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El circo del demonio (Parte 3)

Autor: Petit
last update Fecha de publicación: 2026-10-05 01:03:39

Doménico extendió su mano enorme para tomar la llave del cerrojo, pero antes de que pudiera rozar el metal, una detonación seca cortó la música de golpe. El estruendo de un disparo al aire retumbó bajo la lona de la carpa, haciendo que el murmullo de los hombres se apagara al instante.

El silencio que siguió fue denso, pesado, cargado de peligro, ese peligro que alertaba a todos. Los hombres desenfundaron sus armas.

Entre la muchedumbre de criminales armados que se abría a toda prisa, avanzó un hombre mayor, de cabello canoso, porte imponente y rostro marcado por una furia ciega. Sostenía un revólver de alto calibre que todavía humeaba hacia el techo.

—¡Doménico Carpio, exijo una explicación a semejante atropello! —rugió Bartolomé Montes, con un tono de voz potente que sonó como el gruñido de un animal enfurecido—. ¡Esto no es lo que esperé de ti cuando te encomendé la protección de mi hija y aseguraste hacerlo con diligencia!

Los hombres de la cúpula se quedaron de piedra. Las sonrisas burlonas se borraron de golpe de los rostros de los socios. Aran cerró los ojos, sintiendo que el suelo terminaba de tragárselo.

En la jaula, Anna Karerina se aferró con más fuerza a los barrotes al ver a su padre. La humillación se transformó en una rabia sofocante.

—¡Sáquenme de esta vaina! —gritó Anna Karerina con la voz descompuesta por la indignación—. ¡Papá, dile a tus matones que me saquen de esta porquería ahora mismo!

Bartolomé avanzó hasta quedar frente a frente con Doménico. Sus ojos echaban chispas.

—¡Te entregué la vida de mi mayor tesoro, la joya de mi familia, mi muñeca preciada! —gritó el viejo Don, apuntando con el dedo tembloroso hacia la estructura dorada—. ¡Te pagué para que la cuidaras y la encuentro encerrada en una jaula de circo como si fuera un trofeo barato para tus borrachos! ¡Eres un incompetente!

Doménico no pestañeó. La ira le bullía por dentro, cómo una ola caliente y oscura que le quemaba las entrañas. Saber que esa mujercita terca, la que lo había insultado sin piedad y lo había mirado con desprecio, era la famosa hija de Bartolomé a la que había ignorado por años, lo llenó de coraje, violento, deseaba acabar con todo alrededor. Pero en su mundo, el poder no se cedía. Admitir el error frente a sus hombres y socios significaba perder el control de la plaza.

Lejos de disculparse o agachar la cabeza, Doménico dio un paso al frente, imponiendo su figura contra el viejo.

—A mí no me gritas en mi fiesta, Bartolomé —le respondió Doménico con un tono de voz helada, rasposa, que hizo temblar a los que estaban cerca—. Tu hija andaba metiendo la nariz donde no debía, jugando a la meterse con mis enemigos. Si está metida en esta jaula es porque tus modales de padre no sirvieron para frenarla.

—¡Es mi hija! —rugió Bartolomé, alzando el arma—. ¡Y no voy a permitir que la exhibas como un monigote!

—A partir de esta noche no es solo tu hija —decretó Doménico con arrogancia cruenta, mirando de reojo a la chica que lo maldecía en silencio—. Ya que reclamas tanto tu contrato, me la quedo. Desde este segundo, esta mujer es mi propiedad frente a toda la plaza. Y de mi territorio no sale.

—¡Yo no soy propiedad de nadie, pedazo de animal! —le gritó Anna Karerina desde adentro, pateando el barrotero con todas sus fuerzas—. ¡Antes muerta que ser algo tuyo!

Sin hacerle el menor caso a los gritos de la chica, Doménico metió la llave en la cerradura. El mecanismo cedió con un chasquido metálico. Tiró de la puerta de hierro con un golpe seco que resonó en toda la carpa.

Anna Karerina no esperó. Intentó abalanzarse hacia afuera para estamparle el puño en la cara al gigante que la miraba con desprecio. Pero Doménico fue más rápido. Su mano enorme y pesada se movió en el aire y la atrapó de lleno por la quijada, frenando su impacto de golpe. Los dedos del capo se clavaron con fuerza brutal en las mejillas de la abogada, obligándola a alzar el rostro para mirarlo a los ojos.

—Te dije que te callaras la boca, muñeca —le susurró Doménico a milímetros de su cara, disfrutando el ardor y la furia instintiva que emanaba de la piel blanca de la mujer.

Anna Karerina sintió el agarre de hierro en su rostro, la humillación aplastante de ser sometida de esa forma frente a decenas de hombres. El dolor le recorrió la mandíbula, pero la rabia le nubló el juicio. Sin dudarlo un solo segundo, deslizó su mano derecha hacia el bolsillo oculto de su chaqueta. Sus dedos pequeños y firmes apretaron el cuerpo de metal de su bolígrafo táctico.

Con un movimiento rápido, impulsado por todo el odio que llevaba acumulado en esos dos días de cautiverio, Anna Karerina levantó el brazo y le clavó la punta de acero del bolígrafo directamente en el lateral del cuello a Doménico.

El metal perforó la piel del capo. La sangre brotó de inmediato, manchando la camisa negra del gigante.

Doménico soltó un gruñido ahogado de sorpresa y dolor, soltándola del rostro mientras retrocedía un paso, llevándose la mano a la herida abierta. Anna Karerina cayó de pie sobre la plataforma, respirando con dificultad, con los ojos azules encendidos en una promesa de muerte.

Antes de que alguno de los hombres pudiera reaccionar o sacar un arma, un detonador secundario retumbó en las afueras del recinto y todas las luces de la carpa se apagaron de golpe, sumiendo el lugar en una oscuridad absoluta.

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