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Capítulo 2

Author: Diva Noir
last update Petsa ng paglalathala: 2026-08-05 07:02:12

Punto de vista de Madeleine

¡Compañero!

La palabra me arañó la mente, proveniente de lo más profundo de mi ser, de un lugar que normalmente mantenía bajo llave. Mi loba, normalmente una presencia silenciosa y melancólica, estaba encendida con una alegría extática y aterradora. Él. Nuestro Alfa. Damon.

Sin embargo, mis piernas permanecieron clavadas al suelo, pesadas como el plomo. Un Alfa. Una sirvienta. Las palabras chocaban entre sí, formando una disonancia fea e imposible.

Un carraspeo, seco y repentino, rompió el zumbido de mis oídos. Me estremecí y dirigí la mirada hacia el Sacerdote Lunar Elias, que estaba de pie en el centro del claro, con el rostro envejecido marcado ahora por una extraña preocupación. Los murmullos festivos de la ceremonia de luna llena habían desaparecido, reemplazados por un silencio sofocante.

«La Diosa Lunar nos ha bendecido», anunció Elias con voz resonante, aunque un dejo de incertidumbre teñía su tono. Recorrió con la mirada a los miembros de la manada reunidos.

«Ha aparecido un vínculo de compañeros».

Contuve el aliento. Me llevé las manos a la boca, presionándolas contra mis labios como si pudiera silenciar físicamente el aullido extático que amenazaba con escapar de mi pecho. Mi loba palpitaba con un anhelo desesperado.

¡Reconócelo!

Lenta e inexorablemente, todas las cabezas del claro se giraron hacia mí, sus ojos clavándose en mi figura. Un mar de rostros, algunos curiosos, otros desconcertados y algunos abiertamente hostiles. El silencio se quebró bajo un coro apresurado de susurros.

—¿Madeleine?

—¿Nuestra Madeleine? ¿La chica de la cocina?

—Imposible.

Una risita llegó a mis oídos, seguida de otra, más fuerte esta vez. Risas finas y crueles se extendieron por las últimas filas, sin que nadie intentara detenerlas.

—La Diosa Lunar debe de haber perdido la cabeza esta vez —dijo alguien con voz cargada de malicia.

Otro se sumó:

—¿Una sirvienta como Luna? ¡Qué broma!

Sentí que me ardían las mejillas. La vergüenza, caliente y amarga, me subió por la garganta. Cada palabra cruel era una nueva puñalada.

Pero mi loba no les prestaba atención. Era un huracán de emociones dentro de mí, empujando, suplicando.

Ve con él. Habla. Es nuestro.

Mis rodillas amenazaron con ceder. Mis manos temblaban con tanta fuerza que tuve que apretarlas en puños. Reuniendo hasta el último fragmento de valor que me quedaba, avancé un paso tras otro, con cada movimiento costándome un esfuerzo enorme.

Cuando mi voz salió, fue un susurro frágil, apenas audible por encima de los renovados murmullos de la manada.

—Alfa Damon… mi compañero.

Durante un instante fugaz y embriagador, la esperanza, tan vibrante y frágil como el ala de una mariposa, se abrió paso dentro de mí. Un futuro diferente. Una vida lejos del trabajo en la cocina y de las burlas interminables.

Una Luna.

Yo.

El pensamiento era tan poderoso que casi me mareó.

Damon respondió con un gruñido bajo que retumbó en su pecho. Dio un solo paso decidido hacia mí. Mi corazón se elevó, la anticipación apoderándose de mí. Mi loba aulló de triunfo.

Esto era.

Aceptación.

Pertenencia.

Pero él se detuvo.

Sus ojos, normalmente de un cálido tono avellana, ahora eran fríos y duros como la obsidiana. Su mirada recorrió mi cuerpo, una mueca de desprecio curvando sus labios.

—¿Tú?

Una sola palabra bastó para destruir mi frágil esperanza.

—¿De verdad crees que la Diosa Lunar me maldeciría con una simple sirvienta como compañera?

Contuve el aliento. El aire parecía fino y cortante.

—Mírate —continuó, elevando la voz hasta que resonó por todo el claro—. Sucia, descuidada, apenas apta para fregar los suelos. ¿De verdad crees que alguna vez podrías estar a mi lado? ¿Liderar mi manada junto a mí?

Cada palabra fue un golpe.

—¡No! Mi Luna será fuerte, noble, proveniente de un linaje honorable. No una sirvienta cualquiera sin nombre.

Escupió las últimas palabras como si fueran veneno.

—No eres digna. Yo, el Alfa Damon de la Manada Luna Sangrienta, te rechazo, Madeleine, como mi compañera.

El rechazo me desgarró. Una agonía abrasadora atravesó cada célula de mi cuerpo, cada terminación nerviosa. No eran solo sus palabras, era la ruptura del vínculo, el desgarro físico de mi propia alma.

Un grito ahogado escapó de mis labios y mis piernas cedieron. Me desplomé sobre la tierra, con las lágrimas corriendo por mi rostro mientras el mundo giraba ante mis ojos, convertido en un caleidoscopio borroso de dolor.

Damon se giró, descartándome como si no fuera más que una mancha en el suelo. Cuando comenzó a alejarse, su Beta dio un paso al frente, inclinando la cabeza mientras murmuraba algo en voz baja y urgente.

—Alfa —dijo el Beta, apenas en un susurro, pero en el silencio repentino sus palabras se escucharon con claridad.

—Su aroma… está cambiando.

Damon se quedó inmóvil.

Se giró lentamente hacia mí, entrecerrando los ojos mientras un brillo peligroso aparecía en sus profundidades. Su expresión se endureció hasta volverse fría y aterradora.

Dio otro paso hacia mí, esta vez con una mirada depredadora.

—¡Guardias! —rugió, y su voz retumbó por todo el claro—. ¡Atrápenla! ¡Viva!

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