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Capítulo 9: ¿Problemas económicos?

last update Fecha de publicación: 2026-08-15 05:18:42

Ellas tenían en la trastienda un espacio acondicionado con sillones cómodos, una mesa de centro de madera y plantas ornamentales; era el área privada donde recibían a los clientes corporativos o a las novias cuando buscaban cotizaciones complejas, planes de boda o arreglos personalizados que requerían tiempo y atención detallada.

Julian miró el espacio indicado, luego evaluó a Alanne y asintió levemente con la cabeza. Alanne comprendió que quedarse en medio de la tienda montando un espectáculo frente a sus empleadas era lo peor que podía hacer. Se giró sin decir nada y caminó hacia la terraza.

Julian la siguió a un par de pasos de distancia, pisándole prácticamente los talones. Al moverse tras ella, un aroma Intenso inundó las fosas nasales de Alanne: una mezcla elegante de almizcle, canela y una nota fresca y masculina que se le coló por los sentidos, poniéndola aún más nerviosa.

Alanne tomó asiento en uno de los sillones individuales, cruzando las piernas con rigidez. Julian se acomodó en el sofá frente a ella, ocupando el espacio con su porte alto y ancho. Su presencia era sofocante.

Se hizo un silencio denso mientras Jazmín se alejaba a preparar la cafetera. Julian apoyó los codos sobre sus rodillas, inclinándose ligeramente hacia adelante para mirarla a la cara.

—Alanne, he venido hasta aquí porque entiendo la gravedad de la situación y no quiero que tomes una decisión apresurada de la que te puedas arrepentir el resto de tu vida.

Alanne dejó ir una risa amarga y se echó hacia atrás contra el respaldo del sillón, mirándolo con puro desdén.

—¿Apresurada? ¿Apresurada, señor Kensington ? Apresurado fue enterarme ayer por la tarde de que me habían hecho una inseminación artificial sin yo quererlo, sin haberlo solicitado jamás, sin mi consentimiento y violando mi propio cuerpo. Eso sí fue apresurado.

Julian extendió la mano lentamente sobre la mesa de centro y tocó la piel tibia del dorso de la mano de Alanne. Fue un contacto breve, cargado de una solemnidad casi desesperada.

Alanne dio un brinco en su sitio, como si la hubiese alcanzado una descarga eléctrica. Se retiró de golpe, se puso de pie y dio dos pasos alejándose de él hacia el ventanal de la terraza. Se cruzó de brazos tightly, abrazándose a sí misma mientras un temblor incontrolable le recorría desde los hombros hasta los puños.

Julian la observó fijamente en silencio. Vio el temblor de su espalda, la fragilidad de su figura envuelta en ese vestido de rosas y la tormenta de pánico que la devoraba. Exhaló un suspiro profundo, se inclinó hacia adelante y la miró con una suplicante intensidad.

—Necesito que, por favor, te quedes con el bebé, Alanne —pidió él, y su voz profunda sonó casi en un susurro—. Ese niño es la única esperanza que le queda a mi familia para tener un heredero.

Alanne se giró despacio para encararlo, mirándolo con absoluta incredulidad.

—No entiendo cómo puede pedirme algo así a mí —soltó ella con la voz quebrada por la indignación—. ¡Soy una completa desconocida! Usted no me conoce, yo no lo conozco a usted. Ese bebé arruinaría mi vida por completo. Mis planes, mi compromiso, mi futuro... todo.

Julian negó con la cabeza de inmediato, poniéndose de pie con parsimonia.

—Un bebé nunca es una maldición, Alanne. Y jamás arruinaría tu vida —dijo con firmeza, aunque sus ojos grises se apagaron un poco al añadir—: Mi madre... mi madre está pasando por un momento terrible. Tiene Alzheimer. Es una enfermedad destructiva que le está quitando la memoria y la vida poco a poco.

Alanne se congeló. El tono roto con el que pronunció la palabra "madre" la atravesó de lleno. La rabia que sentía pareció disiparse por un segundo, reemplazada por una punzada de empatía involuntaria. Se acercó un par de pasos hacia él y, sin atreverse a tocarlo, le miró directamente a los ojos.

—Lo lamento mucho... —dijo en un hilo de voz sincero—. De verdad. Mi abuela murió de Alzheimer. Sé bastante bien lo que se siente perder a alguien que quieres... y ver cómo se pierde en su propia mente todos los días, sin poder evitarlo, sin poder hacer absolutamente nada.

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Julian tragó saliva, impactado por la suavidad inesperada en la voz de la joven.

—El Alzheimer en mi madre apenas está empezando —explicó él, sosteniéndole la mirada—. Y por tal motivo es que quiero esto... Necesito que mi madre pueda conocer a su nieto antes de que sea demasiado tarde. Antes de que olvide quiénes somos.

Alanne apretó los labios, sintiendo el peso aplastante de su historia, pero sacudió la cabeza con amargura.

—No... Lo siento de verdad, señor Kensington , pero no puedo. No puedo tener a este hijo.

Julian no pestañeó. Dio un paso hacia ella, recuperando la postura del hombre de negocios calculador.

—Puedo recompensarte a ti y a tu novio con bastante dinero —lanzó sin rodeos—. Te ofrezco un millón de dólares si llevas a término el embarazo y me entregas al bebé.

Se hizo un silencio sepulcral en la terraza. Julian se quedó esperando una respuesta, convencido de que un millón de dólares era más que una oferta excelente para una joven de su condición.

Alanne lo miró como si le hubiera salido otra cabeza. La indignación volvió a encender sus pómulos.

—¿Cómo es posible que llegara hasta aquí a hacerme una oferta así? —exclamó ella, con la voz llena de desprecio—. ¿Cómo es posible que crea que el dinero puede comprarlo todo en este mundo? ¿Que puede comprarme a mí?

Julian ni siquiera se inmóvilizaba.

—Dos millones de dólares.

De repente, los ojos de Alanne se abrieron de par en par. Se quedó muda, con la boca ligeramente abierta, anonadada ante la soltura con la que ese hombre duplicaba una cifra astronómica como si hablara de cambio suelto.

Antes de que ella pudiera articular una respuesta llena de furia, el teléfono móvil de Julian comenzó a sonar con un tono metálico dentro de su chaqueta. Él interrumpió el contacto visual, sacó el dispositivo y contestó de inmediato con tono severo:

—¿Qué pasa, Noel?

Alanne no esperó a escuchar más. Se giró sobre sus talones, salió a toda prisa de la terraza y caminó directo a la trastienda, donde Jazmín terminaba de limpiar la barra.

Al verla llegar pálida como la cera y con la respiración agitada, Jazmín le sirvió rápidamente un vaso y se lo extendió.

—Toma, bebe esto. ¿Qué está pasando, cariño? ¿Qué te ha dicho ese hombre?

—Este hombre está loco —dijo Alanne con las manos temblándole sobre la botella de agua—. Cree que puede comprarme. Me está ofreciendo dinero para que lleve a término este embarazo... ¡Dinero, Jazmín! Y ni siquiera sabemos si realmente funcionó. Este hombre ni siquiera sabe con certeza si estoy embarazada.

—Linda, lo mejor es que vayas a una clínica —dijo Jazmín intentando calmarla—. No importa si no vas a Saint Jude, podemos ir a un hospital privado neutral, pero debes revisarte. Aunque... creo que ni siquiera lo sabrás de inmediato. Creo que pasan varios días antes de poder confirmar un embarazo.

—Estamos en 2026, Jazmín —la corrigió Alanne, pasándose una mano por la frente helada—. La tecnología médica ha avanzado demasiado. Por supuesto que con una prueba de sangre especializada o un rastreo hormonal avanzado en un laboratorio se sabe casi de inmediato.

En ese preciso momento, la puerta de madera de la trastienda se abrió y Julian Kensington salió de la terraza acomodándose el botón de su chaqueta.

—Lamento tener que irme tan repentinamente —dijo él con voz pausada mientras sacaba un tarjetero de cuero negro—. Piensen en la oferta.

Extendió una tarjeta de presentación con letras doradas hacia Alanne.

—Es una excelente oferta, Alanne. Y si entiendes que esa cantidad no es suficiente para ti, podemos negociarlo. Pero, por favor, no cometas una estupidez de la cual podrás arrepentirte el resto de tu vida.

Alanne dio un paso al frente, ignorando por completo la tarjeta.

—¿Me estás amenazando? —le espetó ella con rabia—. Tú no tienes por qué amenazarme en mi propio negocio.

—Llevas al heredero de mi familia —repitió él de forma monocorde.

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