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Capítulo 4: ¿Abortar?

Author: sheyla garcia
last update publish date: 2026-08-14 06:49:41

Alanne pasó casi una hora bajo el chorro de agua caliente de la ducha, intentando inútilmente lavarse la sensación de invasión y el nudo sofocante que le atenazaba la garganta. Quería borrar el rastro de la clínica, el olor a antiséptico, la mirada gélida de Julian Kensington  y la revelación devastadora que había destrozado su realidad en mil pedazos.

Al salir del baño, buscó refugiarse en la normalidad. Necesitaba aferrarse desesperadamente a la rutina para no perder el control. Se vistió con un vestido holgado de algodón blanco, estampado con pequeñas rosas silvestres y de mangas cortas, una prenda fresca que solía ponerse en sus días tranquilos. Se calzó unas sandalias de tacón corrido de mimbre y se cepilló el cabello rubio hasta que estuvo impecable. Mirándose al espejo, intentó ocultar la palidez de sus mejillas y el cerco rojizo alrededor de sus ojos.

Ni siquiera le había escrito a Jazmín, su mejor y única amiga, la persona con la que compartía no solo la gestión de la floristería sino cada secreto de su vida. Jazmín le había enviado un par de mensajes por la tarde preguntando cómo le había ido en la consulta, pero Alanne se limitó a responder de forma autómata, asegurándole que todo estaba bien y que el procedimiento había sido un éxito. No podía soltar una bomba semejante por mensaje de texto. Ya a la mañana siguiente, cuando fuera a la floristería a trabajar, se sentaría con ella y le contaría toda la verdad.

Por ahora, Alanne decidió concentrar toda su energía mental en la cena. Intentaría explicarle la situación a Michael. Él era un hombre pragmático, sensato y profundamente enamorado de ella. A lo mejor él podía entender la monstruosidad del error médico, apoyarla en ese trance y, juntos, pensar en una solución lógica, consultar abogados o decidir los pasos a seguir. Él era su pilar, su prometido, el hombre con el que construiría su futuro.

A las siete en punto, el timbre del apartamento sonó.

Alanne respiró hondo, se colocó las manos sobre el vestido para disimular el temblor y abrió la puerta. Allí estaba Michael. Su cabello negro estaba impecablemente peinado hacia atrás, sus ojos cafés transmitían la calidez de siempre y su barba oscura y espesa lucía perfectamente recortada. Vestía una camisa azul clara con las mangas arremangadas y traía una botella de vino en una mano y una pequeña bolsa de regalo en la otra.

—Hola, mi amor —dijo él con una sonrisa tranquila.

Antes de que ella pudiera articular palabra, Michael la envolvió en un abrazo cálido y firme, depositando un beso tierno en sus labios. Alanne cerró los ojos y se dejó reconfortar, apoyando la cabeza contra su pecho, inhalando su loción familiar. Por un segundo, sintió que podía respirar de nuevo, que el refugio de sus brazos la protegería de la tormenta que se avecinaba.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él al separarse, entregándole la pequeña bolsa—. Leí en internet que cuando colocan el dispositivo, los cambios hormonales repentinos pueden hacer cambiar el estado de ánimo o causar algo de malestar. Te traje esto para consentirte un poco.

Alanne miró dentro de la bolsa y vio una caja de sus bombones de avellana preferidos. Una sonrisa débil y melancólica se le dibujó en el rostro, mientras los ojos se le llenaban instantáneamente de lágrimas retenidas. Estaba a punto de quebrarse allí mismo, pero se giró rápidamente hacia la barra de la cocina para evitar que él notara su fragilidad.

—Muchas gracias, Michael. Son tus favoritos también —murmuró con la voz ligeramente tomada.

Tomó la botella de vino que él había llevado, descorchó el cuello con habilidad torpe y sirvió dos copas de cristal. Le entregó una a Michael y, rompiendo su propia regla de no beber en exceso durante la semana, se llevó la suya a los labios y le dio un trago largo, sintiendo cómo el líquido frutal le quemaba suavemente la garganta y intentaba calmarle el estómago revuelto.

Pocos minutos después, ambos se sentaron a la mesa del comedor. La cena ya estaba servida: la pasta humeante, la ensalada de tomates cherry y el pan de ajo impecablemente dispuesto. Sin embargo, a pesar de la atmósfera íntima que Alanne había intentado crear, Michael ni cuenta se había dado de lo atribulada que ella estaba. O, si notaba cierta rigidez en sus gestos, prefirió no hacer comentario alguno, asumiendo que se debía al cansancio o a las molestias del procedimiento médico.

Durante los primeros veinte minutos, Michael habló sin parar. Estaba lleno de energía, detallando minuciosamente cómo había ido su día en la oficina, las llamadas con los proveedores y los planes de su familia para el fin de semana.

—Y bueno, mi hermana Margaret llamó a eso de las tres —comentó Michael mientras cortaba un trozo de pan—. Estaba hecha un mar de lágrimas. Descubrió que su esposo le ha estado siendo infiel desde hace tres meses. Una verdadera vergüenza. Le dije que no tiene perdón. Tú sabes lo mucho que odio las mentiras, Alanne. No soporto a la gente falsa ni la falta de honestidad en una relación. La confianza lo es todo.

Alanne sostuvo la copa con ambas manos, sintiendo un dolor agudo y punzante en el centro del pecho.

—Yo lo sé —susurró ella, bajando la mirada hacia su plato casi intacto—. Yo también.

Las palabras de Michael resonaron en su cabeza como una advertencia implacable. Tenía que contárselo ya. No podía esperar un minuto más. Necesitaba soltar la verdad sobre la clínica Saint Jude antes de que el silencio empezara a parecer una mentira. Pero ¿cómo comenzar? ¿Cómo articular las palabras adecuadas para decirle al hombre con el que planeaba casarse que llevaba en sus entrañas la semilla de un desconocido?

Michael dejó el tenedor sobre el plato, estiró el brazo a través de la mesa y tomó la mano de Alanne con ternura. La miró con una calidez transparente, apretándole los dedos con suavidad.

—De verdad, Alanne... ver cómo se desmorona el matrimonio de Margaret me hace valorar aún más lo que tenemos. Me haces el hombre más feliz del mundo. Eres tan centrada, tan transparente... Sé que contigo nunca tendré que preocuparme por cosas así.

Alanne no pudo soportarlo más. El peso de la culpa, el miedo y la ironía de la situación la superaron por completo. Le miró con los ojos anegados en lágrimas que amenazaban con derramarse por sus pómulos. Se le cortó la respiración.

—Michael... escuchame —articuló ella con la voz temblando descontroladamente—. Ha habido un error en la clínica... Algo terrible ha pasado y...

Pero justo en ese instante, en el preciso segundo en que ella abría la boca para confesarlo todo, Michael le soltó la mano, desvió la mirada hacia el mantel y soltó un fuerte suspiro de peso.

—Alanne, justamente de eso quería hablarte —la interrumpió él, sin haber registrado el tono desgarrador de la joven—. Estaba esperando el momento adecuado para decírtelo. Creo que debemos posponer el compromiso.

 

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