INICIAR SESIÓNA la joven y humilde Eris le dijeron que, si demostraba su valor, alcanzaría la gloria. También le dijeron que ser escogida para desposarse con el rey era el mayor honor con el que podría soñar, pues el rey era valeroso, rico y atractivo. El rey le dijo que ella sería su reina y que su corazón fuerte la protegería de los peligros del mundo. Incluso le dijeron que servir al rey era su deber de esposa, aunque el alma se le desgarrara de dolor cada vez que él la tocaba. Todos le mintieron a Eris y ahora, cuando la única salida que ve para acabar con su sufrimiento es la muerte, el prisionero bestial traído de tierras lejanas le ha prometido que puede salvarla si lo ayuda a escapar. ¿Se arriesgará Eris a creer en sus palabras o acabará él mintiéndole como todos los demás? De dos cosas Eris está segura, la pena por traicionar al rey es la muerte y ese prisionero extranjero, cuyos ojos refulgen en la oscuridad de la mazmorra exaltando a su corazón, no es como todos los demás.
Ver másReino de Balardia, palacio real Desde todos los rincones del reino llegaban los presentes que buscaban festejar al príncipe Lud en su cumpleaños número tres. Era poco tiempo, pero nadie que lo conociera podría negar que ya había vivido más que cualquiera de su edad. Y la gratitud de Eris por su buena salud se manifestó con múltiples ofrendas. Partió su día visitando el templo con Lud y llenando de flores el altar de la diosa Asta. Eran las que ella misma cultivaba en un jardín, junto al huerto de Eladius. Él había elaborado preparados nutritivos que hacían crecer a las plantas sanas y hermosas. Incluso estaba creando nuevas variedades. Rosas de todos los colores le llevó a la diosa Asta y las blancas se las entregó a Akal. Acompañado de su dulce fragancia, el Liak fue hasta el valle del Zazot y dejó la ofrenda de su esposa en las catacumbas donde reposaban las cenizas del supremo. En sumo silencio las fue ordenando en bellos floreros que compró en el mercado. —Gracias
—¿Yo el alfa supremo? —cuestionó Kaím. Akal y él ya habían hablado del tema, pero ahora era mucho más que una mera posibilidad—. Sería todo un honor, aunque no estoy seguro de merecerlo del todo. —¿Cómo que no? —replicó Akal—. Tú lideraste las tropas contra Rakum y dominaste todo el valle, perdiendo incluso un hermano en el proceso. Nadie se lo merece más que tú, y si el consejo no está de acuerdo, que me nombren a mí. Abdicaré de inmediato y te pondré en mi lugar. Akal era persistente, había que reconocerlo. Y había que reconocer que, aunque se hallaba entre ellos, no se sentía como uno. Su lugar estaba más allá del valle, con los humanos. —Perdí un hermano, pero gané a otro —dijo Kaím—. Con gusto dirigiré el valle en tu nombre, Akal, y lo volveré más próspero de lo que nunca ha sido. Así, cuando vengas a visitarnos, tendrás una idea de cómo era la gloriosa época en que nuestro padre era el alfa y vivíamos a su alero. Era tarde para hablar con los miembros del consejo, pero solic
La intensa y cálida luz que se coló desde el salón del alfa se extinguió, junto con el aliento de quienes aguardaban afuera. Akal fue hacia las puertas, deseando empujarlas para meterse dentro y sacar a Eris y a su hijo, alejándolos para siempre de las garras del supremo. Entonces los guardias se apartaron y las puertas se abrieron. Eris apareció, con expresión desolada y el rostro lloroso. Estaba sucia, cubierta de polvo, pero seguía viva; ambos lo estaban. Akal la estrechó en sus brazos al tiempo que los guardias ingresaban al salón y volvían a cerrar las puertas.—¿Ese desgraciado te arrastró por el suelo? Estás toda cubierta de polvo. —No es polvo... Son sus cenizas. Le he dado lo que me dio un día y se ha cerrado el ciclo. Su espíritu ha vuelto con los antiguos y yo he vuelto a ser quien era: Eris, la de los cabellos negros, de la aldea Forah —balbuceó, sin duda conmocionada por lo que había pasado, porque Akal no entendía una palabra de lo que decía. No entendió hasta que la
No hub0 palabras, no hub0 razones que expresara Akal que pudieran hacer a Eris desistir de su idea, por descabellada que fuera. «Yo resolveré esto», había dicho ella y parecía convencida, como cuando estuvo convencida de que lograría sobrevivir a un esposo trastornado, o cuando estuvo convencida de que lo sacaría de las mazmorras donde Akal era prisionero; o cuando estuvo convencida de que habría un lugar y un tiempo para que vivieran su amor en libertad. Sin embargo, entregarla al alfa supremo era renunciar a ella, era perderla. «No soy tuya, Akal. Me pertenezco a mí misma y eso no cambiará; jamás volveré a pertenecerle a nadie. Confía en mí». Fue en aquel momento que Akal comenzó a pensar que ella tenía un plan. Y decidió confiar. El alfa supremo había citado a los alfas de las manadas del valle para encomendarles la búsqueda, y solo los alfas asistieron para informarle de los resultados de tal misión. Kaím, Gunt y Akal eran los únicos que quedaban. —Los hijos de Asraón —come












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