INICIAR SESIÓNLas palabras de Anna quedaron flotando en el aire como si le hubiera dado un bofetón. La música de fondo pareció amortiguarse bajo la tensión que se instaló entre ambos. Doménico no se movió un solo centímetro, pero el ambiente a su alrededor cambió de inmediato. Sus hombres, acostumbrados a verlo aplastar a cualquiera que se atreviera a alzarle la voz, guardaron silencio por un segundo antes de romper en carcajadas brutales.
—¡Te salió brava la chiquita, Carpio! —gritó uno de los socios del fondo, alzando su copa—. ¡Esa cosita tiene más veneno que una serpiente! —¡Muéstrale quién manda, Jefe! ¡Bájale los humos a la cosita esa rara! —añadió otro con voz ronca por el alcohol. Doménico no apartó sus ojos de la chica. Su mirada descendió lentamente por el cuerpo de Anna, evaluando cada detalle con una mezcla de aburrimiento y una atracción indeseada que le recorría la piel como una corriente eléctrica. Le molestaba profundamente lo pequeña que era. Para un hombre de su envergadura, una mole de músculos acostumbra a tomar lo que quiere con la fuerza, esa mujer parecía frágil como un juguete de porcelana. Sin embargo, en esos ojos azules que lo miraban con odio puro no había ni una gota de fragilidad. Había un fuego salvaje que le encendía los instintos más oscuros. —Tienes la boca demasiado grande para lo poco que mides —le escupió Doménico en un murmullo profundo, acercándose un paso más a los barrotes dorados. Su sombra enorme cubrió casi por completo la jaula—. Deberías medir tus palabras, muñequita. Aquí no estás en tu mundo de vestidos caros y aire acondicionado. —¡A mí no me hables como si fuera una de las estúpidas que se meten en tu cama! —lo retó Anna Karerina, agarrando las barras de metal con sus manos pequeñas y apretando los nudillos hasta ponerlos blancos—. No me importa quién seas ni la cantidad de imbéciles armados que tengas cuidándote las espaldas. ¡Me sacas de esta porquería ahora mismo o te juro que voy a destruir tu miserable vida en un tribunal! Doménico soltó una carcajada seca, un sonido áspero que no contenía la menor pizca de alegría. Su rostro volvió a endurecerse, mostrando la frialdad que lo caracterizaba. —¿En un tribunal? —repetió con burla, inclinándose apenas para quedar a la altura de su rostro—. Qué tierna eres. Esta ciudad es mía, la ley la escribo yo y tú solo eres un regalo de cumpleaños que aún no decido si voy a usar o si voy a tirar a la basura. A pocos pasos, Aran Rauseo sentía que el suelo se le tragaba. El sudor frío le corría por la nuca, empapándole el cuello de la camisa. Se abrió paso entre los hombres a empujones, desesperado por detener el desastre antes de que fuera demasiado tarde. Sabía perfectamente lo que pasaría si Doménico descubría que la mujer a la que estaba humillando y mirando con ese deseo cruento era la hija del Don más peligroso de la región, la misma chica que tenía la orden estricta de proteger. —¡Paren esto! ¡Paren esta locura ya mismo! —gritó Aran con la voz alterada, llegando al lado de los hombres que sostenían las cuerdas de la jaula—. ¡Cometieron un error! ¡Esa mujer no puede estar aquí! Los hombres lo miraron extrañados, on con desprecio, sin soltar los controles de la estructura. —¿De qué hablas, Aran? —dijo uno de los capitanes, dándole un empujón en el pecho—. Es la sorpresa del jefe. Déjalo que se divierta un rato. Mira cómo lo mira la fiera esa. —¡Ustedes no entienden, imbéciles! —insistió Aran, con los ojos fuera de sus órbitas y el rostro descompuesto por el pánico—. ¡Esa mujer es intocable! ¡Nos va a matar a todos si le ponen una mano encima! Pero nadie le prestaba atención. El tumulto de hombres ebrios, las burlas y los gritos obscenamente explícitos sofocaban sus advertencias. Los socios de Doménico seguían aplaudiendo, exigiendo que abriera la puerta para ver hasta dónde llegaba la valentía de la cautiva. Anna Karerina no le quitaba la mirada de encima a Doménico. Sentía una humillación atroz, un ardor en el pecho que le quemaba por dentro al verse expuesta como un animal de circo frente a esa jauría de criminales. Pero su orgullo no le permitía doblarse. Prefería morir antes que mostrar debilidad frente a ese gigante tatuado que la miraba con de morbo y desprecio. —¿Vas a quedarte ahí parado mirándome como un idiota o vas a abrir esta puerta? —lo volvió a desafiar Anna Karerina, clavándole las uñas a las barras—. Cobarde. Necesitas encerrar a una mujer para sentirte hombre. Doménico frunció el ceño, y en sus ojos negros se encendió un brillo peligroso. La arrogancia de la chica lo estaba sacando de quicio. Su ego no toleraba el descaro de esa criatura que apenas le llegaba al pecho. —Nadie me llama cobarde en mi propio terreno, niña —le respondió enojado, dando un paso definitivo hacia el cerrojo de la jaula—. Vamos a ver si mantienes esa bocaza abierta cuando estés fuera de las barras.Doménico soltó un rugido de dolor y rabia, dando dos pasos hacia atrás mientras se llevaba la mano a la cara. La fuerza del golpe le partió el labio superior de inmediato. La sangre caliente comenzó a brotarle a borbotones, mezclándose con la barba y bajó por su mentón.Anna Karerina aprovechó el espacio ganado para salir del acorralamiento. Respiró hondo, con el pecho agitado de manera desenfrenada, colocándose a una distancia prudente con el estilete sostenido al frente, lista para volver a atacar si el capo se le lanzaba encima.Doménico se pasó el dorso de la mano por el labio, mirando la mancha roja que le cubría la piel. Se quedó mudo por espacio de unos segundos ante la sorpresa y la indignación. Estaba impactado ante la osadía de Anna. No podía creer su nivel de altanería. La sangre le hervía de la ira. Era demasiado para un solo día, era ridículo que una mujercita como ella le haya sacado sangre varias veces en el mismo día. Su mirada se oscureció, dejó ver la sed de venganza q
El pulso acelerado de Doménico retumbaba con fuerza bajo la punta del estilete. El fino hilo de sangre que corría por su garganta le quemaba la piel, pero la rabia que le inflamaba el pecho dolía muchísimo más. Miraba de cerca los ojos celestes de Anna Karerina, encendidos en una furia tan grande que parecía incapaz de caber en su cuerpo tan pequeño. Estaban tan cerca que sus alientos agitados se mezclaban en un aire denso, pesado, cargado de tanto odio y un calor indeseado que amenazaba con incinerarlos a ambos.—No me tientes, muñequita —murmuró Doménico con la voz reducida a un susurro oscuro, rasposo, cargado de una promesa mortal—. Tienes una aguja de metal pegada a mi piel, pero sigues atrapada entre mi cuerpo y esta pared. Un solo movimiento mío y te aplasto antes de que consigas enterrármela del todo.—Inténtalo, Carpio —lo desafió Anna, apretando la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. La mano le temblaba por la adrenalina, pero no retrocedió ni un solo milímetro—. Ponm
La humillación de saberse asediado, por una mujer y tan insignificante para él, aunado a la rabia de comprobar que precisamente su protegida era en realidad la mente detrás de sus mayores pérdidas económicas y, lo peor, la soberbia insoportable que se gastaba esa criatura, lo sacaron por completo de quicio.—Eres una maldita piedra en el zapato —murmuró Doménico con un rugido de su voz grave, rasposa, que prometía la muerte—. Así me eché a Bartolomé de enemigo, esta noche acabaré contigo. No puedo tener bajo mi techo al veneno que en cualquier momento me matará. Eres tú o yo, pero juntos no funcionamos, barbie chiquitita. En un movimiento rápido y brutal, Doménico dio dos pasos al frente, acorralándola contra la pared de madera. El impacto del cuerpo de Anna Karerina contra el muro hizo temblar los cuadros de la estancia. Doménico pegó su enorme anatomía tan cerca de la de ella, atrapándola entre su peso y la pared, que pareció sofocarla. Le puso las manos a los lados de la cabeza, enc
Aunque lo intentaba, no podía contener dejar ver su odio hacia esa minúscula mujer. Le costaba creer que un ser tan compacto pudiera desestabilizar a toda una organización bien estructurada.—Cállate la boca y camina —le gritó Doménico, acercándose a ella con paso amenazante, disfrutando el momento en que los dos escoltas le agarraron los brazos con fuerza para arrastrarla fuera de la carpa—. Agradece que no te pego un tiro aquí mismo por lo que le hiciste a mis rutas. Pero tranquila, mi amor... en esa habitación vas a tener bastante tiempo para pensar en cómo vas a reparar todo el daño que me has hecho.Los hombres se la llevaron a rastras mientras ella pataleaba y maldecía en vano.Doménico caminó hacia su despacho en el fondo de la propiedad. Necesitaba limpiarse la sangre, cambiarse la camisa y tratar la herida de su cuello. La ira le nublaba el juicio. Al entrar a su oficina, se tiró sobre el sillón de cuero, respirando agitadamente. Sobre el escritorio de madera oscura yacía el
Bartolomé dio un paso más hacia Doménico, aprovechando la tensión sofocante del momento. El viejo Don no se inmutó ante la mirada asesina del capo ni ante las armas que los escoltas de la casa comenzaban a acariciar de manera amenazante. Su rostro, gastado y pálido bajo las luces de emergencia, reflejaba un cansancio que iba mucho más allá de lo que tenía que hacer para mantenerse en ese mundo y la rabia por el secuestro de su hija.—Crees que este contrato es un capricho mío para amargarte la existencia, Carpio —soltó Bartolomé, con un tono de voz baja, ahogada—. Crees que te metí a mi hija en la vida por pura ambición política o para arruinarte el negocio.—¡Metiste a una mamba en mi territorio, Bartolomé! —le gritó enojado—. Esa serpiente me está serruchando el piso desde un juzgado —le reclamó Doménico, apretando los puños a los costados, sintiendo cómo la sangre tibia del cuello le volvía a correr por el pecho—. Me engañaste, viejo. Me dijiste que solo debía cuidarla de tus enem
El cuerpo de Anna Karerina cayó de golpe contra la tierra húmeda cuando Doménico soltó su cuello. Ella se arrastró en el suelo tosiendo con desesperación, intentando recuperar el aliento al sentir el pecho ardiendo por la asfixia. A pesar de eso, no apartó su mirada del capo. La saliva que le había escupido a Domenico en el rostro, se mezcló con la sangre de la herida y le resbalaba por la mejilla.Doménico ni siquiera se limpió la cara. La furia le nublaba la vista, pero no hacia la chiquilla que yacía a sus pies, sino por el imbécil que había permitido que semejante desastre ocurriera en su propia casa.Dio media vuelta y caminó a pasos agigantados hacia Aran Rauseo, quien permanecía temblando a pocos metros de la jaula, con el rostro blanco como un papel.—¡Ven acá, pedazo de inútil! —rugió Doménico con un tono de voz que hizo estremecer los cimientos de la carpa.Aran no tuvo tiempo de reaccionar. Doménico lo agarró por la solapa del traje y le estampó un puñetazo brutal en pleno







