Mag-log inLEAH HAMPTONEl camino de regreso al auto pareció mucho más largo que el de ida. Cada paso exigía un esfuerzo monumental.Desmontamos el campamento en tiempo récord. A Markus no le importaron las varillas dobladas ni la lona llena de tierra, simplemente metió todo en el maletero de cualquier manera. Mark estaba acostado en el asiento trasero, con el pie lastimado metido dentro de la hielera de cervezas tibias.Condujimos hasta la ciudad más cercana que tenía señal de celular y un hospital decente.El área de urgencias estaba vacía a esa hora de la tarde. La enfermera de triaje abrió mucho los ojos cuando entramos. Debo admitir que parecíamos haber sobrevivido a un ataque de lobos.Nos atendieron rápidamente. El médico de guardia confirmó mi diagnóstico: el esguince de Mark era leve, solo requería hielo, reposo y una bota ortopédica durante algunos días. Los rasguños fueron limpiados y vendados. Markus necesitó algunos puntos superficiales en la espalda debido a la bajada por el barran
MARKUS BLACKWOODUn grito desgarró el aire de la montaña. No era el grito de un niño. Era la voz de Leah.—¡Leah! —grité de vuelta. Giré en dirección al sonido y empecé a correr—. ¡Leah! ¡¿Dónde estás?!El ruido del arroyo volvió a hacerse más fuerte, lo que significaba que estaba regresando cerca del campamento.Atravesé la última barrera de arbustos y la vi.Estaba de pie al borde de una pendiente pronunciada, mirando hacia abajo, hacia la oscuridad de un barranco estrecho, con las manos cubriéndole la boca y los ojos muy abiertos.—¡Leah! —Llegué hasta ella en tres grandes pasos y la agarré por los hombros—. ¿Qué pasó? ¡¿Dónde está?!Ella no podía hablar, solo señaló con un dedo tembloroso.—No, no, no... —El murmullo escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo.Di un paso hacia adelante, casi resbalando en el borde traicionero, y miré hacia abajo.El barranco era empinado. La tierra allí era blanda y resbaladiza, llena de piedras sueltas y raíces expuestas, descendiendo u
MARKUS BLACKWOOD—¡Mark!Mi voz desgarró el aire, raspándome la garganta. El sonido simplemente desapareció, tragado por la inmensidad verde. Ninguna respuesta.—¡Mark! ¡Respóndele a papá!Miré el agua. Era poco profunda, apenas llegaba a los tobillos, lo bastante cristalina como para ver los guijarros del fondo. No se había ahogado ni había sido arrastrado por la corriente. Era imposible.¿Adónde había ido? ¿Cómo podía un niño de ocho años simplemente evaporarse en el aire en un abrir y cerrar de ojos?—¡Markus! —gritó Leah.Metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el celular. Desbloqueé la pantalla.Sin servicio.Ninguna señal. Ni una sola barra. Solté una maldición, sintiendo ganas de lanzar el teléfono contra la roca más cercana hasta convertirlo en polvo.—Debe haber visto algo interesante y se metió en el bosque.—Tenemos que llamar a la policía. Al rescate de montaña.—No hay señal. —Le mostré la inútil pantalla del celular—. Por ahora solo estamos nosotros dos, amor. V
MARKUS BLACKWOODSobreviví a la primera noche.Mi cuello parecía haber sido usado como saco de boxeo por culpa de la chaqueta enrollada que me sirvió de almohada, y un grillo insistió en cantar directamente en mi oído durante tres horas, pero estaba vivo. Y lo más importante: no me había quejado. Leah me miraba con desconfianza mientras yo tomaba mi café instantáneo, esperando que flaqueara. No iba a darle ese gusto. Ese masaje ya era mío.—Muy bien, exploradores. —Me puse de pie y di unas palmadas—. El itinerario de hoy incluye una caminata hasta el Pico del Halcón. Son unos cuatro kilómetros de ida y vuelta.Mark estaba emocionado. Llevaba un sombrero de explorador que le había comprado a último momento y cargaba una mochila casi de su tamaño.—¿Vamos a encontrar oro, papá? —preguntó.—Tal vez. Pero el verdadero tesoro es el viaje. —Usé una frase de efecto, que hizo que Leah pusiera los ojos en blanco.Saqué del bolsillo de mi chaleco un objeto plateado y brillante. Una brújula prof
MARKUS BLACKWOODEl camino de tierra serpenteaba por el bosque como una cicatriz marrón en medio del verde. El GPS de mi SUV ya había renunciado a la vida hacía diez kilómetros, mostrando solamente una pantalla gris con el mensaje "Señal perdida".Señal perdida.Miré mi celular sobre la consola. Sin barras. Nada. Ni 3G, ni 4G, ni señales de humo.Sentí un sudor frío en la nuca. ¿Y si el hospital se incendiaba? ¿Y si necesitaba urgentemente ver un video de gatitos para relajarme?—¡Llegamos! —gritó Mark desde el asiento trasero, señalando un claro más adelante.Estacioné el auto debajo de un enorme pino. El lugar era... bonito. Tengo que admitirlo. Había un arroyo corriendo cerca, pájaros cantando demasiado fuerte, en mi opinión, y el aire era tan puro que incluso llegaba a arder en unos pulmones acostumbrados a la contaminación de Manhattan.—¡Guau! —Mark bajó corriendo del auto y respiró profundamente—. ¡Huele a bosque!Bajé del auto, sintiendo el suelo irregular bajo mis nuevas bota
MARKUS BLACKWOOD—¡Llegué! —anuncié, esperando escuchar los pasos apresurados de Mark o un saludo apasionado de Leah.Pero lo que encontré en la sala fueron sábanas.Había sábanas extendidas entre el sofá, la televisión y las sillas, sujetas con libros pesados y... ¿eso era cinta adhesiva en mi mesa de centro?—¿Mark? —lo llamé, caminando con cuidado para no pisar un cojín que hacía de "piedra".Una cabeza despeinada apareció desde el interior de la "tienda". Mark, que ahora tenía ocho años, me miró con una expresión seria, manchado de... ¿carbón? ¿Qué demonios estaba pasando ahí?—Hola, papá —dijo sin entusiasmo.—¿Qué está pasando aquí, hijo? —pregunté, agachándome frente a la entrada—. ¿Estamos redecorando?—Estoy entrenando —respondió—. Para la vida salvaje.—¿La vida salvaje? —Intenté no reírme—. ¿Sobre la alfombra de la sala?—¡Es el único lugar que tengo! —exclamó Mark, frustrado. Salió de la tienda y se puso de pie—. Tayler, de mi escuela, va a acampar con su papá este fin de







