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Tres

Author: Nessah
last update Petsa ng paglalathala: 2026-04-16 16:27:23

POV DE SYLVARA

Desperté con el sonido de los pájaros.

Por un momento, no me moví. Solo permanecí acostada, mirando la luz del sol filtrarse entre las cortinas. El aire olía débilmente a ceniza y a flores silvestres que alguien debió haber colocado en un jarrón junto a la ventana hace días.

Durante medio latido de corazón, casi olvidé todo lo que había pasado. Entonces los recuerdos regresaron de golpe.

La ceremonia. Los susurros.

La voz de Aedric diciendo no puedo.

La humillación… el dolor.

Mi pecho dolía como si algo afilado se hubiera clavado dentro. Me cubrí la cabeza con la manta y deseé poder hundirme en la cama y desaparecer.

Pero incluso bajo las sábanas, el mundo seguía presionando. Mi corazón no dejaba de latir con fuerza. Mi mente no dejaba de repetir las miradas de todos… la compasión, la vergüenza. La forma en que él se había ido sin mirar atrás.

Otro día, otra humillación.

Otro día siendo objeto de chismes y burla.

Me senté lentamente. La garganta me ardía. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando otra vez. Me limpié las mejillas con el dorso de la mano, intentando respirar con calma.

Él había sido mi sueño desde que éramos niños. Mi amigo. Mi protector. Mi única verdadera familia.

Y me había desechado como si no fuera nada.

Un suave golpe rompió el silencio. Tres toques firmes en la puerta.

Mi estómago se encogió. Me quedé inmóvil, escuchando. Nadie se había acercado a mi habitación desde la noche anterior. Ni siquiera las sirvientas.

El golpe volvió a sonar, un poco más firme.

—¿Quién es? —mi voz salió ronca.

Una pausa. Luego una voz que conocía mejor que la mía propia.

—Soy yo. Aedric.

Todo dentro de mí se quedó en silencio.

Durante un largo momento no me moví. Luego me levanté de la cama, me puse una bata sobre mi fina camisola y caminé hacia la puerta. Mi mano temblaba sobre el picaporte cuando la abrí.

Él estaba allí, tan tranquilo como siempre. La luz de la mañana iluminaba su rostro… cabello dorado, mandíbula orgullosa, ojos azul pálido. Parecía como siempre… perfecto, intocable, todo un Alfa criado para serlo.

—¿Puedo entrar? —preguntó.

No confiaba en mi voz, así que me hice a un lado.

Entró y miró alrededor, como si la pequeña habitación le resultara extraña. Su mirada se detuvo en el vestido blanco doblado de ayer, en la cinta plateada rota sobre la mesa. Suspiró en voz baja.

—No te uniste a nosotros anoche —dijo.

Me tragué una risa amarga. —¿Esperabas que lo hiciera?

Se frotó la nuca, un gesto nervioso que nunca había perdido. —Quería asegurarme de que estás bien.

—¿Bien? —repetí, la palabra casi rompiéndose en mi garganta—. Me humillaste delante de todos, Aedric. Creo que “bien” no cubre eso.

—No quise humillarte —dijo suavemente—. Sabes cuánto te respeto.

—¿Respeto? —solté una respiración aguda—. Me rechazaste para casarte con otra.

Él apartó la mirada. —No fue mi elección. Mi padre y el consejo decidieron. La alianza con los Frostmoon fortalecerá la manada. Tú deberías entenderlo mejor que nadie.

—Entiendo que tomaste tu decisión —dije en voz baja—. Y no fui yo.

No discutió. Solo dio un paso más cerca. El leve aroma a pino y humo me envolvió, familiar y cruel.

—Siempre has sido importante para mí, Syl. Fuiste mi primera amiga. Siempre significarás algo para mí.

Las palabras me atravesaron más de lo que esperaba.

Solo una amiga. Nada más.

—No quiero ser “algo” —susurré—. Quería ser la mujer que amas y con la que te casas.

Silencio.

Él levantó la mano y apartó un mechón de mi cabello. —Eres fuerte. Superarás esto.

—No —dije, apartándome.

Bajó la mano, con la mandíbula tensa. —La boda es esta noche.

Lo miré, confundida. —¿Por qué me lo dices?

—Me gustaría que estuvieras allí —dijo.

Las palabras no tenían sentido. —¿Quieres que vaya a tu boda?

—Significaría mucho para mí —añadió rápidamente, como si pudiera arreglarlo si lo decía deprisa—. Mostraría a la manada que hay paz entre nosotros. Que no hay resentimiento.

Solté una risa suave, aunque no sonaba a risa. —No quieres que la manada piense que me has roto.

Su silencio fue la respuesta.

La garganta se me cerró. —¿De verdad no ves lo que estás haciendo?

Él dio un paso más. —Por favor, Sylvara. Quiero que nos separemos como amigos.

—¿Amigos? —repetí, negando con la cabeza—. Los amigos no se destruyen entre sí.

No dijo nada. Solo me miró con aquella misma expresión triste que antes me había derretido. Y antes de que pudiera retroceder, se inclinó y presionó sus labios suavemente contra mi frente.

Fue un beso suave. Breve. Definitivo.

No me moví. Ni siquiera respiré.

Cuando se apartó, sus ojos brillaban. —Siempre serás especial para mí. Y lo siento otra vez, no quise hacerte daño —murmuró. Luego se giró, abrió la puerta y se fue.

El sonido del cierre resonó en la habitación como una campana.

Me quedé allí mucho tiempo, mirando el espacio donde había estado. Luego llevé una mano a mi frente. El lugar donde sus labios habían tocado estaba frío.

Me senté en el borde de la cama y dejé que las lágrimas salieran. Silenciosas, amargas, que ardían en mis ojos y empapaban mis mangas.

Se había ido.

Realmente se había ido.

Esta noche pertenecería a otra persona… otra mujer, otra manada, otra vida.

Y yo seguiría aquí, la chica olvidada en una habitación vacía.

Miré las paredes que nunca se sintieron como hogar y susurré al silencio:

—No puedo quedarme aquí.

Las palabras salieron temblorosas, como un juramento.

Por primera vez desde ayer, lo decía en serio.

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