LOGINEl despertador no tuvo que sonar. Alanne llevaba despierta desde las cinco de la mañana, viendo cómo las primeras luces grises de Londres se colaban lentamente por las rendijas de la persiana. Había pasado la noche en vela, dando vueltas en la cama, con la mente atrapada en una espiral incansable de incredulidad y miedo.
A las siete y media, ya estaba vestida con su uniforme habitual para el trabajo: un pantalón de vestir beige, una blusa sencilla de seda crema y un abrigo ligero para resguardarse del fresco matutino. Intentó disimular la palidez de su rostro con un poco de rubor y corrector bajo los ojos, pero la mirada apagada y la tensión en su mandíbula la delataban. Salió de su apartamento sintiendo las piernas pesadas. El trayecto hasta Flora & Botanica, su floristería ubicada en una pintoresca calle peatonal de Chelsea, fue un recorrido borroso. Mientras caminaba desde la estación de metro, el olor de la lluvia reciente mezclado con el asfalto la mareó ligeramente, recordándole de forma cruel y física la alteración en su cuerpo. Al llegar, metió la llave en la cerradura de la puerta de cristal. Las persianas metálicas ya estaban arriba; Jazmín solía llegar temprano para preparar los pedidos de la mañana. Al abrir la puerta, el tintineo de la campanilla de bronce anunció su entrada. El aroma dulce y fresco de los eucaliptos, las hortensias y las rosas recién cortadas la envolvió de inmediato. En medio del local, rodeada de cubos de agua, tijeras de podar y cintas de satén, estaba Jazmín. Jazmín tenía veintiséis años, una melena rizada y voluminosa y una energía arrolladora que siempre contrastaba con la personalidad metódica de Alanne. Era su mejor amiga desde la universidad y la socia perfecta en el negocio. —¡Hasta que al fin llegas, reina! —saludó Jazmín sin levantar la vista de un enorme arreglo de peonías rosas—. Te estuve escribiendo anoche. Me dejaste en visto después de decirme que todo había salido bien en la clínica. Pensé que te habías quedado dormida plácidamente con Michael y... Jazmín se detuvo en seco al levantar la mirada. La sonrisa se le borró del rostro al ver la expresión de Alanne. Dejó las tijeras sobre la mesa de trabajo y se acercó despacio, con las cejas cruzadas por la preocupación. —Alanne... por Dios, ¿qué te pasa? Estás pálida como un fantasma. ¿Te sientes mal? ¿Te dolieron los cólicos del dispositivo? Alanne ni siquiera se quitó el abrigo. Caminó hacia la trastienda, el pequeño taller donde guardaban los floreros, las cintas y preparaban el café. Jazmín la siguió de cerca, cerrando la puerta de madera detrás de ellas para que las tres empleadas —que llegarían en quince minutos— no escucharan la conversación. —Jazmín... —la voz de Alanne fue un hilo apenas audible. Se apoyó contra el borde del mostrador, sintiendo que los labios le temblaban. —Alanne, me estás asustando. Siéntate, por favor. —Jazmín la tomó de los hombros y la obligó a sentarse en una de las sillas de madera. —Ocurrió algo en la clínica. Algo monstruoso. —¿Qué pasó? ¿Te lastimaron? ¿Hubo una complicación con la inserción? —preguntó Jazmín, poniéndose de rodillas frente a ella y tomándole las manos frías. —No me pusieron el dispositivo —dijo Alanne, mirando fijamente a su amiga mientras las primeras lágrimas del día comenzaban a rodar por sus pómulos—. Hubo un cruce de carpetas. Un error de protocolo. Me... me hicieron una inseminación artificial, Jazmín. Por equivocación. Jazmín se quedó completamente inmóvil. Pestañeó una, dos, tres veces, como si tratara de traducir un idioma extranjero. —¿Qué... qué dijiste? No, Alanne, eso es imposible. Eso es una estupidez. Las clínicas no cometen esos errores. Tú ibas por una cita de planificación... —¡Me inseminaron! —estalló Alanne en un sollozo ahogado, cubriéndose la boca para no gritar—. La doctora no verificó el brazalete. Creían que yo era otra paciente. Me llamaron por la tarde para que regresara a la clínica de urgencia. Fue... fue una pesadilla. El rostro de Jazmín pasó del desconcierto al horror puro. Se llevó las manos a la cabeza, abriendo la boca sin poder articular palabra durante varios segundos. —¡Dios mío Santo! ¡Voy a quemar esa clínica! ¡Los vamos a demandar hasta dejarlos en la ruina! —exclamó Jazmín, poniéndose de pie de un salto, fuera de sí de la rabia—. ¡Eso es una violación! ¡Una negligencia criminal! ¡Es tu cuerpo, Alanne! ¿Cómo pudo pasar algo así? —No lo sé... no lo sé —lloró Alanne, abrazándose el vientre—. Dijeron que la muestra era para otra mujer. Que el embrión... que las probabilidades de fertilización eran altísimas porque estaba en mi día de ovulación. Jazmín comenzó a caminar en círculos por el reducido espacio de la trastienda, echándose el pelo hacia atrás de forma frenética. —Está bien, respira. Mantén la calma —dijo Jazmín, intentando infundirse serenidad a sí misma—. Vamos a arreglar esto. Iremos a otro hospital, te darán algún medicamento, algo para revertirlo o... no sé, tiene que haber un protocolo de emergencia para una atrocidad así. ¿Y Michael? ¿Dónde está Michael? Ayer cenaron juntos, ¿se lo dijiste? ¿Qué dijo él? Alanne soltó una risa amarga y seca, llena de dolor, mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano. —Michael quiere posponer el compromiso. Jazmín se detuvo de golpe. —¿Qué? —Ayer llegó al apartamento y, antes de que yo pudiera decirle una sola palabra sobre la clínica, me soltó que lo ascendieron para un proyecto en España. Se va seis meses a Madrid. Me dijo que lo mejor era posponer la boda y la mudanza. —¿En medio de esto? —preguntó Jazmín, atónita. —Él no lo sabe. No fui capaz de decírselo. Cuando escuché que daba un paso atrás con nosotros, me congelé. No pude. Sentí que todo lo que teníamos era frágil, que si le decía que llevaba el hijo de otro hombre en mi vientre, me dejaría ahí mismo. Así que lo eché del apartamento. —Alanne, esto es una locura... —Jazmín se volvió a agachar a su lado, abrazándola con fuerza—. Mi amor, estás en shock. Es demasiado para un solo día. No tienes que pasar por esto sola. —El dueño de la muestra estaba allí —musitó Alanne contra el hombro de su amiga, recordando la figura imponente en la sala de juntas—. Se llama Julian Thorne. Un tipo arrogante, millonario... El esperma era de su hermano fallecido. Decía que ese bebé era el único heredero de su familia. Me miraba como si yo fuera un recipiente de su propiedad. —¿Thorne? —Jazmín se separó un poco, mirándola con los ojos abiertos—. ¿Julian Thorne? ¿El dueño de la corporación médica de tecnología audiométrica? Alanne, ese hombre es una de las personas más influyentes y poderosas de la ciudad. Sale en las revistas de negocios todo el tiempo. —No me importa quién sea —dijo Alanne con una rabia repentina que secó sus lágrimas—. No me importa su dinero ni su apellido. Es mi vida. Es mi cuerpo. No voy a permitir que nadie decida por mí. Mañana iré a hablar con un médico neutral fuera de esa clínica de m****a. Esto tiene que ser una pesadilla de la que voy a despertar.Alanne FritzLa escena continuó a través de la puerta de cristal opaco, convirtiéndose en una especie de película muda que me encogió el corazón. Vi perfectamente la silueta de Dalila alzar el brazo con furia ciega y estamparle una bofetada seca a Julian directamente en la mejilla izquierda.Tragué saliva de golpe. Mi mirada se clavó en él; vi cómo su rostro se desviaba apenas unos centímetros por el impacto y cómo, lejos de devolver el golpe o perder los papeles, apretó la mandíbula con una rigidez casi inhumana, manteniendo la cabeza erguida frente a la viuda de su hermano.Me levanté del sofá como impulsada por un resorte. Un calor abrasador me recorrió el pecho, nublándome el juicio. No entendía exactamente qué me estaba pasando, por qué demonios mi cuerpo reaccionaba así, pero una certeza visceral me aplastó la razón: no podía seguir allí sentada, viendo cómo esa mujer sofisticada y venenosa se dedicaba a humillarlo, insultarlo y maltratarlo físicamente tras todo el peso que él y
Segunda parteAlanne FritzDe ahora en adelante la narración será en primera persona. Tendremos la perspectiva de Alanne y de Julian. Espero les guste. SG.
Alanne se acomodó en el sofá del consultorio, arreglándose la blusa con una calma pausada que contrastaba bruscamente con la tormenta que acababa de desatarse segundos atrás. Alanne sabía perfectamente que la pregunta sobre el sexo no había sido una duda ingenua ni un descuido momentáneo: lo había hecho a propósito. Ni ella misma terminaba de entender del todo por qué lo había hecho, pero una chispa de rebeldía interior la había empujado a provocar a Dalila. Esa mujer rubia, sofisticada y mordaz no le gustaba en absoluto; emanaba una vibra helada que despertaba todas sus alarmas.Toda su vida, Alanne había estado acostumbrada a ser menospreciada por su dinero, o más bien, por la falta de él. Recordaba con amargura los años de universidad, cuando veía a sus compañeros planear con naturalidad vacaciones invernales en los Alpes Suizos, mientras ella sufría en silencio calculando cada centavo. Sabía lo que era privarse de una simple noche de copas porque su presupuesto estaba contado al l
Seis semanas habían transcurrido desde aquella noche reveladora en la mansión de los Kensington. Un mes y medio en el que la rutina de Alanne se había transformado por completo. Las náuseas matutinas la atacaban ahora con una violencia despiadada, acompañadas por un dolor de cabeza persistente que parecía haberse adueñado de sus días.Sin embargo, en medio de aquel malestar físico constante, la presencia de Julian se había vuelto una constante ineludible. Aunque ella había insistido en permanecer en su pequeño apartamento de Chelsea, no transcurría un solo día sin que él le escribiera o la llamara al caer la tarde para indagar sobre sus síntomas, sus malestares o si necesitaba que Hendrickson le llevara algo.Durante aquellas semanas, Alanne había intentado en tres ocasiones distintas preguntarle por Jake, su hermano fallecido y el padre biológico del bebé que llevaba en su vientre. Quería entender el pasado, saber quién era el hombre de quien llevaba un legado. Pero cada intento choc
El comedor principal estaba bañado por la luz cálida del gran candelabro, pero para Alanne el ambiente se sentía raro, demasiado raro. Se sentó a la mesa frente a Camila, intentando disimular el temblor ligero de sus manos y el calor quemante en sus mejillas. A su lado, Julian se acomodó con la compostura impecable de siempre, como si la tormenta de gritos y acusaciones de hacía apenas unos minutos en la sala nunca hubiera existido. Servía el vino tinto con pulso firme, ofreciendo una cortesía metódica que a Alanne le parecía casi surrealista. —No, gracias. No puedo.—dijo. —Cierto. — murmuró él al darse cuenta que era una realidad. —Tienes una mirada muy dulce, mi niña —dijo Camila de pronto, rompiendo el murmullo de los cubiertos sobre la porcelana. La anciana sostenía su copa de agua con ambas manos, observando a Alanne con una sonrisa franca que derretía cualquier rastro de tensión—. Me recuerdas mucho a alguien... pero no logro recordar a quién. —Se llama Alanne, mamá —i
Julian observó la reacción de Alanne sintiendo cómo el ambiente a su alrededor se espesaba en un instante. No era un hombre dado a las explicaciones ni a las confesiones espontáneas, pero aquella noche, al verla vulnerada en medio del lujo frío de su propia casa, algo dentro de él había cedido.La decisión de contarle la verdad sobre el embrión no había sido un arrebato impulsivo. Horas antes, el informe de su investigador privado había llegado a su escritorio. Julian mantenía un monitoreo estricto sobre cada paso de Alanne Fritz; para él, tenerla investigada hasta el más mínimo detalle no era un capricho ni una invasión injustificada, sino un ejercicio elemental de control. Llevaba en su vientre al único hijo de su difunto hermano Jake, al último eslabón de la sangre Kensington. No podía permitirse el lujo de dejar nada al azar.Sin embargo, cuando leyó las líneas que indicaban que Alanne había estado consultando ginecólogos y oncólogos especializados en cáncer de útero, un nudo extr







