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Capítulo 2: ¿Un bebé?

last update Data de publicação: 2026-08-12 11:16:23

La Dra. Evans permanecía congelada junto al borde de la gran mesa de caoba, agachando la cabeza con una mezcla de pavor y profunda vergüenza. La palidez de su rostro era absoluta; las arrugas alrededor de sus ojos delataban una tensión jamás vista en un centro médico de ese prestigio. Frente a ella, el ambiente en la sala de juntas ejecutiva se sofocaba a cada segundo.

Tanto Alanne como Julian exigieron explicaciones casi al mismo tiempo, lanzando miradas cargadas de furia imperiosa sobre la médica. Sin embargo, antes de que la doctora pudiera articular una sola palabra coherente, Alanne ignoró por completo la presencia del hombre alto a su lado. Se desplomó sobre el borde de una silla, se llevó las manos temblorosas al rostro y se echó a llorar de forma desgarradora. El llanto le brotaba desde lo más profundo del pecho, interrumpiendo su respiración en espasmos erráticos.

—Esto no puede estarme pasando... —sollozó Alanne, apartándose los mechones de cabello rubio pegados a las mejillas húmedas—. ¿Un bebé? ¿Un bebé? ¡Voy a casarme, por el amor de Dios! —exclamó con la voz rota, ahogada por un pánico irracional que le helaba la sangre.

La Dra. Evans, viendo la palidez cadavérica de la joven y la forma agitada en que su pecho subía y bajaba, reaccionó al instante. Se giró hacia la puerta y le ordenó a la enfermera de guardia:

—Busque un vaso con agua, por favor. Ahora mismo. Está hiperventilando.

Julian Thorne la miró sin decir una sola palabra. Parecía una estatua tallada en mármol gris: erguido, con la espalda rígida, los hombros tensos bajo la tela de su traje de corte italiano y los labios apretados en una línea fina e inexpresiva. Ni un solo músculo de su rostro se movía, aunque sus ojos oscuros no se despegaban de la figura vulnerable de la mujer que lloraba desconsoladamente frente a él.

La doctora volvió a mirarlo a él, bajando la vista con evidente vergüenza e incomodidad, frotándose las manos nerviosamente.

—Señor Thorne... usted no se imagina lo mal que nos sentimos. Esto es una falta de protocolo imperdonable, una tragedia institucional y...

—Mal no es como deben sentirse —la interrumpió Julian. Su voz descendió una octava, suave pero cargada de una amenaza implícita que hizo temblar a la médica—. Esto... esto no debía ser así en absoluto. Mis abogados se encargarán de hablar con ustedes. Cada uno de los involucrados en esta negligencia pagará las consecuencias legales.

En ese momento, la enfermera regresó apresuradamente y le entregó un vaso de agua cristalina a Alanne. Julian desvió la mirada de la doctora para observar a la joven. Alanne dio un pequeño sorbo con dedos vacilantes y luego tomó una servilleta de papel que le ofreció la asistente para secarse con torpeza las lágrimas que continuaban resbalando por sus pómulos.

Julian dio dos pasos lentos hacia ella, proyectando una sombra imponente sobre la alfombra.

—Señorita, mi nombre es Julian Thorne, como le dije antes...

—¡No me importa quién sea usted! —le espetó Alanne de golpe, cortándolo sin siquiera mirarlo a la cara.

La respuesta resonó en la sala con la contundencia de una bofetada. Julian se detuvo en seco, pestañeando despacio. Aquella reacción lo sorprendió de lleno y lo agarró completamente fuera de centro. Era la primera vez en toda su vida que alguien, en cualquier contexto social o empresarial dentro de Londres, reaccionaba de esa forma ante él o ignoraba de manera tan tajante quién era y el peso de su apellido.

—Señorita, usted...

Alanne se levantó bruscamente del sofá. La rabia pura sustituyó de golpe a la indefensión en sus ojos azules.

—¡Es mi cuerpo! —dijo, dando un paso al frente con el puño cerrado sobre la servilleta arrugada.

Julian la miró con los ojos abiertos de par en par, impactado por el fuego repentino que emanaba de la mujer menuda que tenía enfrente.

—Señorita...

—Alanne —lo corrigió ella entre dientes, sosteniéndole la mirada con desafío—. Mi nombre es Alanne.

—Bien, Alanne —aceptó él, bajando ligeramente el tono de su voz para intentar aplacar la tormenta—. Por favor, no tome una decisión apresurada.

Alanne lo miró incrédula, totalmente sorprendida por la audacia de sus palabras.

—¡Yo no he tenido tiempo ni de pensar en una decisión! —gritó, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.

Julian levantó las manos en un gesto de rendición. Exhaló un suspiro pesado, retrocedió un par de pasos, se sentó en uno de los sillones de piel de la sala y se pasó las manos por la cara con profunda exasperación, despeinándose apenas el cabello oscuro.

La Dra. Evans decidió intervenir nuevamente, metiendo las manos en los bolsillos de su bata blanca para disimular el temblor de sus dedos. Alanne la miró furibunda, sintiendo que la mera presencia de esa mujer le quemaba por dentro. Su vida estaba acabada. Todo lo que había construido se deshacía. Michael no quería hijos de esta manera; ninguno de los dos quería hijos en este momento de sus vidas. Todo su plan de cinco años se desplomaba.

—Legalmente, este bebé le pertenece al señor Thorne —declaró la doctora con tono frío y formal, buscando ampararse en tecnicismos judiciales—, pero... dado que la señorita Alanne firmó un consentimiento...

—¡Yo no firmé para que me embarazaran! —gritó Alanne fuera de sí.

En su arrebato de impotencia, el vaso que sostendría en la mano se le escurrió y se estrelló de lleno contra el piso de madera. El cristal se hizo trizas, esparciendo agua por toda la alfombra. La enfermera soltó un grito de pavor y Julian se levantó del sofá de un salto, alarmado por el estallido.

El silencio volvió a instalarse en la sala, denso y cargado de tensión. Julian observó el desastre en el suelo y luego fijó la mirada en Alanne, cuya respiración volvía a acelerarse.

—Voy a salir a tomar un café —anunció él, intentando recobrar el control de la situación—. ¿Quiere uno? —le ofreció a Alanne con una cortesía casi extraña en medio del caos.

Alanne sacudió la cabeza con violencia.

—No. Quiero irme a casa y dormir. Mañana esto solo será una absurda pesadilla.

La doctora intentó dar un paso hacia ella, abriendo la boca para añadir algo más:

—Señorita Fritz, comprenda que medicamente debemos evaluar...

Pero Alanne ya iba saliendo por la puerta. No se quedaría allí ni un segundo más escuchando esas cosas absurdas y aberrantes. No. Ellos se habían equivocado. Tenía que ser un error de laboratorio, una confusión de nombres, una broma de pésimo gusto. Ella no podía estar embarazada. Aquellas cosas no le pasaban a las personas organizadas como ella.

Toda su vida había sido un modelo de control impecable. Había tenido tres noviazgos serios a lo largo de sus veinticinco años y jamás había tenido un descuido. Nunca había quedado embarazada. Nunca había hecho nada por error. Jamás había permitido que ningún imprevisto arruinara sus planes de vida minuciosamente estructurados.

Después de licenciarse en Mercadeo y Ventas con honores, había decidido perseguir su verdadera pasión. Amaba las flores, el aroma de la tierra mojada y la belleza natural, y su sueño siempre fue tener su propia boutique floral. Tras años de trabajo duro, ahora era la orgullosa dueña de una floristería que comenzaba a tomar un enorme renombre en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Contaba con tres empleadas excepcionales que la ayudaban a ella y a su mejor amiga a salir adelante con los voluminosos pedidos para bodas y eventos de alta sociedad. Le iba increíblemente bien. Su esfuerzo estaba dando frutos.

Y entonces Michael había llegado a su vida. Educado, atento, predecible y seguro. Cuando lo conoció, supo de inmediato que era el hombre perfecto con quien compartir su existencia. Todo entre ellos era perfecto porque respondía a una lógica impecable.

¿Cómo iba a decirle esto ahora? ¿Cómo miraría a los ojos a su prometido para explicarle que llevaba en su vientre el hijo de otro hombre? ¿De un extraño arrogante llamado Julian Thorne?

—No —se dijo a sí misma en voz baja mientras cruzaba el vestíbulo principal de la clínica sin mirar a nadie.

Salió a la calle, donde la tarde londinense comenzaba a teñirse de un gris oscuro y frío. Levantó la mano con desesperación, pidió un taxi que transitaba por la avenida y se subió al asiento trasero de golpe. Solo cuando las puertas se cerraron y el vehículo se incorporó al tráfico, se encontró llorando de nuevo, con sollozos amargos que intentaba ahogar contra la manga de su abrigo.

El taxista la miró un segundo por el espejo retrovisor, pero al notar su estado, prefirió no decir nada durante todo el trayecto. El silencio del automóvil solo se interrumpía por el sonido de los limpiaparabrisas y el constante murmullo de la lluvia fina que comenzaba a caer sobre Londres.

Al llegar a su edificio en Kensington, Alanne le pagó al conductor con torpeza, dándole un billete sin esperar el cambio. Subió las escaleras hacia su piso a toda prisa, con la mirada fija en el suelo, sin hablar con ningún vecino. Sacó las llaves con manos temblorosas, abrió la puerta, se encerró en casa y dejó caer el bolso al suelo.

Caminó a oscuras hasta el salón y se recostó de lado en el sofá, abrazándose las piernas contra el pecho. La casa estaba en completo silencio, fría y vacía. Miró hacia la cocina, donde aún permanecían las bolsas con las compras que había hecho esa misma tarde para la cena romántica con Michael.

Se llevó una mano al vientre, sintiendo un vacío sofocante en el estómago. Apretó los ojos con fuerza mientras las lágrimas volvían a mojar el tapizado del sillón.

¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

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