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El final del mar

Autor: ARYO
last update Data de publicação: 2026-05-24 03:01:49

Ciento ochenta años después

La casa blanca frente al mar ya casi no parecía una casa. Se había convertido en un monumento histórico protegido por el gobierno portugués. La Fundación Valeria Ferrera había crecido tanto que ya no cabía en aquel lugar. Solo quedaban la estructura original, el jardín y la playa, convertidos ahora en un espacio de memoria y reflexión.

Valeria XII, de veintisiete años, era la última persona de la familia que aún llevaba el nombre. Trabajaba como oceanógrafa y solo re
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  • Prisionera del hombre que amé    El silencio del mar

    Trescientos años despuésYa no quedaba nada.Ni ruinas, ni placa, ni piedra blanca. El mar había ganado la batalla contra la costa. Donde alguna vez estuvo la casa blanca, ahora solo había agua más profunda y una línea de costa nueva, más retirada.Una mujer de treinta y ocho años caminaba sola por la nueva orilla. Se llamaba Alma. No llevaba el apellido Ferrera. Ni siquiera sabía que descendía de aquella familia. Solo sabía que desde niña había tenido sueños extraños con una mujer de cabello oscuro que corría descalza por una playa mientras alguien la perseguía.Ese día había llegado sin saber muy bien por qué. Solo sintió que necesitaba estar allí.Se sentó en la arena y miró el mar durante mucho rato. El agua estaba extrañamente calmada para esa zona. Ni una ola rompía con fuerza. Solo un suave vaivén, como si el mar estuviera respirando tranquilo.Alma sacó de su bolso un libro viejo que había encontrado en la biblioteca de su abuela al morir. Estaba sin portada y las primeras pág

  • Prisionera del hombre que amé    Lo que queda cuando todo termina

    Doscientos cincuenta años despuésYa no había casa. Ni placa. Ni museo.Solo quedaba una playa salvaje y un viejo faro abandonado a lo lejos. El mar había reclamado poco a poco la costa, y con ella, los últimos rastros físicos de lo que alguna vez fue la casa blanca.Una joven de veintitrés años llamada Noa Ferrera caminaba descalza por la orilla. No llevaba el nombre de Valeria por tradición —su madre había decidido romper con eso—, pero sabía perfectamente quién era. Había leído el libro siete veces. Conocía cada detalle de la historia.Se detuvo en un punto cualquiera de la playa. No había ninguna marca que indicara que ese era el lugar exacto donde todo había comenzado, pero ella lo sentía en el pecho. Allí mismo, doscientos cincuenta años atrás, una mujer había decidido que su vida no terminaría en una jaula.Noa se sentó en la arena y sacó de su mochila un ejemplar muy viejo y gastado del libro Prisionera del hombre que amé. Era la edición número 43, la última que se había impre

  • Prisionera del hombre que amé    El mar que todo lo guarda

    Doscientos años despuésLa casa blanca frente al mar ya no existía como tal. Solo quedaban los cimientos de piedra, cubiertos de enredaderas y flores silvestres. El tiempo y las tormentas habían hecho su trabajo. Sin embargo, el lugar seguía siendo sagrado. Cada año, en el aniversario de la publicación del libro de Valeria, cientos de personas llegaban en silencio para dejar flores, cartas y velas en la playa.Una joven de veinticuatro años, llamada Valeria Ferrera XXI, estaba de pie en lo que quedaba de la terraza. Era historiadora y llevaba el nombre por tradición familiar. Tenía el cabello negro ondulado y los mismos ojos intensos que se repetían en casi todas las generaciones.A su lado estaba su abuela, de noventa y dos años, la última persona viva que había conocido personalmente a alguien que había conocido a Elena, la hija de la primera Valeria.—Aquí es donde todo empezó —dijo la anciana con voz temblorosa—. Y donde todo sigue vivo.Valeria XXI se arrodilló y tocó las piedras

  • Prisionera del hombre que amé    El final del mar

    Ciento ochenta años despuésLa casa blanca frente al mar ya casi no parecía una casa. Se había convertido en un monumento histórico protegido por el gobierno portugués. La Fundación Valeria Ferrera había crecido tanto que ya no cabía en aquel lugar. Solo quedaban la estructura original, el jardín y la playa, convertidos ahora en un espacio de memoria y reflexión.Valeria XII, de veintisiete años, era la última persona de la familia que aún llevaba el nombre. Trabajaba como oceanógrafa y solo regresaba a la casa unas cuantas veces al año. Esa mañana había llegado sola, sin avisar a nadie.Caminó por las habitaciones vacías. Los muebles antiguos seguían allí, pero el olor a vida se había ido. Ya no había risas de niños, ni olor a comida, ni el sonido del piano. Solo silencio y el eterno rumor del mar.Se detuvo frente al retrato más famoso de su tatarabuela Valeria, el que había sido usado en todas las ediciones del libro. La miró durante un largo rato.—Solo quedamos tú y yo —susurró.

  • Prisionera del hombre que amé    El mar sin final

    Ciento sesenta años despuésLa casa blanca frente al mar ya no era solo una casa familiar. Se había convertido en un centro internacional de memoria, sanación y educación. La Fundación Valeria Ferrera operaba en doce países y su historia se enseñaba en universidades de todo el mundo como ejemplo de resiliencia y transformación generacional.Valeria XI, de treinta y un años, era la actual directora del centro. Alta, con el cabello negro heredado de su tatarabuela y unos ojos que parecían guardar toda la historia familiar, caminaba por el jardín con una taza de té en la mano. Su hija de cinco años, llamada Lucía, corría delante de ella persiguiendo mariposas.—Mamá, ¿la primera Valeria vivía aquí? —preguntó la niña deteniéndose de golpe.—Sí, mi amor. Aquí mismo. Esta era su casa, su refugio y su sueño hecho realidad.Valeria XI se agachó para estar a la altura de su hija y le señaló la placa que habían colocado en la terraza principal:“Valeria FerreraPrisionera que se convirtió en le

  • Prisionera del hombre que amé    La última guardiana

    Ciento cuarenta años despuésLa casa blanca frente al mar convertido en una de las organizaciones más respetadas de Europa en la necesitaban empezar de nuevo.Valeria X, de treinta y cuatro años ahora funcionaba como centro de memoria y residencia temporal para mujeres que, de cabello negro azabache y mirada penetrante, muchos decían que era la que más se parecía físicamente a la primera Valeria. Era que nunca se habían publicado. Su hija de seis años, llamada Mateo en honor al bisabuelo, jugaba en el suelo con una vieja muñeca de trapo que había pertenecido a Elena.—Mamá —preguntó la niña—, ¿la primera Valeria era muy fuerte?Valeria X sonrió con ternura y la subió a su regazo.—Era la más fuerte de todas. Escapó del hombre más peligroso de su época llevando a tu tío abuelo Luca en brazos lucha contra la violencia de género. La casa original se mantenía intacta, pero, era la última descendiente directa que aún vivía en la casa. Alta. Y lo hizo porque sabía que algún día tú y yo esta

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