LOGINLa mansión donde se celebraba la gala parecía una joya arrancada del pasado, encajada a la fuerza en una Palermo moderna que ya no tenía tiempo para los rituales de lujo. Columnas de mármol, jardines simétricos, fuentes que cantaban sobre el murmullo de los invitados. Todo brillaba. Todo olía a perfume caro, a vino antiguo, a traición pulida con diamantes.
El auto negro se detuvo junto a la alfombra carmesí. Enzo bajó primero, vestido con un traje sobrio de diseñador, oscuro como la tinta y ajustado como una segunda piel. Su peinado era impecable, sus pasos, medidos. Pero sus ojos no dejaban de analizar. Todo. Alessandro bajó después, con un aura casi imperial. Iba sin corbata, con la camisa abierta lo justo para marcar una diferencia. Su mirada era de acero bruñido. Cada paso suyo imponía respeto. O temor. A veces eran lo mismo. —Recuerda, Rinaldi —dijo mientras avanzaban hacia la entrada principal—, esta no es una fiesta. Es una arena de leones con frac. —¿Y yo qué soy? —Mis ojos cuando no quiero mirar. Enzo asintió, con el corazón latiéndole lento pero firme. Esa noche no era para distraerse. El salón principal era un templo de excesos. Lámparas de cristal que pesaban como pecados, música de cuerdas suaves y maliciosas, camareros deslizándose como espectros entre las mesas. Todos los hombres parecían salidos de una revista de modas, y las mujeres eran esculturas andantes, forjadas con bisturí y ambición. Pero los verdaderos protagonistas estaban en los rincones. Sentados en sillones de terciopelo, entre cortinas cerradas, hablando en susurros con copas que nadie rellenaba. Jefes. Socios. Traficantes con piel de filántropos. Alessandro los conocía a todos. —¿Quién organiza esto? —susurró Enzo mientras caminaban. —Francesco D’Amico. Dice que vende joyas. En realidad, vende hombres. —¿Trata de personas? —No. Políticos. Bancarios. Jueces. Él los arma… y luego los rompe. Caminaban como si danzaran. La gente se apartaba, algunos sonreían, otros fingían no verlos. Un hombre bajo, grueso, con un bigote ridículo, se acercó. —¡Alessandro! Finalmente llegas. —Francesco. Se saludaron con un apretón de manos y una tensión que no engañaba a nadie. —¿Y este joven? —Mi nuevo asistente. Francesco lo miró como si evaluara un trozo de carne. —Muy guapo. Muy... atento, supongo. Enzo sonrió, justo lo necesario. —Tan atento que escuchará todo, pero no dirá nada —aclaró Alessandro. Francesco soltó una risita seca y los guió hacia una mesa. Los minutos pasaron como cuchillas suaves. Conversaciones sobre importaciones, exportaciones, precios de mercado que nada tenían que ver con lo legal. Enzo no hablaba, pero su oído era un bisturí. Anotaba nombres mentales. Identificaba códigos. Aprendía el lenguaje de los monstruos. Alessandro se mantenía firme, erguido, bebiendo lentamente de su copa. Pero su atención no estaba allí. No completamente. —El ruso no ha venido —dijo en voz baja. —¿Cuál? —Iván. Se suponía que lo vería aquí. Si no vino, es porque ya no quiere jugar conmigo. —¿Y eso es un problema? —Eso es una amenaza vestida de ausencia. Enzo asintió. —¿Qué hacemos? —Esperamos. Y bailamos. —¿Bailamos? —Metafóricamente, Rinaldi. Aún. Más tarde, mientras la música cambiaba y algunos invitados abandonaban la compostura por el alcohol y la cocaína, un camarero se acercó a Alessandro con una nota. Era breve. "Los lobos también visten trajes. Mira al sur. Tienen hambre." Alessandro arrugó el papel sin pestañear. Luego miró a Enzo. —Cambio de planes. Voy a desaparecer cinco minutos. Necesito que hables con el hombre del piano. Pregunta por la caja de terciopelo azul. Si se niega, menciona a Iván. —¿Y si pregunta quién soy? —Mi silencio con cara bonita. Enzo no dudó. Caminó hacia el piano, donde un músico tocaba una melodía dulce con dedos tensos. A su lado, un hombre calvo, delgado, fumaba un puro. —Buenas noches —dijo Enzo—. Me envía el señor Moretti. Necesita... la caja azul. El hombre lo miró de reojo. —¿Y tú quién eres? —El hombre que dice el nombre de Iván si no cooperas. Una pausa. Luego, el hombre sonrió con una mueca torcida y asintió. —Sígueme. Minutos después, en uno de los baños de mármol, Enzo encontró a Alessandro lavándose las manos. —¿Todo bien? —preguntó. —Perfecto. El ruso no vino, pero envió su mensaje. Tiene miedo. Y eso... —se miró en el espejo— ...es el comienzo de su caída. —¿Y la caja? —Contiene fotografías. Suficientes para destruir una banca suiza y tres candidatos al Senado. Enzo se quedó en silencio. Alessandro lo observó en el reflejo. —¿Alguna vez pensaste que estarías aquí? —No exactamente así. Pero siempre supe que el mundo se dividía entre los que obedecen… y los que mandan. —¿Y tú? —Todavía estoy eligiendo. Alessandro sonrió. Por primera vez, de verdad. —No tardes mucho. Quien duda demasiado... termina obedeciendo para siempre. Y salieron del baño como si no hubieran hablado de nada importante. Como si no tuvieran sangre en las manos. Como si no acabaran de firmar, en silencio, un pacto oscuro. Esa noche, al regresar a la mansión, Enzo no durmió. Ni por miedo. Ni por culpa. Sino porque por primera vez en años... sentía que estaba exactamente donde debía estar. Donde el mundo era cruel, sí. Pero también… verdadero.El auto se detuvo frente a la majestuosa mansión Carbone. Las luces de la entrada principal brillaban cálidas en medio de la oscuridad de la noche, y los guardias custodiaban el portón con la rigidez de siempre. Matteo bajó del coche con paso decidido, aunque por dentro se sentía como una tormenta contenida. Tenía el corazón desbocado y las manos sudorosas. No sabía qué iba a decir. Solo sabía que tenía que verlo. Se acercó a uno de los guardias que custodiaban la entrada, un hombre alto, de mirada seria y mandíbula cuadrada. —Necesito ver a Jin. Es urgente. El guardia lo miró de arriba abajo. Su rostro aún tenía las marcas del golpe recibido, la herida en la ceja mal cerrada, el gesto crispado. Dudó por un segundo. —¿Le digo que lo espera aquí o…? —Si, y dile que es importante. Dile que necesito hablar con él ahora mismo. Que no puedo esperar. El guardia asintió en silencio y se perdió por los pasillos del jardín, dejando a Matteo solo, rodeado por la brisa fresca de la no
La mansión Moretti estaba sumida en un silencio elegante cuando Matteo cruzó la entrada principal. Las luces del vestíbulo iluminaban su rostro hinchado y con un pequeño corte en el labio. Caminaba con una mano sujetando el costado, aún resentido por el golpe, intentando pasar desapercibido. Pero no había forma de ocultarlo.Alessandro estaba allí. De pie, con los brazos cruzados, junto a la chimenea encendida del salón. El brillo del fuego danzaba sobre su rostro imponente y su postura rígida, como si hubiera estado esperando durante horas. A su lado, Enzo permanecía sentado en uno de los sillones, con el rostro tenso y la mirada fija en Matteo.—¿Dónde demonios estabas? —soltó Alessandro con voz grave y contenida, apenas viendo el rostro golpeado de su hijo—. ¡Me dijiste que estarías en la biblioteca!Matteo se detuvo en seco, suspiró y bajó la mirada un segundo, luego la alzó decidido.—Fui con Jin a una carrera de motos… pasó un incidente. Pero él me defendió.Alessandro dio un pa
Escena – Universidad, mañana siguiente.El sol de la mañana se filtraba entre los árboles del campus, pintando manchas doradas en los senderos. Los estudiantes iban y venían con mochilas a cuestas, tazas de café y auriculares colgando de las orejas. El murmullo habitual de la universidad flotaba en el aire: risas, pasos apurados, conversaciones cruzadas.Matteo estaba recostado contra la baranda de piedra frente al edificio de arquitectura, con dos cafés en la mano. Vestía su chaqueta negra favorita, la que siempre usaba en otoño, y ese casco colgaba de su mochila como si fuera una extensión de su personalidad. Movía el pie al ritmo de una canción en su cabeza mientras miraba el reloj.—Llegas tarde tres minutos —dijo con una sonrisa cuando vio a Jin acercarse por el camino central—. Te perdono porque sé que no dormiste.Jin sonrió, algo despeinado por el viento de la moto, con las gafas de sol todavía puestas y su carpeta bajo el brazo.—Tres minutos es mi récord de puntualidad, no t
La habitación de Jin estaba sumida en una penumbra suave. La luz de la luna apenas se colaba entre las cortinas pesadas, proyectando líneas plateadas sobre las paredes. Él daba vueltas entre las sábanas, incómodo, con la mente enredada en las palabras de Alessandro, en la tensión que se había instalado en el ambiente tras su repentina aparición.Miró el reloj digital sobre su mesa de noche: 12:03 a.m.Suspiró. Agarró su teléfono por inercia, desbloqueándolo sin esperar gran cosa. Pero entonces vio la notificación: 1 mensaje de Matteo.Lo abrió sin pensarlo.Matteo:Jin, ¿estás despierto?Lamento el comportamiento de mi papá.Jin lo leyó dos veces. Luego comenzó a escribir.Jin:No puedo dormir.Y no te preocupes por eso. Lo entiendo.Pasaron unos segundos. Tres puntitos indicaban que Matteo estaba escribiendo. Jin se quedó mirando la pantalla en la oscuridad, como si esas letras pudieran decirle más que las palabras.Matteo:Mi papá cree que tú y yo estamos juntos.Jin parpadeó. El pu
La tarde avanzaba con lentitud entre planos y papeles desordenados sobre la gran mesa del estudio. Jin dibujaba sobre una libreta a lápiz mientras Matteo tecleaba fórmulas en su laptop. El ambiente era ligero, casi doméstico, como si aquel estudio de arquitectura no estuviera dentro de una mansión vigilada por decenas de guardias armados, sino en el rincón de cualquier departamento de estudiantes.—No puedes en serio querer usar madera reciclada para una estructura costera —dijo Matteo, girando el portátil hacia Jin con una ceja alzada—. El salitre se la come viva.—Solo si es una madera mediocre, y tú deberías saber que yo no soy mediocre —replicó Jin con una sonrisa arrogante, empujando el lápiz contra el papel con énfasis—. Además, es un diseño conceptual. No estamos construyendo el Coliseo, Moretti.Matteo bufó y se echó hacia atrás en la silla.—El Coliseo al menos aún está de pie.—Sí, igual que tu ego.Ambos estallaron en carcajadas. Era una de esas risas fuertes, desinhibidas,
El motor de la motocicleta se detuvo con un ronco suspiro frente al estacionamiento de la Universidad Internacional de Palermo. Jin desmontó primero, quitándose el casco con un movimiento ágil, mientras su cabello azabache caía sobre la frente desordenadamente. Matteo le siguió, sacudiéndose la mochila como quien despierta de un sueño profundo.El campus estaba comenzando a llenarse de estudiantes, todos envueltos en conversaciones animadas, libros bajo el brazo, y el aroma persistente de café barato flotando en el aire.—¿Clase de diseño estructural o simulación primero? —preguntó Jin, lanzándole una mirada rápida a su horario.—Diseño —respondió Matteo sin pensarlo—. Simulación es a las diez. Ojalá no esté ese profesor pesado.—Te encanta cuando se pone pesado, no mientas —bromeó Jin con una sonrisa torcida.Matteo le lanzó una mirada seria y luego soltó una risa suave.—Lo único que me encanta en esa clase es cómo luchas por no dormirte.Caminaron juntos por el pasillo principal. E