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Capítulo 7: ¿Qué quieres?

Penulis: sheyla garcia
last update Tanggal publikasi: 2026-08-15 04:37:51

La campanilla de la entrada volvió a sonar, indicando que las empleadas habían llegado para abrir el negocio al público.

Jazmín miró la puerta y luego a Alanne. Le tomó el rostro con ambas manos.

—Escúchame bien. Hoy te quedas aquí en la trastienda. Yo me encargo de los clientes y de los pedidos. Tú no vas a levantar ni un solo jarrón pesado. Nos vamos a tomar esto paso a paso, ¿me oyes? No estás sola.

Alanne asintió en silencio, agradeciendo internamente la lealtad incondicional de su amiga.

Sin embargo, a las doce del mediodía, mientras Alanne intentaba concentrarse en organizar las facturas en la pequeña oficina del fondo, el sonido de la campanilla principal volvió a resonar con fuerza, seguido por un murmullo repentino y un silencio incómodo en la tienda.

Jazmín abrió la puerta de la trastienda lentamente. Su rostro lucía desencajado.

—Alanne... —susurró con tensión—. Tienes una visita.

Alanne frunció el ceño, levantándose del escritorio.

—¿Michael?

—No —respondió Jazmín, tragando saliva—. Hay un Jaguar negro estacionado en la puerta. Es Julian Thorne.

A Alanne casi se le va el aire de los pulmones al escuchar ese nombre. Sentía que el suelo bajo sus sandalias de tacón corrido comenzaba a tambalearse peligrosamente. ¿Qué demonios quería ese hombre buscando allí? ¿Por qué quería verla? Las preguntas le martillaban la cabeza en una ráfaga incesante, dejándole respuestas escasas y aterradoras. Lo único lógico que se le cruzaba por la mente era que aquel sujeto venía a exigirle cuentas, a acorralarla, a obligarla a entregarle a su hijo, a prohibirle abortar o quién sabe qué otra monstruosidad.

Sin embargo, para Alanne, la solución solía ponerse muchísimo más fácil porque la decisión en su cabeza ya estaba tomada. En Londres era completamente legal realizarse un aborto. Era su cuerpo, era su decisión y era su vida. Ella no tenía por qué cambiarla drásticamente ni arruinar su futuro para cumplir con los deseos de otra persona, de otra pareja o de una mujer desconocida. Por supuesto que lamentaba profundamente la situación; sabía, por lo que había escuchado a lo largo de los años, cómo muchas parejas pasaban por calvarios infames para poder concebir, y ella jamás habría querido ser la causante de arruinarle la felicidad a nadie. Pero en este caso no había sido ella quien había arruinado nada. La culpa entera era de la clínica con su estúpido error de protocolo, con esa maldita confusión al inyectarle a ella ese embrión. Un embrión que ahora reposaba en su interior y cuyas posibilidades de haberse implantado eran desastrosamente altas. Prácticamente un noventa y cinco por ciento.

Jazmín la tomó firmemente por los hombros al notar la palidez cadavérica de su rostro y la miró con esos ojos oscuros llenos de una determinación inquebrantable.

—Linda, tranquila, voy a estar contigo —le dijo con voz suave pero firme—. Lo que sea que ese hombre tenga que decirnos, lo va a decir frente a las dos. No voy a dejarte sola en esto. Ni de broma.

Jazmín había sido su amiga desde toda la vida. Habían ido a la universidad juntas, habían recorrido los pasillos de la secundaria compartiendo secretos, meriendas y sueños. Se habían graduado ambas en Mercadeo y Ventas, y no contentas con eso, habían hecho codo a codo un curso especializado en Administración de Empresas. Se habían enfocado con tenacidad en el área de ventas y en la gestión de negocios con un objetivo clarísimo: poner la floristería de sus sueños.

Ahora, ambas compartían ese sueño hecho realidad y podían levantarse cada mañana a hacer felices a miles de personas mes tras mes que compraban sus arreglos. Bueno, quizás no miles en términos estrictos, porque realmente era un negocio joven que apenas llevaba un año funcionando en el mercado. Las redes sociales las habían ayudado bastante en ese primer tramo; publicaban videos todos los días, tres o cuatro clips por jornada mostrando los diferentes arreglos que creaban con dedicación. Preparaban de todo: desde coronas elegantes para funerarias hasta arcos exuberantes para bodas, centros de mesa para cumpleaños, detalles románticos para aniversarios o cualquier idea extravagante que sus clientes quisieran materializar en flores. Ellas eran las indicadas. Además, la suerte jugaba a su favor al estar ubicadas en una calle peatonal de Chelsea donde no había ninguna otra floristería cercana, lo que concentraba a un público diverso y constante. Recibían a personas de todos los estratos sociales, deseosas de llevarse arreglos florales con globos, sin globos, con cajas de chocolates artesanales o peluches. Eran verdaderas expertas en hacer feliz a la gente, en dar forma a esos pequeños detalles que en verdad contaban en la vida de alguien.

Y ahora, Alanne estaba pasando por este terrible momento, sin duda el peor de toda su existencia. Ni siquiera cuando sus padres se separaron se había sentido tan desolada y perdida. Sus padres se habían divorciado cuando ella tenía apenas catorce años, una adolescente vulnerable en una etapa en la que ningún niño debería vivir la ruptura del hogar, sin saber con quién irse a vivir, sin saber con quién compartir su día a día. A pesar de que su madre la sentó en el sofá de la sala y le dijo con ternura que si prefería irse a vivir con su padre podía hacerlo sin culpas, Alanne permaneció a su lado; eligió quedarse con ella. Anna, su madre, era una mujer excelente, una luchadora incansable que la apoyó en cada paso, la guió por el buen camino y la acompañó hasta verla convertirse en una profesional. Su madre se sentía inmensamente orgullosa de los retos que su hija había superado y del negocio que había logrado levantar desde cero.

Jazmín le tomó la mano helada y tiró suavemente de ella.

—Ven, vamos afuera.

Alanne sacudió la cabeza, reteniendo las lágrimas con rabia.

—No, tranquila. Sé lo que vas a decirme y yo también sé lo que es correcto. Debo abortar, Jazmín. Este no es mi bebé, no tengo por qué llevar este proceso a término y no lo voy a hacer. No estoy lista para ser madre y sé perfectamente que si llego a término... no voy a poder entregarlo después de tenerlo en mis brazos.

Jazmín la miró fijamente y sus ojos se humedecieron al instante por la angustia.

—Linda... tú siempre has querido tener una familia. Siempre has querido tener hijos. Tienes veinticinco años y estamos sacando adelante este negocio, pero yo sé mejor que nadie que en tu plan de vida siempre ha estado ser mamá. Tú y yo no somos iguales en ese sentido, a mí no me trasnocha la idea de la maternidad, pero a ti sí. Está bien que te sientas aterrorizada y atribulada al pensar que no estás segura de si dar o no a este bebé.

Alanne se colocó instintivamente las manos sobre el vientre, sintiendo una calidez extraña y ajena bajo la tela de su vestido.

—Ni siquiera sé si estoy embarazada de verdad...

En ese preciso instante, la campanilla de la puerta principal repicó con un sonido metálico que cortó el aire de la trastienda. La puerta de madera se abrió de par en par y Julian Kensington entró en el establecimiento.

Su presencia llenó el espacio de inmediato, opacando el aroma dulce de las flores. Llevaba una camisa negra de cuello estructurado bajo una chaqueta del mismo color, de corte impecable. Sus pantalones de vestir eran negros, ajustados a sus piernas largas, y calzaba unas botas de cuero oscuro pulcro. Llevaba el cabello peinado hacia atrás de forma pulcra, revelando las facciones marcadas de su rostro. Era un hombre imponente, ridículamente elegante. Su mirada, de un gris azulado intenso y gélido, le taladró los huesos a Alanne en cuanto cruzó la mirada con ella. La recorrió de arriba abajo con una lentitud analítica.

Alanne, sintiendo la sangre hervirle por el descaro de la intrusión, levantó la barbilla con una altanería defensiva. No iba a dejarse amedrentar por aquel tipo ni por su porte de millonario.

—¿Cómo consiguió mi ubicación? ¿Cómo sabe dónde trabajo? —demandó ella, dando un paso al frente desde la trastienda.

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