Las palabras de Daniela me resonaban en la cabeza y me reí. Me estacioné a varios cientos de metros, lo suficientemente lejos para que no se diera cuenta, pero cerca para no perderla de vista.El taxi enfiló por la autopista hacia las afueras desiertas y, después de varias vueltas, terminó deteniéndose frente a una cabaña.Y ahí, parado en la puerta, había un hombre.En cuanto el taxi se detuvo, el tipo se acercó y le abrió la puerta con una atención inusual.Repasé esa cara en mi memoria, pero no recordaba haberlo visto. No lo conocía.Con familiaridad, le abrió la puerta del taxi, ayudó a Daniela a bajar, hasta pagó por ella y, ya con eso resuelto, la rodeó por los hombros y caminaron juntos hacia la cabaña.Fui apretando los puños y la mirada se me fue endureciendo.Aunque no lo reconocía, cada uno de sus gestos me daba una sensación vagamente familiar.Sin pensarlo, saqué el celular, le tomé una foto a la cara y se la envié al detective privado.Me quedé en el auto esperando todo e
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