LOGINEl silencio en la habitación VIP era casi asfixiante. Alessia sentía la mirada dorada de aquel hombre perforándola, despojándola de cualquier rastro de valentía que le hubiera quedado tras el beso. Sus dedos, aún temblorosos, se apartaron lentamente de los hombros de él.
—Yo... lo lamento —susurró ella, su voz apenas un hilo quebrado—. Los hombres afuera... mi hermano me vendió a este lugar y solo intentaba que no me vieran. No sabía quién era usted, solo necesitaba un refugio.
Él no respondió de inmediato. Exhaló una última nube de humo grisáceo que se disipó entre ambos.
“¿Un refugio?”, pensó él mientras la recorría con una calma letal. “Nadie busca refugio en las garras de un lobo para escapar de los perros”.
Hacía años que nada lograba sacarlo de su apatía. Las mujeres para él eran sombras, transacciones o adornos, pero esta chica de ojos avellana había encendido una chispa de curiosidad que quemaba más que el cigarrillo entre sus dedos. Su audacia, ese acto desesperado de marcar su territorio sin permiso, había despertado a la bestia que él mantenía bajo llave.
—¿Crees que puedes entrar en mi espacio, usarme como escudo y luego simplemente pedir disculpas? —su voz era baja, una vibración peligrosa que le recorrió la espalda de Ella—. En mi mundo, todo tiene un precio.
—Pagaré lo que sea cuando logre salir de aquí —respondió ella con una chispa de su antigua voluntad—. Solo déjeme ir antes de que esos hombres regresen.
Él soltó una risa seca, carente de humor, y se puso de pie. Su altura era imponente, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
“Es valiente, incluso cuando está a punto de romperse”, observó él internamente. “Me gusta. Quiero ver cuánto tarda esa voluntad de hierro en doblarse bajo mi mano”.
—No vas a ir a ningún lado —sentenció él, haciendo una señal a sus guardaespaldas—. La subasta está por empezar, y yo no dejo que lo que es mío se subaste a otros.
—¡Yo no soy de nadie! —exclamó ella, retrocediendo un paso, pero chocando contra el pecho de uno de los hombres armados.
—Te equivocas —dijo él, acercándose hasta que Ella pudo oler su perfume a madera y peligro—. Desde el momento en que tus labios tocaron los míos, dejaste de pertenecerle a tu familia y a este club. Ahora, eres mi propiedad.
Él la tomó del brazo con una firmeza que no admitía réplica. El contacto de su mano grande y cálida contra la piel fría de Ella la hizo estremecer. La arrastró fuera de la habitación VIP, ignorando las miradas de pavor de los dueños del club, que ni siquiera se atrevieron a reclamar su "mercancía" más valiosa.
Afuera, la noche era gélida, y un imponente auto negro blindado los esperaba con el motor ronroneando como una bestia al acecho.
—Entra —ordenó él con una voz que sonó como el chasquido de un látigo.
Ella, temblando visiblemente, obedeció. Sabía que no tenía opción; los guardias armados que los rodeaban eran una barrera infranqueable. Se hundió en el asiento de cuero del vehículo, sintiéndose diminuta. Una vez dentro, comenzó a jugar con sus manos, retorciendo sus dedos con nerviosismo mientras el auto se ponía en marcha.
Él se sentó a su lado, manteniendo una distancia que se sentía como un abismo. Encendió un cigarrillo, su mirada fija en las luces de la ciudad que pasaban veloces por la ventana, sumido en una indiferencia absoluta que la ponía aún más tensa.
—¿Cómo te llamas? —preguntó de pronto, sin mirarla.
—Alessia... —respondió ella con la voz quebrada.
—Alessia —repitió él, saboreando cada sílaba como si estuviera probando un vino caro—. Bueno, Alessia. Soy Killian Cavallaro. Dueño de la mitad de esta ciudad y líder de la mafia más grande de este país.
El aire pareció escaparse de los pulmones de Alessia. Había oído ese nombre en susurros cargados de terror; había caído en un abismo del que la muerte parecía la única salida.
—¿Qué... qué quieres de mí? —logró tartamudear.
—Eso depende de ti, cariño —respondió Killian con un tono cargado de crueldad y un deje de sarcasmo—. Fuiste tú quien inició todo esto con ese beso.
—¡No fue a propósito! Fue una situación desesperada —exclamó ella, intentando defenderse.
Killian giró la cabeza lentamente, sus ojos dorados brillando en la penumbra del auto.
—Bueno, ahora estás aquí. Yo decidiré qué hacer contigo a partir de ahora. Tú solo sé una buena chica y obedece.
S.P Rivers
"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."
El trayecto de regreso fue un viaje a través de las sombras. Killian no soltó a Alessia ni un segundo, manteniéndola apretada contra su pecho en el asiento trasero del blindado. Daniela, que esperaba en el otro vehículo, fue transferida al suyo apenas se detuvieron por seguridad. Al ver a su madre herida, la niña quiso gritar, pero Killian la atrajo hacia ellos con un brazo libre. —Shh, Dani. Mamá necesita silencio. Está descansando —mintió él con la voz ronca, mientras sentía que la respiración de Alessia se volvía cada vez más superficial. El motor del coche rugía en la oscuridad de la noche, rompiendo el silencio de la carretera desierta, mientras el pánico se instalaba como un frío glacial en las venas del capo. Cada bache del camino parecía una amenaza directa a la frágil vida que sostenía entre sus manos.Al cruzar los muros de la mansión, el ambiente era de funeral. Killian bajó del coche con Alessia en brazos; ella ya no respondía, su cuerpo era un peso muerto que enviaba desc
El grito de Alessia cortó la neblina roja que nublaba el juicio de Killian. Él soltó a Lucas, quien cayó como un fardo de carne inútil y sangrante contra el suelo. El traidor intentó balbucear, pero Killian ni siquiera lo miró. Su atención, antes dividida por el odio, se centró con una intensidad devastadora en la mujer que intentaba mantenerse erguida entre los escombros.—Llévenselo —ordenó Killian. Su voz no era un grito, era un trueno sordo que hizo vibrar las paredes—. No lo maten. No todavía. Quiero que cada minuto que pase hasta el amanecer sea un recordatorio de por qué nunca debió nacer. Entréguenlo a los hombres del sótano. Que aprendan de él lo que significa la agonía.Dos guardias entraron como sombras y arrastraron a un Lucas suplicante fuera de la oficina. Los gritos del traidor se fueron apagando por el pasillo, pero Killian ya no escuchaba.Él se dejó caer de rodillas frente a Alessia. Sus manos, que hace un segundo estaban listas para arrancar una vida, ahora temblaba
El silencio que siguió al estruendo de la puerta fue más aterrador que los disparos exteriores. Killian se quedó inmóvil en el umbral, su figura recortada por la luz mortecina del pasillo. Sus ojos no eran los de un hombre; eran dos abismos dorados fijos en la escena que tenía delante. Alessia, tirada en el suelo, con el rostro hinchado y la ropa desgarrada, intentaba tomar aire desesperadamente mientras Lucas, aún con el gancho clavado en el muslo, retrocedía arrastrándose por el suelo, presa de un pánico primario.—K-Killian... puedo explicarlo... —balbuceó Lucas, buscando a ciegas su arma, que había caído a unos metros.Killian no respondió con palabras. Caminó hacia él con una lentitud tortuosa, cada paso resonando como el martilleo de un ataúd. Ignoró las súplicas del traidor, sus ojos solo tenían espacio para los moratones que florecían en la piel de Alessia. “La tocaste”, rugía una voz dentro de su cabeza, una voz que exigía una carnicería que el mundo nunca había visto. “Manch
Daniela corría por los pasillos del aserradero como una exhalación de terror. Sus pequeñas botas resonaban contra la madera vieja, esquivando escombros y cables sueltos. El aire estaba saturado de un humo grisáceo que le quemaba la garganta, y el eco de los disparos la hacía saltar, pero las palabras de su madre ardían en su mente: “Corre hacia el ruido”.“Papá, por favor, papá...”, repetía como un mantra, con el pecho a punto de estallar.De pronto, al doblar una última esquina, el asfixiante escenario cambió por completo, una explanada descubierta que se encontraba bañada por la fría luz de la luna. Allí, esparcidos entre los cuerpos inertes y ensangrentados de los hombres que habían osado traicionarlo, estaba él. Killian avanzaba entre la destrucción con una calma verdaderamente aterradora, rodeado por un aura de muerte tan densa y pesada que habría espantado a cualquier ser humano. Pero no a ella.—¡PAPÁ! —el grito de la niña cortó el fragor de la batalla.Killian se detuvo en sec
El estruendo de la guerra exterior se acercaba, pero dentro de aquella oficina mugrienta, el aire se había vuelto denso y letal. Lucas, presa del pánico al escuchar la carnicería que Killian estaba desatando afuera, perdió toda su fachada de galán oscuro. Sus ojos bailaban erráticos, inyectados en sangre y desesperación. Sabía que si Killian lo encontraba, no habría una muerte rápida.—¡Ven aquí! —rugió Lucas, lanzándose sobre ellas con el arma en la mano. Su plan de gloria se había esfumado; ahora solo buscaba un seguro de vida.Alessia reaccionó por puro instinto materno. Empujó a Daniela detrás de ella, usando su cuerpo como un escudo de carne y hueso. El impacto del cuerpo de Lucas contra el suyo la dejó sin aire, pero ella no cedió ni un centímetro.—¡Daniela, ahora! —gritó Alessia, su voz rasgando el aire—. ¡Corre hacia el ruido! ¡Busca a tu padre! ¡Corre y no mires atrás!La niña se quedó paralizada, con los ojos desorbitados por el terror. Sus pequeñas manos se aferraban a la
El aserradero abandonado en el sector norte era un esqueleto de madera y metal que crujía bajo el viento helado de la madrugada. El olor a serrín podrido y aceite de motor inundaba el ambiente, mezclándose con el aroma metálico de la sangre que aún goteaba del labio de Alessia.Dentro de la oficina del capataz, convertida en una celda improvisada, Alessia mantenía a Daniela envuelta en sus brazos. Sus pensamientos eran un torbellino de culpa y furia. “Debí ser más rápida, debí matarlos a todos en la habitación”, se recriminaba mientras sentía el latido acelerado del corazón de su hija contra su pecho. Daniela ya no lloraba con ruido; solo sollozaba en silencio, un sonido que desgarraba a Alessia más que cualquier golpe.—Escúchame, Dani —susurró Alessia, obligando a la niña a mirarla a los ojos a pesar de que la luz parpadeante le daba a su propio rostro un aspecto espectral—. En cuanto esa puerta se abra, quiero que te escondas debajo de esa mesa vieja del rincón. No salgas, no impor







