MasukQueridas lectoras y lectores ¿Será que de verdad a Gio si le gustaba Diana?
Más tarde, cuando Leo volvió a dormirse, Serafina acompañó a Enzo hasta el pasillo.—De verdad, debería irse a descansar —le dijo Serafina algo preocupada.—Puedo quedarme un poco más. —dijo Enzo mirando su reloj.—Ya ha hecho demasiado por nosotros.—No lo veo de esa manera.—Yo sí. —dijo Serafina bajando la mirada. —No sé cómo voy a pagarle todo esto.—No vamos a hablar de dinero esta noche.—Pero…—Serafina, mírame. —dijo Enzo tratando de hacer que la joven no sintiera pena. —No quiero que conviertas la recuperación de Leo en una preocupación por lo que me debes. Ya habrá tiempo para hablar de los gastos, de los documentos y de cualquier otra cosa que necesitemos resolver.La joven guardó silencio; no sabía qué decir ante aquellas palabras.—Ahora quiero que descanses y que estés con tu hermano.—No estoy acostumbrada a que alguien haga cosas por mí sin pedirme nada a cambio.—Lo sé. —dijo Enzo sintiendo una profunda tristeza ante aquellas palabras de una joven que, a sus ojos, sol
La recuperación de Leo no fue inmediata; durante las horas siguientes permaneció somnoliento y despertó varias veces con molestias. En ocasiones pedía agua, otras se inquietaba al sentir la vía intravenosa o intentaba moverse de una manera que le producía dolor.Serafina aprendió rápidamente a distinguir sus gestos; cada vez que abría los ojos, ella se inclinaba hacia él.—Aquí estoy.Leo parecía tranquilizarse al escucharla; en una ocasión despertó llorando porque no reconocía la habitación. Serafina le habló durante varios minutos, recordándole que estaba en el hospital y que los médicos habían arreglado lo que le provocaba dolor en la barriga.—¿Ya no está? —preguntó el niño.—Ya te operaron, cariño.—¿Me quitaron lo malo?—Sí, te quitaron lo que estaba enfermo.—¿Y lo tiraron? —preguntó Leo tratando de entender lo que su hermana había dicho.—Supongo que se encargaron de eso. —dijo Serafina tratando de parecer sería.—¿En la basura? —dijo el pequeño.—No lo sé, mi amor.—Pregúntal
Cuando finalmente le permitieron a Serafina entrar a ver a Leo, la joven tuvo que detenerse unos instantes antes de cruzar la puerta.El niño estaba recostado en una cama de recuperación, rodeado de equipos que ella no comprendía del todo. Una enfermera permanecía cerca, vigilando sus signos vitales, y le explicó que todavía estaba somnoliento por la anestesia.Serafina se acercó lentamente; Leo parecía más pequeño que nunca, tenía el cabello desordenado, los labios ligeramente secos y una expresión de cansancio que le produjo un dolor profundo. Bajo la sábana descansaba su cuerpo diminuto, todavía vulnerable después de la intervención.—Hola, mi amor —susurró Serafina tratando de contener su llanto.Leo no respondió inmediatamente; Serafina se acercó a la cama y le acarició el cabello.—Soy yo, Fina, ya estoy aquí.El niño movió apenas la cabeza; sus párpados temblaron antes de abrirse parcialmente. Durante unos segundos pareció no comprender dónde estaba; después la reconoció.—Fina
Cuando el cirujano apareció finalmente en el pasillo, Serafina se puso de pie antes de que pronunciara su nombre. El hombre todavía llevaba ropa quirúrgica y se acercó con una expresión serena; Enzo se levantó también, pero permaneció ligeramente detrás de la joven. —¿Familia de Leo? —Soy su hermana —respondió Serafina. —La intervención ha terminado. —dijo el médico con calma. —¿Está bien? —preguntó Serafina sintiendo que el corazón dejaba de latir durante un instante. —La operación se completó satisfactoriamente. Ella llevó una mano a su pecho; no había comprendido cuánto necesitaba escuchar aquellas palabras hasta que el médico las pronunció. —¿Está vivo? —preguntó, antes de poder detenerse. El cirujano la miró con comprensión. —Sí, Leo está vivo y se encuentra bajo vigilancia mientras despierta de la anestesia. Serafina comenzó a llorar; no pudo evitarlo, las lágrimas aparecieron de manera inmediata, acompañadas de una respiración entrecortada que le impidió responder cua
Serafina frunció ligeramente el ceño ante aquella inesperada pregunta. —No entiendo. —Me has contado muchas cosas sobre Leo y Nico, sobre cómo los cuidas, cómo organizas tus horarios y lo que haces cuando necesitan algo, pero quiero saber quién se ocupa de ti cuando estás enferma o cuando necesitas ayuda. Serafina lo observó durante varios segundos; después apartó la mirada. —Yo puedo cuidarme sola. —Eso ya lo sé. —dijo Enzo asintiendo lentamente. —Entonces… —No te pregunté si puedes, te pregunté quién lo hace. La joven abrió la boca, pero no respondió; intentó recordar alguna ocasión reciente en que alguien hubiera asumido una responsabilidad por ella sin que tuviera que pedirlo. Pensó en la vecina que cuidaba a Nico, en algunas personas que habían sido amables durante los últimos meses y en las ocasiones en que su jefe le había permitido salir a tiempo cuando tenía algún asunto pendiente, pero aquello no era exactamente lo mismo. —No lo sé —admitió finalmente. Enzo sintió
Había algo particularmente cruel en los relojes de los hospitales; sus manecillas continuaban avanzando con una indiferencia que Serafina no conseguía comprender. Era como si los minutos tuvieran el mismo valor para todos, como si una hora pudiera significar lo mismo para alguien que esperaba el resultado de una operación que para quien simplemente aguardaba su turno en una consulta. Ella llevaba tanto tiempo observando aquel reloj que había comenzado a memorizar el movimiento de las personas que pasaban debajo de él. Una enfermera de cabello recogido había cruzado el pasillo cuatro veces, un hombre con una chaqueta marrón se había marchado después de recibir una llamada, una pareja había llegado discutiendo en voz baja y ahora permanecía sentada, tomada de la mano. Todo cambiaba a su alrededor, excepto las puertas que separaban a Leo del resto del mundo. Serafina mantenía las manos entrelazadas sobre las rodillas; de vez en cuando las apretaba tanto que las uñas se le hundían en







