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Author: Minnah
last update publish date: 2026-10-11 07:38:11

«Papeles de divorcio», soltó él. Sus palabras aplastaron el corazón de ella contra el suelo de mármol.

«¡Firmarlos!» murmuró con frialdad.

Ella se tambaleó, agarrándose al borde de la mesa para sostenerse.

«Estás bromeando, ¿verdad?» preguntó, y él sonrió con burla.

«¡No está bromeando, firmarlos y sal de su vida de una vez!» respondió Yulia con crudeza.

«¡No te estoy hablando a ti!!» le gritó Thalia. Intentó alcanzar la mano de él, pero él retrocedió y apretó con más fuerza la de Yulia.

«¡Frank, podemos hablar de esto, por favor, podemos hablar de esto!» le rogó con lágrimas en los ojos.

Pero todo cayó en oídos sordos. Ya había tomado una decisión y no estaba dispuesto a escuchar a nadie.

«Escucha, Thalia, sabes que conocí a tu hermana primero, y la amé primero…

—Pero tú también me amaste a mí, ¿por qué estás haciendo esto?» lloró Thalia.

«Sí, pero ya no. Durante un año no fui feliz. Solo me casé contigo para tener una esposa, para tener una mujer a mi lado, no porque te amara ni nada por el estilo. Deberías seguir adelante y firmar los papeles de divorcio. Realmente ya no quiero estar contigo», le dijo directamente a la cara.

Se le cayó la mandíbula y un extraño frío la recorrió como una fiebre repentina.

«Franklin, no sientas pena por ella, se lo merece. A pesar de que sabía que me amabas a mí, se casó contigo. Thalia, no eres más que una traidora y te mereces mucho más que esto por haberme traicionado», coincidió Yulia.

No le sorprendía que Yulia pensara así de ella. Siempre la había envidiado desde la infancia. Yulia ansiaba cualquier cosa que le perteneciera. Claramente la odiaba, y eso ya no era nada nuevo para ella.

Pero Franklin… llevaban juntos tres largos años. Eso significaba que había fingido amarla. Esa misma mañana habían estado bien, anoche también.

Había dicho que no la amaba. Pero anoche le había besado la frente y le había dicho «para siempre». ¿También eso había sido una mentira?

El amor, la atención, la honestidad, la confianza, el cuidado… todo había sido falso. Nunca la había amado; su corazón siempre había pertenecido a Yulia.

«¿Por qué?» preguntó, con la voz quebrada.

Frank resopló. Pensó que ella estaba exagerando por algo tan simple. Su reacción le pareció innecesariamente dramática.

Yulia no podía dejar de sonreír. Se sentía en la cima del mundo. Ganarle a Thalia era un sueño hecho realidad. Había jurado quitarle a Frank y lo había conseguido. Y no solo a Frank: todo lo que le pertenecía a Thalia.

«¡Firma los papeles de divorcio, no nos hagas perder el tiempo!» gritó.

«¿Qué he hecho para merecer esto?» preguntó Thalia, ignorando a Yulia.

«Ese es justamente el punto: has sido buena conmigo, pero necesito ser feliz, y ella es mi felicidad», dijo él con suavidad.

El veneno de la traición se hundió profundamente en el interior. No sabía que aún le quedaba más por venir.

Una criada arrastró la maleta de Thalia hasta el lugar donde estaban.

«¿Qué haces con mi maleta?» preguntó Thalia, con la sorpresa brillando en sus ojos llorosos.

«Hermana gemela, no tienes de qué preocuparte. Además, ya tienes suficiente dinero…»

«¡¡Franklin, qué es todo esto!!» gritó, incapaz de controlar sus emociones.

«Sí, no puedes quedarte aquí mientras Yulia esté. Debes firmar los papeles de divorcio e irte. Es lo mejor», respondió con indiferencia.

¿Adónde esperaba que fuera? Estaba bien económicamente, pero a esas horas, ¿adónde iría?

«¡Esta es nuestra casa! ¡Por ella quieres echarme de aquí!» lloró Thalia, con la voz temblorosa y las mejillas ardiendo de vergüenza.

«¿Cuándo lo vas a entender? Te dije que ya no te quiero. Ya no somos “nosotros”. ¡Firma los papeles de divorcio y sal de mi casa!» afirmó.

Como si engañarla no fuera suficiente, ahora la echaba de la casa que habían construido juntos.

Thalia negó con la cabeza y dio dos pasos hacia atrás. Él sonrió de lado, agarró el asa de la maleta y luego intentó tomar su mano, pero ella se la soltó de un tirón.

«¡No seas terca!» gritó a medias y la agarró con fuerza.

Yulia sonreía con satisfacción, disfrutando cada segundo. Cruzó los brazos como una reina contemplando la caída de su enemiga.

«¡Suéltame, Frank, no me voy a ninguna parte!» forcejeó, pero su agarre era demasiado fuerte. Abrió la puerta principal y la empujó hacia afuera.

«¡Frank, adónde esperas que vaya?» lloró, rogándole.

«Por favor déjame quedarme, no puedo salir, estoy…

—No quiero saber adónde irás ni cómo vas a sobrevivir. Pero esta noche no puedes quedarte aquí», dijo él.

«Frank, por favor, no puedes dejarme. Te amo, ¿recuerdas que…?» Franklin le cerró la puerta de un portazo en la cara.

Su cuerpo tembló de shock; una lágrima se deslizó por sus mejillas.

Se quedó allí, congelada. El viento frío le azotó el rostro, pero no se comparaba con el escalofrío que le atravesaba los huesos. Sus dedos se aferraron al asa de la maleta como si pudiera devolverla a una realidad que acababa de destrozarse.

Empezó a llover, despacio al principio; suaves lloviznas besaban su piel, mezclados con las lágrimas que ya le corrían por el rostro.

Las piernas le temblaban debajo; no sabía si era por el frío o por el peso de la traición que se desplomaba dentro de su pecho.

«Franklin, por favor no me hagas esto…» susurró a la puerta cerrada, con los labios temblando.

«Por favor no… estoy embarazada…» susurró. El informe de la prueba y el resultado de la ecografía seguían en su bolsillo.

Al no recibir respuesta, sus manos se apartaron lentamente de la puerta. Sus ojos se quedaron fijos en el picaporte, como si esperara que girara. Como si esperara que él volviera, se disculpara y dijera que todo había sido una broma cruel.

Pero no lo hizo. El silencio del otro lado gritaba más fuerte que cualquier discusión.

Yulia estaba dentro, con su bata, bebiendo su vino, recostada en su cama.

Su cama.

Las rodillas de Thalia cedieron y se desplomó allí mismo en el porche, abrazando su maleta como una niña aferrándose a un salvavidas.

Todo se había ido. Había terminado para ella. Tres años de su vida, esfumados como cenizas esparcidas por el viento.

¿Cómo no lo había visto venir? ¿Cómo había dormido junto a un hombre que nunca la había amado de verdad? Un hombre que la abrazaba con fuerza mientras su corazón latía por otra mujer.

No solo otra mujer: su hermana.

El estómago se le contrajo. La traición no era solo romántica: era de sangre.

Yulia, su hermana gemela. Se suponía que debía amarla incondicionalmente, pero en cambio le había clavado el cuchillo más profundo en la espalda.

Y Franklin, su esposo. El hombre al que amaba, con el que rezaba, para el que cocinaba, con el que soñaba, que la miraba a los ojos y le decía que ella no era más que un cuerpo para llenar el espacio de una «esposa».

Nada más.

La lluvia se intensificó, empapándome la ropa, el cabello, la piel. Aun así no se movió.

No sabía adónde ir. Su teléfono podía estar en su bolso, pero sus dedos no lo sentían. No lograba formar ningún nombre en su cabeza a quien llamar. ¿A quién le explicaría siquiera? ¿Quién la escucharía?

Su cuerpo empapado necesitaba descanso; el doctor le había dicho que descansara, pero no lo había hecho.

Había construido toda su vida alrededor de Franklin y ahora estaba de pie entre las ruinas, sola.

Y de repente la puerta chirrió al abrirse. Lo vio de pie en el umbral.

«Franklin», llamó en voz baja.

La esperanza se le encendió en el pecho.

Era Franklin. ¿Había vuelto? ¿Iba a hacerla entrar y pedirle perdón?

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