FAZER LOGIN— Quiero escucharlo de ti. Quiero verte mirarme a los ojos y me digas que no son míos… sin apartar la mirada ni una sola vez. Tragué saliva, porque ese juego era cruel. Sabía que cualquier mínima vacilación en mi expresión sería combustible para sus sospechas. Levanté la barbilla, lo miré fijamente a los ojos sin pestañear y hablé pausadamente: — Ellos. No. Son. Tuyos. El músculo en la mandíbula de Damian se contrajo, y su respiración rozó mi rostro, cálida, constante. — Has mejorado en esto, Harper… —murmuró, usando mi apellido como una provocación — Pero no eres tan buena. — O tal vez solo estás escuchando lo que quieres oír. — repliqué, intentando ignorar la proximidad sofocante. — No te gusta perder, pero a veces, perder es inevitable. Acéptalo y desaparece de mi vida. Stella estaba desesperada. Después de abandonar la universidad para pagar las deudas que había dejado su padre, todo lo que quería era empezar de nuevo, incluso si para ello necesitaba falsificar un currículum y tragarse el orgullo para conseguir un empleo como secretaria del implacable CEO Damian Winter. Lo que no esperaba era que su nuevo jefe fuera tan atractivo como peligroso... y que una serie de provocaciones y encuentros intensos terminarían llevándolos a un contrato indecente. Un acuerdo secreto, regido por el poder y el deseo, en el cual Stella se comprometía a satisfacer los caprichos de Damian, con la única condición de nunca quedar embarazada. ¿Pero qué pasa cuando Stella descubre que rompió ese acuerdo? Ahora, embarazada y con el corazón en ruinas, Stella se entera por televisión que Damian está comprometido con una rica heredera. Ocultar esta verdad parece ser la única opción. Pero los secretos no permanecen enterrados para siempre.
Ver maisSTELLA HARPER
Miraba fijamente la prueba de embarazo sobre la encimera, repitiéndome una y otra vez: «Para, Stella, no puede ser, no es posible». Llevaba semanas engañándome a mí misma, pero el retraso, los mareos, las náuseas… ya se habían convertido en rutina. Al final, no aguanté más. Tres meses atrás había firmado un contrato con Damian, mi jefe. En ese contrato me comprometía a satisfacer sus necesidades sexuales en absoluto secreto y con la condición de tomar anticonceptivos de forma regular para evitar cualquier embarazo. Si ocurría un embarazo, tendría que pagar diez veces el valor que él me pagaba: una suma imposible para mí, que aún luchaba por saldar las deudas de juego de mi padre fallecido. El recuerdo de la noche anterior todavía ardía bajo mi piel. Cerré los ojos y, por un instante, volví a ser arrastrada a aquella habitación. El olor de él seguía impregnado en las sábanas, la penumbra rota solo por la luz débil de la lámpara, la respiración agitada que llenaba el silencio. Damian me tumbó sobre los cojines como si estuviera manejando algo frágil. Sus ojos, oscuros, se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo olvidar por un segundo que aquello era un contrato. Se inclinó sobre mí y su aliento rozó mi piel antes que sus labios. El primer beso no fue en la boca: fue en la curva de mi cuello. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, arqueándose bajo él, entregándose a ese roce como una condenada al placer. Sus manos bajaron por mis muslos, firmes, exigentes. —Mírame —ordenó cuando me penetró de una sola vez. Sus ojos en los míos, como si quisiera verme derrumbarme por dentro. Y yo lo miré. El mundo desapareció. Solo existía él dentro de mí, el peso de su cuerpo sobre el mío, el calor insoportable de su piel contra la mía. Se movía con fuerza. Sus dedos se entrelazaron con los míos por un breve instante y, cuando me di cuenta, ya los había soltado. Como si se hubiera traicionado a sí mismo. Yo quería no sentir nada. Pero mi cuerpo gritaba por él como si hubiera sido creado para eso. —Damian… Podía oír mi propia voz gimiendo su nombre. Abrí los ojos y volví a la realidad. Un sollozo escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo. Eché la cabeza hacia atrás, intentando mantener el aire en los pulmones. Tomé valor, cogí la prueba y, con pasos temblorosos, me acerqué al baño. Mis dedos temblaban cuando agarré el envase y lo rasgué. El estómago se me revolvió con tanta fuerza que tuve que apoyarme en el lavabo para no derrumbarme. Seguí las instrucciones como una autómata, casi sin pensar, intentando bloquear el pánico que amenazaba con tragarme. Coloqué la prueba sobre el lavabo y retrocedí, como si fuera radiactiva. Tres minutos. Eso decía el manual. Empecé a caminar de un lado a otro en el espacio reducido, con los brazos cruzados sobre el pecho. «Es imposible. Tomé la pastilla tal como me ordenó, hice exactamente lo que decía el contrato. Tengo que estar protegida». La alarma de mi móvil sonó. Respiré hondo y regresé al lavabo. Cuando por fin miré la pantalla… Dos rayas. Positivo. —No… —susurré—. No, no puede ser… Mi móvil empezó a vibrar sobre la encimera, sacándome del estado de shock. Lo cogí con manos temblorosas. Damian. Tragué saliva y contesté. —¿Qué es ese mensaje de que no vienes hoy a trabajar? —preguntó, visiblemente irritado. Intenté controlar la voz. —Yo… no me siento bien. Silencio. Después, una risa corta y sin humor. —Ah, ¿otra vez esa historia? —gruñó—. Ya fui suficientemente amable anoche. No tenemos motivos para esto, Stella. Mi corazón latía demasiado fuerte. La verdad se me había quedado atascada en la garganta. Tenía que decírselo. Tenía que… —Damian, yo… —Basta de dramas, Stella —me cortó, brusco—. Vístete y estate en la oficina antes de las nueve. La llamada terminó. Miré la pantalla, el reflejo distorsionado de mi cara en el cristal negro. Colgó antes de que pudiera hablar. Las lágrimas llegaron primero en silencio, luego en sollozos que sacudían todo mi cuerpo. Me senté en el suelo y enterré la cara entre las manos. Oí la puerta de entrada abrirse, pero no me moví. —¿Stella? —la voz de Leah, mi mejor amiga, resonó por el apartamento, cansada después del trabajo—. ¡Ya llegué! No contesté. No podía. —¿Stella? —apareció en la puerta del baño y se detuvo al verme en el suelo, llorando—. Dios mío… ¿qué pasó? Leah corrió hacia mí, se arrodilló y me atrajo a sus brazos. —¿Qué te pasa? ¿Estás herida? —Yo… estoy… —mi voz salió entre sollozos— estoy embarazada… —¿Embarazada? —repitió, sorprendida, mirando las pruebas tiradas en el suelo. Luego me abrazó más fuerte—. Oh, Stella… —He incumplido el contrato —susurré contra su hombro—. Tengo que pagar diez veces lo que recibí. No tengo ese dinero, Leah —hablé en voz baja, con los ojos fijos en la nada—. Es imposible pagar diez veces lo que me pagó en estos tres meses. —Stella… —murmuró Leah, con mirada preocupada. —No tengo otra opción —mi voz salió baja, casi sin vida—. La única salida… es interrumpir el embarazo. Antes de que sea demasiado tarde. —Tranquila, vamos al salón, cálmate y bebe un poco de agua. —Me dejé arrastrar por ella. Me senté y bebí el vaso que me entregó—. Estabas diciendo que vas a… que estás pensando en… Asentí con un movimiento tembloroso de cabeza. El estómago se me revolvió al pronunciar en silencio la palabra que no conseguía decir en voz alta: abortar. —No puedo tener este bebé, Leah. Él va a destruirme. Va a pensar que lo hice a propósito. Me va a odiar. Me va a despedir. Me va a demandar. —Pero… ¿es eso lo que realmente quieres? ¿Estás segura? Abrí la boca para responder. Pero no salió nada. Por un segundo vi una imagen borrosa del futuro: un niño. Pequeño. Frágil. Llamándome mamá. El pecho se me apretó. Y esta vez no fue de miedo. —Yo… —llevé la mano a mi vientre—. No sé. No sé qué hacer, Leah. Pero… ¿y si esto es lo único bueno que tengo? ¿Y si este bebé es… la única parte buena de todo esto? Ella se inclinó y me tomó las manos. —Entonces escúchame bien. —Sus ojos estaban llenos de ternura—. Damian puede parecer un monstruo, pero no te va a atar a un contrato ahora. Es una vida. Un hijo suyo. Tienes que contárselo. Antes de decidir nada, antes de ir a cualquier clínica, tienes que decírselo. Estoy segura de que no se toma tan en serio ese contrato, era solo una forma de protegerse. Ya verás. Pero yo no lo creía. Él se tomaba todo en serio, y peor aún: pensaría que me había quedado embarazada a propósito para usar a ese pequeño heredero y disputarle su fortuna. —Espera… —dije cuando la televisión encendida en el salón llamó mi atención. En la pantalla, una noticia me aplastó: Damian Winter se había comprometido con Sophie Positron, heredera de una familia rica. Tragué saliva. Sentí una punzada de dolor en el vientre. Él me había dicho: «Tú solo puedes ser mi secretaria». Solo secretaria. No esposa. Nunca tendría un lugar a su lado. Nunca. Y en ese momento, una decisión se apoderó de mí. Tenía que huir. A un lugar lejano, fuera del alcance de Damian Winter.LEAH HAMPTONEl camino de regreso al auto pareció mucho más largo que el de ida. Cada paso exigía un esfuerzo monumental.Desmontamos el campamento en tiempo récord. A Markus no le importaron las varillas dobladas ni la lona llena de tierra, simplemente metió todo en el maletero de cualquier manera. Mark estaba acostado en el asiento trasero, con el pie lastimado metido dentro de la hielera de cervezas tibias.Condujimos hasta la ciudad más cercana que tenía señal de celular y un hospital decente.El área de urgencias estaba vacía a esa hora de la tarde. La enfermera de triaje abrió mucho los ojos cuando entramos. Debo admitir que parecíamos haber sobrevivido a un ataque de lobos.Nos atendieron rápidamente. El médico de guardia confirmó mi diagnóstico: el esguince de Mark era leve, solo requería hielo, reposo y una bota ortopédica durante algunos días. Los rasguños fueron limpiados y vendados. Markus necesitó algunos puntos superficiales en la espalda debido a la bajada por el barran
MARKUS BLACKWOODUn grito desgarró el aire de la montaña. No era el grito de un niño. Era la voz de Leah.—¡Leah! —grité de vuelta. Giré en dirección al sonido y empecé a correr—. ¡Leah! ¡¿Dónde estás?!El ruido del arroyo volvió a hacerse más fuerte, lo que significaba que estaba regresando cerca del campamento.Atravesé la última barrera de arbustos y la vi.Estaba de pie al borde de una pendiente pronunciada, mirando hacia abajo, hacia la oscuridad de un barranco estrecho, con las manos cubriéndole la boca y los ojos muy abiertos.—¡Leah! —Llegué hasta ella en tres grandes pasos y la agarré por los hombros—. ¿Qué pasó? ¡¿Dónde está?!Ella no podía hablar, solo señaló con un dedo tembloroso.—No, no, no... —El murmullo escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo.Di un paso hacia adelante, casi resbalando en el borde traicionero, y miré hacia abajo.El barranco era empinado. La tierra allí era blanda y resbaladiza, llena de piedras sueltas y raíces expuestas, descendiendo u
MARKUS BLACKWOOD—¡Mark!Mi voz desgarró el aire, raspándome la garganta. El sonido simplemente desapareció, tragado por la inmensidad verde. Ninguna respuesta.—¡Mark! ¡Respóndele a papá!Miré el agua. Era poco profunda, apenas llegaba a los tobillos, lo bastante cristalina como para ver los guijarros del fondo. No se había ahogado ni había sido arrastrado por la corriente. Era imposible.¿Adónde había ido? ¿Cómo podía un niño de ocho años simplemente evaporarse en el aire en un abrir y cerrar de ojos?—¡Markus! —gritó Leah.Metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el celular. Desbloqueé la pantalla.Sin servicio.Ninguna señal. Ni una sola barra. Solté una maldición, sintiendo ganas de lanzar el teléfono contra la roca más cercana hasta convertirlo en polvo.—Debe haber visto algo interesante y se metió en el bosque.—Tenemos que llamar a la policía. Al rescate de montaña.—No hay señal. —Le mostré la inútil pantalla del celular—. Por ahora solo estamos nosotros dos, amor. V
MARKUS BLACKWOODSobreviví a la primera noche.Mi cuello parecía haber sido usado como saco de boxeo por culpa de la chaqueta enrollada que me sirvió de almohada, y un grillo insistió en cantar directamente en mi oído durante tres horas, pero estaba vivo. Y lo más importante: no me había quejado. Leah me miraba con desconfianza mientras yo tomaba mi café instantáneo, esperando que flaqueara. No iba a darle ese gusto. Ese masaje ya era mío.—Muy bien, exploradores. —Me puse de pie y di unas palmadas—. El itinerario de hoy incluye una caminata hasta el Pico del Halcón. Son unos cuatro kilómetros de ida y vuelta.Mark estaba emocionado. Llevaba un sombrero de explorador que le había comprado a último momento y cargaba una mochila casi de su tamaño.—¿Vamos a encontrar oro, papá? —preguntó.—Tal vez. Pero el verdadero tesoro es el viaje. —Usé una frase de efecto, que hizo que Leah pusiera los ojos en blanco.Saqué del bolsillo de mi chaleco un objeto plateado y brillante. Una brújula prof


















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