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5. Bajo el Ala del Halcón

ผู้เขียน: white08verdun
last update วันที่เผยแพร่: 2026-05-12 03:30:34

Matteo levantó la vista. Por primera vez, Elena no vio arrogancia, sino una determinación feroz mezclada con algo que se parecía mucho al miedo.

—Lejos de aquí, Elena. Pero el mundo se está volviendo muy pequeño para nosotros —respondió Matteo.

​—Él dijo que tú me pusiste en peligro —le recriminó Elena, recordando las palabras de Nikos.

​Matteo cerró los ojos un instante.

—Yo solo quería proteger el secreto de tu padre, Elena. Pero el Emir... él no quiere el secreto. Él te quiere a ti como la llave para abrir una puerta que yo juré mantener cerrada —explicó Matteo en un susurro apenas audible sobre el ruido del motor.

​Elena miró hacia abajo. El mar Egeo estaba salpicado de luces de persecución. Al fondo, en el horizonte, las luces de un jet privado de gran envergadura descendían hacia el aeropuerto de Atenas.

​El cazador no venía solo. Venía con todo su imperio.

​—Si él es tan poderoso como dices —dijo Elena, mirando a Matteo con una nueva dureza en los ojos—, ¿por qué crees que tú puedes detenlo?

​Matteo se inclinó hacia ella, sus rostros a milímetros de distancia.

—Porque yo tengo algo que él nunca tendrá, Elena.

​—¿Qué? —preguntó Elena.

​—Tu verdad —sentenció Matteo, justo cuando el helicóptero se inclinaba bruscamente para esquivar un proyectil que cruzó el cielo nocturno como una estrella fugaz de muerte.

​La huida hacia lo desconocido acababa de comenzar. Dubái ya no era un punto en el mapa, sino una sombra que se extendía sobre sus vidas, lista para devorarlos.

El helicóptero se sacudió violentamente cuando Matteo ordenó una maniobra de evasión. Elena se aferró a los bordes del asiento, con los nudillos blancos, viendo cómo las luces del yate de Nikos se convertían en un punto insignificante en medio de la negrura del mar.

​—¿A dónde vamos? —preguntó Elena, con la voz entrecortada por la adrenalina y el miedo.

​Matteo no respondió de inmediato. Tecleaba frenéticamente en una tableta táctil que mostraba coordenadas cifradas.

—A un lugar donde el dinero del Emir no pueda comprar el silencio de las autoridades. O al menos, donde le cueste más trabajo —respondió Matteo sin mirarla.

​—¡Me debes la verdad! —exclamó Elena, alzando la voz sobre el zumbido de las turbinas —Dijiste que mi padre no perdió el negocio por mala suerte. Dijiste que tú sabías algo. ¡Dímelo ahora!

​Matteo dejó la tableta a un lado y la miró. El reflejo de las luces del panel de control le daba un aspecto espectral, endureciendo las líneas de su mandíbula.

—Tu padre descubrió una ruta de lavado de activos que conectaba las navieras griegas con el sector inmobiliario en Dubái. Él no era un hombre de negocios brillante, Elena, pero era honesto. Trató de retirarse del trato cuando se dio cuenta de que su empresa era la tapadera perfecta para mover fondos del terrorismo internacional.

​Elena sintió un frío glacial recorrerle la columna.

—¿Y tú qué tienes que ver con eso? —susurró Elena.

​—Mi familia... la Casa De Luca, era la que debía recibir ese dinero en Europa para "limpiarlo" a través de la industria de la moda —confesó Matteo con una amargura que parecía quemarle la garganta —Yo no elegí este legado, Elena. He pasado los últimos cinco años intentando desmantelar la red desde adentro. Pero para hacerlo, necesitaba los documentos que tu padre escondió antes de morir.

​—¿El camafeo? —preguntó Elena, recordando la joya en la vitrina de Roma.

​—No es una joya, es un dispositivo de almacenamiento encriptado —sentenció Matteo —Y Amir lo sabe. Él no te busca por amor, ni por una obsesión romántica, aunque le guste jugar a ese juego. Te busca porque cree que tú tienes la clave biométrica para desbloquear esos archivos.

​De repente, una luz roja comenzó a parpadear en el tablero del helicóptero. Un pitido agudo y persistente llenó la cabina.

​—Señor, tenemos un bloqueo de radar —informó el piloto, con la voz cargada de urgencia —Hay un jet privado aproximándose a una velocidad imposible. Nos están ordenando aterrizar en el aeropuerto de Atenas bajo amenaza de derribo.

​Elena miró por la ventanilla. Un avión esbelto y plateado, con luces doradas en las alas, descendía desde las nubes como un halcón cayendo sobre su presa.

​—Es él —susurró Elena, sabiendo la respuesta antes de que Matteo hablara.

​—No vamos a aterrizar —ordenó Matteo al piloto —Dirígete hacia las montañas. Si logramos entrar en el espacio aéreo búlgaro, tendrán que pensárselo dos veces antes de disparar.

​—¡Es un suicidio! —gritó Elena —¡Nos van a matar!

​Matteo se desabrochó el cinturón y se inclinó hacia ella, sujetándole el rostro con ambas manos. Su tacto era firme, casi doloroso, pero por primera vez Elena sintió una chispa de protección real en medio de la locura.

—Escúchame bien. Pase lo que pase, no te separes de mí. Amir no te matará, te necesita viva. Pero si caes en sus manos, desearás haber muerto en este helicóptero.

​En ese instante, el aparato sufrió un impacto lateral. No fue un misil, sino una maniobra de presión del jet, que volaba tan cerca que las turbinas creaban una turbulencia insoportable. El helicóptero comenzó a perder altura, girando fuera de control.

​—¡Impacto inminente! —rugió el piloto.

​Elena cerró los ojos y sintió los brazos de Matteo envolviéndola, protegiendo su cabeza contra su pecho. El mundo se convirtió en un caos de metal retorcido, alarmas y el olor acre del combustible.

​Cuando Elena recuperó la conciencia, el silencio era absoluto, roto solo por el crujido del metal enfriándose y el silbido del viento entre los pinos. Estaban en la ladera de una montaña. El helicóptero estaba partido en dos, y la nieve comenzaba a caer sobre los restos humeantes.

​—¿Matteo? —balbuceó Elena, tratando de moverse.

​Un gemido a su lado le indicó que él estaba vivo. Matteo estaba cubierto de sangre, con un corte profundo en la frente, pero ya estaba intentando desatarse de los restos del asiento.

—Tenemos que movernos... —logró decir Matteo, con la voz rota —Sus hombres estarán aquí en menos de diez minutos.

​Elena lo ayudó a levantarse, usando su propio cuerpo como apoyo. Pero mientras se alejaban de los restos, una luz potente bajó desde el cielo, iluminando el claro de la montaña con una claridad meridiana.

​Un helicóptero mucho más grande, de color arena y con el emblema del halcón, descendía lentamente sobre ellos. La puerta se abrió incluso antes de tocar tierra.

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