo —respondió.
—No te pedí que me salvaras.
—No. Pero tampoco te pedí permiso para hacerlo.
Se miraron en silencio. El ruido de la fiesta seguía llegando amortiguado: gritos, sirenas lejanas, órdenes gritadas. Luca había provocado el caos. Bella lo sabía. Y sin embargo, no podía apartar los ojos de él.
Luca dio un paso. Ella no retrocedió.
Otro paso.
El espacio entre ellos desapareció.
Él levantó una mano y rozó con el pulgar el hematoma en su mejilla. El contacto fue tan suave que Bella cerró los ojos sin querer.
—No deberías estar aquí —murmuró ella.
—Y tú no deberías estar con él.
Abrió los ojos. Luca estaba tan cerca que podía contar las motas doradas en sus iris verdes.
—¿Por qué te importa? —preguntó Bella, voz quebrada—. Soy una Rossi. Tu familia odia a la mía desde antes de que naciéramos.
Luca sonrió. Una sonrisa torcida, sin alegría.
—Porque no eres solo una Rossi. Y porque tu padre… —hizo una pausa, como si las palabras le pesaran— tu padre no es quien tú crees que es.
Bella frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Luca metió la mano en el bolsillo interior de su camisa y sacó un sobre negro, delgado. Se lo tendió.
—Ábrelo.
Ella lo tomó con dedos temblorosos. Dentro había una sola hoja: una transcripción de una llamada interceptada. La fecha era de hacía tres semanas. La voz de su padre era inconfundible.
«…sí, la chica. Si los Moretti la quieren muerta para sellar el trato con los calabreses, que la tengan. Me da igual. Mientras me dejen el puerto y la ruta del norte, que la sacrifiquen. Es prescindible.»
Bella sintió que el mundo se inclinaba. Leyó la frase otra vez. Y otra. Las letras se volvieron borrosas.
—No… —susurró.
Luca no dijo nada. Solo la observó mientras la realidad la destrozaba desde dentro.
—Él me vendió —dijo ella, voz rota—. No solo me entregó. Me vendió. Como si fuera… mercancía.
Luca le quitó el papel con cuidado y lo guardó de nuevo.
—Dante lo sabe —continuó él—. Por eso te golpea. Porque puede. Porque tu propio padre le dio permiso tácito.
Bella levantó la vista. Lágrimas calientes le quemaban los ojos, pero no las dejó caer.
—¿Y tú? ¿Qué ganas con esto?
Luca la miró durante un largo segundo.
—Quiero que los Moretti caigan. Quiero que tu padre pague. Y quiero… —su voz bajó hasta casi desaparecer— que tú vivas.
El silencio se llenó de todo lo que no decían.
Bella dio un paso hacia él. Sus manos encontraron el pecho de Luca, justo sobre el corazón que latía tan fuerte como el suyo.
—No confío en ti —susurró.
—Lo sé.
—No debería besarte.
—Lo sé.
Y aun así, cuando Luca inclinó la cabeza y rozó sus labios contra los de ella, Bella no se apartó.
Fue un beso desesperado, hambriento, lleno de rabia y miedo y algo mucho más peligroso. Sus manos se enredaron en el cabello de él. Las de Luca bajaron por su espalda, apretándola contra su cuerpo como si quisiera fundirla con él y protegerla al mismo tiempo.
Cuando se separaron, ambos respiraban agitados.
—Tienes que irte —dijo Luca, voz ronca—. Antes de que Dante te busque.
Bella negó con la cabeza.
—No voy a volver con él.
—No tienes opción. Todavía no. Pero pronto la tendrás.
Le entregó una llave pequeña, negra, con un número grabado: 317.
—Habitación del hotel. Tercero piso. Hay un pasaporte, dinero, un teléfono. Úsalo cuando estés lista.
Ella cerró los dedos alrededor de la llave.
—¿Y tú?
Luca sonrió de nuevo, esa sonrisa peligrosa que prometía caos.
—Yo voy a terminar lo que empecé esta noche.
Se inclinó y la besó una vez más, breve, posesivo.
—Sobrevive, Bella. Por favor.
Y antes de que ella pudiera responder, él desapareció entre las sombras del jardín.
Bella se quedó sola, con la llave quemándole la palma y el sabor de Luca todavía en los labios.
A lo lejos, escuchó la voz furiosa de Dante llamándola por su nombre.
El juego acababa de empezar.
Y esta vez, ella no iba a ser la pieza sacrificada.
El sol se hundía en el horizonte del mar Jónico, tiñendo las aguas de un rojo tan intenso que parecía evocar la sangre derramada en los Alpes, en Lyon y en los muelles de Nueva Jersey. Pero en la terraza de aquella villa de piedra blanca, colgada de los acantilados de una pequeña isla griega olvidada por los mapas turísticos, el aire no olía a pólvora ni a miedo. Olía a romero, a sal marina y a la libertad que solo poseen los que han regresado de entre los muertos.Bella observaba el ocaso con una copa de vino intacta entre las manos. Su largo cabello oscuro ondeaba con la brisa mediterránea. Ya no vestía los trajes de seda de la heredera cautiva ni el camuflaje táctico del asalto invernal; llevaba un vestido blanco, sencillo, que contrastaba con la piel bronceada por meses de paz. Sin embargo, en sus ojos oscuros persistía el destello de la mujer que había desmantelado el sistema de espionaje más peligroso del mundo.Unos pasos familiares resonaron sobre la piedra calcárea. No necesit
El humo negro y denso que ascendía desde las entrañas del búnker alpino se mezclaba con la ventisca de los Alpes suizos, creando un sudario gris sobre la montaña. La fortaleza de titanio y hormigón que un día albergó el secreto más peligroso del siglo XXI se estaba convirtiendo en su propia pira funeraria.En la sala de control de los niveles superiores, a solo unos pasos de las escaleras de emergencia que conducían a la superficie, el aire se había vuelto casi irrespirable. Las alarmas de colapso estructural aullaban en una cadencia sorda y rítmica. Frente a la última terminal operativa del complejo, la silueta de Enzo Moretti se recortaba contra el parpadeo de los monitores que morían uno a uno.Luca Moretti sostenía a Bella contra su costado. El hombro herido de Luca sangraba de nuevo, empapando el camuflaje invernal, pero sus ojos estaban fijos en su hermano. Bella, exhausta pero con la mirada imperturbable de quien ha mirado al abismo y ha sobrevivido, apretaba los puños. Sabían
El zumbido sordo de los extractores de aire del búnker alpino sonaba como el conteo regresivo de un verdugo. En la pantalla principal del Centro de Datos, los dígitos rojos continuaban su descenso implacable: 00:42… 00:41… El gas sarín acechaba en los conductos de ventilación, listo para transformar el santuario de titanio en una fosa común.Julian Jr. permanecía junto a la consola central, con una mano apoyada sobre la culata de su pistola enfundada y la otra extendida hacia Bella, exigiendo la Llave Maestra. A su alrededor, las torres de servidores parpadeaban con un azul gélido que teñía la estancia de una atmósfera fantasmal.Luca Moretti no apartaba el dedo del gatillo de su fusil. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, calculando la trayectoria de las balas de la escolta de Julian. Si disparaba, los guardias abrirían fuego y Bella quedaría atrapada en el fuego cruzado. El romance, en ese espacio confinado por la muerte, se reducía a un voto de silencio absoluto: Luca confiaba e
El búnker de los Alpes suizos no era una base militar ordinaria; era una catedral de hormigón y titanio enterrada bajo trescientos metros de roca de granito y nieve perpetua. En el mapa de la geopolítica oculta, este lugar figuraba como un depósito de almacenamiento de datos bancarios, pero para la Comisión y lo que quedaba del imperio Valenti, era el corazón de Omnis. Aquí se alojaba el servidor central, el nodo madre que Julian Jr. pretendía activar para someter el nuevo orden mundial bajo su control absoluto.Fuera, la tormenta de nieve aullaba a más de dos mil metros de altitud, barriendo las laderas blancas y ocultando la aproximación de los helicópteros de asalto negros que Valerie Vane —antes de su ejecución en Lyon— había dejado pagados a través de una corporación fantasma. El remanente de su operación militar privada, "La Mano Blanca", ejecutaba ahora el último contrato de su jefa muerta. Pero en la vanguardia, abriendo la brecha entre el viento helado y el plomo, no había me
El motor del viejo sedán negro rugía con un zumbido sordo mientras avanzaba por la periferia industrial de Lyon. Fuera, la lluvia golpeaba el parabrisas como un recordatorio constante de que el tiempo se les agotaba. En los asientos delanteros, el silencio entre Luca y Enzo era más denso y letal que el humo del cigarrillo que se consumía entre los dedos del copiloto. En el asiento trasero, Bella permanecía inmóvil, con la mirada fija en el cilindro cromado de la Llave Maestra que descansaba sobre sus piernas.La fábrica de seda abandonada, el punto de encuentro fijado por Julian Jr., se recortaba contra el cielo nocturno como un coloso de ladrillo y hierro. Luca apagó los faros a escasos doscientos metros y detuvo el vehículo bajo el esqueleto de un antiguo almacén de carga.—Bájate —ordenó Luca, su voz fría, desprovista de la calidez fraternal que alguna vez los había unido.Enzo obedeció sin rechistar. Al salir, el frío de la noche lionesa los envolvió. Luca caminó hacia el maletero
El apartamento franco en Lyon se había convertido en una olla a presión. El aire, viciado por el humo de los cigarrillos de Enzo y el zumbido de los inhibidores de señal, pesaba sobre los hombros de Luca Moretti. Sobre la mesa, la Llave Maestra de Omnis parecía un artefacto alienígena, un cilindro de cromo que contenía el destino del siglo XXI.Luca observaba a Bella, quien estaba sentada frente a una terminal portátil, intentando descifrar las capas de encriptación final del dispositivo. La luz azul de la pantalla acentuaba las ojeras bajo sus ojos, dándole una apariencia de ángel caído.—¿Cuánto falta? —preguntó Luca, su mano descansando sobre el hombro de ella.—El sistema es... in







