Share

03

Author: Dalex Hache
last update publish date: 2025-05-21 20:47:12

El amanecer en la mansión Moretti no traía luz, solo órdenes.

Enzo se había duchado en silencio. Vestía de negro, sin un solo pliegue fuera de lugar. Tenía el cabello recogido, la mirada firme. Sabía que ese día sería distinto. No había desayunos, ni revisiones de agenda. Solo un mensaje corto que recibió a las seis en punto:

“Vestido. Preparado. En el garaje. 06:20.”

Allí estaba Alessandro, apoyado sobre un auto negro, con una carpeta bajo el brazo y una mirada que no aceptaba demoras. Llevaba gafas oscuras, un abrigo largo y guantes de cuero. Era invierno en Palermo, pero en él todo parecía arder.

—Súbete. —Ni un saludo. Ni una explicación.

Enzo obedeció.

Durante el trayecto, Alessandro no hablaba. Escuchaba un cassette en el estéreo del auto. Una voz femenina, suave, cantaba en francés. La melodía era extrañamente melancólica.

—¿Quién canta? —preguntó Enzo, sin pensarlo.

Alessandro giró apenas el rostro. Una pausa.

—La mujer que quise matar, pero terminé amando.

Y volvió a mirar al frente, sin añadir más.

El auto se detuvo en la entrada trasera de un edificio industrial abandonado en las afueras. Dos hombres esperaban con armas visibles bajo los abrigos. Uno de ellos asintió al ver a Alessandro.

—¿Todo listo? —preguntó el mafioso.

—Sí, señor. Está adentro. Solo, como pidió.

—Nadie entra ni sale hasta que yo lo diga.

Alessandro descendió del auto. Enzo lo siguió.

—¿Quién está dentro? —preguntó Enzo, su voz sin temblor.

—Un error.

Entraron por una puerta de hierro oxidado. La humedad se colaba por las paredes, el aire sabía a metal, a óxido… a sangre.

En el centro de una sala vacía, iluminada por una lámpara colgante, un hombre estaba atado a una silla. Golpeado. La cara hinchada. El labio partido.

Alessandro se acercó lentamente. Su sombra cubrió al cautivo como un presagio.

—¿Sabes quién soy? —preguntó.

El hombre levantó la vista, escupió sangre, y asintió.

—Entonces sabes por qué estás aquí.

—Fue un error… yo… —empezó a decir, pero Alessandro levantó una mano.

—Los errores no existen en mi mundo. Solo las elecciones.

Enzo se mantuvo atrás, observando.

—Filtraste información a los Lucchese —dijo Alessandro—. Tres nombres, dos ubicaciones, y una transacción que aún estoy rastreando. ¿Por qué?

—Mi hijo… tenían a mi hijo.

Alessandro lo miró. En silencio.

Luego, se agachó frente a él.

—Yo también tengo un hijo. ¿Sabes cuál es la diferencia?

—¿Cuál?

—Que tú dejaste que el tuyo te debilitara. Yo haría que el mío me hiciera más fuerte.

Y sin más, Alessandro se levantó, sacó un arma de su abrigo y apuntó directo a la rodilla del traidor.

El disparo retumbó como un trueno dentro del edificio.

El hombre gritó. Enzo no se movió. Solo tragó saliva.

—Uno por cada nombre filtrado —dijo Alessandro.

Disparo.

Grito.

Otro disparo.

Silencio.

El hombre quedó inconsciente, desmayado por el dolor.

—¿Está muerto? —preguntó Enzo.

—No. Pero lo estará.

Alessandro se giró hacia él.

—¿Te molesta esto?

—No. Lo comprendo.

—¿Lo apruebas?

—No estoy aquí para aprobar nada. Estoy para cumplir.

Alessandro se le acercó, sin bajar el arma.

—Eres diferente.

—¿Por qué?

—Porque no parpadeaste. No suspiraste. No desviaste la mirada.

—¿Eso le molesta?

—Me intriga.

Alessandro bajó el arma y la guardó. Dio media vuelta y salió del edificio, con Enzo detrás. No hubo más palabras.

De vuelta en la mansión, ya caía la tarde. El ambiente era más denso. Más cargado. Alessandro bebía un espresso en su estudio. Enzo repasaba notas mentales.

—Hoy viste la primera regla del negocio —dijo Alessandro, sin mirarlo.

—¿Cuál es?

—Nunca te fíes de los hombres que lloran por sus hijos. Ni de los que aman demasiado. El amor es un arma, Rinaldi. Y yo… ya tengo demasiadas.

Enzo se acercó. Tenía una pregunta.

—¿Y usted? ¿Ha amado?

Alessandro lo miró por primera vez en horas. Largo. Intenso.

—Lo suficiente como para no volver a hacerlo.

Silencio.

La noche caía en Palermo como una capa de terciopelo oscuro.

Y Enzo, por primera vez, sintió una grieta en su propia armadura.

No miedo.

No culpa.

Solo una extraña, maldita… admiración.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Perversa Tentación⁴   34

    El auto se detuvo frente a la majestuosa mansión Carbone. Las luces de la entrada principal brillaban cálidas en medio de la oscuridad de la noche, y los guardias custodiaban el portón con la rigidez de siempre. Matteo bajó del coche con paso decidido, aunque por dentro se sentía como una tormenta contenida. Tenía el corazón desbocado y las manos sudorosas. No sabía qué iba a decir. Solo sabía que tenía que verlo. Se acercó a uno de los guardias que custodiaban la entrada, un hombre alto, de mirada seria y mandíbula cuadrada. —Necesito ver a Jin. Es urgente. El guardia lo miró de arriba abajo. Su rostro aún tenía las marcas del golpe recibido, la herida en la ceja mal cerrada, el gesto crispado. Dudó por un segundo. —¿Le digo que lo espera aquí o…? —Si, y dile que es importante. Dile que necesito hablar con él ahora mismo. Que no puedo esperar. El guardia asintió en silencio y se perdió por los pasillos del jardín, dejando a Matteo solo, rodeado por la brisa fresca de la no

  • Perversa Tentación⁴   33

    La mansión Moretti estaba sumida en un silencio elegante cuando Matteo cruzó la entrada principal. Las luces del vestíbulo iluminaban su rostro hinchado y con un pequeño corte en el labio. Caminaba con una mano sujetando el costado, aún resentido por el golpe, intentando pasar desapercibido. Pero no había forma de ocultarlo.Alessandro estaba allí. De pie, con los brazos cruzados, junto a la chimenea encendida del salón. El brillo del fuego danzaba sobre su rostro imponente y su postura rígida, como si hubiera estado esperando durante horas. A su lado, Enzo permanecía sentado en uno de los sillones, con el rostro tenso y la mirada fija en Matteo.—¿Dónde demonios estabas? —soltó Alessandro con voz grave y contenida, apenas viendo el rostro golpeado de su hijo—. ¡Me dijiste que estarías en la biblioteca!Matteo se detuvo en seco, suspiró y bajó la mirada un segundo, luego la alzó decidido.—Fui con Jin a una carrera de motos… pasó un incidente. Pero él me defendió.Alessandro dio un pa

  • Perversa Tentación⁴   32

    Escena – Universidad, mañana siguiente.El sol de la mañana se filtraba entre los árboles del campus, pintando manchas doradas en los senderos. Los estudiantes iban y venían con mochilas a cuestas, tazas de café y auriculares colgando de las orejas. El murmullo habitual de la universidad flotaba en el aire: risas, pasos apurados, conversaciones cruzadas.Matteo estaba recostado contra la baranda de piedra frente al edificio de arquitectura, con dos cafés en la mano. Vestía su chaqueta negra favorita, la que siempre usaba en otoño, y ese casco colgaba de su mochila como si fuera una extensión de su personalidad. Movía el pie al ritmo de una canción en su cabeza mientras miraba el reloj.—Llegas tarde tres minutos —dijo con una sonrisa cuando vio a Jin acercarse por el camino central—. Te perdono porque sé que no dormiste.Jin sonrió, algo despeinado por el viento de la moto, con las gafas de sol todavía puestas y su carpeta bajo el brazo.—Tres minutos es mi récord de puntualidad, no t

  • Perversa Tentación⁴   31

    La habitación de Jin estaba sumida en una penumbra suave. La luz de la luna apenas se colaba entre las cortinas pesadas, proyectando líneas plateadas sobre las paredes. Él daba vueltas entre las sábanas, incómodo, con la mente enredada en las palabras de Alessandro, en la tensión que se había instalado en el ambiente tras su repentina aparición.Miró el reloj digital sobre su mesa de noche: 12:03 a.m.Suspiró. Agarró su teléfono por inercia, desbloqueándolo sin esperar gran cosa. Pero entonces vio la notificación: 1 mensaje de Matteo.Lo abrió sin pensarlo.Matteo:Jin, ¿estás despierto?Lamento el comportamiento de mi papá.Jin lo leyó dos veces. Luego comenzó a escribir.Jin:No puedo dormir.Y no te preocupes por eso. Lo entiendo.Pasaron unos segundos. Tres puntitos indicaban que Matteo estaba escribiendo. Jin se quedó mirando la pantalla en la oscuridad, como si esas letras pudieran decirle más que las palabras.Matteo:Mi papá cree que tú y yo estamos juntos.Jin parpadeó. El pu

  • Perversa Tentación⁴   30

    La tarde avanzaba con lentitud entre planos y papeles desordenados sobre la gran mesa del estudio. Jin dibujaba sobre una libreta a lápiz mientras Matteo tecleaba fórmulas en su laptop. El ambiente era ligero, casi doméstico, como si aquel estudio de arquitectura no estuviera dentro de una mansión vigilada por decenas de guardias armados, sino en el rincón de cualquier departamento de estudiantes.—No puedes en serio querer usar madera reciclada para una estructura costera —dijo Matteo, girando el portátil hacia Jin con una ceja alzada—. El salitre se la come viva.—Solo si es una madera mediocre, y tú deberías saber que yo no soy mediocre —replicó Jin con una sonrisa arrogante, empujando el lápiz contra el papel con énfasis—. Además, es un diseño conceptual. No estamos construyendo el Coliseo, Moretti.Matteo bufó y se echó hacia atrás en la silla.—El Coliseo al menos aún está de pie.—Sí, igual que tu ego.Ambos estallaron en carcajadas. Era una de esas risas fuertes, desinhibidas,

  • Perversa Tentación⁴   29

    El motor de la motocicleta se detuvo con un ronco suspiro frente al estacionamiento de la Universidad Internacional de Palermo. Jin desmontó primero, quitándose el casco con un movimiento ágil, mientras su cabello azabache caía sobre la frente desordenadamente. Matteo le siguió, sacudiéndose la mochila como quien despierta de un sueño profundo.El campus estaba comenzando a llenarse de estudiantes, todos envueltos en conversaciones animadas, libros bajo el brazo, y el aroma persistente de café barato flotando en el aire.—¿Clase de diseño estructural o simulación primero? —preguntó Jin, lanzándole una mirada rápida a su horario.—Diseño —respondió Matteo sin pensarlo—. Simulación es a las diez. Ojalá no esté ese profesor pesado.—Te encanta cuando se pone pesado, no mientas —bromeó Jin con una sonrisa torcida.Matteo le lanzó una mirada seria y luego soltó una risa suave.—Lo único que me encanta en esa clase es cómo luchas por no dormirte.Caminaron juntos por el pasillo principal. E

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status