LOGINLa noche afuera olía a mar y a pólvora invisible. La brisa de Palermo traía consigo ecos de sirenas lejanas, mezcladas con el murmullo del viento en los cipreses. El chofer esperaba en silencio, junto al auto negro con vidrios ahumados, pero Alessandro no subió de inmediato.
Caminó unos pasos más allá, hacia el borde del jardín iluminado por farolas doradas. Encendió un cigarro con la calma de quien se da permiso para bajar la guardia solo por un instante. Enzo lo siguió, en silencio, hasta quedar a su lado. —No lo hiciste mal —dijo Alessandro, sin mirarlo. —Gracias. Pero sentí que improvisaba todo el tiempo. —Así funciona este mundo. Nadie tiene un guión. Solo... buenos instintos. Hubo una pausa. El humo flotó entre ambos como una cortina ligera. —¿Tienes novia, Rinaldi? Enzo lo miró de reojo. Alessandro mantenía la vista en el cielo, como si preguntara por pura cortesía. Pero no lo era. —No —respondió el joven. —¿Demasiado ocupado para eso? —No exactamente. —Hizo una pausa breve y luego añadió—: No me gustan las mujeres. Alessandro giró la cabeza con lentitud, sorprendido. No era un gesto violento, ni inquisitivo. Solo... genuino. —¿Ah, no? —No. Se miraron. Sin tensiones, sin escándalos. Solo la verdad flotando entre los dos, sin disfraz. Alessandro dio otra calada al cigarro. —¿Siempre lo supiste? —Desde que tenía memoria. —Y aún así entraste a trabajar para un hombre como yo. —¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? —No muchos tienen el valor de ser tan directos conmigo. Enzo alzó una ceja, tranquilo. —No vine a esconderme. Vine a demostrar que sirvo. Lo demás es... lo que soy. No pido permiso para eso. Alessandro soltó una risa corta, seca, pero no burlona. Era más bien una especie de reconocimiento. —Bien, Rinaldi. Me agrada tu forma de pensar. —¿Lo cambia todo? —No. Pero explica algunas cosas. Esa mirada… tan afilada. No mira como los demás. —¿Y cómo miran los demás? —Con hambre. Tú miras como si estuvieras diseccionando todo. Incluso a mí. —Tal vez lo hago —respondió Enzo, sin rodeos—. Pero sólo porque quiero entender cómo funciona lo que algún día quiero proteger. Alessandro lo miró un segundo más. Largo. Intenso. —Subamos. Ya es tarde. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire junto con el murmullo suave de los cubiertos y la risa de un niño. La cocina de la mansión Moretti no era ostentosa como cabría esperar de un mafioso de alto rango, sino cálida y funcional. Mármol blanco, madera pulida, ventanales que daban al jardín y una gran mesa redonda, como esas que invitan a la conversación más que al protocolo. Alessandro apareció puntual, como cada mañana, con una camisa blanca impecable y el cabello ligeramente húmedo por la ducha. Se acercó a besar la mejilla de su esposa, Isabella, que ya estaba sentada con una bata de seda color crema, hojeando una revista de moda. —Buenos días —saludó ella, sin apartar la vista de las páginas—. Hoy estás de mejor humor. —¿Sí? Tal vez sea por el café... o porque finalmente encontré al asistente perfecto. Isabella lo miró por encima del borde de la revista, con una ceja arqueada. —¿Otro más? Espero que este no desaparezca a la tercera semana con la contraseña de tus cuentas. —Este es distinto —dijo Alessandro mientras se servía café negro—. De hecho, ya vive aquí. Y desayunará con nosotros. Isabella frunció levemente el ceño, justo cuando el pequeño Leonardo entraba corriendo con su pijama de dinosaurios y una sonrisa de travesura en el rostro. —¡Papá! ¿Jugamos después de la escuela? —Claro, campeón. Pero primero... quiero que conozcas a alguien. En ese momento, Enzo apareció en la puerta, vestido con sencillez pero con elegancia: pantalones oscuros, una camisa azul celeste arremangada hasta los codos, y el cabello peinado hacia atrás con cierto descuido juvenil. Se detuvo un instante, evaluando la escena con naturalidad. No parecía nervioso, pero sí muy consciente de cada detalle a su alrededor. —Buenos días —dijo con voz firme pero suave. —Isabella, Matteo … les presento a Enzo Rinaldi, mi nuevo asistente personal. —Alessandro giró ligeramente hacia él—. Enzo, ellos son mi esposa y mi hijo. —Un placer conocerlos —dijo Enzo, con una ligera inclinación de cabeza. Isabella lo observó con ojos escépticos mientras cerraba su revista. Su sonrisa era cortés, pero no cálida. —Asistente personal, ¿eh? ¿Qué hace exactamente un asistente personal de mi esposo? Enzo no vaciló. —Me aseguro de que su agenda funcione, sus negocios estén ordenados y su seguridad se mantenga intacta. Soy sus ojos y oídos cuando él no puede estar presente. Y si hace falta, también soy sus manos. Hubo un silencio breve. Isabella lo sostuvo con la mirada, como si lo pusiera a prueba con una pregunta que no había formulado. Luego bebió un sorbo de su café. —Vaya. Con esas credenciales, tal vez deberías cuidar también de mí. Enzo sonrió, medido. —Si Alessandro me lo ordena, con gusto. Matteo se acercó con la curiosidad típica de los niños. —¿Tú eres como un superhéroe? ¿Tienes pistola? —No uso capa ni pistola, pero soy muy bueno corriendo y recordando cosas que tu papá olvida —respondió Enzo, agachándose a su nivel—. Aunque puedo enseñarte a lanzar una pelota más lejos que nadie en tu escuela. —¡Guau! Isabella observó la interacción con una mezcla de sorpresa y reserva. Alessandro, mientras tanto, se recostó ligeramente en su silla, satisfecho. —Va a ser interesante ver cómo te adaptas a esta casa, Rinaldi —murmuró Isabella al final, con una sonrisa enigmática—. Aquí las paredes escuchan y los silencios duran más que los desayunos. —Me gustan los silencios —replicó Enzo, tomando asiento junto a Alessandro—. Y también sé cómo hacerlos hablar. Alessandro giró levemente hacia él, divertido. Por un instante, sus miradas se cruzaron. No era una sonrisa profesional. Era una chispa. Pequeña. Inofensiva. Pero viva. —Empecemos con la agenda de hoy —dijo Alessandro, cambiando de tono, pero no de humor—. Después de llevar a Matteo al colegio, tenemos que pasar por la bodega en Monreale. Luego reunión con los hermanos Greco. Y esta noche, cena con el jefe de policía. —Entendido —respondió Enzo, sacando una libreta delgada del bolsillo interior—. ¿Quiere que asista a la cena? Alessandro lo miró un momento. —Sí. Quiero que empieces a ver lo que yo veo. —Entonces... veré con atención.El auto se detuvo frente a la majestuosa mansión Carbone. Las luces de la entrada principal brillaban cálidas en medio de la oscuridad de la noche, y los guardias custodiaban el portón con la rigidez de siempre. Matteo bajó del coche con paso decidido, aunque por dentro se sentía como una tormenta contenida. Tenía el corazón desbocado y las manos sudorosas. No sabía qué iba a decir. Solo sabía que tenía que verlo. Se acercó a uno de los guardias que custodiaban la entrada, un hombre alto, de mirada seria y mandíbula cuadrada. —Necesito ver a Jin. Es urgente. El guardia lo miró de arriba abajo. Su rostro aún tenía las marcas del golpe recibido, la herida en la ceja mal cerrada, el gesto crispado. Dudó por un segundo. —¿Le digo que lo espera aquí o…? —Si, y dile que es importante. Dile que necesito hablar con él ahora mismo. Que no puedo esperar. El guardia asintió en silencio y se perdió por los pasillos del jardín, dejando a Matteo solo, rodeado por la brisa fresca de la no
La mansión Moretti estaba sumida en un silencio elegante cuando Matteo cruzó la entrada principal. Las luces del vestíbulo iluminaban su rostro hinchado y con un pequeño corte en el labio. Caminaba con una mano sujetando el costado, aún resentido por el golpe, intentando pasar desapercibido. Pero no había forma de ocultarlo.Alessandro estaba allí. De pie, con los brazos cruzados, junto a la chimenea encendida del salón. El brillo del fuego danzaba sobre su rostro imponente y su postura rígida, como si hubiera estado esperando durante horas. A su lado, Enzo permanecía sentado en uno de los sillones, con el rostro tenso y la mirada fija en Matteo.—¿Dónde demonios estabas? —soltó Alessandro con voz grave y contenida, apenas viendo el rostro golpeado de su hijo—. ¡Me dijiste que estarías en la biblioteca!Matteo se detuvo en seco, suspiró y bajó la mirada un segundo, luego la alzó decidido.—Fui con Jin a una carrera de motos… pasó un incidente. Pero él me defendió.Alessandro dio un pa
Escena – Universidad, mañana siguiente.El sol de la mañana se filtraba entre los árboles del campus, pintando manchas doradas en los senderos. Los estudiantes iban y venían con mochilas a cuestas, tazas de café y auriculares colgando de las orejas. El murmullo habitual de la universidad flotaba en el aire: risas, pasos apurados, conversaciones cruzadas.Matteo estaba recostado contra la baranda de piedra frente al edificio de arquitectura, con dos cafés en la mano. Vestía su chaqueta negra favorita, la que siempre usaba en otoño, y ese casco colgaba de su mochila como si fuera una extensión de su personalidad. Movía el pie al ritmo de una canción en su cabeza mientras miraba el reloj.—Llegas tarde tres minutos —dijo con una sonrisa cuando vio a Jin acercarse por el camino central—. Te perdono porque sé que no dormiste.Jin sonrió, algo despeinado por el viento de la moto, con las gafas de sol todavía puestas y su carpeta bajo el brazo.—Tres minutos es mi récord de puntualidad, no t
La habitación de Jin estaba sumida en una penumbra suave. La luz de la luna apenas se colaba entre las cortinas pesadas, proyectando líneas plateadas sobre las paredes. Él daba vueltas entre las sábanas, incómodo, con la mente enredada en las palabras de Alessandro, en la tensión que se había instalado en el ambiente tras su repentina aparición.Miró el reloj digital sobre su mesa de noche: 12:03 a.m.Suspiró. Agarró su teléfono por inercia, desbloqueándolo sin esperar gran cosa. Pero entonces vio la notificación: 1 mensaje de Matteo.Lo abrió sin pensarlo.Matteo:Jin, ¿estás despierto?Lamento el comportamiento de mi papá.Jin lo leyó dos veces. Luego comenzó a escribir.Jin:No puedo dormir.Y no te preocupes por eso. Lo entiendo.Pasaron unos segundos. Tres puntitos indicaban que Matteo estaba escribiendo. Jin se quedó mirando la pantalla en la oscuridad, como si esas letras pudieran decirle más que las palabras.Matteo:Mi papá cree que tú y yo estamos juntos.Jin parpadeó. El pu
La tarde avanzaba con lentitud entre planos y papeles desordenados sobre la gran mesa del estudio. Jin dibujaba sobre una libreta a lápiz mientras Matteo tecleaba fórmulas en su laptop. El ambiente era ligero, casi doméstico, como si aquel estudio de arquitectura no estuviera dentro de una mansión vigilada por decenas de guardias armados, sino en el rincón de cualquier departamento de estudiantes.—No puedes en serio querer usar madera reciclada para una estructura costera —dijo Matteo, girando el portátil hacia Jin con una ceja alzada—. El salitre se la come viva.—Solo si es una madera mediocre, y tú deberías saber que yo no soy mediocre —replicó Jin con una sonrisa arrogante, empujando el lápiz contra el papel con énfasis—. Además, es un diseño conceptual. No estamos construyendo el Coliseo, Moretti.Matteo bufó y se echó hacia atrás en la silla.—El Coliseo al menos aún está de pie.—Sí, igual que tu ego.Ambos estallaron en carcajadas. Era una de esas risas fuertes, desinhibidas,
El motor de la motocicleta se detuvo con un ronco suspiro frente al estacionamiento de la Universidad Internacional de Palermo. Jin desmontó primero, quitándose el casco con un movimiento ágil, mientras su cabello azabache caía sobre la frente desordenadamente. Matteo le siguió, sacudiéndose la mochila como quien despierta de un sueño profundo.El campus estaba comenzando a llenarse de estudiantes, todos envueltos en conversaciones animadas, libros bajo el brazo, y el aroma persistente de café barato flotando en el aire.—¿Clase de diseño estructural o simulación primero? —preguntó Jin, lanzándole una mirada rápida a su horario.—Diseño —respondió Matteo sin pensarlo—. Simulación es a las diez. Ojalá no esté ese profesor pesado.—Te encanta cuando se pone pesado, no mientas —bromeó Jin con una sonrisa torcida.Matteo le lanzó una mirada seria y luego soltó una risa suave.—Lo único que me encanta en esa clase es cómo luchas por no dormirte.Caminaron juntos por el pasillo principal. E