FAZER LOGINA Alanne se le congeló la sonrisa. El corazón le dio un vuelco violento contra las costillas.
—¿Un error? ¿De qué habla? Yo fui a colocarme un dispositivo anticonceptivo. La doctora Evans me atendió a las nueve y media.
—Lo sabemos, señorita Fritz. Precisamente por eso la llamo —la voz de la mujer tembló ligeramente—. Hubo un cruce de carpetas y fichas de identificación en la sala de espera tres. La paciente que debía entrar al consultorio B a las nueve y media era una mujer que estaba programada para un procedimiento de reproducción asistida.
Alanne sintió que el aire se negaba a entrar en sus pulmones. La estancia pareció hacerse más pequeña, y el sonido del reloj de pared se volvió ensordecedor.
—No entiendo... —susurró Alanne, sintiendo que las manos le empezaban a sudar—. ¿Qué quiere decir con reproducción asistida?
—Señorita Fritz... usted no recibió un anticonceptivo —dijo la supervisora, midiendo cada palabra con un pánico evidente en su voz—. A usted se le realizó una inseminación artificial intrautero.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto. Para Alanne, el tiempo se detuvo. El mundo perfecto, ordenado y planificado que había construido con tanto esmero durante años se desmoronó en un solo segundo, convirtiéndose en cenizas.
—¿Qué? —la palabra salió de su garganta como un soplo ahogado—. No... no, eso es imposible. Tienen que estar equivocadas. Yo dije mi nombre, yo hablé con la doctora...
—La doctora asumió que usted era la paciente programada porque la carpeta que le entregaron en mano era la de la otra persona. Los brazaletes de identificación no fueron verificados en el sillón de exploración. Ha sido una negligencia en cadena insólita.
Alanne se apoyó contra el borde de la mesada de la cocina porque sintió que las piernas le fallaban. Un frío helado le recorrió la espalda, desde la nuca hasta los pies. Se llevó una mano al vientre, el mismo lugar donde horas antes había sentido aquella leve presión fluida.
—Dígame que es una broma —exclamó Alanne, y su voz, siempre firme y modulada, se quebró en un agudo lleno de desesperación—. ¡Dígame que esto es una puta broma de mal gusto!
—Lamentablemente no lo es, señorita Fritz. Y la situación es extremadante delicada —la mujer hizo una pausa, respirando agitadamente—. El procedimiento se realizó con una muestra de esperma de altísima viabilidad y en la fase exacta de su ciclo. Le pedimos, le exigimos, que regrese a la clínica inmediatamente. La junta directiva y el equipo médico completo la están esperando. Tiene que venir ya.
—¿De quién...? —preguntó Alanne, con las lágrimas agolpándose en sus ojos, nublándole la vista—. ¿De quién era esa muestra?
—No puedo darle esos detalles por teléfono, señorita Fritz. Por favor, tome un taxi y vuelva a Saint Jude ahora mismo. Es de suma urgencia.
La llamada se cortó.
Alanne se quedó de pie en medio de su cocina iluminada por la luz de la tarde. El teléfono cayó de su mano y se estrelló contra el suelo de madera con un golpe seco.
Sintió náuseas. Un mareo repentino la hizo tambalearse. Se miró las manos, que le temblaban de forma incontrolable, y luego bajó la mirada hacia su propio vientre. La idea de que dentro de ella pudiera estar gestándose algo, un embrión que no pertenecía a su vida, ni a sus planes, ni a Michael, la llenó de un terror primitivo y sofocante.
Sus cinco años de tranquilidad. Su boda. Su casa en el campo. Sus tres hijos planeados al detalle. Todo saltaba por los aires por el error de un desconocido en una clínica de lujo.
¿Qué le iba a decir a Michael? Michael, que estaba en ese momento trabajando, pensando en la botella de vino que traería esa noche para celebrar su futuro juntos.
Sin pensar, casi por instinto de supervivencia, Alanne recogió el teléfono del suelo con dedos torpes, tomó su abrigo y su bolso, y salió corriendo del apartamento. El viaje de regreso en el taxi hacia Marylebone fue un borrón de luces, tráfico y pánico contenido. Se mordía el labio inferior hasta sacarse sangre, incapaz de detener el temblor de sus manos ni la tormenta de preguntas que le martillaban la cabeza.
Cuando el taxi se detuvo frente a la fachada de cristal de la Clínica Saint Jude, la escena que la esperaba era digna de una pesadilla. No había la calma habitual. Dos hombres en traje oscuro esperaban en la puerta principal, y en cuanto la vieron bajar del vehículo, se acercaron a ella con prisa.
—¿Señorita Fritz? Por aquí, por favor. La están esperando en la sala de juntas del último piso.
Alanne no dijo una sola palabra. Caminó con la cabeza erguida a pesar de que sentía que las piernas se le doblaban en cualquier momento. El ascensor subió directamente al piso ejecutivo. Las puertas se abrieron a un pasillo alfombrado donde el ambiente se podía cortar con un cuchillo.
La guiaron hacia una habitación amplia con una mesa de caoba maciza. Allí dentro no solo estaba la Dra. Evans —que lucía pálida, con los ojos rojos y las manos entrelazadas con fuerza sobre la mesa— y la supervisora médica. En el extremo opuesto de la sala, de pie junto a un ventanal que daba a los tejados de Londres, había un hombre.
Era un hombre alto, de hombros anchos y porte imponente. Vestía un traje a medida de color gris marengo que gritaba poder y elegancia aristocrática. Cuando Alanne entró, él se giró despacio.
Tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás y unos ojos grises, fríos e intensos, que se clavaron en Alanne con una mezcla de furia contenida, incredulidad y una extraña fascinación. Su mandíbula estaba tan apretada que se le marcaban los músculos del cuello.
—Señorita Fritz —dijo el director de la clínica, poniéndose de pie de inmediato—. Por favor, tome asiento. Queremos expresarle nuestras más profundas...
—No quiero disculpas —la interrumpió Alanne, y su voz resonó en la sala con una fuerza que ella misma no sabía que poseía. Miró directamente al director y luego al hombre del traje—. Quiero saber qué demonios me han hecho. Y quiero saber quién es él.
El hombre del traje dio un paso al frente, haciendo sonar sus zapatos de cuero sobre la madera. Su mirada recorrió a Alanne de arriba abajo, deteniéndose apenas un segundo en su cintura antes de volver a sus ojos.
El hombre tenía los ojos de un color azul tan intenso que Alanne sin querer, se quedó mirandole mas tiempo del que habría querido.
—Esto es una conversación mas que privada, asi que, a menos que ese hombre de aqui sea un ejecutivo de esta clinica que viene a dar la cara por esto problema que ustedes me han causado, le pido que se...
—Mi nombre es Julian Kensington —dijo el hombre, con una voz profunda, grave y rasposa que provocó un escalofrío involuntario en el vientre de Alanne—. Y parece ser, señorita Fritz, que usted lleva dentro al único heredero de mi familia.
A primera hora de la mañana siguiente, Alanne caminó hacia la entrada de una clínica privada llamada Saint Mary, ubicada lejos del Saint Jude. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Aunque en lo más profundo de su interior una voz tenaz e incómoda le decía que la intervención había funcionado y que sí estaba embarazada, su mente se aferraba desesperadamente a la esperanza opuesta. Necesitaba enfrentarse a la realidad y terminar con la incertidumbre.Sacó el teléfono de su bolso y marcó el número que figuraba en la tarjeta de presentación que Julian le había dejado. Él respondió al segundo tono.—Julian Kensington.—Soy Alanne —dijo ella, intentando mantener la voz firme—. Estoy en la clínica Saint Mary. Si quieres estar seguro del resultado y ver con tus propios ojos que no estoy embarazada, te sugiero que vengas ahora mismo.—Llego en diez minutos —respondió él sin dudar.Exactamente diez minutos después, la figura imponente de Julian apareció en la sala de espera. Vestía
El trayecto hacia su edificio de apartamentos lo hizo casi en penumbras mentales, dejándose llevar por la inercia de sus pasos. Subió tramo a tramo las escaleras de piedra hasta alcanzar el tercer piso, buscando a tientas el manojo de llaves dentro de su bolso. Sin embargo, al doblar la esquina del pasillo que conducía hacia la puerta de su apartamento, se detuvo en seco, helada. En el suelo, apoyado directamente contra la madera de su puerta de entrada, reposaba un imponente y costoso arreglo de rosas rojas de tallo largo, dispuestas de forma impecable en un jarrón de cristal pesado. Alanne se acercó despacio, mirando a ambos lados del pasillo desierto para asegurarse de que no había nadie acechando. Al agacharse para examinar la exuberante composición floral, descubrió una pequeña tarjeta de cartulina fina encajada hábilmente entre los pétalos rojos. La tomó con dedos temblorosos y la abrió. La caligrafía era pulcra, firme, elegante y trazada con tinta negra: Sé que las flores so
Jazmín la miró con infinita ternura y le dio un abrazo breve pero apretado, comprendiendo que no debía presionar más a su socia por el día de hoy. Ambas salieron del establecimiento y Jazmín echó el cerrojo a la puerta antes de caminar hacia donde estaba estacionado su vehículo: un elegante Porsche 2018 de color gris metálico. Aquel automóvil era un regalo que el padre de Jazmín le había dado para su cumpleaños número veintiuno. Era un coche que ella se negaba rotundamente a cambiar o vender, a pesar de que su familia en Surrey disponía de la capacidad económica suficiente para comprarle el modelo más reciente y ostentoso del año sin pestañear. Sin embargo, Jazmín prefería costear sus propios gastos con el sudor de su frente, mantener su auto con sus propios recursos y trabajar duro por su dinero. Desde que había tomado la decisión de independizarse y mudarse a vivir sola en Londres, había rechazado rotundamente cualquier tipo de ayuda financiera proveniente de sus padres. Alanne
.Se dio cuenta de que no tenía sentido seguir guardando aquello como si fuera un secreto de estado frente a las dos únicas personas en las que confiaba ciegamente. Frederick y Noel conocían el negocio, conocían la ley y, sobre todo, lo conocían a él. A lo mejor, sus amigos podrían ofrecerle una perspectiva distinta, una solución fría que a él se le estaba escapando. Para Julian, la ecuación en el fondo seguía siendo bastante simple y pragmática: esa joven florista de Chelsea necesitaba dinero para salvar su negocio endeudado, y él tenía el dinero más que suficiente para garantizar que ella llevara a término el embarazo. Era una transacción, un intercambio donde ambas partes obtenían lo que necesitaban, por más caótico que fuera el origen. Una vez que Noel tocó el hombro de Julian a modo de despedida y abandonó el despacho cerrando la puerta, el empresario no perdió un solo segundo. Tomó el teléfono fijo de la oficina y marcó la extensión directa de su equipo de abogados corporati
—No —lo detuvo Julian de golpe, levantando una mano para cortarle el discurso—. Definitivamente no voy a hablar de eso ahora. Es pasado mediodía, no puedo estar en esto, ni siquiera he almorzado. - ¿Y a qué demonios saliste tú? Tu asistente me dijo que estabas fuera de la oficina y por eso no podías atenderme temprano. Noel soltó una pequeña risa seca para rebajar la tensión. —Bueno, ya sabes mi número de teléfono, obviamente podías escribirme o llamarme al móvil. —Pensé que iba a encontrarte aquí —replicó Julian, dando un sorbo al café caliente—. Eres un adicto al trabajo, no sueles andar vagando por la ciudad a estas horas. Julian giró los ojos con cansancio, caminó hacia su sillón principal y se sentó. Abrió la pantalla de su MacBook metálica. Como era de esperarse, el monitor lo recibió con una cascada de notificaciones: más de diez correos sin abrir y unos cuantos más marcados con una pequeña banderita de color rojo que significaba prioridad absoluta. Era el reflejo p
Alanne estalló por completo, perdiendo el control que tanto le costaba mantener. —¡Por Dios santo, deja de decir esa frase! —gritó, llamando la atención de la tienda entera—. ¡Deja de decirme 'el heredero de mi familia' porque sencillamente no puedes asegurar que llevo a tu hijo en mi vientre! Yo no puedo hacer esto. No puedo llevar el hijo de otra persona. No soy una madre subrogada, no soy una mujer que alquile su vientre... ¡Esto ha sido un jodido error! Julian la miró con una calma exasperante y soltó con frialdad: —Quizás ha sido una coincidencia. O tal vez ha sido el destino, no lo sabemos. Pero lo que sí sé es que ese bebé tiene que nacer. Y lo que sí sé es que tú necesitas el dinero. Tienes un negocio comenzando. Alanne lo miró con las cejas fruncidas de par en par, sintiendo un escalofrío en la nuca. —¿Qué demonios sabes tú de nuestro negocio? Fue Jazmín quien intervino esta vez, dando un paso al frente con la cara ardiendo. —Mi equipo ya ha investigado todo lo







