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Capítulo 4

last update Fecha de publicación: 2026-07-04 02:40:17

EMILIANA

—Estás bromeando ¿verdad? —le pregunté a Camilo. El muy imbécil lo negó, haciéndome saber que hablaba muy en serio. Me deslicé una mano por el rostro, ya podía sentir como la migraña empezaba a golpear en mi cabeza.

¿Cómo es a este idiota se le había ocurrido comprometerme de esa forma y sin consultarme? En momentos como estos odiaba conocer todas y cada una de las leyes, de no ser así podía matarlo y alegar ignorancia del código penal ante el juez. Y sí, soy consciente de que, “no matar al prójimo” es algo que no puedes simplemente pasar por alto, porque básicamente es uno de nuestros pilares como sociedad.

—No es para tanto Emi, solo te pedí que me acompañaras a la presentación de mi hermana menor. —dijo con una expresión relaja e inclinándose más en mi escritorio. Inhale y exhale varias bocanadas de aire para calmarme antes de hacer algo de lo que me arrepentiría luego.

—Permíteme corregirte: le dijiste a Kat que yo estaría encantada de ir… ¡Y ni siquiera me habías comentado nada! —grité golpeando la mesa con mis puños. Conté hasta diez antes de volver a sentarme.

—Sigo sin ver el problema, tu adoras a Kat. —afirmó Camilo, por la forma en que me observaba era evidente que estaba sinceramente confundido.

—No se trata de mi aprecio por tu hermana. —respondí negando con la cabeza de un lado a otro. Y era cierto, yo quería a la chica como a una hermana menor, aunque solo era tres años más joven. —Odio con mi vida el tipo de música que tocan y tú lo sabes perfectamente. —le recordé señalándolo con un dedo. Ahora ambos estábamos desparramados sobre las sillas y nos mirábamos de forma retadora, entrecerré los ojos ligeramente, dándole a entender que no le permitiría convencerme.

Conocía a los Pascualle desde la escuela secundaria, Camilo y yo íbamos en el mismo salón y Katherine unos años por debajo. Nuestra amistad fue de esas que se dan de manera inmediata, aunque suene cliché decirlo, su padre también era abogado y ejercía mucha presión sobre sus hijos. En fin, estábamos unidos por padres exigentes y controladores, era más que obvio que debíamos apoyarnos. A pesar de su carácter, Camilo siempre cumplió con todas las expectativas que ponían sobre él; nunca decepcionó ni por un instante a su familia. Su hermana por otro lado, era la perfecta representación de una joven criada en Beverly Hill o los Hampton; incluso llegué a creer que sus padres la enviarían a un internado en el extranjero.

Siendo tan diferentes de personalidad, todos sus conocidos dudaban que ese par pudiesen siquiera llevarse bien. Y era todo lo contrario, los dos se adoraban y serían capaces de dar la vida por el otro. En la escuela éramos un trio de problemáticos, nunca se podía saber cuál sería nuestra siguiente broma y entre Camilo y yo siempre lográbamos zafarnos de los castigos. Los maestros nos adoraban e incluso hoy sospecho que fingían que caían en las trampas que les poníamos solo para disfrutar de las escusas que les daríamos.

Era imposible no sentirse atraídos por nosotros, mis amigos eran rubios dorados, de tes bronceada y ojos azules como el cielo, tenían tantas similitudes físicas que más de uno llegaba a pensar que eran gemelos. Los tres sudábamos carisma y desde jóvenes aprendimos que las personas se sienten complacidas cuando les dices exactamente lo que quieren oír, esa fue nuestra manera de evitar que nos expulsaran.

En la actualidad ninguno había cambiado mucho, a excepción de que ahora nos regíamos por la legalidad y que Kat terminó por dedicarse a la música después de pasar tantos años buscando su vocación. Así pues, los quería tanto como podía querer a otra persona que me cayera lo suficientemente bien, pero ni eso me convencería de ir a torturarme con ese sonido que ellos llamaban música.

—A veces actúas como una anciana de ochenta años. —afirmó Camilo levantándose de la silla y abrochándose el saco. Abrí mi computadora y empecé a revisar el correo para ver si tenía algún dato importante.

—Muchas gracias, siempre he creído que son muy sabias. —dije sin mirarlo y esbozando una sonrisa socarrona.

—No fue un cumplido.

—Mejor para ti que lo tomé como uno, querido. —aseguré mientras tecleaba una respuesta para un colega, sobre una asesoría que me había solicitado hace semanas. No escuche una respuesta por parte de Camilo, pero si como cerraba la puerta con fuerza, haciendo una salida dramática.

Fruncí el ceño, Camilo Pascualli no es el tipo de hombre que se rendirá así porque si y menos sin dar batalla. Debía mantener los ojos abiertos, no podía saber que tácticas usaría para intentar persuadirme. Pasé un buen rato distraída con el trabajo pendiente, por lo que pronto me olvidé de él y sus posibles jugarretas; un error de principiante, nunca debes subestimar a tu enemigo y lo aprendí por la noche ese día.

Salí más tarde que de costumbre, para cuando bajé del ascensor en recepción ya era bien entrada la noche y no quedaban muchas personas, un par de secretarias y los de limpieza, me sentí más tranquila al ver que el guardia de seguridad aún estaba en su puesto. Me despedí de él con un asentimiento de cabeza y caminé hasta el estacionamiento en busca de mi coche; el lugar estaba lo suficientemente abandonado como para que se me pusieran los pelos de punta.

Internamente me regañe por consentir tales pensamientos, la zona donde trabajaba tenía una taza muy baja de criminalidad. Solo me torturaba a mí misma viendo fantasma donde no los había; sin embargo, había demasiado silencio, lo único que escuchaba era el repiqueteó de mis tacones contra el asfalto. Empezaba a ponerme nerviosa e incluso me pareció escuchar otro par de pasos siguiéndome, intenté ignorarlos y caminé lo más rápido que me permitía el calzado; los pasos se oían cada vez más cerca.

Por fin pude vislumbrar mi coche y apresuré al paso para llegar cuanto antes. Estaba a punto de abrir la puerta del volvo, cuando una mano de hombre se ciñó sobre mi codo. Grité y por instinto comencé a lanzar golpes en el aire, tratando de zafarme del desconocido. Fue un esfuerzo inútil, aquel hombre era demasiado fuerte y me mantenía bien sujeta, trate de golpearlo en la entrepierna como había visto que hacían en las películas de acción. En ese momento habló, con una voz que yo conocía perfectamente.

—¿Podrías dejar de comportarte como una lunática? —pidió Camilo en voz alta. Levanté la vista, encontrándome con sus ojos azules que me miraban furioso. Pasado el shock principal yo también pude sentir como la rabia se deslizaba por mi cuerpo, empecé a temblar y le propiné una bofetada.

—¿A ti qué demonios te pasa Camilo Damiano Pascualli? —pronuncié con voz helada. Darle una cachetada había aplacado a mi bestia interior y en su lugar quedaba un tempano de hielo, contemplaba seriamente asesinarlo, después de todo, sabia como ocultar un cuerpo a la perfección.

—Te dije que era una mala idea emboscarla de esta forma, Damiano. —susurró una voz a nuestras espaldas. Katherine Pascualli salió de entre las sombras, dedicándome una sonrisa inocente que la hacía parecer mucho más joven de lo que en realidad era. —Lamento mucho todo esto, sorella. —se disculpó la menor de los hermanos llamándome por el apodo que me dieron cuando era una adolescente. La observe con los ojos entrecerrados, no podía seguir enojada cuando me llamaba de esa forma y ella lo sabía.

<

> pensé sin poder evitar sentirme orgullosa de nuestra joven aprendiz.

—¿Alguno de los dos tendrá la amabilidad de explicarme qué está pasando? Casi tengo un infarto fulminante por su culpa. —dije apartándome un mechón morado del rostro.

Los dos hermanos me miraron arrepentidos.

—Ya que no aceptaste la invitación a la tocada de Kat, la traje para que ella misma te lo pidiera. —respondió Camilo hinchando el pecho, cual niño orgulloso que espera un reconocimiento de sus padres. Señale con un dedo nuestro alrededor.

—¿Y donde encaja el intento de secuestro en tu fantástico plan? —pregunté enojada, llevándome un mano al rostro y contando hasta diez. —Sabía que no te quedarías tan tranquilo. —suspiré y me di la vuelta para encarar a su hermana. —Lo lamento Kat, no es que no quiera apoyarte, pero ese no es mi tipo de música y solo terminare por amargarte la noche. —dije tomando las manos de la rubia, tratando de que me entendiera. —¿Tu hermano te comentó que me comprometió sin siquiera avisarme? —interrogué observando a Camilo por el rabillo del ojo, había dado un paso atrás casi por instinto y volvía a ocultarse parcialmente ente las sombras.

Katherine fulminó con la mirada a su hermano mayor.

—Por supuesto que lo hizo, tenemos una conversación pendiente sobre eso. —Apretó mis manos para que regresará mi atención a ella. —Igual quiero vengas, aunque sea unos minutos. —Abrí la boca para negarme, pero Katherine me interrumpió de nuevo. —Es importante para mi que mis dos hermanos me acompañen. —afirmó haciéndome ojitos de perro.

Giré la cabeza para mirar hacia otro lado. Su truco barato de convencimiento no funcionaria esta vez, ya no teníamos dieciséis años; me mordí el labio inferior, sabiendo que en cualquier momento cedería ante la presión de mi hermanita. Negué de un lado con la cabeza y cerré los ojos.

—No lograrás convencerme. Ya tenemos treinta años, somos adultos. —aseguré con firmeza, aun sin mirarla.

—Tu eres la que está actuando como una niña, sorella. —inquirió en un tono de burla. Abrí los ojos al escucharla, tenía razón, mi actitud era malditamente infantil. Cuadre los hombros para recuperar la habitual seguridad de abogada que utilizaba en los juzgados, era consciente de que había perdido la batalla, pero la guerra apenas empezaba, no olvidaría que entre ambos me acosaron para obligarme a aceptar. Yo la sabia y ellos también.

—De acuerdo, iré. Pero más te vale encontrarme un ligue decente, si tengo que someterme a esa tortura quiero hacerlo con buena compañía. —afirmé arqueando las cejas de forma sugerente y esbozando una sonrisa pícara. —Primero debo pasar por mi casa a cambiarme. ¿Nos vemos allá? —Camilo me miró con sospecha. —No tratare de huir. —dije sintiéndome un poco ofendida por la insinuación.

—Empezamos a las 9:00, no llegues tarde. Ya tuvimos que posponerlo unas horas por tu culpa. —me reprendió Kat. Asentí y ambos hermanos se dieron la vuelta con dirección al auto de Camilo, en el que no había reparado hasta ahora. Era un Audi de color negro con vidrios polarizados, él estaba muy orgulloso de poseerlo, yo no entendía mucho sobre carros así que ignoraba porqué lo veneraba como a un dios, siempre supuse que era algo del género masculino, se comportaban igual a niños en navidad.

Subí a mi propio auto luego de ver a los Pascualli desaparecer por la carretera. Íbamos en dirección contraria, así que no nos toparíamos hasta estar en el pub; debido a la hora las calles estaban bastantes descongestionadas, por lo que no tarde mucho en llegar al condominio donde vivía. Estacioné el vehículo en el aparcamiento del edificio, saludé a los guardias que estaban en el turno de la tarde y caminé hasta el ascensor, cuyas puertas se estaban abriendo, dejando a la vista una figura pelirroja que me era totalmente familiar. Las comisuras de labios se elevaron en una sonrisa socarrona: Amanda, alias mi vecina de arriba.

—Vecina. —pronuncié con voz ronca a modo de saludo. Por lo general no me comportaba tan molesta con ninguno de mis vecinos, ni siquiera con los ocasionales ligues que traía a casa, pero por alguna razón que no lograba comprender, esta pequeña pelirroja activaba todos mis instintos de casería. —Siempre es un placer verte. —afirmé componiendo una expresión más casual.

—Quisiera poder decir lo mismo. —respondió encogiendo la nariz en una mueca de desagrado. No pude evitarlo y solté una risita por lo bajo, me encantaba su actitud defensiva, igual a la de un animal salvaje, con ese cabello podría pasar perfectamente por un león.

—¿Ya estamos con las ofensas? —pregunté inclinándome un poco hacia ella y dejando descansar mi mano sobre la pared. En ese momento noté Amanda aun estaba dentro del elevador, deteniéndolo. Di un paso hacia atrás para darle espacio para que saliera, lo cual hizo de inmediato; en el proceso trastabillo y hubiese caído al piso de no ser porque la sujete con delicadeza del codo para evitarlo.

Durante unos segundos me perdí en sus ojos del color de la primavera y tuve la fugaz sensación de que a ella le pasaba lo mismo. Amanda fue la primera en apartarse, como si el simple toque de mi mano la quemará, intenté no sentirme ofendida por eso y me alejé. Nos quedamos calladas, cada una perdida en sus pensamientos sin saber que decir; no entendía porque nos llevábamos de esa forma, nunca seriamos mejores amigas, pero intentaba recordar cuando comenzamos a comportarnos como soldados yendo a la guerra cada vez que nos veíamos. Me fue imposible dar con algo, al parecer esa había sido nuestra dinámica desde siempre.

—Muchas gracias. —La voz melodiosa de Amanda me sacó de mis cavilaciones, por la forma en que me observaba daba a entender que tenía rato hablándome. Rogué para que mis mejillas no se sonrojasen.

—No hay de que. —aseguré con un asentimiento de cabeza. El silencio volvió a recaer sobre nosotras, fui yo quien lo rompió. —Que tengas buenas noches, supongo que ya nos veremos. —dije presionando de nuevo el botón del ascensor e internándome entre sus paredes. Lo ultimo que vi antes de que se cerraran las puertas, fue su rostro que reflejaba la misma confusión que yo sentía. No tarde mucho en llegar a mi piso.

Las puertas se abrieron y un pasillo desierto me dio la bienvenida. Observé las paredes cuya pintura empezaba a despegarse y pegué un brinco al escuchar el sonido estridente que producían las tuberías. Muchas personas no entendían qué hacia viviendo en lugar como ese, siendo mi padre quien era; cada vez que visitaba a mis progenitores escuchaba los comentarios maliciosos, alegando que solo era una etapa y que pronto volvería a casa con el rabo entre las patas. Cuando eso sucedía, mi madre solía sostenerme del brazo y me recordaba que yo estaba por encima de todo eso, pues la verdad, era una mucho más simple de lo que parecía:

No quería depender del dinero de mis padres.

Ellos habían trabajado toda su vida para recolectar la pequeña fortuna que amasaron con los años y era justo que fuesen quienes la disfrutaran. Agradecía enormemente la educación que me brindaron y no podía decir que mi infancia hubiese sido mala, todo lo contrario, a pesar de que nunca fueron padres que se deshacían en mimos, siempre supe que estarían a mi espalda respaldándome. Por lo tanto, cuando cumplí veinte años tomé la decisión de irme a vivir sola, había ahorrado lo suficiente como para pagar dos meses de alquiler mientras encontraba un trabajo.

Ninguno de los dos puso excusas y me permitieron vivir a mis anchas, siempre y cuando no abandonará los estudios. Comencé a trabajar como asistente en una pequeña firma de abogados y debido a las grandes calificaciones que tenia no tarde mucho en escalar de rango, sin embargo, decidí quedarme en el mismo apartamento que ya se había vuelto mi hogar; con el dinero que ganaba lo decoraba y vivía remodelándolo constantemente pues desde niña tuve debilidad por las cosas hermosas.

Entré al departamento, cerrando la puerta detrás de mí y dejándome caer sobre un sofá de dos piezas que estaba en medio de la habitación. Por un momento pensé en arriesgarme a la ira de mis hermanos y quedarme durmiendo, tenia instinto de supervivencia así que me levante inmediatamente y empecé a despojarme de la ropa, esa era una de las muchas ventajas de vivir solo, podrías caminar desnudo por toda la casa y nadie te diría nada. Abrí la puerta del baño y giré la perilla de la ducha calibrándola hasta dar con la temperatura adecuada, recogí mi cabello con una pinza que guardaba para esas ocasiones y me deslicé dentro del agua.

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