INICIAR SESIÓN
Azalea
—Azalea —llamó alguien.
Me quedé paralizada. Mi corazón se aceleró. Llegaba tarde, y llegar tarde no era una opción. No esta noche. No con la vida de Amira pendiendo de un hilo.
—Espera —
Me detuve y me di la vuelta. Era Josh, un compañero de trabajo del centro comercial. Su mirada se suavizó al verme.
—¿Qué pasa, Josh? —le espeté, con un tono de irritación en la voz—. ¿Pasa algo?
—No —susurró, sonrojándose.
Suspiré para mis adentros. Josh sentía algo por mí. Era obvio por la forma en que me miraba, por cómo se le suavizaba la voz al hablar. Pero no podía dar cabida a la idea del amor. El amor era un lujo que no podía permitirme.
—¿Te vas a casa? —preguntó.
Lo miré fijamente, con el agotamiento y la irritación a flor de piel. —¿Qué significa eso siquiera?
—Yo… estaba pensando en acompañarte a casa.
—Gracias, pero no. Puedo arreglármelas sola —dije, ya dándome la vuelta.
Podía sentir su mirada posada en mí mientras me alejaba, pero no me importaba. Nadie podía saber que trabajaba en el bar. Nadie podía enterarse de hasta dónde estaba dispuesta a llegar para salvar a mi hermana.
Estaba haciendo malabares con dos trabajos, aguantando a duras penas. No importaba que mi dignidad se hubiera sacrificado hacía mucho tiempo. Cada dólar se destinaba a los tratamientos de Amira —sus tratamientos contra el cáncer—. Y eso no era barato.
Borré la imagen de Josh de mi mente y me abrí paso entre la multitud, desesperada por llegar a mi segundo trabajo. El bar no era lugar para alguien como yo, pero no tenía otra opción. La vida de Amira estaba en juego.
El aire en el bar era denso, húmedo por el sudor y el hedor del arrepentimiento. El tipo de lugar al que la gente venía a olvidar, y yo no era la excepción. Mi turno ya casi había terminado cuando los escuché por casualidad.
Dos hombres estaban sentados al final de la barra, acurrucados como si estuvieran compartiendo secretos. No estaba escuchando a escondidas, pero en este negocio, uno no puede evitar oír cosas. La desesperación tiene una forma de hacerte prestar atención.
“La chica se largó”, murmuró uno de los hombres, con frustración en cada palabra.
“¿Qué carajos quieres decir con ‘se largó’?”, siseó el otro. «Necesitamos a alguien ya».
«Desapareció. No la podemos localizar. Nada».
Agucé el oído.
«Se suponía que era perfecta. Discreta. Rápida. Todo estaba planeado».
«¿Cuánto iba a recibir?», preguntó el otro.
«Cinco mil por adelantado. Cinco mil después de la entrega».
Cinco mil.
Mi corazón latía con fuerza contra mi caja torácica. Cinco mil dólares. Más que suficiente para cubrir los tratamientos de Amira. No me importaba cuál fuera el trabajo. Necesitaba ese dinero.
Me limpié las manos en el delantal y traté de calmar mis nervios. Esta podría ser la oportunidad. El salvavidas que estaba esperando.
El hombre se puso de pie y se dirigió hacia la salida trasera. Lo seguí, con el pulso retumbando en mis oídos. El sudor me brotaba en las palmas de las manos.
«Puedo hacerlo», me susurré a mí misma. «Amira necesita esto».
Se dio la vuelta lentamente, como si no esperara a nadie detrás de él. Sus ojos —agudos y entrecerrados— me escudriñaron de pies a cabeza. No me inmuté. Ya no tenía nada que perder.
«Te escuché hablar», dije rápidamente. «Puedo hacerlo. Lo que sea. Pero necesito el dinero por adelantado».
Levantó una ceja, divertido. «Esa es una petición atrevida, cariño».
Me mantuve erguida, cruzando los brazos. «Necesitas a alguien. Aquí estoy».
Me estudió un momento más, luego esbozó una sonrisa burlona. «Eres perfecta».
«El dinero».
«Por supuesto, te pagaré primero», dijo con suavidad, sacando su celular. «Dime, cariño… ¿cuál es tu precio?»
¿Se estaba burlando de mí en ese momento? Sabía cuál era el precio, y no iba a bajar de ahí.
Le di una cifra, y él ni pestañeó. Sacó su celular y tecleó rápidamente. Un momento después, recibí la notificación.
Depósito recibido.
Debería haberme sentido aliviada. En cambio, sentí como si estuviera saltando al vacío. Pero no podía detenerme. No ahora. No con la vida de Amira en mis manos.
«¿Qué tengo que hacer?», pregunté, con voz firme.
Él sonrió, mostrando los dientes pero sin calidez alguna. «Sígueme».
Lo seguí rápidamente, adaptando mis pasos a los suyos por el sinuoso sendero. Finalmente se detuvo cuando llegamos a un rincón oscuro.
«¿El trabajo?», pregunté.
«Tu trabajo es sencillo. Rion Enterprises», murmuró. «Entra, roba los archivos y vete. Es bastante sencillo».
Sacó un dispositivo que parecía una herramienta de piratería de alta tecnología y me lo entregó.
«¿Cómo voy a entrar?», pregunté, tratando de mantener la voz tranquila. «¿Sin que me atrapen?»
«No tienes que preocuparte por eso, belleza. Tengo un espía adentro».
Esas palabras no me sentaron bien, pero no hice preguntas. Solo tenía que hacer el trabajo.
«Está bien», dije.
—Nos vemos aquí cuando traigas los archivos —anunció antes de darse la vuelta, despidiéndome.
Lo llamé: —¿Cómo te llamas?
Él miró hacia atrás, con los ojos fríos. —No necesitas saberlo, cariño. Solo haz tu trabajo.
—Entonces… ¿cómo te encontraré? —pregunté, aunque en realidad no quería saberlo.
Él esbozó una sonrisa burlona. «Yo te encontraré. No la cagues, o te encontraré. Y cuando lo haga, desearás que no lo hubiera hecho».
«¿A qué te refieres?»
«Y no creas que puedes huir con mi dinero sin hacer el trabajo. Te encontraré, y para cuando lo haga, te voy a volarle la cabeza, carajo».
*
Me quedé parada frente al edificio, con el corazón a mil. La noche estaba inquietantemente silenciosa; el único sonido era el zumbido del tráfico lejano. Cuando el guardia de seguridad de la entrada me vio, levantó una ceja.
«Azalea, ¿verdad?», preguntó.
Asentí con la cabeza, tratando de ocultar mi confusión. ¿Cómo sabía mi nombre? El nombre que usaba en el bar era falso.
«Entra».
Era una orden, no una pregunta.
«¿No habrá ningún problema?», pregunté.
«Ya me he encargado de todo. El sistema de seguridad no podrá detectarte», susurró en voz baja, pero lo suficientemente alta como para que yo lo oyera. «No tendrás ningún problema. Solo haz tu trabajo».
Entré, con los nervios a flor de piel. Esto ya no era solo un trabajo. Era mi única salida.
Llegué a la bóveda y burlé el sistema de seguridad sin ningún contratiempo. Pero cuando abrí la puerta, se me hizo un nudo en el estómago.
Los archivos habían desaparecido.
Un espacio vacío donde deberían haber estado.
El pánico se apoderó de mí. Esto no debía haber pasado. Se suponía que debía conseguir el dinero restante. Se suponía que debía salvar a Amira.
Unos pasos resonaron en el pasillo, pesados y fuertes, cada vez más cerca.
Cerré la puerta de un portazo, con el corazón en la boca. Tenía que salir. Tenía que irme antes de que se dieran cuenta de que yo estaba involucrado en este lío.
Me di la vuelta y corrí hacia la salida.
Pero ya no había salida.
***
Mensaje para los lectores:Prepárate para un viaje a las sombras de la obsesión, el poder y el romance oscuro. Propiedad del diablo no es para los débiles de corazón. Es una historia de traición, manipulación y un amor que florece en la oscuridad.
A medida que la línea entre el odio y el deseo se difumina, te verás cautivado por la atracción implacable de un hombre que se nutre del control y una mujer que nunca tuvo la intención de convertirse en su debilidad.
Esta historia explora las emociones más crudas e intensas, donde cada decisión tiene un precio y cada deseo conlleva una consecuencia peligrosa.
Si estás listo para un amor que desafía toda razón y se sumerge en lo más profundo del inframundo del poder y la manipulación, estás en el lugar correcto.
Se recomienda discreción al lector. Avanza con precaución, pero ten en cuenta que has entrado en un mundo donde las reglas del amor, la lealtad y la supervivencia se reescriben.
AzaleaCuando miro hacia atrás a la mujer que solía ser—esa chica asustada ahogada en deudas y elecciones imposibles—apenas puedo reconocerla ya.Ella se siente como alguien de una historia que leí una vez, no la vida que realmente viví.Vivir con Adriano nunca había sido simple. Era una tormenta envuelta en trajes caros, peligro disfrazado de protección. Podía ser cruel en un momento y tierno al siguiente, como dos hombres diferentes compartiendo el mismo cuerpo. Era todo lo que debería haberme asustado, sin embargo, de alguna manera, contra toda lógica, se convirtió en mío.Esa noche, cuando la casa estaba tranquila y Amira estaba cómodamente en la cama, Adriano vino hacia mí. No había una sonrisa burlona en sus labios, ni arrogancia en su mirada, ni muros de acero a su alrededor.Se veía humano, vulnerable y desgarradoramente roto. Sus ojos oscuros encontraron los míos, y por primera vez desde que lo conocí, no vi sombras de poder o violencia allí, solo verdad.“Azalea,” dijo mi no
Adriano“¿Enferma?” pregunté, tratando de mantener mi voz neutral. “No había oído nada al respecto. ¿Cómo lo sabes?”“Salió en las noticias,” respondió suavemente. “Dijeron que estaba actuando de manera loca, como si hubiera perdido completamente la razón.”“Ya veo.”Azalea apoyó su cabeza contra mi pecho, y pude sentir su tristeza. “Siento pena por ella.”Sus palabras hicieron que mi sangre se helara. “¿Por qué? ¿Por qué sentir pena por alguien que te trató tan mal?”“Porque solía ser mi amiga,” dijo simplemente. “Lo que pasó entre nosotras debió ser algún tipo de malentendido.”La miré con completa incredulidad. ¿Un malentendido? Chiara había contratado hombres para violarla y transmitirlo en vivo para que el mundo lo viera. No había malentendido sobre ese nivel de maldad.Esta inocencia suya - esta capacidad de ver lo bueno en todos, incluso en aquellos que querían destruirla - era tanto lo que más amaba de Azalea como lo que más me aterraba. En mi oscuro mundo, tal pureza era peli
Adriano—¿Estás lista, cariño? —le pregunté a mi esposa Azalea mientras me acomodaba la corbata frente al espejo.—Sí, ya estoy vestida —respondió, caminando hacia mí. Su vestido ejecutivo negro le quedaba a la perfección, haciéndola lucir tanto profesional como deslumbrante.Durante semanas, había estado buscando a Alex sin éxito. Mis hombres no podían encontrar ni el más mínimo rastro de él en ninguna parte. Incluso coloqué a parte de mi gente dentro de su empresa, con la esperanza de que me avisaran si aparecía. Pero ese bastardo astuto nunca se presentó. Esto me decía una sola cosa: sabía que yo era quien había matado a sus padres.Por esa misma razón decidí llevar a Azalea a trabajar a mi empresa. Si la mantenía cerca, podría protegerla mejor.—Todavía no entiendo por qué quieres que trabaje en tu empresa —dijo, con las mejillas volviéndose rosas por la vergüenza.—Porque te ves hermosa —susurré, atrayéndola a mis brazos—. Desearía poder encerrarte en esta casa para que ningún ot
AlexObservé la habitación que Elena me había asignado. Era cómoda y acogedora, lo que me hacía sentir seguro. Me recosté en la cama mientras mi mente volvía a los últimos momentos que pasé con mi madre.Nunca antes, desde que nací, había sido tan amable y cariñosa conmigo. Por lo general, solo me demostraba afecto cuando yo podía serle útil. Incluso había planeado deshacerme de ella una vez que me ocupara de Adriano.Suspiré, pensando en cómo podría planear mi venganza ahora. Usaría la muerte de mis padres como la excusa perfecta para destruirlo de una vez por todas.Al menos mi madre había hecho algo bueno por mí al morir: ahora tenía una razón legítima que cualquiera entendería.De repente, un pensamiento me golpeó como un rayo. Adriano podría localizarme si decidía rastrear mi número de teléfono. Rápidamente tomé el teléfono, lo apagué y le quité la tarjeta SIM. La tiré a la papelera de la habitación.Ni siquiera podía ir a mi empresa ahora; sería demasiado peligroso. Tendría que
AlexLa habitación del hospital se sentía demasiado silenciosa después de que mis padres se fueron. Sus voces aún resonaban en mis oídos: las promesas de mi madre, la rabia de mi padre.Por primera vez en mi vida, pensé que finalmente estábamos trabajando juntos hacia un mismo objetivo: destruir a Adriano.Cerré los ojos y caí en un sueño inquieto, aferrándome a ese pequeño sentimiento de victoria. Mañana, me dije a mí mismo.Mañana me despertaría para escuchar que Adriano estaba muerto, y todo lo que poseía finalmente sería mío.Pero la mañana llegó con algo muy diferente.La televisión en la pared del hospital mostraba noticias de última hora. Al principio, las palabras se veían borrosas. Los analgésicos me dificultaban pensar con claridad. Pero luego vi algo que me congeló la sangre.“Líder empresarial y su esposa mueren en un terrible accidente automovilístico. No hay supervivientes.”Mi corazón dejó de latir.La pantalla mostraba las luces parpadeantes de la policía, cristales ro
AlexEl zumbido en mis oídos no cesaba. Era lo único que me mantenía despierto: el eco del disparo que me había atravesado el cuerpo.Aún podía ver el rostro de Adriano con claridad. Frío e insensible. Su dedo había estado firme en el gatillo, como si matarme no significara nada para él. Sin pausas. Sin culpa. Solo un odio helado en sus ojos cuando la bala se incrustó en mi costado.El dolor había sido insoportable. Recordaba haberme tambaleado y caído, con mi sangre salpicando el suelo de mármol de su oficina.La misma oficina desde donde gobernaba su imperio a través del miedo. Mis piernas cedieron y todo empezó a dar vueltas. Él pensó que yo ya estaba muerto.Pero no lo estaba. Aún no.Cada respiración se sentía como fuego ardiendo en mi pecho. La oscuridad intentaba arrastrarme hacia abajo, pero luché contra ella.—¡Alex! —escuché gritar a mi madre mientras corría hacia mí. Me tomó en sus brazos y sentí sus lágrimas caer sobre mi rostro—. Mi hijo.Nunca supe que mi madre me amaba







