LOGINThalia se sintió abrumada cuando el médico le informó que estaba embarazada. Estaba feliz de compartir la noticia con su esposo, ya que era el aniversario de su tercer año de matrimonio. Pero su esposo llegó a casa con su hermana gemela, declarando que Thalia solo era una esposa para él y que no la amaba. Él amaba a su hermana gemela, después de todo, ella había sido su primer amor. Con el corazón roto y embarazada, conoció a George Williams, el hombre al que una vez salvó. Él ofreció criar al niño con ella, y ella aceptó. Siete años después, Franklin regresó arrastrándose, negándose a dejarla ir. Pero Thalia tiene un esposo y un corazón que no quiere volver a romper. ¿Le dará a Franklin una segunda oportunidad o se quedará con su esposo? ¿Y qué sucederá cuando Franklin descubra que tuvo bebés gemelos de él?
View More«¡Felicidades, Thalia, estás embarazada de cuatro meses!»anunció el doctor, radiante y con una sonrisa cálida.
«...¿De... de verdad?» preguntó ella, con las lágrimas acumulándose sin cesar en sus ojos. Estaba abrumada por la noticia. Después de tres años de matrimonio con su esposo, por fin llevaba a su hijo en el vientre. Su marido, Franklin Blackwood, siempre había soñado con que tuvieran un hijo; amaba tanto a los niños y ella estaba a punto de darle uno. Tal vez este era un regalo de Dios por su tercer aniversario. En ese momento se sentía en la cima del mundo. Estaba emocionada y no podía esperar a compartirle la noticia. «Es exacto, tú y tu bebé están perfectamente bien», dijo él. «Gracias, doctor, gracias». Las lágrimas le corrían por el rostro: no eran de dolor, sino de alegría. «¿Te gustaría oír el latido del corazón de tu bebé?» preguntó el doctor, y ella asintió con ansia, secándose la cara. El doctor sonrió y movió el transductor sobre su vientre. Y ahí estaba: lo oyó, los pequeños pero firmes latidos. Ese era el latido del corazón de su hijo. El sonido más hermoso que había escuchado ese día. Después de la ecografía, el doctor le entregó un sobre y el resultado de la prueba de embarazo. Ella se aferró a él como si le fuera la vida en ello y salió del hospital. Se fue directamente a casa, para planear una gran sorpresa y anunciar la buena noticia. Creía que su esposo estaría más que emocionado al enterarse de que estaba embarazada. Sonreía y estaba nerviosa. No podía esperar más para compartirle la buena nueva. Lo llamó, pero no contestó; algo que no sabía describir la invadió, pero se lo quitó de encima y le envió un mensaje de texto. De todos modos tenían planes de cenar esa noche. Él respondió solo con un «Estoy ocupado. Puede que no llegue». Ella se dijo a sí misma que vendría y que solo le estaba tomando el pelo. Pasaron dos horas. Echó un vistazo a su reloj de pulsera: casi eran las diez de la noche. El salón era elegante y con poca luz; el suave resplandor de las velas se reflejaba en las copas de vino pulidas. Una criada que pasaba la miró con lástima. Ella sonrió, ocultando la incomodidad que crecía en su interior. Entonces, justo cuando estaba a punto de marcar su número otra vez, oyó sus pasos familiares. Un suspiro de alivio se le escapó de los labios… hasta que lo vio. Franklin entró, tomándola de la mano, con los dedos entrelazados. Los ojos de Thalia se fijaron en el rostro. Una mujer hermosa vestida con un vestido corto que apenas le cubría los muslos. «Yulia…» El nombre se le escapó de la boca sin control. Su hermana gemela. Se suponía que estaba en París por su trabajo de modelo. Thalia quedó conmocionada hasta la médula. Franklin se detuvo frente a ella, mirándola con frialdad, y Yulia, hirviendo de resentimiento. «Thalia», la llamó de manera formal, no con la dulzura con la que solía pronunciar su nombre. Las lágrimas le picaban en los ojos, amenazando con caer. «¿Qué es esto?», lanzó Thalia con una mirada furiosa. Franklin sonrió de lado, depositó un beso ligero en los labios de Yulia y luego volvió a mirar a Thalia. «Sabes que antes de conocerte ella era el amor de mi vida… «¡Te hice una pregunta directa!» estalló Thalia. Yulia sonrió suavemente, apretando con fuerza la mano de Franklin como si le perteneciera. «Thalia, no tienes que hacer un drama de esto. El caso es que Yulia y yo llevamos dos años saliendo», dijo él. Su mundo se inclinó. Dos años. Yulia había sido la primera mujer que conoció y de la que se enamoró; ella nunca aceptó su propuesta. Y Thalia había estado allí, la había apoyado en todos sus éxitos y había recogido los restos de sus caídas. «¡Y estoy embarazada de su hijo, el bebé que tú no pudiste darle en todos estos años!» soltó Yulia. «¿Qué?» susurró ella, con la voz apenas audible. «¡Y muy pronto la familia Blackwood tendrá un heredero!» «Frank, hoy es nuestro tercer aniversario…» Él la interrumpió de plano. «Sí, lo sé», dijo con tono distante. «Justamente por eso elegimos hoy como el momento perfecto para decírtelo». ¿Hoy? ¿En su aniversario? Thalia se removió inquieta. ¿Había elegido él justamente ese día? El pecho de Thalia se contrajo; se tambaleó hacia atrás. No había sido un error: había sido deliberado. Lo habían hecho a propósito. Un horror sofocante se enroscó alrededor de su corazón. Y lo sintió: miedo… no estridente ni agudo, sino lento y devorador. Estaba embarazada y su hermana también lo era del mismo hombre. No, esto era una pesadilla. Parpadeó. Pero nada cambió. «Estábamos casados y tú estabas con mi hermana», afirmó, aferrándose al estómago. «Nunca te amé, Thalia. Intenté seguir adelante cuando Yulia rechazó mi propuesta, pero de alguna manera la encontré de nuevo en mis brazos», le gritó. Nunca la había amado, así que todos sus cuidados, su atención, su amor… habían sido falsos durante tres largos años. No. No. No. No quería creer que realmente estuviera ocurriendo; tal vez solo era un sueño. Parpadeó, pero nada cambió: ¡era real! «No lo culpes de nada, Thalia; es todo culpa tuya. ¿Por qué te casaste con él cuando sabías que me amaba a mí?» La rabia y el desamor chocaron y le propinó una fuerte bofetada en la cara. «¡Perra! ¡¿Cómo pudiste hacerme esto?!» gritó enfurecida. Las lágrimas se le escaparon por las comisuras de los ojos. «¡Oye!» gritó Franklin y le devolvió la bofetada de inmediato. Thalia se llevó las manos a las mejillas y Yulia sonrió, aunque el golpe le hubiera dolido. «Cariño, ¿estás bien?» preguntó él con cariño. «¡Frank, me has abofeteado!» lloró Thalia, con la voz quebrada. Él no dudó. «Sí, lo haré una y otra vez si lastimas a mi mujer». ¿Su mujer? ¡Ella era su esposa! Eso la desencadenó. Las manos se le levantaron en el aire, y Yulia le agarró la muñeca antes de que pudiera llegar a la mejilla de Franklin. Él sonrió, y ella le soltó la mano a Thalia con brusquedad. Ella se tambaleó un poco. «¡No te atrevas!» la miró Yulia con furia. Un jadeo agudo se le atoró en la garganta a Thalia, dejando que las lágrimas le corrieron por el rostro. «Él es mi hombre, ya no tienes derecho a tocarlo. Contrólate; aunque me haya elegido a mí, no es el fin del mundo. Sigue adelante y sal de su vida; él no te quiere. ¡No tienes que actuar como una zorra!» gritó Yulia enfurecida. Respiró hondo y luego sonrió, abrazándolo un momento. «Gracias, cariño». Franklin le besó la frente. Luego miró a Thalia con ira. «No alarguemos esto demasiado, Thalia», dijo. Metió la mano en el bolsillo y sacó un sobre. «¡Firmarlos!» Le arrojó los papeles. «¿Qué es esto?» preguntó ella con voz temblorosa. Yulia sonrió como una tonta. «Papeles de divorcio», soltó él con frialdad. Sus palabras aplastaron el corazón de Thalia contra el suelo de mármol.George regresó de la empresa después de recoger a los gemelos del colegio. Había cancelado todas sus reuniones solo para pasar el resto del día con su familia. Era un momento raro, porque su teléfono no paraba de vibrar, sus asistentes siempre llamaban a la puerta y los informes lo esperaban en el escritorio… pero ese día no quería nada de eso. Ese día solo quería a su esposa y a sus hijos. Como de costumbre, Jay iba en sus brazos, aferrada a su hombro, mientras Tracey caminaba a su lado con la pequeña mochila rebotando a su espalda. Si Thalia hubiera estado allí, Tracey no habría caminado sola: habría ido en sus brazos, igual que Jay iba ahora en los de George. Los guardias se inclinaron al pasar frente a ellos. —La vida no se acabó cuando papá cargó a Jay en sus brazos y me dejó caminar sola —murmuró Tracey en voz baja, con una vocecita minúscula pero llena de la tristeza que solo un niño puede sentir. La cabecita de Jay se levantó de inmediato. —¡Admite que estás celo
—Esposa —su voz bajó lenta, poseída—. Voy a follarte hasta que olvides que alguna vez estuviste casada con Franklin. Y el único nombre que recordarás será el mío. La respiración de Thalia se entrecorta cuando las palabras de George se posaron sobre ella como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. Sus manos eran firmes e inflexibles, y sin embargo su tacto cargaba esa extraña reverencia que reservaba solo para ella. Cada beso se sentía como una reclamación; cada roce de su palma por su espalda era un recordatorio de que no estaba pidiendo: la estaba tomando. Su bata quedó amontonada en el suelo, olvidada. La camisa de él desapareció; las manos de ella acariciaban su pecho desnudo mientras sus lenguas se deslizaban y se entrelazan. La boca de George bajó lentamente, encendiendo sus venas. Ella se arqueó hacia él, los dedos aferrados a sus hombros. George no solo la tocaba: la desnudaba hasta la parte más cruda de su alma. En aquellos momentos no existía Franklin. Ni Yulia. Ni
Las manos de Yulia no dejaban de temblar. Lo último que recordaba era haber sido expulsada del Grand Palais hacia la fría noche, con el teléfono vibrando en su palma. La voz del médico había sido calmada y distante.Ahora el olor a antiséptico se aferraba a su ropa, amargo y sofocante. El pitido agudo del monitor cardíaco resonaba en su cráneo, un recordatorio de lo frágil que estaba. Franklin yacía allí: pálido, inmóvil, la frente envuelta en gasas blancas.Lo había mirado largo rato, memorizando la forma de su rostro quieto, antes de enfrentarse al médico.—Doctor —suplicó—, por favor, manténgalo con vida hasta que regrese.—Sin un donante y el pago, lo siento, no está en mis manos. —La voz del médico había sido calmada y fría al mismo tiempo.Se le apretó la garganta. No sabía a dónde ir ni a quién llamar. Thalia la había negado frente al mundo. Delilah había cortado todo lazo con Franklin años atrás. Sus supuestos amigos habían desaparecido. Y su propia madre había dejado de conte
{Grand Palais}Cada paso se sentía como una vuelta de victoria. Siete años de silencio, de reinvención, de convertirse en algo más de lo que le habían dejado... todo había conducido a ese momento.Le colocaron el premio en la mano. El presentador sonrió con calidez antes de dejar a Thalia en el centro del escenario.—Gracias —comenzó, con la voz cálida y firme. Se secó la comisura de los ojos con un pañuelo; las brillantes luces resplandecían sobre la humedad allí.—Guau... ni siquiera sé por dónde empezar. —Una suave sonrisa curvó sus labios.El salón estaba en absoluto silencio; pares de ojos fijos en ella. No era la primera vez que subía a un escenario, pero esa noche se sentía diferente.—Cuando empecé este camino, hace siete años, todo lo que tenía, todo lo que apreciaba, se me escapó entre los dedos. Pensé que no podría hacerlo, pensé que se había acabado. —Su mirada recorrió al público—. Pero hay algo sobre la vida: no importa si caes o no; lo que importa es si te levantas.—Y






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