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Capítulo 3: Debía convencerla

Author: sheyla garcia
last update publish date: 2026-08-12 11:29:36

Julian Kensington mantenía los ojos fijos en la taza de café negro que humeaba sobre la pequeña mesa de madera en aquella elegante pastelería a dos calles de la clínica. Tenía treinta y cuatro años, pero en las últimas tres horas sentía que sobre sus espaldas pesaba un siglo entero.

Venía de una familia ultraconservadora, tradicional y estricta en sus principios, donde el honor y el apellido lo eran todo. Su vida nunca había sido un camino sencillo. Cuando tenía apenas diez años, su padre falleció repentinamente, dejando un vacío enorme y una familia desamparada. A partir de ese momento, Julian entendió que el mundo no perdonaba la debilidad. Tuvo que matarse trabajando desde muy joven, quemándose las pestañas entre libros y talleres para salir adelante y construir, con sus propias manos, el emporio que hoy dirigía.

Su gran salto al éxito había comenzado con una obsesión personal: el desarrollo de un prototipo de dispositivo auditivo revolucionario, diseñado específicamente para niños que nacían con sordera profunda. Logró vender las primeras patentes y, a partir de ese momento, todo le fue bien. Junto a su mejor amigo de la infancia, montó una empresa tecnológica enfocada en este tipo de dispositivos biomédicos. A lo largo de más de una década, no solo se posicionaron como líderes internacionales en el sector, sino que crearon fundaciones benéficas y financió incansablemente proyectos dedicados al cuidado, la salud y el desarrollo de la infancia. Los niños eran su debilidad y su causa.

Por esa misma razón, cuando la tragedia volvió a golpear a su puerta dos meses atrás, Julian no dudó un solo segundo en volcarse por completo. Su hermano menor, Jake, de apenas veintiocho años, había fallecido trágicamente en un brutal accidente automovilístico junto a la carretera. La noticia destrozó a la familia. Jake era la luz de la casa, el muchacho alegre y lleno de vida al que todos adoraban.

Tras el funeral, Dalila, la joven esposa de Jake, quedó completamente devastada. Ella se había quedado a vivir en la imponente mansión familiar junto a Martha, la madre de Julian. Martha la adoptó bajo su protección sin pensarlo dos veces; una viuda entendía perfectamente el dolor insondable de otra viuda. Habían crecido juntas, ya que la familia de Dalila siempre había sido cercana a los Kensington , y Julian la quería sinceramente como a una hermana propia.

Fue unas semanas después del entierro cuando Dalila, con el rostro hundido en lágrimas, le confesó a Julian que ella y Jake habían estado intentando tener hijos antes del accidente. Reveló que en una clínica especializada guardaban muestras congeladas de esperma de Jake, y que su sueño tronchado era ser madre de ese niño. La muerte repentina de Jake había dejado ese proceso a medias. Cuando Dalila le pidió ayuda para gestionar los documentos legales y el sustento económico para someterse a la inseminación artificial, Julian se tiró de cabeza. Quería amortiguar como fuera el dolor indescriptible que sufría la viuda de su mejor hermano. Pensar que el recuerdo de su querido Jake estaría por siempre con ellos al tener a ese bebé era el único consuelo en medio de tanta oscuridad.

Julian no midió costos. Financió absolutamente todo el tratamiento, contrató a los mejores especialistas de Londres y ya había dispuesto la remodelación de un ala completa de la mansión para habilitar una habitación infantil de ensueño. Dalila no trabajaba; la depresión le impedía siquiera salir de la cama en ocasiones desde que Jake falleció, por lo que él asumió el cuidado total de su cuñada.

¿Cómo demonios había pasado una tragedia médica semejante esa misma mañana?

Todo se había salido de control por un azar nefasto. Esa mañana, Dalila había amanecido con un fuerte dolor de cabeza, fiebres ligeras y síntomas claros de gripe. Imposibilitada para levantarse, tuvo que cancelar su asistencia a la cita programada para la inseminación. Julian, absorto en sus reuniones de negocios, pensó que la cita simplemente se pospondría. Por eso le sorprendió enormemente cuando la dirección médica de Saint Jude lo contactó de urgencia a su teléfono personal.

Ahora, dando un sorbo al café amargo en la soledad de la pastelería, Julian entendía con dolorosa claridad la razón de aquella llamada urgente. Informar de algo así a Dalila iba a ser una catástrofe absoluta. La última oportunidad de conservar la semilla de su hermano, lo último que quedaba del legado de Jake en este mundo, no estaba en el vientre de Dalila. Lo llevaba dentro una joven desconocida, una mujer de veinticinco años llamada Alanne Fritz, que lo había mirado con un odio puro y desgarrador antes de salir huyendo.

Julian suspiró profundamente, pasándose la mano por el cuello contracturado. Tenía que armarse de valor, regresar a la mansión de su madre y sentarse a hablar con Dalila. Mientras más rápido lo hiciera, más pronto podría afrontar la realidad y concentrarse en resolver esa pesadilla. Sabía perfectamente que un bebé no iba a sustituir jamás a su hermano fallecido; él solo había estado de acuerdo con todo por el bienestar de Dalila y por la memoria sagrada de Jake.

De pronto, el teléfono sobre la mesa comenzó a vibrar. En la pantalla iluminada apareció la palabra: Mamá.

Julian tragó saliva y presionó el botón de contestar, pegando el receptor a su oreja.

—¿Hola, mamá?

—Julian, hijo... —la voz de Martha sonó frágil, quebradiza, a través del altavoz—. ¿Cuándo vas a venir a verme? Llevo esperándote toda la mañana.

A Martha le habían diagnosticado los primeros síntomas de Alzheimer hacía menos de un año. Olvidaba pequeños detalles cotidianos, fechas recientes y a menudo perdía la noción del tiempo, una condición que la aterrorizaba en sus momentos de lucidez.

—Iré esta noche, mamá —respondió Julian con la voz más suave que pudo impostar.

 

—Hace días no te veo.

—¿Días? —preguntó, confundido.—Mamá, me viste hace dos horas —la interrumpió Julian con ternura—. Apenas salí de la casa por la mañana para ir a unas reuniones.

Hubo una breve pausa al otro lado de la línea. Se escuchó el suspiro avergonzado de su madre, dándose cuenta de su propio descuido.

—Oh... perdón, hijo. Es esta cabeza mía... esta dichosa enfermedad me está volviendo loca —se excusó Martha con la voz temblorosa. Estaba plenamente consciente de su diagnóstico y la idea de perder la memoria le resultaba una tortura diaria.

—No te preocupes, mamá. No pasa nada —dijo Julian, intentando calmarla.

Pero entonces, tras un segundo de silencio, la voz de su madre cambió drásticamente, volviéndose infantil y ansiosa.

—Julian... ¿has sabido algo de Jake? ¿Por qué no ha venido a cenar?

El corazón de Julian se detuvo por un segundo. Sintió un nudo opresivo en la garganta y cómo sus ojos se humedecían al instante. A apretó los párpados con fuerza, sintiendo el peso aplastante del dolor.

—Mamá... —alcanzó a susurrar con la voz quebrada.

Al escuchar el tono de su hijo, la frágil barrera de la confusión en la mente de Martha se rompió de golpe, trayéndola de vuelta a la dolorosa realidad. Un sollozo desgarrador se filtró por el teléfono.

—Perdón... perdón, cielo. Dios mío... mi hijo. Mi pobre hijo... —lloró Martha, recordando de pronto que su hijo menor estaba muerto y bajo tierra.

Julian guardó silencio, escuchando a su madre sollozar al otro lado de la línea sin ser capaz de colgar. Nada de lo que pudiera decir en ese momento serviría para consolarla. Tan solo podía estar ahí, escuchando el llanto de la mujer que le había dado la vida, mientras en su cabeza resonaba la impactante verdad de que el hijo de su difunto hermano estaba creciendo, en ese preciso instante, en el vientre de una extraña.

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