INICIAR SESIÓNElena Vance es una mujer de lógica y estructuras, pero su mundo se desmorona cuando la galería de arte que representa queda al borde de la quiebra. En un intento desesperado por salvar el legado familiar, viaja a una recóndita isla privada en Grecia para tasar una colección de antigüedades. Lo que no espera es encontrarse con una atracción que no entiende de límites ni de territorios. Bajo la luna plateada del mar Jónico, Elena conoce a Dimitrios Korpis, un heredero de ojos claros y presencia letal que parece encarnar cada una de sus prohibiciones. Entre ellos nace una química que lo quema todo, llevándolos a compartir una noche de pasión absoluta donde las fronteras se borran y las palabras sobran. Convencida de que lo ocurrido en la isla debe quedarse en el pasado, Elena huye al amanecer sin dejar rastro. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Al regresar a la ciudad, Elena descubre que el hombre que la sostuvo entre sus brazos es el mismo magnate que ha comprado su deuda y ahora posee su futuro profesional. Dimitrios no ha cruzado el océano solo por negocios; ha venido a reclamar a la mujer que se atrevió a desaparecer de su cama. Ahora, atrapada en un vínculo secreto entre mundos distintos, Elena deberá decidir si sigue huyendo o se rinde ante el hombre que ha jurado perseguirla hasta que ella admita que su pasión no tiene traducción.
Ver másLa pregunta de Elena, soltada en ese susurro ronco y cargado de veneno, golpeó a Dimitrios con la fuerza de un impacto balístico directo al bajo vientre. Durante un segundo que pareció extenderse hasta la eternidad, el magnate dejó de respirar. El aire caliente de la respiración de la curadora, chocando contra la piel sensible de su cuello, fue la chispa final que detonó la pólvora que llevaba acumulando toda la maldita noche.El cuerpo del griego reaccionó con una traición biológica instantánea, primitiva e instintiva. La sangre, que hasta ese momento había estado bombeando con furia contenida hacia su cabeza alimentando su ira, descendió de golpe. Se acumuló con una pesadez ardiente en su ingle, endureciendo su erección con una violencia casi dolorosa contra la rígida tela de su pantalón de sastre. Dimitrio
El aire en el reservado VIP del Purgatorio era tan denso que respirar se había convertido en un esfuerzo consciente para todos los presentes. La luz rojiza del neón parpadeaba tenuemente sobre la mesa de cristal, iluminando los vasos a medio terminar y proyectando sombras alargadas sobre los rostros tensos. Dimitrios Korpis se mantenía sentado en el extremo del sillón de cuero sintético con la espalda rígidamente recta, envuelto en un aura de hostilidad glacial que parecía haber congelado el tiempo. Sus ojos claros, desprovistos de cualquier rastro de la pasión salvaje que lo había consumido minutos antes, estaban clavados en un punto indefinido de la pared, ignorando deliberadamente la cercanía entre la curadora y el dueño del bar.A su lado, Elena Vance sostenía su vaso de mezcal, sintie
La pesada puerta de madera forrada en cuero se abrió con un crujido sordo, cortando de tajo el denso silencio que se había instalado en el reservado. Elena levantó la vista de inmediato, sintiendo que el pulso se le aceleraba. Dimitrios Korpis cruzó el umbral con pasos lentos y medidos, pero la atmósfera a su alrededor había mutado por completo. Ya no era el hombre que, apenas veinte minutos antes, la había devorado con la mirada y arrinconado con promesas obscenas. Ahora, el magnate griego emanaba un aura de invierno absoluto.Sus ojos transparentes barrieron la habitación y se clavaron como dagas de hielo en la cercanía que compartían Elena y Javi en el sofá. Para el cerebro de Dimitrios, nublado por la paranoia territorial y el veneno de sus propios celos, la distancia entre el barman y su curadora era criminalmente corta. Vio la postura protectora de Javi, notó el ligero rubor que aún teñía las mejillas de Elena, y llegó a la peor de las conclusiones. En su mente, la fracción de t
El aire helado del callejón trasero cortaba la respiración, pero para Dimitrios Korpis no era suficiente para apagar el incendio que las palabras de su amigo habían provocado. Se quedó inmóvil, apoyado contra la pared de ladrillo sucio, escuchando el eco de la advertencia de Theo desvanecerse en el ruido distante del tráfico de Manhattan. «Prefieres destruir su vida antes de admitir que una mujer por fin te puso de rodillas». La acusación le había perforado el pecho con una precisión quirúrgica. Dimitrios odiaba perder el control, pero odiaba aún más que alguien fuera capaz de leer sus debilidades. La idea de que Theo, y probablemente también ese estúpido barman, pudieran ver lo que Elena provocaba en él lo llenó de un rechazo visceral. Él era Dimitrios Korpis. Construía imperios, desmantelaba corporaciones y doblegaba voluntades; no era un adolescente hormonal incapaz de controlar sus bajos instintos en un cuarto de piel barata. Si había dej












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