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Episodio 5

Author: Dalex Hache
last update publish date: 2025-02-12 21:31:58

Vittorio tomó a Cristian del brazo y lo guió a través de la multitud que aún murmuraba sobre la pelea. Algunos lo miraban con respeto, otros con cautela, pero nadie se atrevía a desafiarlo. Había dejado claro quién mandaba ahí.

Más adelante, en el centro del terreno baldío, varias motocicletas estaban alineadas, listas para la carrera. Los pilotos revisaban sus máquinas con meticulosa concentración, mientras el sonido de motores rugiendo calentaba el ambiente. Las apuestas se movían rápidamente, billetes pasaban de mano en mano, y las miradas se llenaban de emoción.

Cristian observó el escenario con interés, pero sin dejar de lado su postura analítica. No estaba ahí por placer, sino porque Vittorio lo había arrastrado. Sin embargo, algo en la energía del lugar le resultaba adictivo.

Vittorio se apartó un momento y se acercó a una motocicleta específica: una Suzuki Katana 1100 negra y roja, con detalles personalizados en el tanque y un escape modificado que hacía temblar el suelo con su potencia.

—¿Vas a competir? —preguntó Cristian, cruzándose de brazos.

Vittorio le lanzó una sonrisa ladeada mientras encendía la moto.

—¿Qué creías? ¿Que solo veníamos a mirar?

Cristian soltó una risa breve, pero se quedó observando mientras Vittorio montaba la motocicleta con una facilidad casi natural. Parecía parte de ella, como si el vehículo y él fueran una sola entidad.

Uno de los organizadores, un hombre calvo con chaqueta de mezclilla y lentes oscuros, se acercó con una libreta en la mano.

—Carbone, otra vez apostando alto, ¿eh? —dijo con una sonrisa burlona.

Vittorio extendió un fajo de billetes sin inmutarse.

—Doblo la apuesta esta vez.

El organizador silbó, sorprendido.

—¿Seguro? Hoy no corres contra idiotas. Está Marco en la línea… y está jodido por tu golpe, pero sigue siendo rápido.

Vittorio giró la cabeza y miró a Marco, que estaba unos metros más allá, sentado sobre su moto con el labio roto y una mirada asesina clavada en él.

—Mejor. Así lo humillo dos veces en una sola noche.

El organizador se encogió de hombros y anotó la apuesta antes de alejarse.

Cristian se acercó un poco más, con expresión escéptica.

—¿Siempre tienes que ser tan temerario?

Vittorio lo miró de reojo mientras se ponía los guantes de cuero negro.

—La vida sin riesgo es aburrida, Soto. Aprenderás eso si te quedas cerca de mí.

Cristian bufó y negó con la cabeza.

Los motores rugieron cuando los corredores se alinearon en la línea de salida. Eran cinco en total. Vittorio estaba al extremo derecho, con una postura relajada, pero sus ojos reflejaban pura concentración.

Una mujer con un ajustado top de cuero y jeans cortados se acercó al frente, levantando un pañuelo rojo.

—¡En sus marcas! —gritó, haciendo que los pilotos aceleraran sus motores.

El suelo vibró con la potencia de las motocicletas. Cristian sintió la piel erizarse.

El pañuelo cayó.

Los motores rugieron como bestias desatadas, y las motocicletas salieron disparadas.

Vittorio reaccionó en una fracción de segundo, lanzándose hacia adelante con una aceleración impecable. El viento golpeó su rostro, sus manos firmes en el manillar, su cuerpo inclinado perfectamente sobre la moto.

Cristian observó con los ojos entrecerrados. Vittorio no solo era bueno, era excepcional.

Los competidores se enfilaban en la carretera oscura. La primera curva estaba cerca, y Marco intentó adelantarse, inclinando su moto agresivamente para bloquear el paso de Vittorio.

Pero Vittorio no era alguien que se dejara intimidar.

En lugar de frenar, aceleró aún más, aprovechando la tracción de su moto para tomar la curva con una maniobra arriesgada. Pasó rozando la defensa de Marco, casi chocando, pero manteniendo el control con precisión milimétrica.

Los espectadores gritaron al ver la jugada, y Cristian sintió un nudo en el estómago.

—Maldito loco… —susurró para sí mismo.

A mitad de la carrera, Vittorio ya estaba entre los dos primeros, pero Marco no iba a dejarse vencer fácilmente.

En un movimiento sucio, Marco sacó el pie y pateó ligeramente la rueda trasera de Vittorio, tratando de hacerlo perder el equilibrio.

Cristian contuvo el aliento.

Pero Vittorio era más rápido de lo que Marco imaginaba.

En un contraataque impecable, soltó el manillar con una mano y le devolvió la patada en el costado, haciéndolo tambalear.

Marco casi pierde el control y se vio obligado a frenar por un segundo. Esa distracción fue suficiente.

Vittorio aceleró con toda la potencia de la Suzuki, dejando a Marco atrás.

La meta estaba a unos metros, y aunque otro competidor estaba cerca, Vittorio se inclinó completamente sobre la moto y exprimió hasta el último caballo de fuerza del motor.

Cruzó la línea de llegada primero, con el rugido de la moto reverberando en el aire nocturno.

El público estalló en gritos y aplausos.

Cristian sintió algo extraño en su pecho. No era solo admiración… era algo más.

Vittorio detuvo la moto y se quitó el casco, con una sonrisa arrogante en los labios. Se veía impecable, como si no acabara de desafiar la muerte a toda velocidad.

Marco llegó segundo, con una expresión de furia contenida. Bajó de su moto de un salto y se dirigió directamente hacia Vittorio.

—¡Hijo de perra! Me pateaste en plena carrera.

Vittorio soltó una risa seca y se cruzó de brazos.

—Tú empezaste, idiota.

Marco se lanzó contra él.

Pero esta vez, Vittorio no esperó a que lo tocara.

Lo agarró por el cuello de la chaqueta y lo estampó contra una de las motocicletas estacionadas.

El sonido del impacto hizo que los presentes guardaran silencio.

—Te lo advertí, Marco. —La voz de Vittorio fue un susurro amenazante, con los ojos oscuros clavados en el hombre que ahora jadeaba contra el metal frío de la moto—. No te metas conmigo. Ni con él.

Cristian sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Vittorio lo había defendido otra vez. Y lo había hecho sin dudar.

Marco no respondió, simplemente apretó los dientes y apartó la mirada, sabiendo que no tenía forma de ganar esa pelea.

Vittorio lo soltó con desprecio y se giró hacia Cristian, como si nada hubiera pasado.

—Vamos, Soto. Es hora de largarnos.

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