INICIAR SESIÓNEMILIANA
—Estás bromeando ¿verdad? —le pregunté a Camilo. El muy imbécil lo negó, haciéndome saber que hablaba muy en serio. Me deslicé una mano por el rostro, ya podía sentir como la migraña empezaba a golpear en mi cabeza. ¿Cómo es a este idiota se le había ocurrido comprometerme de esa forma y sin consultarme? En momentos como estos odiaba conocer todas y cada una de las leyes, de no ser así podía matarlo y alegar ignorancia del código penal ante el juez. Y sí, soy consciente de que, “no matar al prójimo” es algo que no puedes simplemente pasar por alto, porque básicamente es uno de nuestros pilares como sociedad. —No es para tanto Emi, solo te pedí que me acompañaras a la presentación de mi hermana menor. —dijo con una expresión relaja e inclinándose más en mi escritorio. Inhale y exhale varias bocanadas de aire para calmarme antes de hacer algo de lo que me arrepentiría luego. —Permíteme corregirte: le dijiste a Kat que yo estaría encantada de ir… ¡Y ni siquiera me habías comentado nada! —grité golpeando la mesa con mis puños. Conté hasta diez antes de volver a sentarme. —Sigo sin ver el problema, tu adoras a Kat. —afirmó Camilo, por la forma en que me observaba era evidente que estaba sinceramente confundido. —No se trata de mi aprecio por tu hermana. —respondí negando con la cabeza de un lado a otro. Y era cierto, yo quería a la chica como a una hermana menor, aunque solo era tres años más joven. —Odio con mi vida el tipo de música que tocan y tú lo sabes perfectamente. —le recordé señalándolo con un dedo. Ahora ambos estábamos desparramados sobre las sillas y nos mirábamos de forma retadora, entrecerré los ojos ligeramente, dándole a entender que no le permitiría convencerme. Conocía a los Pascualle desde la escuela secundaria, Camilo y yo íbamos en el mismo salón y Katherine unos años por debajo. Nuestra amistad fue de esas que se dan de manera inmediata, aunque suene cliché decirlo, su padre también era abogado y ejercía mucha presión sobre sus hijos. En fin, estábamos unidos por padres exigentes y controladores, era más que obvio que debíamos apoyarnos. A pesar de su carácter, Camilo siempre cumplió con todas las expectativas que ponían sobre él; nunca decepcionó ni por un instante a su familia. Su hermana por otro lado, era la perfecta representación de una joven criada en Beverly Hill o los Hampton; incluso llegué a creer que sus padres la enviarían a un internado en el extranjero. Siendo tan diferentes de personalidad, todos sus conocidos dudaban que ese par pudiesen siquiera llevarse bien. Y era todo lo contrario, los dos se adoraban y serían capaces de dar la vida por el otro. En la escuela éramos un trio de problemáticos, nunca se podía saber cuál sería nuestra siguiente broma y entre Camilo y yo siempre lográbamos zafarnos de los castigos. Los maestros nos adoraban e incluso hoy sospecho que fingían que caían en las trampas que les poníamos solo para disfrutar de las escusas que les daríamos. Era imposible no sentirse atraídos por nosotros, mis amigos eran rubios dorados, de tes bronceada y ojos azules como el cielo, tenían tantas similitudes físicas que más de uno llegaba a pensar que eran gemelos. Los tres sudábamos carisma y desde jóvenes aprendimos que las personas se sienten complacidas cuando les dices exactamente lo que quieren oír, esa fue nuestra manera de evitar que nos expulsaran. En la actualidad ninguno había cambiado mucho, a excepción de que ahora nos regíamos por la legalidad y que Kat terminó por dedicarse a la música después de pasar tantos años buscando su vocación. Así pues, los quería tanto como podía querer a otra persona que me cayera lo suficientemente bien, pero ni eso me convencería de ir a torturarme con ese sonido que ellos llamaban música. —A veces actúas como una anciana de ochenta años. —afirmó Camilo levantándose de la silla y abrochándose el saco. Abrí mi computadora y empecé a revisar el correo para ver si tenía algún dato importante. —Muchas gracias, siempre he creído que son muy sabias. —dije sin mirarlo y esbozando una sonrisa socarrona. —No fue un cumplido. —Mejor para ti que lo tomé como uno, querido. —aseguré mientras tecleaba una respuesta para un colega, sobre una asesoría que me había solicitado hace semanas. No escuche una respuesta por parte de Camilo, pero si como cerraba la puerta con fuerza, haciendo una salida dramática. Fruncí el ceño, Camilo Pascualli no es el tipo de hombre que se rendirá así porque si y menos sin dar batalla. Debía mantener los ojos abiertos, no podía saber que tácticas usaría para intentar persuadirme. Pasé un buen rato distraída con el trabajo pendiente, por lo que pronto me olvidé de él y sus posibles jugarretas; un error de principiante, nunca debes subestimar a tu enemigo y lo aprendí por la noche ese día. Salí más tarde que de costumbre, para cuando bajé del ascensor en recepción ya era bien entrada la noche y no quedaban muchas personas, un par de secretarias y los de limpieza, me sentí más tranquila al ver que el guardia de seguridad aún estaba en su puesto. Me despedí de él con un asentimiento de cabeza y caminé hasta el estacionamiento en busca de mi coche; el lugar estaba lo suficientemente abandonado como para que se me pusieran los pelos de punta. Internamente me regañe por consentir tales pensamientos, la zona donde trabajaba tenía una taza muy baja de criminalidad. Solo me torturaba a mí misma viendo fantasma donde no los había; sin embargo, había demasiado silencio, lo único que escuchaba era el repiqueteó de mis tacones contra el asfalto. Empezaba a ponerme nerviosa e incluso me pareció escuchar otro par de pasos siguiéndome, intenté ignorarlos y caminé lo más rápido que me permitía el calzado; los pasos se oían cada vez más cerca. Por fin pude vislumbrar mi coche y apresuré al paso para llegar cuanto antes. Estaba a punto de abrir la puerta del volvo, cuando una mano de hombre se ciñó sobre mi codo. Grité y por instinto comencé a lanzar golpes en el aire, tratando de zafarme del desconocido. Fue un esfuerzo inútil, aquel hombre era demasiado fuerte y me mantenía bien sujeta, trate de golpearlo en la entrepierna como había visto que hacían en las películas de acción. En ese momento habló, con una voz que yo conocía perfectamente. —¿Podrías dejar de comportarte como una lunática? —pidió Camilo en voz alta. Levanté la vista, encontrándome con sus ojos azules que me miraban furioso. Pasado el shock principal yo también pude sentir como la rabia se deslizaba por mi cuerpo, empecé a temblar y le propiné una bofetada. —¿A ti qué demonios te pasa Camilo Damiano Pascualli? —pronuncié con voz helada. Darle una cachetada había aplacado a mi bestia interior y en su lugar quedaba un tempano de hielo, contemplaba seriamente asesinarlo, después de todo, sabia como ocultar un cuerpo a la perfección. —Te dije que era una mala idea emboscarla de esta forma, Damiano. —susurró una voz a nuestras espaldas. Katherine Pascualli salió de entre las sombras, dedicándome una sonrisa inocente que la hacía parecer mucho más joven de lo que en realidad era. —Lamento mucho todo esto, sorella. —se disculpó la menor de los hermanos llamándome por el apodo que me dieron cuando era una adolescente. La observe con los ojos entrecerrados, no podía seguir enojada cuando me llamaba de esa forma y ella lo sabía. <EMILIANALos siguientes quince días me los pasé completando la investigación y preparando la defensa para el juicio, el tiempo pasó mucho más rápido de lo que esperaba y ya solamente estaba a un día de saber si todo lo que hice valió la pena. No era de las que estaba acostumbrada a perder, así que eso no contaba como opción, de hecho, estaba completamente descartado. Luciano y yo habíamos investigado la escena del crimen, para nuestra buena suerte, tenía bastante que rebelarnos sobre el asesinato. Primeramente, que no se cometió en ese lugar, es decir, Venecia no murió ahogada como creíamos.Había marcas de un auto lo suficientemente pesado como dejarlas profundamente y debido a que no llovió en los últimos días no se borraron de la tierra. También estaban las pruebas de que arrastraron a alguien por medio del camino de tierra que se encontraba detrás del rio Tíber. Un experto en autos, que me debía unos cuantos favores, me certificó que era un jeep cuatro x cuatro, aunque pedirle que
AMANDAHabían pasado dos semanas desde que estaba viviendo con Emiliana, dos malditas semanas en las que había aprendido el correcto significado del autocontrol, porque literalmente se tenía que poseer nervios de acero para no saltar en los brazos de la pelinegra y comerme su boca. Cada día que terminaba, me daba unas palmaditas mentales por no haber sucumbido a mis primitivos instintos mientras me encontraba en su presencia.Lo peor, pero en serio lo peor de todo, es que Emiliana actuaba tan fresca e interesada como una lechuga con respecto a eso. Había respetado al pie de la letra mi decisión y a excepción de algún comentario coqueto por aquí o allá, a los que ya me acostumbré, no había mencionado nada que tuviese que ver con nosotras, ni siquiera podía decirse que éramos amigas, creo que el termino más adecuado sería: Compañeras de piso. Había llegado a odiar esa palabra con mi alma, ¿qué tan bajo había caído como para odiar algo así?Realmente agradecía que me hubiese concedido mi
—Bienvenidos abogados, es un placer recibirlos, aunque debo decir que una visita con tan poca antelación definitivamente es algo poco usual. —comentó el médico forense que nos recibió. —Claro está, que nunca podríamos negarle nada a la hija de Baseli. —inquirió observándome de reojo. —Y más si lleva el caso del abogado Andrés Polienni. —asentí en su dirección con indiferencia, no estaba para charlas sociales.>.Luego de asearnos con la máquina de vapor, nos hicieron vestir con un tapa boca y par de guantes a cada uno, luego el forense nos recibió y ahora nos guiaba a través de un pasillo que necesitaba mayor iluminación, con urgencia. Conseguir una cita tan rápido hubiese sido un inconveniente en mi investigación, pero cuanto mencione el nombre de mi padre, todos volaron como moscas para complacerme. Debía recordar comentárselo a papá como volviésemos a vernos, seguramente le encantaría regodearse en el hecho, de que perso
EMILIANACuando Amanda me dijo que las cosas entre nosotros no debían seguir avanzando, mi vi en la obligación de contener las ganas de reír con todas mis fuerzas.¿Cómo se supone que haría eso cuando estaba metida hasta las trancas en lo que sea que sucediera?Literalmente me sentía como una estúpida guardando sentimientos por alguien a quien obviamente no le interesaban, es más, tenía miedo de ellos.Sabía que esto último no era verdad, simplemente a la parte masoquista de mi cerebro le gustaba torturarme. En realidad, la explicación de Amanda era razonable y con grandes probabilidades de suceder.Obviamente ella tenía más que perder si algo salía mal, pues no sabía si tendría que irse a dormir a la calle o debajo de un puente. Comprendía su miedo.Aun así, no planeaba rendirme hasta hacerla cambiar de opinión, mi actuación haya en la sala era porque no quería parecer una obsesionada. Por hora le daría su espacio, al menos hasta que pensara alguna forma disimuladamente directa de co
AMANDA—¿Tu preparaste todo esto? —Pegué un brinco al escuchar que me hablaban, casi dejo caer el pollo, tuve que agarrarlo por debajo de la fuente y me por poco no fue mi mano la que se rostizo.Me gire encarando a Emiliana con mala cara, ella se veía divertida y una expresión de fingida inocencia cruzaba su rostro. Odiaba que incluso así se viese tan guapa, sin embargo, no dejé que eso menguara mi enojo.—¡Idiota, casi haces que se me caiga la comida! —grité dejando la fuente sobre el mesón.Emiliana hizo una reverencia desde donde estaba, sentada en un banquillo. En ese momento me di cuenta que sus ojos se encontraban rodeados por unas manchas de color morado debajo de estos, era obvio que hoy no había sido un día fácil, porque ayer no las tenía.Me preocupe, no soportaba la idea de que sufriera de alguna forma, pues era como si me clavaran un clavo ardiente en el estómago.—Lo lamento, no pude resistirme a seguir ese delicioso aroma. —inquirió tomando la botella de whisky que esta
AMANDALa llave del departamento de Emiliana estaba dentro de la maseta frente a la puerta, justo como ella dijo. La metí en la cerradura, girándola hacia adentro para abrir, una vez estando en el interior, empecé a dejar mis cajas con sumo cuidado.Me había costado un montón convencer a Emiliana de que no era necesario que viniese a ayudarme con la mudanza, alegue que podía hacerlo perfectamente sola y que no había necesidad de que interrumpiera sus actividades diarias por mi culpa.Esa fue la excusa que le di, aunque la verdad era totalmente diferente. Todavía no me sentía lo suficientemente valiente como para decirle que debíamos dejar de salir, no quería ver la cara de decepción en su rostro.Lo más probable es que piense que estoy jugando con ella y me siento capaz de soportar eso en este momento de mi vida. Sabía que sería una situación inminente a la que debía hacerle frente más temprano que tarde.Caminé hasta el segundo cuarto del apartamento, era de color gris claro y muy es







