LOGIN
El frío del suelo de cemento fue lo primero que se filtró en sus huesos, una caricia gélida que la sacó de la negrura inducida por la droga. Le dolía la cabeza; cada latido era un martillazo tras sus ojos avellana.
Al intentar incorporarse, el mareo la obligó a apoyar las palmas en la superficie áspera.
¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era a su hermano, aquel que compartía su apellido pero no su sangre, ofreciéndole una copa con una sonrisa que ahora, en retrospectiva, le pareció una mueca de hiena. “Me vendió”, pensó con un nudo de bilis en la garganta.
Sus padres adoptivos apenas llevaban seis meses bajo tierra y sus hermanos ya habían desmantelado su vida, expulsándola de la familia como si fuera un error que finalmente podían borrar. Pero esto era otro nivel de crueldad.
—Despierta, mercancía —una voz ronca la sobresaltó. Un hombre robusto la observaba desde la puerta de aquel camerino lúgubre.
Le explicó, con una indiferencia que le heló la sangre, que estaba en "El Abismo" y que su subasta comenzaría pronto.
La obligó a ponerse un vestido de encaje que apenas cubría su piel de porcelana, un uniforme diseñado para ser arrancado. El miedo se transformó en una adrenalina eléctrica.
No iba a quedarse allí esperando a ser propiedad de un monstruo. En un descuido del guardia, aprovechando el ruido de la música que retumbaba en las paredes, salió corriendo.
El lugar era un laberinto de pasillos oscuros y risas macabras. Sus pies descalzos golpeaban el suelo mientras escuchaba los gritos de sus perseguidores detrás de ella.
Dobló en una esquina y vio una puerta pesada, distinta a las demás. Entró sin pensar, buscando refugio, y el mundo pareció detenerse. En un sillón de cuero, rodeado de sombras y escoltado por hombres armados, estaba él. No sabía su nombre, pero su presencia llenaba la habitación con un aura de poder y pecado.
Tenía el cabello rubio ceniza y unos ojos de un dorado ámbar que parecían quemar lo que miraban. Fumaba con una parsimonia aterradora, observándola como si ella fuera una anomalía interesante en su reino.
Los perseguidores irrumpieron en la sala VIP, pero se frenaron en seco al ver quién ocupaba el lugar. Ella, atrapada entre los hombres que querían subastarla y el depredador frente a ella, tomó la decisión más arriesgada de su vida. Se abalanzó sobre el hombre del sillón y lo besó.
“Las muestras de afecto incomodan, nadie mira a una pareja besándose por mucho tiempo”, se dijo mentalmente mientras buscaba refugio en los labios de aquel extraño. Él no se movió. No la apartó. Simplemente la rodeó con una mirada gélida mientras sus manos permanecían inmóviles, dejando que ella marcara un inicio explosivo que cambiaría el destino de ambos para siempre. El desconocido no se tensó; su cuerpo era una pieza de granito bajo el delicado encaje de ella.
El sabor a tabaco caro y un peligro latente inundaron los sentidos de la joven mientras lo besaba con desesperación, ocultando su rostro de los hombres que acababan de irrumpir.
—¡Buscamos a una chica! Se escapó de... —la voz de uno de los guardias se extinguió en un susurro cargado de pavor al reconocer la habitación donde habían entrado.
Los guardaespaldas del hombre del sillón dieron un paso al frente, sus manos sobre las fundas de sus armas. El silencio en la sala VIP era tan denso que ella podía escuchar su propio corazón golpeando contra sus costillas.
Ella no se apartó, mantuvo sus labios sobre los de él, rezando para que la oscuridad y la posición la protegieran. Lentamente, el hombre rubio con una calma que erizaba la piel, levantó una mano y, sin dejar de mirar a la chica que lo asaltaba, hizo un gesto casi imperceptible hacia la puerta.
—Fuera —ordenó una voz profunda, gélida, que no admitía réplica. Los perseguidores, aterrados por haber interrumpido la paz de semejante figura, retrocedieron tropezando entre ellos. No se atrevieron a mirar dos veces.
La chica que buscaban no podía ser la que estaba sobre el regazo del hombre más peligroso de la ciudad. Salieron a toda prisa, cerrando la puerta tras de ellos.
Ella soltó un suspiro tembloroso y comenzó a separarse, pero una mano enguantada o firme se cerró sobre su nuca, impidiéndole alejarse. Los ojos dorados, como ámbar fundido, la clavaron en el sitio. —Me has usado como escudo
—murmuró él, y por primera vez, una chispa de curiosidad oscura cruzó su mirada—. Nadie me toca sin mi permiso. Y ahora, pequeña intrusa, me perteneces.
S.P Rivers
"Al final, la Bestia no necesitaba ser domada, solo necesitaba a alguien que no temiera quemarse en su infierno."
El trayecto de regreso fue un viaje a través de las sombras. Killian no soltó a Alessia ni un segundo, manteniéndola apretada contra su pecho en el asiento trasero del blindado. Daniela, que esperaba en el otro vehículo, fue transferida al suyo apenas se detuvieron por seguridad. Al ver a su madre herida, la niña quiso gritar, pero Killian la atrajo hacia ellos con un brazo libre. —Shh, Dani. Mamá necesita silencio. Está descansando —mintió él con la voz ronca, mientras sentía que la respiración de Alessia se volvía cada vez más superficial. El motor del coche rugía en la oscuridad de la noche, rompiendo el silencio de la carretera desierta, mientras el pánico se instalaba como un frío glacial en las venas del capo. Cada bache del camino parecía una amenaza directa a la frágil vida que sostenía entre sus manos.Al cruzar los muros de la mansión, el ambiente era de funeral. Killian bajó del coche con Alessia en brazos; ella ya no respondía, su cuerpo era un peso muerto que enviaba desc
El grito de Alessia cortó la neblina roja que nublaba el juicio de Killian. Él soltó a Lucas, quien cayó como un fardo de carne inútil y sangrante contra el suelo. El traidor intentó balbucear, pero Killian ni siquiera lo miró. Su atención, antes dividida por el odio, se centró con una intensidad devastadora en la mujer que intentaba mantenerse erguida entre los escombros.—Llévenselo —ordenó Killian. Su voz no era un grito, era un trueno sordo que hizo vibrar las paredes—. No lo maten. No todavía. Quiero que cada minuto que pase hasta el amanecer sea un recordatorio de por qué nunca debió nacer. Entréguenlo a los hombres del sótano. Que aprendan de él lo que significa la agonía.Dos guardias entraron como sombras y arrastraron a un Lucas suplicante fuera de la oficina. Los gritos del traidor se fueron apagando por el pasillo, pero Killian ya no escuchaba.Él se dejó caer de rodillas frente a Alessia. Sus manos, que hace un segundo estaban listas para arrancar una vida, ahora temblaba
El silencio que siguió al estruendo de la puerta fue más aterrador que los disparos exteriores. Killian se quedó inmóvil en el umbral, su figura recortada por la luz mortecina del pasillo. Sus ojos no eran los de un hombre; eran dos abismos dorados fijos en la escena que tenía delante. Alessia, tirada en el suelo, con el rostro hinchado y la ropa desgarrada, intentaba tomar aire desesperadamente mientras Lucas, aún con el gancho clavado en el muslo, retrocedía arrastrándose por el suelo, presa de un pánico primario.—K-Killian... puedo explicarlo... —balbuceó Lucas, buscando a ciegas su arma, que había caído a unos metros.Killian no respondió con palabras. Caminó hacia él con una lentitud tortuosa, cada paso resonando como el martilleo de un ataúd. Ignoró las súplicas del traidor, sus ojos solo tenían espacio para los moratones que florecían en la piel de Alessia. “La tocaste”, rugía una voz dentro de su cabeza, una voz que exigía una carnicería que el mundo nunca había visto. “Manch
Daniela corría por los pasillos del aserradero como una exhalación de terror. Sus pequeñas botas resonaban contra la madera vieja, esquivando escombros y cables sueltos. El aire estaba saturado de un humo grisáceo que le quemaba la garganta, y el eco de los disparos la hacía saltar, pero las palabras de su madre ardían en su mente: “Corre hacia el ruido”.“Papá, por favor, papá...”, repetía como un mantra, con el pecho a punto de estallar.De pronto, al doblar una última esquina, el asfixiante escenario cambió por completo, una explanada descubierta que se encontraba bañada por la fría luz de la luna. Allí, esparcidos entre los cuerpos inertes y ensangrentados de los hombres que habían osado traicionarlo, estaba él. Killian avanzaba entre la destrucción con una calma verdaderamente aterradora, rodeado por un aura de muerte tan densa y pesada que habría espantado a cualquier ser humano. Pero no a ella.—¡PAPÁ! —el grito de la niña cortó el fragor de la batalla.Killian se detuvo en sec
El estruendo de la guerra exterior se acercaba, pero dentro de aquella oficina mugrienta, el aire se había vuelto denso y letal. Lucas, presa del pánico al escuchar la carnicería que Killian estaba desatando afuera, perdió toda su fachada de galán oscuro. Sus ojos bailaban erráticos, inyectados en sangre y desesperación. Sabía que si Killian lo encontraba, no habría una muerte rápida.—¡Ven aquí! —rugió Lucas, lanzándose sobre ellas con el arma en la mano. Su plan de gloria se había esfumado; ahora solo buscaba un seguro de vida.Alessia reaccionó por puro instinto materno. Empujó a Daniela detrás de ella, usando su cuerpo como un escudo de carne y hueso. El impacto del cuerpo de Lucas contra el suyo la dejó sin aire, pero ella no cedió ni un centímetro.—¡Daniela, ahora! —gritó Alessia, su voz rasgando el aire—. ¡Corre hacia el ruido! ¡Busca a tu padre! ¡Corre y no mires atrás!La niña se quedó paralizada, con los ojos desorbitados por el terror. Sus pequeñas manos se aferraban a la
El aserradero abandonado en el sector norte era un esqueleto de madera y metal que crujía bajo el viento helado de la madrugada. El olor a serrín podrido y aceite de motor inundaba el ambiente, mezclándose con el aroma metálico de la sangre que aún goteaba del labio de Alessia.Dentro de la oficina del capataz, convertida en una celda improvisada, Alessia mantenía a Daniela envuelta en sus brazos. Sus pensamientos eran un torbellino de culpa y furia. “Debí ser más rápida, debí matarlos a todos en la habitación”, se recriminaba mientras sentía el latido acelerado del corazón de su hija contra su pecho. Daniela ya no lloraba con ruido; solo sollozaba en silencio, un sonido que desgarraba a Alessia más que cualquier golpe.—Escúchame, Dani —susurró Alessia, obligando a la niña a mirarla a los ojos a pesar de que la luz parpadeante le daba a su propio rostro un aspecto espectral—. En cuanto esa puerta se abra, quiero que te escondas debajo de esa mesa vieja del rincón. No salgas, no impor







