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Cuatro

Penulis: Nessah
last update Tanggal publikasi: 2026-04-16 16:28:32

POV DE SYLVARA

Me dije a mí misma que no iría.

Toda la tarde me quedé en mi habitación, sentada junto a la ventana, mirando cómo la luz se desvanecía. El sonido de las risas, la música y la celebración llegaba desde el salón principal. Toda la manada ya se estaba reuniendo para la boda.

Cada voz, cada ovación, se sentía como un cuchillo girando dentro de mi pecho.

Seguí susurrándome: no iré. No les daré esa satisfacción.

Pero cuando el cielo se volvió dorado, algo dentro de mí no pudo quedarse quieto. Necesitaba verlo con mis propios ojos. Necesitaba la prueba de que realmente había terminado.

Así que me levanté. Me vestí con un vestido gris sencillo, nada elegante. Sin cintas, sin flores. Me recogí el cabello y salí en silencio de mi habitación, caminando por el largo pasillo hacia el patio.

Cuanto más me acercaba, más fuerte se volvía todo. Música. Aclamaciones. El olor a carne asada y vino. Todo se sentía como una celebración cruel de mi fracaso.

Llegué al borde del salón y me quedé en las sombras. Nadie me notó. Todas las miradas estaban puestas en Aedric, que estaba junto a su nueva pareja, la hija del Alfa de la manada Frostmoon… alta, hermosa, vestida de plata.

Se veían perfectos juntos.

Perfectos de una forma que me revolvía el estómago.

Intenté decirme que no me importaba, pero mi pecho estaba apretado. Mis ojos ardían mientras lo veía colocar un anillo de plata en su muñeca, sellando su vínculo. La multitud aplaudió y gritó bendiciones.

Y entonces alguien al fondo gritó, fuerte y burlón:

—¡Felicidades, hermano!

El salón quedó en silencio por un segundo. Mi cabeza se giró hacia la voz. Era profunda, suave, con diversión… y algo más oscuro debajo.

La reconocí… aunque no podía ubicarla.

La había escuchado antes, profunda… suave, provocadora.

Los hombros de Aedric se tensaron. Su rostro pasó de una sonrisa orgullosa a una línea rígida.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con frialdad.

El hombre soltó una risa suave. Aún no podía verlo claramente entre la multitud. —¿No puedo venir a celebrar tu día especial? Es tu ceremonia de unión… no podía perdérmela.

Un murmullo recorrió a los invitados. Algunos susurraron. Otros se apartaron como si no quisieran estar cerca.

Mi corazón latía más rápido. Me incliné un poco para ver mejor, pero solo alcancé a distinguir una figura alta vestida de negro, cerca de la puerta, medio en las sombras.

La voz de Aedric fue afilada.

—Di lo que viniste a decir y vete. No eres bienvenido.

El hombre se rió. —Ay, eso me duele, hermano. Siempre tan serio. Directo como siempre. Está bien. Vine por lo que me debes.

—¿Lo que te debo? —Aedric frunció el ceño—. ¿De qué estás hablando?

—La deuda, hermano —dijo el hombre con calma—. Ya sabes cuál. Han pasado seis años… no me digas que tu memoria se ha vuelto vieja.

Un silencio pesado cayó sobre la sala. Algunos se miraron incómodos.

Mi estómago se hundió. ¿Hermano?

Mi mente se quedó en blanco. Esa voz. Ese tono despreocupado.

No. No podía ser.

El rostro de Aedric se puso pálido.

—¿Cómo quieres que pague tu deuda?

Hubo una pausa… lo bastante larga como para que el aire se sintiera pesado.

Entonces la voz del hombre volvió, baja y deliberada:

—Tu antigua pareja, Sylvara. La omega. Dámela.

Dejé de respirar.

Mis ojos se abrieron de golpe mientras miraba hacia el sonido. El hombre dio un paso adelante, saliendo de las sombras.

Y ahí estaba… el mismo hombre que había conocido la noche anterior… el que me había hecho sentir mejor. El que me había llamado “conejita”, el que se había apoyado en la pared y me había dicho que no llorara.

Por un momento, no pude moverme.

Nuestras miradas se encontraron a través del salón. Su mirada era firme, tranquila, casi divertida, pero había algo feroz detrás de ella que me debilitó las piernas.

El salón se llenó de susurros.

Alguien pronunció su nombre… y en cuanto lo escuché, la sangre se me heló.

Kaelen.

Kaelen Veyr.

El Alfa exiliado. El maldito. El hermano de Aedric.

Historias sobre él habían sido contadas en todas las manadas durante años… relatos de sangre, rebelión y poder que incluso los ancianos susurraban con miedo.

Aedric lo miró con incredulidad.

—¿A quién quieres?

Kaelen sonrió, lento y peligroso.

—Estoy seguro de que me has escuchado bien, hermano. La pareja que rechazaste. Sylvara.

Jadeos recorrieron el salón. Mi respiración se cortó en la garganta.

Aedric dio un paso adelante, furioso.

—Ella no es alguien con quien puedas jugar o negociar.

Kaelen inclinó la cabeza.

—¿Negociar? ¿No eres demasiado codicioso, hermano? No la quieres, pero tampoco quieres soltarla.

Dio otro paso, sin apartar los ojos de los míos.

—Dámela. Que se una a mi manada. A mi harén. Me la llevaré conmigo. ¿O tienes alguna razón para seguir reteniéndola?

Cada palabra me quemaba. Mi pecho se sentía como si se estuviera rompiendo.

La multitud observaba, susurrando. Algunos me miraban con lástima, otros con cruel diversión.

Aedric se giró hacia mí. Nuestras miradas se encontraron por un breve segundo doloroso. Había culpa en su rostro… culpa y algo parecido al miedo.

Luego volvió a mirar a Kaelen y dijo en voz baja:

—Está bien. Es tuya.

El mundo se detuvo.

Mi respiración se cortó. Mi visión se nubló.

Lo había hecho de verdad.

Así, sin más… me había entregado. Como si fuera una posesión. Como si no fuera nada.

La ira explotó dentro de mí, caliente y afilada.

—No puedes simplemente…

Pero mi voz se quebró. Estaba temblando demasiado.

Los ojos de Kaelen seguían sobre mí. Calmos. Firmes. Satisfechos.

Y en ese momento entendí la verdad… fuera cual fuera este juego, yo acababa de convertirme en el premio.

Me sentí traicionada. Humillada. Furiosa.

Y en el fondo, una parte de mí juró que nunca perdonaría a ninguno de los dos.

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