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Propiedad de la Bestia
Propiedad de la Bestia
ผู้แต่ง: S.P.Rivers

Capitulo 1: El precio de la Sangre

ผู้เขียน: S.P.Rivers
last update วันที่เผยแพร่: 2026-07-08 00:43:16

El frío del suelo de cemento fue lo primero que se filtró en sus huesos, una caricia gélida que la sacó de la negrura inducida por la droga. Le dolía la cabeza; cada latido era un martillazo tras sus ojos avellana.

Al intentar incorporarse, el mareo la obligó a apoyar las palmas en la superficie áspera.

¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era a su hermano, aquel que compartía su apellido pero no su sangre, ofreciéndole una copa con una sonrisa que ahora, en retrospectiva, le pareció una mueca de hiena. “Me vendió”, pensó con un nudo de bilis en la garganta.

Sus padres adoptivos apenas llevaban seis meses bajo tierra y sus hermanos ya habían desmantelado su vida, expulsándola de la familia como si fuera un error que finalmente podían borrar. Pero esto era otro nivel de crueldad.

—Despierta, mercancía —una voz ronca la sobresaltó. Un hombre robusto la observaba desde la puerta de aquel camerino lúgubre.

Le explicó, con una indiferencia que le heló la sangre, que estaba en "El Abismo" y que su subasta comenzaría pronto.

La obligó a ponerse un vestido de encaje que apenas cubría su piel de porcelana, un uniforme diseñado para ser arrancado. El miedo se transformó en una adrenalina eléctrica.

No iba a quedarse allí esperando a ser propiedad de un monstruo. En un descuido del guardia, aprovechando el ruido de la música que retumbaba en las paredes, salió corriendo.

El lugar era un laberinto de pasillos oscuros y risas macabras. Sus pies descalzos golpeaban el suelo mientras escuchaba los gritos de sus perseguidores detrás de ella.

Dobló en una esquina y vio una puerta pesada, distinta a las demás. Entró sin pensar, buscando refugio, y el mundo pareció detenerse. En un sillón de cuero, rodeado de sombras y escoltado por hombres armados, estaba él. No sabía su nombre, pero su presencia llenaba la habitación con un aura de poder y pecado.

Tenía el cabello rubio ceniza y unos ojos de un dorado ámbar que parecían quemar lo que miraban. Fumaba con una parsimonia aterradora, observándola como si ella fuera una anomalía interesante en su reino.

Los perseguidores irrumpieron en la sala VIP, pero se frenaron en seco al ver quién ocupaba el lugar. Ella, atrapada entre los hombres que querían subastarla y el depredador frente a ella, tomó la decisión más arriesgada de su vida. Se abalanzó sobre el hombre del sillón y lo besó.

“Las muestras de afecto incomodan, nadie mira a una pareja besándose por mucho tiempo”, se dijo mentalmente mientras buscaba refugio en los labios de aquel extraño. Él no se movió. No la apartó. Simplemente la rodeó con una mirada gélida mientras sus manos permanecían inmóviles, dejando que ella marcara un inicio explosivo que cambiaría el destino de ambos para siempre. El desconocido no se tensó; su cuerpo era una pieza de granito bajo el delicado encaje de ella.

El sabor a tabaco caro y un peligro latente inundaron los sentidos de la joven mientras lo besaba con desesperación, ocultando su rostro de los hombres que acababan de irrumpir.

—¡Buscamos a una chica! Se escapó de... —la voz de uno de los guardias se extinguió en un susurro cargado de pavor al reconocer la habitación donde habían entrado.

Los guardaespaldas del hombre del sillón dieron un paso al frente, sus manos sobre las fundas de sus armas. El silencio en la sala VIP era tan denso que ella podía escuchar su propio corazón golpeando contra sus costillas.

Ella no se apartó, mantuvo sus labios sobre los de él, rezando para que la oscuridad y la posición la protegieran. Lentamente, el hombre rubio con una calma que erizaba la piel, levantó una mano y, sin dejar de mirar a la chica que lo asaltaba, hizo un gesto casi imperceptible hacia la puerta.

—Fuera —ordenó una voz profunda, gélida, que no admitía réplica. Los perseguidores, aterrados por haber interrumpido la paz de semejante figura, retrocedieron tropezando entre ellos. No se atrevieron a mirar dos veces.

La chica que buscaban no podía ser la que estaba sobre el regazo del hombre más peligroso de la ciudad. Salieron a toda prisa, cerrando la puerta tras de ellos.

Ella soltó un suspiro tembloroso y comenzó a separarse, pero una mano enguantada o firme se cerró sobre su nuca, impidiéndole alejarse. Los ojos dorados, como ámbar fundido, la clavaron en el sitio. —Me has usado como escudo

—murmuró él, y por primera vez, una chispa de curiosidad oscura cruzó su mirada—. Nadie me toca sin mi permiso. Y ahora, pequeña intrusa, me perteneces.

S.P Rivers

"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."

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