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Capítulo 2

Author: Lucía Tormentas
—Mmm... aah...

Liliana gimió, estiró el cuello con jadeos repetidos, como si forcejeara y pero al mismo tiempo lo disfrutara.

—Qué atrevido eres... suave... más suave...

No le respondí. La otra mano siguió bajando, provocando todos los puntos sensibles de su cuerpo. Le toqué los tres puntos a la vez y, en pocos movimientos, encontré el ritmo y la dejé temblando todita.

De no ser porque la estaba agarrando, ya se habría caído.

Hasta ese momento confirmé que esa noche Liliana no se me iba a escapar.

Cubrí con toda la palma ese culote grande y suave, y empecé a usarlo como mi juguetito, sin prisa.

Liliana se aflojó.

Pasó un buen medio minuto antes de que las piernas le temblaran un par de veces sin control y cuando se recuperó, me echó los brazos al cuello, con una mirada de seducción pura.

—Qué rico... sabes cómo tratar a una mujer...

—Esto no es nada... apenas vamos empezando...

La levanté de la cintura, la cargué hasta la recámara de al lado y la arrojé sobre la cama. Le arranqué el camisón, que ya era un desastre.

Quedó tendida bocarriba, indefensa y a mi merced.

Y pues, ya sabía, Liliana no era una jovencita sin experiencia. No se cubría los senos, sino que deslizó la mano hacia mi pantalón.

Estaba jadeando.

Tenía la cara roja, y hasta la voz le cambió por el deseo.

—¿Cómo la tienes así...? Está más grande que el de un negro... son como veinte centímetros…

Le amasé un par de veces los pechos y me bajé los bóxers, me volteé y me recosté del lado de adentro de la cama, con orgullo.

No sé si simplemente eran mis genes, pero desde chico la he tenido distinta.

En tercero de primaria ya tenía el tamaño de un adulto.

Y cuando comenzó la pubertad, fue todavía peor: no solo el grosor y largo crecieron en proporciones descomunales, sino que el aspecto se volvió temible, digno de llamarse un arma mortal.

—Es que... esto está demasiado grande...

Liliana giraba mi tesoro de un lado a otro para examinarlo, y la respiración se le agitaba cada vez más.

—Pero... no me va a entrar...

Al verla calentísima y a la vez haciéndose la decente, le respondí en tono burlón:

—Si no quieres, mejor me voy...

—No...

A Liliana se le escapó la palabra y la mano se le tensó.

—No es que no haya probado uno así... es que ya hace mucho que no lo hago... y ya no sé qué hacer...

Yo, por supuesto, no me quedé quieto. Mientras ella admiraba mi tesoro, fui subiendo la mano por sus pantorrillas firmes, y le apreté con delicadeza las nalgas grandes y blandas.

Como Liliana se sentía a gusto bajo mi tacto, se ladeó y me ofreció todo ese culote, apoyó la cabeza en mi muslo y se quedó examinando ese tesoro de un lado a otro.

Al rato, yo la amasaba tanto que ella, sin poder evitarlo, cruzaba y restregaba las piernas, temblando de puro gusto, hasta que se dejó caer rendida en la cama.

Al verla derretida, le empujé los dedos, me incliné y le di un beso en la nalga.

—Súbete...

Mi idea era dejarla arriba para que ella misma encontrara el ángulo y el ritmo que más le gustaran, pero Liliana lo negó, me abrazó y me besó por todos lados.

—Tú... arriba o atrás, como quieras... rápido... ya no aguanto.

—¿No te gusta estar arriba?

Le di la vuelta y la dejé otra vez debajo de mí, con curiosidad.

—No me gusta... en la escuela todo el día tengo que... hacerme la maestra buena...

Liliana me enroscó las piernas en la cintura, me tomó la cara entre las manos y, sacando la lengua, nos enredamos en un beso largo.

—Es difícil... encontrar a un macho fornido y duro como tú... también quiero probar lo que es que me volteen de un lado a otro... y me cojan hasta que me desmaye y despierte...

Mientras hablaba, la respiración se le aceleraba más y más. Abrió las piernas de par en par y, como no le bastaba, se ayudó con las manos: las metió por debajo del trasero y se separó las nalgas hacia los lados.

—Igual, es como otro estreno... lo voy a aguantar... claro que me gusta... duro...

Esa actitud descarada y caliente no la habría resistido nadie. Me puse sus piernas a los hombros y, con la fuerza de quien va a romper la cama, entré hasta el fondo de una...
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