로그인El palacio de la Manada Corona Esmeralda resplandecía aquella noche bajo la luz de enormes candelabros de cristal. Los sirvientes habían dispuesto una cena formal en el comedor principal, donde una larga mesa de madera oscura estaba adornada con vajilla de porcelana, cubiertos de plata y arreglos de flores blancas y esmeraldas. Aquella no era una cena cualquiera. Los reyes de Corona Esmeralda habían recibido a los soberanos de la Manada Luna de Fuego con la intención de fortalecer los lazos entre ambas manadas. Sin embargo, detrás de las sonrisas diplomáticas y las copas de vino, había un asunto que llevaba semanas ocupando sus conversaciones. El compromiso de sus hijos. Julieta, sentada junto a Yuri, lucía un vestido de seda color champán que resaltaba su elegancia. Su cabello estaba recogido en un sofisticado peinado y una delicada gargantilla descansaba sobre su cuello. Nadie negaba que era una loba hermosa que podía enloquecer a cualquier lobo. Pero su prometi
Atenea tenía los ojos abiertos. Verdes, brillantes y completamente despiertos. [¡La anfitriona ha despertado, ya no vamos a morir!] Yuri se quedó quieto. —¿Desde cuándo estás despierta? —Desde que tu prometida preguntó si me amabas. El Alfa apretó la mandíbula. —¿Cuánto escuchaste? —Lo suficiente para saber que tienes una prometida bastante dominante. A pesar de su evidente debilidad, Atenea consiguió apartarse de su pecho. Se limpió las mejillas con el dorso de la mano y trató de incorporarse. Yuri la sujetó por los hombros. —Despacio. Los sanadores dijeron que necesitas descansar. No te levantes. —Y yo digo que necesito espacio. —Atenea… —Suéltame, Yuri. Ve a atender a tu prometida. La pelirroja no sabía que el Alfa estuviera comprometido, sentía un hueco en el pecho sin saber por qué. Esta vez, el Alfa no tuvo más remedio que soltarla. Se alejó lentamente de ella. La pelirroja se acomodó contra las almohadas y apartó la mirada. Por un instante,
Yuri no respondió de inmediato, frunció el ceño antes de decir. —No es el momento para esta conversación. —¡Te he preguntado si la amas! No creas que soy estúpida, Yuri, conmigo siempre eres un tempano de hielo impenetrable. Jamás me has abrazado de la manera en la que la estás abrazando a ella. La voz de Julieta resonó en los aposentos. Era una loba que había crecido entre telas de seda y atenciones, creía que el mundo era demasiado poco para ella, que su belleza era merecedora de todo lo que deseara y más. Pero a los ojos de Yuri, ella o cualquier otra loba para comprometerse le daba exactamente lo mismo. Con que pudiera cumplir con las alianzas establecidas, para él estaba bien. Atenea se movió ligeramente entre los brazos del Alfa. Yuri bajó la mirada de inmediato, preocupado por que el grito la despertara de golpe. Ese pequeño gesto terminó de destrozar a Julieta. — ¿Puedes no gritar? Estás en un castillo que no es tu casa, pensé que tenías modales y que cono
El Alfa no obtuvo respuesta. Respiró profundamente. Entonces depositó un beso sobre su frente. Fue un gesto espontáneo, íntimo, demasiado tierno para un hombre conocido por su carácter frío y su absoluta incapacidad para mostrar debilidad. Y fue precisamente en ese instante cuando escuchó una voz detrás de él. —¿Yuri? El Alfa se quedó petrificado. No necesitó volverse para reconocer esa voz. Era ella, sin duda alguna. Julieta. La prometida del Alfa estaba de pie en el umbral de la puerta. Llevaba un vestido de seda color marfil, delicadamente bordado en las mangas, y su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Había acudido a los aposentos de Atenea, buscando al alfa con la intención de hablar sobre una cena que las familias reales celebrarían al día siguiente. Sin embargo, el espectáculo que encontró al entrar la dejó sin palabras. Su prometido estaba sentado sobre la cama, abrazando a una mujer pelirroja. No se trataba de un abrazo fo
Lo que sea que pase en el reino no me lo vengas a traer a mi, velo con Nolan, mi beta sabrá que hacer. El guerrero se quedó de pie npor unos momentos observando a su Alfa que tenía la mirada fija en la princesa. Era inusual que nada le importara, pero tenía que obedecer sus órdenes. — Seguiré sus órdenes, Alfa. Apenas el guerrero se fue, el poderoso lobo se dirigió al sanador. —¿Qué debo hacer para ayudarla? —preguntó, con una seriedad que sorprendió al médico. —Déjela descansar. Si vuelve a experimentar una pesadilla, háblele con suavidad y recuérdele que está a salvo. No la sacuda bruscamente ni permita que se golpee mientras intenta despertar. Yuri asintió, pero sin quitar la mirada de la pelirroja. —Pueden retirarse todos. — Se escuchó su voz grave y aterradora. Los sanadores recogieron sus instrumentos y salieron de la habitación. El Alfa esperó hasta escuchar el sonido de la puerta cerrándose. Entonces regresó junto a la cama. Y descubrió que Atenea es
El Alfa Yuri corría por los pasillos del castillo con Atenea entre sus brazos. La desesperación por salvarla lo apremiaba. La pelirroja permanecía inconsciente, con el rostro demasiado pálido y los labios entreabiertos. Sus cabellos, normalmente hermosos y brillantes, se encontraban desordenados, mientras una de sus manos colgaba a un costado del cuerpo. —¡Llamen a los sanadores! —Rugió el Alfa, provocando que los guardias se apartaran inmediatamente— ¡Quiero a todos los sanadores en la habitación de la princesa ahora mismo! —¡Sí, mi señor! Yuri no se detuvo hasta llegar a los aposentos de la loba. Con cuidado, depositó a Atenea sobre la enorme cama, poniendo una almohada bajo su cabeza. —Atenea… —murmuró, acariciándole la mejilla—Abre los ojos, pelirroja. [La anfitriona casi no tiene pulso] El sistema habló, pero Yuri, no lo escuchó, mucho menos Atenea. Su lobo caminaba desesperado dentro de su mente, arañando las paredes de su conciencia con una enorme angustia







