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Capítulo 5: Nuestro compromiso

last update Data de publicação: 2026-08-14 06:50:38

Alanne se congeló en su sitio. Pestañeó varias veces, sintiendo que el sonido del comedor se amortiguaba de golpe, como si estuviera sumergida bajo el agua.

Pensó haber escuchado mal.

—¿Qué... qué dijiste? —preguntó ella en un hilo de voz, con el corazón dándole un vuelco violento en el pecho.

Michael soltó otro suspiro pesado, agarró su copa de vino, le dio un sorbo largo, luego otro más, y se sirvió un poco más directamente de la botella sin mirarla a los ojos. El gesto era nervioso, evasivo.

—¿Qué has dicho, Michael? —repitió Alanne, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas.

Él la miró de reojo y luego echó un vistazo rápido a su teléfono móvil, que descansaba sobre la mesa, antes de volver a fijar la vista en ella.

—Cielo, es que... ya sabes que estoy con este proyecto importante de la empresa en España. Esta tarde me confirmaron la jefatura del equipo. Debo viajar allá y establecerme en Madrid durante al menos seis meses. Es una oportunidad única para mi carrera.

Alanne se quedó mirándolo, completamente desorientada, intentando conectar la noticia de España con la idea de posponer la boda.

—Pero... pero si ya habíamos hablado de eso hace un mes —dijo Alanne, hablando de forma atropellada mientras la mente le daba vueltas a mil por hora—. Dijimos que me iría contigo esos seis meses. Que Jazmín se quedaría a cargo de la floristería durante ese tiempo y que ella se encargaría de todo con las chicas. Incluso hablé hasta con el señor Frank, el casero, para que supiera que estaré fuera este otoño y que tendría que congelar el alquiler del apartamento...

Alanne estaba hablando sin parar. La desesperación la dominaba; no podía creer lo que su prometido le estaba diciendo con semejante frialdad. El futuro que habían construido paso a paso, conversación tras conversación, parecía estar desmoronándose en cuestión de minutos por razones que ella no alcanzaba a comprender.

Incapaz de seguir sentada, Alanne se levantó de la silla de golpe. Caminó hacia la cocina llevando los platos vacíos de la cena para intentar hacer algo con las manos, sintiendo cómo el estómago se le revolvía bruscamente por la náusea y la ansiedad. Dejó los platos en el fregadero con un ruido sordo de cerámica.

Se giró hacia él, apoyando la espalda contra la mesada.

—¿Qué es lo que no me estás diciendo, Michael? —preguntó ella de forma directa, sintiendo una rabia desesperada aflorar en su garganta—. ¿Por qué de repente no quieres casarte conmigo? ¿Seis meses en España cambian todos nuestros planes?

—No, no, no. Yo no he dicho eso. No es eso, Alanne —se apresuró a decir Michael, levantándose de la mesa.

Él cruzó la distancia que los separaba y se acercó a la cocina para envolverla en un abrazo. Michael era mucho más alto que ella, un hombre robusto y firme que siempre le había transmitido un refugio absoluto. Sin embargo, en ese preciso momento, envuelta en su pecho, Alanne se sintió terriblemente fría, dolorosamente sola, aun estando entre sus brazos. El abrazo se sentía ajeno, distante, como una formalidad piadosa más que como un acto de amor auténtico.

En ese segundo de revelación amarga, una certeza helada la invadió. Alanne se separó de él lentamente, dando un paso atrás y rompiendo el contacto.

Se dijo a sí misma que no iba a decirle nada sobre la clínica. No ahora. No a un hombre que acababa de dar un paso atrás en su compromiso sin previo aviso, dejándola a la deriva justo cuando más lo necesitaba. Se encargaría de este desastre ella sola. Era su cuerpo. Nadie —ni la clínica, ni el arrogante Julian Thorne, ni un prometido que dudaba a la primera de cambio— podía obligarla a tener ese hijo o a tomar decisiones que destrozaran su vida.

—Mira... estoy muy cansada —dijo Alanne, cruzándose de brazos y mirando al suelo, con la voz apagada.

Michael frunció el ceño, confundido por el cambio drástico en la actitud de ella.

—Pero... iba a quedarme a dormir aquí hoy. Pensé que pasaríamos la noche juntos...

—No —lo cortó Alanne, dirigiéndose decididamente hacia la puerta de entrada del apartamento y abriéndola de par en par—. Mañana hablamos, Michael. Todo esto... es demasiado para asimilar en un solo día. Necesito estar sola.

Michael se la quedó mirando durante un par de segundos, desconcertado por la frialdad de su prometida, pero pareció demasiado aliviado como para discutir la decisión. Se acercó a la salida, se inclinó y le dio un beso tibio en la mejilla.

—Está bien, descansa. Mañana te llamo al salir de la oficina —murmuró él.

Alanne se mordió los labios con fuerza, apretando los dientes para no soltar un sollozo frente a él. Asintió en silencio.

En cuanto Michael cruzó el umbral y la puerta de madera se cerró con un chasquido definitivo, las fuerzas le fallaron por completo. Alanne se dejó caer de espaldas contra la madera de la puerta, deslizándose lentamente hasta terminar sentada en el suelo frío de la entrada, abrazándose las rodillas contra el pecho.

Las lágrimas rompieron el dique y comenzaron a brotar sin control, amargas y calientes, mojando la tela blanca de su vestido de rosas. Un llanto ahogado y desgarrador llenó el silencio del pequeño apartamento en Kensington.

¿Qué había hecho mal? Había seguido todas las reglas, había sido ordenada, madura, centrada y fiel a cada uno de sus principios. ¿Por qué, en cuestión de doce horas, todo lo malo del mundo le sucedía a ella al mismo tiempo?

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