FAZER LOGINCreía que había encontrado a su pareja perfecta, pero el altar se convirtió en la escena de la peor traición. Samanta Rosell acaba de dar el "sí, acepto" al hombre de sus sueños, sin saber que todo fue una cruel mentira. Diego Smith, el Magnate más poderoso, multimillonario y codiciado del país, dueño de imperios hoteleros, puso sus ojos en la mujer equivocada... y ahora está atrapado en un matrimonio que jamás planeó y sin saber que esa mujer equivocada espera a su heredero.
Ver maisEl frío del azulejo aún le quemaba en la piel cuando Samanta logró incorporarse, secándose las lágrimas con la parte posterior de la mano. El sabor amargo en la boca y el hueco inmenso en el pecho le recordaban que ya no podía quedarse un segundo más en ese lugar. No iba a soportar ni un minuto fingiendo ser la esposa feliz mientras abajo, a pocos metros, su esposo y su propia hermana celebraban su engaño. Necesitaba respuestas para su cuerpo y escapar de esa pesadilla.Sin cambiarse el vestido de novia —cubriéndolo únicamente con un abrigo largo que encontró en el armario—, salió de la habitación a hurtadillas. Bajó por las escaleras de servicio, esquivó el ala de los invitados y llegó al estacionamiento trasero. Nadie la vio. Tomó las llaves de su propio coche, subió al asiento del conductor y pisó el acelerador, dejando atrás la imponente mansión bajo el manto de la noche.Con las manos temblando sobre el volante y la vista borrosa por el llanto, condujo hasta el hospital privado m
El peso del mundo entero parecía gravitar sobre los hombros de Samanta mientras regresaba al salón principal. El aire del pasillo, cargado de promesas rotas, aún le quemaba en la garganta, pero obligó a sus piernas a dar un paso tras otro, cruzando las enormes puertas dobles donde la música y las risas de la alta sociedad la recibieron como una bofetada irónica.Con el rostro pálido y la sonrisa temblorosa colgando de sus labios como un frágil cristal a punto de estallar, se incorporó junto a sus padres, quienes conversaban animadamente con un grupo de invitados. Buscó con la mirada a su madre y se inclinó hacia ella, con la voz apenas saliendo en un hilo.—Mamá... no me estoy sintiendo nada bien. Creo que voy a tener que retirarme de la fiesta —murmuró Samanta, sintiendo que el estómago se le volvía a retorcer con una violencia sorda.La señora Rosell frunció el ceño con profunda preocupación, llevando una mano a la frente de su hija.—Pero, mi amor, estás helada... ¿seguro que no pu
El juez continuó con el protocolo, imperturbable ante la tormenta silenciosa que se desataba en la mente de Mariana.—Y tú, Samanta Rosell, ¿aceptas a Diego Smith como tu legítimo esposo, para amarlo y cuidarlo en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?A pesar de la opresión que aún sentía en el pecho y del extraño presentimiento que le helaba las manos, Samanta miró al hombre frente a ella —magnate imponente, dueño de su devoción— y sintió que el mundo exterior desaparecía.—Acepto —murmuró con voz firme, aunque suave.—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.Diego inclinó el rostro hacia ella y la besó con una aparente y perfecta ternura, sellando la unión ante la atenta mirada de los cientos de invitados que estallaron en aplausos y vítores emotivos. Para todos los presentes, aquella escena era la estampa viva de un amor de cuento de hadas.Las puertas del fondo se abrieron para dar paso a la marcha nupcial y a la salida hacia el banquete. Samanta,
Fuera de los muros de la capilla privada, el ambiente era un desfile de elegancia y murmullos sofisticados. Los invitados, una selecta élite de la alta sociedad y figuras influyentes del mundo corporativo, comenzaban a ocupar los bancos de madera noble adornados con cascadas de lirios blancos y rosas importadas. El murmullo constante de las conversaciones y el suave compás de los violines en la planta baja anunciaban que la ceremonia estaba a punto de comenzar.Mientras tanto, en la fastuosa habitación contigua al altar, el tiempo parecía haberse vuelto denso.Samanta se encontraba sentada frente al tocador de caoba, recibiendo los últimos y meticulosos retoques en el maquillaje. El velo de encaje francés descansaba a un lado, a la espera de coronar el peinado. Sin embargo, el brillo de ilusión que había reflejado su mirada horas antes se había tornado opaco, reemplazado por un halo de sutil inquietud.A su lado, la señora Rosell observaba cada gesto de su hija a través del espejo, no












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